martes, 23 de noviembre de 2010

Acompañante fiel

Ella cree que el amor,
no tiene estación
favorita. Ninguna lo es.

No mide las distancias,
por dondequiera que esté
sus brazos me abrazan.

Acompañante fiel es
quien, aún está
cuando todos se fueron.

Sola llega, sólo
entonces, puedo decir,
que solo estoy.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Herramientas del destino

“El destino tiene dos clases de personas que utiliza como herramientas para cumplir su voluntad, justificar sus actos, o no interferir en el curso de la existencia de cualquier individuo.
El valiente, es el ímpetu, la fuerza y a veces el apuro del destino para hacer las cosas. Mientras que, el cobarde, podría decirse, es la excusa perfecta para no interferir o interrumpir el curso de las cosas, las que están bien y las que están mal.
Es por esto, que cada ser, cree ser artífice de su destino en base a sus propias elecciones o decisiones. Lo cual es cierto, en parte, porque también hay que saber que cada quien cuenta con una cuota de osadía o cobardía a la hora de optar o elegir ante las situaciones que la vida presenta. Esa cuota, es la que le da el tenor a la decisión. “*


Martina y Agustín se conocían desde la infancia.
No habían ido juntos al colegio, pero eran amigos del barrio. Él había sido compañero y amigo de la hermana mayor de ella.
Llevaban tres años de relación. El primero de aquellos años fue el mejor de todos; el segundo, con algunos sobresaltos, normales en toda relación; el tercero ya tenía cuestiones que habían, no solo desgastado la relación, sino también a ellos mismos.
Aquella tarde, Martina estaba en su casa, esperando que su novio pasara al buscarla para salir, era domingo, tenían toda la disponibilidad para pasear por cualquier lado que quisieran. Pero ella estaba de mal humor porque él estaba retrasado.
No era algo de extrañar en él un retraso, a estas alturas era una cosa más en la situación.
Ella se acostó a dormir la siesta, después de haber salido la noche anterior, estaba cansada.
Cuando llego Agustín, su cuñada, y amiga de colegio, fue la que le abrió la puerta. Cruzaron unas palabras en tono amistoso, algo común para dos personas que se conocen de años y comparten algún vínculo político.
Le dijo que su hermana estaba durmiendo, y le ofreció ir a despertarla, pero él se negó, con la excusa de dejarla descansar.
Luego de una conversación entre cuñados con mates de por medio, ella apareció en la cocina. Con cara de recién levantada, los ojos entre abiertos, un par de marcas de la almohada en la mejilla derecha, y de mal humor.
Su hermana se levantó, se disculpó y abandonó la cocina más rápido que un bombero, le conocía la cara a su hermana. Y ese momento no era propicio para quedarse.
Martina sólo necesitaba una excusa para pelear, y el retraso de Agustín le venía como anillo al dedo para preparar el escenario de tal manera que quedara como víctima de la situación. Y de esa forma conseguir un poco más de atención.
Por su parte, Agustín necesitaba una pelea para terminar la relación, una excusa para ponerle fin a una sucesión de pleitos. La seguía amando, pero no encontraba la solución a las diferencias, convivir con el dolor no era una respuesta, mucho menos una salida.

“¿Cómo es que dos personas pueden ver una misma situación de dos maneras distintas? La respuesta es fácil y un tanto obvia, porque ambas personas contemplan primero sus necesidades primero, utilizándolas como prisma para buscar una solución, de tal manera que puedan suplirlas. El problema sigue siendo el mismo para ambas personas, pero al tener distintos temores, dolores, ansiedad por distintos motivos, etc. Su visión del mundo en ese momento cambia radicalmente. Por eso el destino tiene distintas herramientas, dependiendo del momento, utiliza la que más se ajuste a su plan.” *


Así fue, discutieron. Ella habló primero, vehementemente expuso su pensamiento y su sentir.
Él guardó silencio mientras escuchaba un monologo de reclamos y regaños. No pretendía desmentir nada, muchas de las cosas que ella decía eran ciertas, otras exageradas, pero no mentía.
Cuando Martina terminó de hablar, le exigió a él que hablara, que le contestara algo. Él se quedó callado unos minutos. Después de eso, la miró y le dijo en un tono muy calmado que la relación llegaba hasta ese día. No justificó su decisión. Ella rompió en llanto. El no la abrazó.
Él se levanto, y lentamente se fue caminando hacia la puerta de calle. Ella trató, sin éxito de detenerlo, casi como una formalidad, porque sabía en el fondo, que lo que estaban haciendo estaba bien, solo que ella no tenía el valor para dejarlo, sólo esperaba el momento para que él se decidiera.

“No siempre el que toma la decisión es el valiente, y no siempre el que permanece en su lugar es el cobarde. Los roles se pueden invertir, a veces el cobarde decide primero para evitar un remordimiento posterior. Y el valiente permanece estoico, de lo contrario dejaría de ser quien es.
La única manera de diferenciar quién es quién, es esperar. Aquel que permanece firme en su decisión, es más valiente y decidido que el que se retracta.
A fin de cuentas no importa quien tome la iniciativa en la decisión, no hay forma de evitar que el destino se salga con la suya. No cuando tiene un mundo lleno de herramientas prestas para ser usadas.”*


*Extractos del libro “Herramientas del destino” Capitulo I.



viernes, 5 de noviembre de 2010

El día que la tierra olió a azufre

Despertó temprano, pero se volvió a dormir en un parpadeo. Su respiración era pausada y tranquila, nada perturbaba ese cálido dormir.
Cerca de las nueve de la mañana volvió a despertarse. Se desperezó, salió de la cama hacia el baño. Después de una larga ducha, fue a la cocina. Abrió una de las ventanitas ubicadas sobre la mesada, pero la cerró enseguida porque había un olor raro afuera, intenso y molesto.
Prendió la televisión, pero le bajó el volumen, era una mera estrategia para no sentirse tan solo.
Sacó la mermelada de la heladera, la manteca y la leche. Buscó en la alacena una taza, sacó del cajón de los cubiertos un cuchillo mantequero y dos cucharas de té.
Colocó un poco de café soluble y azúcar en el pequeño recipiente con aza, le agregó agua caliente, y un chorrito de leche fría para entibiar.
Se sentó en su silla de siempre, untó un par de tajadas de pan.
Agarró el control remoto y comenzó a cambiar de canales. A los pocos instantes se dio cuenta que en todos los canales pasaba la misma imagen, lo único que aclaraba cada canal era que la transmisión era en vivo y en directo.
La imagen parecía ser un monte, en un paisaje semidesértico, pero en definitiva no se veía mucho.
Siguió cambiando de canales hasta que encontró uno que tenía un cronista relatando lo que sucedía, pero en un tono un tanto exaltado:
- Es el día, acaba de suceder. Llegó. Él llegó. No se puede creer.
La frase no le decía mucho, no explicaba del todo lo que sucedía.
Tomó unos sorbos de la taza de café con leche que ya estaba fría más que tibia, y se concentró en averiguar qué estaba pasando.
Los únicos canales que no mostraban lo que parecía ser una colina rodeada de varios helicópteros eran los canales infantiles.
De repente, logró dar con un canal que no transmitía esa imagen. Había un reportero dando noticias. Mostraban imágenes de gente corriendo por las calles, gritando, saqueando tiendas y golpeándose entre sí. Las principales ciudades eran un verdadero caos.
La segunda noticia que el reportero dio fue muy chocante, muchos líderes religiosos, habían sido linchados por sus fieles en sus casas o en la calle.
Después reportó la suma de los fallecidos en los distintos disturbios, aproximadamente, todo era en cifras estimativas. Y también de la gente desaparecida.
Los desaparecidos superaban por poco la cantidad de muertos, apenas por unos miles.
Él seguía sin entender nada, un día complicado para la humanidad, pensó, pero ya nos repondremos, toda adversidad, trae una nueva oportunidad. Esa era su filosofía. Y siguió mirando la televisión.
Otro canal reportaba un tsunami en las costas de Oceanía, pero todavía no tenían cantidad de la cantidad de muertos, ni de las ciudades que estaban bajo agua.
Súbitamente todo tembló, todo a su alrededor se sacudió. Un leve terremoto que hizo parpadear las luces de la casa.
El periodista en la pantalla decía alarmado:
- Ya no está. Se fue a la vista de todos sin tocar el suelo. Todos lo vieron sostenido en el cielo, y ya no está.
Por la cara de pánico del hombre con el micrófono en la mano parecía que el mundo se acababa, pero eso era imposible. El mundo no se podía acabar, solo era un día más, uno raro, con catástrofes en todo el mundo, y un extraño olor a azufre por todos lados, pero nadie daba cuenta de eso en la televisión.



sábado, 30 de octubre de 2010

Perder el sueño

Caminaba por la calle escuchando música cuando la vio. Estaba sentada en un zaguán llorando, mientras hablaba por teléfono.
De cabello oscuro y ondulado, ojos verdes colorados por las lágrimas, una blusa blanca con bordados en el frente.
Le llamó poderosamente la atención la manera en la que las gotas surcaban furiosamente su cara. Ella no hablaba, escuchaba lo que parecía ser un discurso del otro lado del teléfono.
Quizás prestó mucha atención, porque en un momento ella fijó los ojos en él, un instante de curiosidad mutua. El observador y la observada.
Dos esmeraldas brillosas por las lágrimas. Una mirada que podía penetrar el acero. Fría, pero con muchos sentimientos, esos ojos eran un huracán.
La escena duró unos breves instantes de la existencia colectiva, el transito en la calle era mucho como para detenerse a mirar o a prestar atención a algo que no estaba dentro de recorrido.
Él siguió su camino, terminó la jornada de trabajo y se volvía en el tren a su casa. No podía sacarse de la mente la imagen de esta mujer llorando. Le intrigaba el motivo del llanto, una discusión, el fallecimiento de alguien, tal vez la habían despedido del trabajo, o alguien cercano había sufrido algún accidente. Se le podían ocurrir miles de motivos por los cuales alguien que hablaba por teléfono llorase.
Pero esa mirada furiosa lo había hipnotizado. Ojalá hubiera atinado a hacer algo, un mínimo detalle cómo alcanzarle un pañuelo para que se seque las mejillas.
Miraba distraído por la ventanilla, el tren pasaba de estación en estación, faltaba poco para llegar a destino. Estaba cansado por la actividad del día.
Se arrepentía de no haberse acercado a la dama de las lágrimas. Pero por otro lado, era ilógico pensar en acercarse a una mujer en esas condiciones. ¿Qué hubiera hecho? ¿Qué le hubiera dicho?
Cuando se bajó del tren, todavía seguía pensando en aquella desconocida de ojos húmedos. Y con el extraño sentimiento que tendría que haber hecho algo, pero vaya a saber porque no hico nada.
Trató de despejarse en las cuadras que le quedaban hasta su casa. Pero no tuvo mucho éxito en eso. Justo cuando le faltaban unos pocos metros para doblar la esquina y llegar a su hogar, vio a otra mujer que caminaba por la vereda de enfrente llorando. En este caso no hablaba por teléfono, lloraba en la calle igual que la primera.
Tenía que ser una coincidencia, quizás había sido un día complicado para mucha gente, en especial para esas dos mujeres, pensó.
Comió, se duchó y se acostó. El cansancio le ganó a las ganas de pensar y se durmió enseguida.
Se despertó una hora antes que sonara el despertador. Había soñado con la mujer que hablaba por teléfono y lloraba.
En el sueño, la mujer lo paraba por la calle, después de cruce de miradas y le recriminaba porque no la había ayudado. Él no supo cómo reaccionar ante semejante demanda. Le ofreció un abrazo, pero ella lo rechazó.
En la segunda parte del sueño, ella le volvía a hablar, pero esta vez le preguntaba por qué la miraba. Y en un tono amenazante le decía que se fuera o que llamaría a la policía.
Por último, la tercera parte del sueño, ella lo frenaba en la calle y lo abrazaba sin decirle nada y después se iba caminando, sin volver a mirarlo.
No se pudo volver a dormir. Daba vueltas en la cama como una criatura. ¿Por qué había soñado eso? El hecho de haberse sobresaltado en su descanso por un sueño así lo fastidiaba. Cómo podía ser que un simple acto de observación callejera le robara tiempo de su vida. Se negaba a aceptarlo.
Esperó a que sonara la alarma para levantarse. Desayunó de mala gana, y antes de salir de su casa para ir a trabajar, se prometió a sí mismo no volver a mirar a nadie llorando en la calle, por las dudas de volver a perder el sueño.

El derrumbe

Una vez más la incertidumbre se respira en la habitación. Persianas a medio cerrar, las ventanas sin cortinas dejaban pasar la tenue luz de la luna, y su sequito de estrellas, que se escondían sin intención detrás de las nubes nocturnas teñidas por el resplandor de la cuidad.
A penas se oía el transito en la calle, sin embardo, en su interior era todo lo contrario. Las ideas, sentimientos y pensamientos sacudían el transito interno de su existencia.
La distancia entre quien era y quien pretendía ser una vez más se agranda. Pero en esta ocasión pudo ver con sus propios ojos cómo se rompió su espejo interior. Era ella frente a su reflejo resquebrajado, lloviendo en fragmentos al suelo.
Su autoestima estaba dañada, con daños estructurales y corría riesgo derrumbe.
Durante toda aquella tarde, la mampostería de su edificio se había ido desprendiendo de sus paredes exteriores. Todo lo que consideraba algo para apreciar, lo bello de su vida se precipitaba al suelo y se destruía en miles de pedazos. Poco a poco menospreciaba su propia belleza, descartando de sí incluso aquello que todavía seguía sostenido a los muros.
Esa tarde nefasta quería borrarla de su vida. Ojala las lágrimas apretadas contra la almohada pudieran lavar el pasado. Humedecer la tinta del libro de la memoria, para que las palabras tengan menos peso, y con el tiempo sean ilegibles.
Toda esa angustia guardada. Todas esas frases innecesarias retumbando solo para lastimar.
Cuando se había levantado esa mañana, tan feliz, con tanto por hacer, nunca imaginó que ese día estaba marcado en su calendario como el día de su derrumbe personal.
No tenía antecedentes en su memoria de algo similar. Pelearse con su pareja, y terminar, diciéndose muchas cosas hirientes. Todos los reproches de un hombre cansado le habían resultado mucho.
Tal vez tenía razón, ella no era para él. Pero no podía negar lo que seguía sintiendo.
Quizás lo que no esperaba era la actitud de sus mejores amigos, los que le daban la razón a él. Según su amigo, ella lo había ahogado con caprichos y exigencias con las que, ni ella misma, pensaba cumplir. Era lógico que la dejara.
El otro únicamente le dijo:
- Los hombres te dicen que se cansaron cuando no hay forma de remontar la situación, vos no te das idea de todo lo que tiene que pasar para que un hombre diga eso. Sí lo cansaste, mejor olvidarse de pensar en volver.
Nunca antes había sido rechazada, nunca antes le habían corrido la boca cuando buscaba un beso. Tampoco le había despreciado un abrazo.
El viento de la tempestad que vivía dentro y fuera de sí había arrancado las ilusiones como hojas secas del árbol de los deseos.
Su proyección del futuro se desvanecía como la niebla al medio día.

domingo, 24 de octubre de 2010

El caso Foster (Parte II)

Un teléfono verde sonaba arriba de un escritorio de madera de roble con muchos papeles arriba.
En la oficina no había nadie. Sólo había una radio encendida que daba la apariencia de haber gente ahí.
A la sexta vez, una persona de uniforme marrón entro y contestó el teléfono de una manera poco gentil.
La voz del otro lado del teléfono le resultaba familiar, la reconoció al instante, pero la noticia le demudó el semblante.
El comisario Baxter se puso los anteojos de sol plateados, salió de la oficina con el sombrero en la mano, caminó unos pasos por el pasillo hasta los escritorios. Hizo una seña a sus oficiales, no dijo una sola palabra y salió del edificio.
Ya en el auto, informó primero a sus dos oficiales, que estaban en el automóvil con él a cerca de la situación. Luego tomó la radio y dio aviso a las autoridades del condado.
Todos viajaban callados, mirando el desteñido del paisaje de fines de otoño.
Las autoridades tardarían al menos unas cuatro horas en llegar a la finca Foster. El sitio no era inaccesible, pero estaba lejos de la ruta más cercana.
Bill Evans vio acercarse la patrulla por el espejo retrovisor de su camioneta, pero no se bajó del vehículo hasta que uno de los oficiales no se acercó a él.
De inmediato, el comisario se paró junto a él y le comenzó a hacer toda clase de preguntas, al parecer de rutina en esos casos.
Mientras tanto los dos oficiales que acompañaban a Baxter revisaban las instalaciones de la finca en busca de de algo que les pareciera sospechoso. Pero por las expresiones de sus rostros se podía ver claramente que estaban desorientados en esa labor.
Cuando Evans terminó de responder las preguntas, Baxter le pidió que lo llevara al lugar dónde había encontrado los cuerpos.
Entraron juntos, pero en el pasillo era el amigo de Walter Foster él que caminaba adelante. Cuando llegaron a la última puerta del pasillo, el comisario puso un pañuelo en su mano derecha y empujó la puerta con el puño envuelto en ese pesado de tela.
A simple vista los cuerpos parecían acomodados sobre la cama después de haber sido asesinados. El corte en sus cuellos era muy profundo, se podía ver claramente sus gargantas abiertas. El charco de sangre seca se extendía por casi todo el colchón.
El comisario no quiso ver más, ni permanecer en aquel lugar mucho más tiempo, para no ensuciar la escena del crimen.
Miró a Evans y con una leve seña con el mentón le insinuó retirarse del lugar. Evans entendió rápidamente y ambos salieron de la habitación.
Cuando salieron de la casa, los dos oficiales estaban conversando con un periodista local, el único que había en el pueblo. Era el que escribía en la sección de policiales en el periódico del condado. Baxter se molestó mucho con aquel hombre, lo amenazó con arrestarlo si no se marchaba del lugar, y le dijo que al día siguiente le daría la información que necesitaba, pero en la oficina, no allí porque era la escena del crimen.
Evans preguntó si podía irse, pero el comisario le dijo que tenía que esperar hasta que llegaran los investigadores, ellos le dirían cuando se podía marchar. Mientras tanto había que esperar hasta que llegaran.
El periodista miró a Evans, y este le devolvió la mirada, después se subió a su auto para salir de la propiedad Foster y esperar afuera de ella, para ver que acontecía.

El caso Foster (Parte I)

Se levantaba de los confines de la tierra con su voluntad inquebrantable, innegable para toda la creación de Dios. Su luz se escurría entre las ramas sin hojas de los árboles en otoño.
Poco a poco las sombras nocturnas se disipaban, dándole paso a los colores de la naturaleza. Escasos tonos de verde, la tierra del camino era una mezcla de marrón y gris, los pastizales apenas maquillados por un leve rubor verdoso, fruto las primeras heladas antes del invierno. Ya los campos usados para sembradíos tenían su típico color amarillo. Los pocos árboles con follaje le daban apenas un poco de vida al paisaje.
Se escuchaban los primeros cantos de las aves que suelen entonar cuando el sol despierta sus nidos.
La mañana estaba en el momento en el que la claridad no calienta.
El viento había soplado toda la noche, y de día no estaba cansado para seguir haciéndolo.
Todo se encaminaba hacia un invierno más en la finca Foster.
Ubicada en medio de de una vasta llanura fértil, tenía una caballeriza para seis caballos pero había apenas dos, que estaban relativamente flacos. Un granero pequeño de cinco por diez metros, lleno de paja y heno. Un corral de veinte metros de diámetro, aproximadamente, lleno de ovejas. Unas jaulas con conejos. Un gallinero cercado por un alambre no muy alto.
La casa era un gran cuadrado, con una galería cubierta en el frente. Las paredes eran de madera y el techo de chapa acanalada. Adentro había tres dormitorios, pero solo se usaba uno, dos baños, uno pequeño y otro grande. Una cocina modesta y una austera sala de estar.
El detalle a la casa se lo daba el techo pintado de rojo, y los marcos de las ventanas y las puertas exteriores del mismo color.
En la parte posterior de la casa había un tanque australiano que era alimentado por un molino, el mismo que proveía de agua la casa.
Hacía varios días que no había movimiento en aquel lugar. Las puertas y ventanas estaban cerradas.
Cerca del medio día, una camioneta entro por el camino hacia la casa de techo rojo. Era el vecino, Bill Evans, que hacía su visita semanal de los días jueves, para charlar con su amigo de toda la vida Walter Foster.
Cuando llegó a la puerta, le asombró que la galería estuviera llena de tierra y hojas secas. Eso era raro porque la esposa de Walter mantenía la casa muy limpia. Supuso que estaba así porque ella debía estar en cama con algún achaque de salud.
Bill golpeó la puerta suavemente, pero nadie le contestó. Intentó dos veces más pero sin éxito, nadie le atendió.
Eso le pareció un tanto extraño, dado a que su amigo era una persona muy atenta.
Caminó por el costado de la casa hasta llegar a la parte de atrás. La camioneta de los Foster estaba ahí, con las llaves puestas, como siempre. Los animales estaban todos en sus respectivos lugares, corrales y establos. El único que faltaba era el perro, Linus. Bill pensó que la mascota estaría adentro como era costumbre.
Volvió a la puerta del frente, y golpeó nuevamente. Otra vez nadie atendió.
Solamente por curiosidad, pero un poco asustado, decidió entrar a la casa para ver si estaban ahí.
Cuando entró, vio que la sala estaba en orden, la cocina también, pero las paredes guardaban un extraño olor rancio.
Caminó por el pasillo que da a los cuartos, el primero, estaba cerrado con llave, el segundo tenía la puerta abierta de par en par y estaba totalmente vacío.
El último cuarto al final de pasillo tenía la puerta entre abierta, caminó aun más despacio hasta llegar a pocos centímetros del umbral, su corazón latía fuerte, casi se podía escuchar fuera de su cuerpo, empujo la puerta con un dedo, y allí vio sobre la cama matrimonial, los cuerpos de Walter y su esposa con la garganta cortada.
La escena lo paralizó.
Cuando por fin recobró la noción de las cosas, salió del cuarto. Trató de calmarse y pensar en lo que debía hacer. Inmediatamente fue a la sala, tomó el teléfono y llamó a la policía para informar de la situación.

viernes, 22 de octubre de 2010

Sabios egoístas

En aquella despedida me encontré conmigo mismo. El entendimiento del propio ser a partir de la soledad. Una libertad encausada al egoísmo, aparentemente, pero no es así. Egoísmo sería obligar a alguien a querer cuando ya no quiere querer.
Por otro lado, existe el egoísmo en la soledad, cuando se priva a los demás de nuestra compañía.
Sin embargo, nadie puede obligar a otro a no ser egoísta.
A veces, es necesario ser egoísta, porque cuando nadie piensa en uno, es mejor ser un poco egoísta. El equilibrio entre lo que quiero, y lo que los demás quieren; entre lo que quiero de otros y otros quieren de mi.
Las despedidas parecen, de lejos, un encuentro egoísta de dos personas que se dicen adiós, cuando en realidad es el justo equilibrio de las cosas.
El egoísmo de la otra persona, o el de uno mismo, es el que no deja partir al otro. O lo que supuestamente hace que la gente se extrañe.
Puede ser que el extrañar, también, tenga su principio en un egoísmo no desarrollado, es decir: “se extraña a alguien que ya no está, y se extraña porque existe la ilusión que esa persona vuelva”.
Claro está, que se puede extrañar de formas más sanas, o bien no hacerlo, pero todo eso es una cuestión de decisión, acerca de qué hacer después del adiós.
Los egoístas se encuentran para despedirse, y para saludarse a sí mismos y a sus propias vidas nuevamente.
Aquellos que saben decir adiós por un bien mayor, el suyo propio, son sabios egoístas.

martes, 19 de octubre de 2010

Sin acompañantes

La difícil sensación de extrañar, sin destinatario. ¿Qué se extraña cuando no hay nadie para extrañar?
Días de soledad, mañanas de incertidumbre, tardes sin charlas, noches para estar ocupado en otras cosas, ajenas a uno mismo para no pensar.
El hábil engaño de los mismos sentimientos que están en disputa con la racionalidad de buscar la paz en la tranquilidad. Que no es lo mismo que la soledad.
La parte difícil, era, aparentemente, permanecer en silencio. Resulta fácil permanecer así para los demás, pero en el interior los intereses debaten sí es lo mejor.
La compañía cansa, la ausencia también.
Siempre hay un buen motivo para estar sin acompañantes, cuando estos son personas que hacen daño.
Pensamientos como estos eran los que Magdalena resucitaba cada vez que tenía que salir de su casa para ir a algún evento, en este caso un casamiento.
Cuando tenía que elegir que ponerse, lo hacía sin ganas, porque le faltaba un motivo, o alguien que motivara su buen vestir.
No por eso, iba mal vestida pero sí lo hacía a desgano.
Fruto de sus fracasos, miedos que fue juntando con los años, de experiencias propias y ajenas, le hacían pensar que las relaciones, las buenas la esquivaban.
Se sentía carente de fortuna para el amor. Muy distinto a su hermano y hermana mayor, quienes ya estaban casados, tenían hijos y aparentemente vivían felices. Con peleas como todo el mundo, pero al menos, tenían a alguien con quien pelear y amigarse. Eso era importante.
Sus padres llevaban treinta y seis años de matrimonio. No todo fue color de rosa, pero se tenían el uno al otro. Y así habían logrado pasar las peores crisis, desde las económicas hasta las emocionales.
Después de tanto tiempo juntos, ella los tenía como su ejemplo más fiel de lo que las relaciones debían ser.
Esta vez no había ido a la peluquería, decidió plancharse el pelo ella misma. No había excusa para eso, tenía el tiempo y el dinero. Tal vez la dejadez y el desgano le habían ganado, no por primera vez, pero sí para arreglarse.
Al menos se había comprado un vestido nuevo, tampoco era repetir vestido. Los zapatos tenían solamente dos posturas, casi nuevos.
Había comprado un vestido sencillo, color naranja clarito, le combinaba con la piel, ni muy pálida ni muy tostada. Una base liviana de maquillaje, que casi parecía al natural. No realzaba sus rasgos.
Ojos ámbar, manos delicadas, piernas delgadas y hombros pequeños. Así se describía ella.
Este, no era el primer evento sin acompañantes. Era el tercer casamiento que iba sola. Después de un par de años de salir con el primero que se lo proponía. Le pareció más acertado estar un tiempo en soledad. El problema era que se había acostumbrado a eso, a estar sola. Sufría menos, decía.
En el fondo, la soledad le era una carga, porque después de tanto tiempo sola, creía que no tenía nada para dar, nada que brindar a otros, que nadie disfrutaba de su compañía.
Ya estaba en la puerta, dispuesta a entrar. Cambió su cara, y a disimular una vez más una vida sin acompañantes.

Nuestros propios frutos

Desperté cuando el sol ya estaba arriba. Me llamó la atención que el resplandor también iluminara la sombra bajo la cual estaba.
El follaje verde oscuro me cubría la humedad de la noche y de la fuerte luz del medio día. Cerré los ojos y agradecí al cielo por mi árbol una vez más.
Me puse en pie y caminé alrededor, todo estaba como el día anterior. La emoción de la normalidad de llenó de satisfacción.
No recuerdo cuando, sé que fue hace mucho tiempo, una mañana abrí los ojos y estaba recostado sobre las raíces de un árbol no muy grande. No tenía a donde ir. Instintivamente decidí permanecer donde me encontraba.
Cuando fue terminando la primera temporada cálida, tuve que decidir permanecer allí o buscar otro lugar, pero la intriga de saber qué pasaría si me quedaba me venció.
El primer otoño fue raro, no sabía qué hacer, poco a poco las hojas se fueron desprendiendo de las ramas, así descubrí que no era un árbol perenne. Junto con árbol me vi sujeto a la voluntad del clima. Así fue como el primer invierno viví el mismo frío que cualquier otra criatura bajo el firmamento.
Con el paso de los años, me fui acostumbrando a estar sujeto a las estaciones, a las noches calurosas sin viento, las tardes con sombra y en soledad, mañanas de respirar el rocío sobre el pasto, noches en las que la brisa hacía bailar las hojas de tal manera que se podían ver las estrellas.
La primera tormenta con lluvia y viento fuerte me hizo entender que los dos compartíamos la misma fortuna. Todos los que viven bajo el cielo están sometidos a los caprichos del viento.
Esa tormenta perdió muchas hojas, con un saldo de varias ramas rotas. Casi fui golpeado por una de ellas, pero un fuerte silbido me advirtió del crujir que hacen las ramas antes de quebrarse.
Todavía mojado y con el frío que las corrientes de aire producen en la ropa mojada vi las estrellas después de la tormenta.
Vivo de los frutos del árbol, de mi árbol. Hay temporadas buenas y otras no tanto, pero no me falta nada. Los productos dependen de cada estación.
No es ni el más grande ni el más pequeño del bosque. Lo que llama la atención es el color del verde, que a medida que se mira hacia la copa se va aclarando.
Lo que hace único a este árbol, es que vivo bajo su sombra. Pero no solo yo vivo bajo la sombra de uno de ellos en este bosque.
Todos aquí cuidamos un árbol, todos aquí somos un árbol, que da frutos, da sombra, sufre con las tormentas y el viento, y estamos sujetos a las buenas y malas temporadas de la vida. Crecemos con el tiempo buscando acercarnos a las estrellas de la noche, recibiendo fuerzas del sol, nutriéndonos de la tierra. Vivimos de nuestros propios frutos.

viernes, 8 de octubre de 2010

Los girasoles (Parte VI)

El banco estaba justo debajo de un nogal de considerables dimensiones. El árbol tenía un farol que iluminaba el follaje y lo hacía verse más grande. No estaban muy alejados de los demás pero, en ese lugar no había bullicio, así que podían charlar sin alzar la voz.
Para estas alturas era una charla distendida. Martín ya había hecho uso de varias de sus anécdotas graciosas de su infancia, de esas que siempre le resultaban para seguir charlando.
Cada uno tenía su copa en la mano, pero no tomaba, parecía más para disimular la charla de personas que cuarenta minutos antes no se conocían.
Santi en un momento pasó por donde estaban charlando poniendo cara de nada, pero cuando estuvo detrás de Victoria, donde solo Martín podía verlo, le hizo una mueca y levantó el pulgar de la mano derecha. Martín lo vio pero puso su mejor cara de nada.
Las miradas iban y venían entre ambos, pero ya no eran miradas de estudio, sino de interés.
Justo en un momento de silencio y miradas, se escuchó la voz de Santiago llamando la atención para anunciar lo que ya todos sabían, y hacer un brindis.
- Primero, quiero agradecer a todos los que vinieron, son muy importantes para nosotros, los queremos muchísimo. Gracias a las familias, a los amigos, de ambos lados. Quisiera hacer oficial la fecha: El veintiuno de Noviembre, estaremos dando el Sí en el altar…
El discurso del novio seguía, pero en la cabeza de Martín, estaban dando otro discurso. Ya era la hora del brindis, eso quería decir que no le quedaba mucho tiempo más de charla con Victoria.
A lo único que atinaba era a pedirle el número de celular para llamarla e invitarla a salir. En realidad tenía ganas de agarrarle la mano o algo así, tal vez intentar un beso. Después de todo ninguno de los dos era adolescente como para andar con juegos sin mucho sentido. El detalle importante era que hacia nomás una hora y un poco más que la conocía.
La situación en la cabeza de Victoria no era muy distinta. Recién lo conocía, pero adentro tenía el impulso, o la ilusión que algo pasara. Todo eso mezclado con los miedos de las experiencias anteriores.
Así y todo, no quería que se terminara la noche. La veía a su prima y a su novio allí adelante levantando las copas, y como nunca antes sintió que ella también quería un día así para ella.
Ella decidió que sí él hacía algo, y eso no la ponía incomoda, le seguiría la corriente. Sólo necesitaba estar segura que a él le pasaba algo parecido.
Sin querer, Martín sostuvo la mano de Victoria por un instante cuando le ofreció dejar su copa sobre una mesita. Ese momento en que los dedos se rosaron y la palma de acarició suavemente la mano izquierda de ella, se miraron en un minúsculo instante de complicidad sin poder decir nada, e inmediatamente separaron las manos, no por vergüenza sino por el que dirán.
Nada los separó esa noche, de no ser por dos oportunidades en las que cada uno fue al baño. Cuando fue Martín, Victoria buscó con la vista a su prima, y ni bien hizo contacto visual ella se acercó y se quedaron charlando por un momento en voz baja, casi como cuchichiando. Y cuando ella fue al tocador, el papá de Santi se acercó a Martín le puso cara de aceptación y le tocó el hombro.
Reunidos nuevamente bajo el nogal, sentados en el banco, hablaban de sus actuales proyectos y futuros viajes. Esa fue la etapa de la noche en la que la familia de Victoria saludó al desconocido, uno por uno, casi como un desfile. Con besos y apretones de mano, Martín saludó a todos.
Lo incómodo para Martín, fue descubrir caras con muecas picaras a su alrededor, pero no podía hacer nada.
Después de la charla en semicírculo con los parientes de la novia de su amigo, los invitados se fueron retirando.
Seguían charlando como para no separarse. Comenzaron a caminar hacia la casa, como todos los que estaban en el parque, de repente, ella se resbaló, él rápidamente la sujetó por la mano para que no se caiga. Se miraron, se rieron, pero no se soltaron de las manos. Ella le agradeció la ayuda y él respondió con una sonrisa.
Cuando entraron a la casa, se soltaron por acuerdo mutuo. Se sintieron un poco molestos por tener que hacerlo.
Santi, que estaba en un lugar donde veía todo, los vio.
- Martín, sí me esperas los alcanzamos con el auto. – Dijo Santi. –
- Dale, gracias. – contestó Martín, y se percató que no le había preguntado a Victoria sí ella quería hacer así. – Discúlpame no quise contestar por los dos.- le dijo.-
- Está bien, vine en taxi, así que si me alcanzan mejor. – Dijo con una sonrisa. –
En la puerta Santi y la novia habían despedido a la mayoría de los invitados, quedaban los dueños de casa, Martín y Victoria, que seguían cerquita el uno del otro.
Cuando cerró la puerta de la casa con cara de cansado, les ofreció café para levantar un poco los ánimos porque ya era tarde. Después de una charla en la que se deslizaron algunos comentarios hacia los amigos de los novios, Santi fue a buscar el auto para alcanzarlos.
Ya en camino hacia la casa de Victoria, la primera en bajarse por el recorrido. En cierto sentido, el recorrido fue elegido a propósito por el amigo de Martín, como para darle una mano.
Ellos, iban en la parte de atrás y seguían charlando.
En el momento en el que Martín había reunido el coraje para darle un beso. Santi dijo:
- Llegamos Victoria.
Martín se quería matar, toda la noche esperando una oportunidad, y cuando al fin llegaba, ella se tenía que bajar.
Abrió la puerta y se bajo, Santi le hizo seña a Martín para que se baje a acompañarla. Casi de un salto salió del auto y caminó rápido hasta ponerse a la par de ella.
- Un verdadero gusto, haberte conocido. Espero que nos podamos juntar en otro momento.- dijo Martín.-
- Igualmente, espero que podamos volver a juntarnos. La pasé muy bien, me hiciste reír.- contestó ella.-
Intercambiaron un par de cumplidos más, a cerca de la compañía del otro. La charla de despedida parecía diluirse, y encima Santi y su novia esperando en el auto. Martín se sentía presionado, le pidió el número de teléfono y combinaron para verse la semana siguiente.
Ella se dio cuenta que él estaba un poco tenso por los que esperaban en el auto, pero no le dijo nada. Era entendible.
Llego el momento y se tuvieron que despedir.
- Te llamo el domingo, y vemos que hacemos. – Dijo él, y la besó en la mejilla – un gusto otra vez.
- El gusto es mío, - Dijo ella sonriendo.- llamame y hacemos algo.
Hizo dos pasos hacia atrás y cuando estaba por dar la vuelta para volver al auto, ella tomó coraje sin importarle lo que él pudiera pensar, él le gustaba. Parada desde la puerta de la casa le dijo:
- ¿Te vas sin beso?

domingo, 3 de octubre de 2010

Ojos de la guerra

En un parpadeo guardo para siempre la situación. Una calle regada de escombros, automóviles en llamas, los edificios de ambos lados tenían las ventanas rotas. En el fondo de la calle el humo impedía ver el horizonte.
Las llamas de los autos a lo largo de la calle simulaban un camino de antorchas.
Tenía que moverse rápido, escurrirse agachado, cargando una mochila con una credencial pegada en el bolsillo de atrás, y otra en el pecho, para evitar que lo confundieran.
Se escuchaban gritos de todas las edades que desgarraban el aire lleno de polvo de las explosiones.
Desde lo alto de las terrazas se asomaban las siluetas de personas armadas, ellos disparaban furiosas ráfagas a la gente que corría por las aceras.
Cuando el sol caía, las luces de las balas, los porteros y las explosiones iluminaban el oscuro cielo.
De noche los gritos se oían en menor cantidad, pero eran peores, se escuchaban tiros, alaridos y después gente llorar. Al otro día las noticias les ponían nombre a los gritos y los ubicaban en algún sector de la ciudad.
Lejos de su casa, de su esposa y de su hijo, los guardaba en al bolsillo izquierdo del pecho de su camisa.
Cuando se acostaba, podía ver cada una de las imágenes que retrataba con su cámara y el corazón le latía más rápido. Toda esa angustia y miseria que veía en las calles las tenía en su mente.
Podía ver los cadáveres tirados en los cordones de las veredas, los charcos de sangre que se secaban al sol. Personas con las caras llenas de polvo que corrían de las balas.
Te terror en primera persona en la cara de cada niño, de cada niña, de cada madre. La desesperanza de perder a alguien amado.
La imagen que derramaba lágrimas en su interior era la de dos niñas y un varoncito abrazando a sus padres muertos en el piso, al costado de un auto que ardía. Lloraban y gritaban, nadie podía hacer nada, desde donde estaba solo los veía y temía por sus vidas, pero no podía abandonar el refugio, la lluvia de balas era inmensa.
Se sentía desgarrado, como sí hubiera perdido algo también.
En ese momento, estalló un mortero cerca de donde estaba. El estallido le impedía escuchar. En ese momento las tres pequeñas personas lo miraban fijo, con el surco del agua de los ojos sobre sus mejillas llenas de polvo y sangre. Esos eran los ojos de la guerra, los que lloran a las personas que amaban.
Su alma se estrujaba de dolor y de impotencia. Que injusto, en las guerras muere mucha gente que no tenía que morir, pensó.
Poco después otro mortero silbó en el cielo. El humo llenó la calle, cerca de donde estaba cayeron escombros. Cuando el aire se limpió no volvió a ver a nadie en la calle, la explosión había borrado toda vida. Partes de lo que antes eran cuerpos, regados en el asfalto.
Gritó y lloró, maldijo, pero nada de eso cambiaba la realidad de la guerra.
Esos tres pares de ojos lo vigilaban por las noches, esa secuencia se reproducía siempre antes de dormirse.

Extremos de la existencia

Sí la existencia fuera un hilo, podríamos decir que el primer extremo sería el nacimiento, por consiguiente, el otro extremo sería la muerte.
De la misma manera, podemos considerar que lo que separa al hombre de sus pares, sucede a lo lago de la vida. Sin embargo, un nacimiento o una muerte, son, o suelen ser, cuestiones que llegan a unir a las personas.
Esta historia tiene un poco de esos extremos, de nacimientos y de muertes, de uniones y distancias.
Todo transcurrió en un pequeño poblado rural del interior de Irlanda, a principios del siglo pasado.
Un joven ministro protestante se mudaba allí junto con su mujer, quién estaba embarazada de seis meses.
La comunidad de aquella población era de por sí cerrada, de mayoría católica y con una evidente resistencia al protestantismo.
A pesar de ello, este joven ministro entusiasta, decidió instalarse en aquel lugar.
La pequeña población contaba con novecientos habitantes. De los cuales quinientos vivían en el centro urbano, el resto estaba disperso en las granjas y fincas de alrededores.
Con edificios de paredes viejas, erosionadas por el tiempo, callejuelas empedradas y angostas. El clima de esa región de la isla era inhóspito, el frío y la humedad eran una mala combinación para la salud de cualquiera.
En aquel poblado, había distintos clanes, tres de ellos eran los más representativos, Keegan, Ó Conaill y Mac Cárthaigh. Los últimos dos se repartían la mayoría de las tierras del condado. Mientras que el primer clan, supuestamente, pertenecía a la nobleza, aunque nadie allí daba fe de eso.
El joven ministro, comenzó a trabajar con su oficio, era carpintero, al igual que su padre y su abuelo. Para cuando nació su segundo hijo, ya tenía buena reputación en lo que respectaba a su trabajo con la madera. Tanto fue así que fue contratado por la gente importante del pueblo para elaborar muebles a medida. Eso le proveía de un buen pasar.
Sin embargo, la feligresía de su iglesia no crecía. Él gozaba de buena fama, que había sido construida por su ética de trabajo. No obstante, todos sus clientes eran Católicos, lo trataban como a uno más, pero nunca olvidaban quien era. Era el ministro de la iglesia protestante.
A lo largo de treinta años continuo, hasta donde su salud se lo permitió, con su oficio, hasta que el reuma en sus manos se había hecho lo demasiado crítico como para dejarlo trabajar. Su hijo mayor se hizo cargo del negocio familiar. Mientras que él se dedicó únicamente a las labores eclesiásticas.
Para ese entonces, había sobrevivido al paso de cinco párrocos, haciéndose amigo del último, por una cuestión de empatía por el amor a las escrituras y a la gente del lugar.
De hecho, su hijo mayor contrajo matrimonio con la menor de las hijas del viejo Ó Conaill, en la que ambos ministros debieron realizar una ceremonia mixta, dada la condición de las familias, que profesaban distintas formas de creencia en una misma deidad.
Ese evento, fue raro y distinto en la historia de aquel lugar, porque nunca antes se había realizado algo así. Pero gracias a la amistad y a las buenas relaciones entre ministros, y también entre las familias propició dicho acontecimiento.
En realidad unió más a aquella comunidad fue el nacimiento del primer hijo del matrimonio.
No mucho tiempo después, el ministro protestante enfermó gravemente y falleció. Ésta no era una muerte más en el pueblo, sin ser rico, ni poderoso, o demasiado elocuente, era muy apreciado por todos. A pesar de las diferencias en la fe, habían aprendido a valorar a ese hombre. Tanto así que, mucha gente con no concurría a su iglesia acudía a él en busca de consejo.
Cuando la familia, incluida la parte política, acudió a el párroco para que oficiara en el funeral, éste se negó alegando que no podía realizarlo porque no pertenecía a su grey.
Parecía una respuesta sin sentido para todos. Por ese motivo los jefes de los clanes se reunieron, como se acostumbrada en la tradición de la isla, cuando se necesitaba resolver alguna situación importante.
Nada pudieron hacer para convencer al clérigo.
Ó Conaill, su consuegro, dispuso un espacio en su propiedad para enterrarlo.
Situaciones de vida y muerte, decisiones que unen y separan a las personas. Lo único que cambia es la forma en que se afrontan los extremos de la existencia. Un nacimiento no necesariamente une, una muerte no necesariamente separa.

sábado, 2 de octubre de 2010

Los girasoles (Parte V)

En un momento determinado, el papá de Santi pasó por al lado de Martín, lo tomó del brazo y le dijo:
- Vení que te muestro lo que compré, antes que te agarre alguna para charlar y no me prestes más atención.
Martín no tenía ni la menor idea de a donde lo llevaba el viejito loco. Caminaron por el pasillo, hasta llegar al despacho.
- Mirá lo que está colgado en la pared, entre las repisas.- Dijo el viejito muy animado.-
Martín entró al despacho, había una mujer mirando un cuadro. De inmediato reconoció el cuadro, “Los girasoles” de Van Gohg.
Obviamente se trataba de una copia, pero muy bien hecha, de la obra realizada por el pintor holandés.
- ¿Te gusta Van Gohg? – Dijo Martín a la desconocida que miraba el cuadro junto a él.-
- No, me gustan los girasoles. – Contestó Victoria con un tono un tanto seco.-
Martín permaneció en silencio un momento. A él le gustaba el arte, al margen del postimpresionismo, período al que pertenecía el cuadro, le llamaba mucho la historia de vida del autor del mismo.
Trató de ser amable y, tal vez, un tanto entrador con la mujer que miraba el cuadro. Pero el tono de la respuesta, lo había dejado pensando. Era atractiva, estaba bien vestida, elegante, digna de la ocasión, no como él, claro. Quizás por eso no le hablaba.
- Martín, un gusto. – Dijo, extendiéndole la mano.-
- Victoria, un gusto también. – Devolviendo el gesto con la mano extendida, y continuó.- ¿Sos de la familia del novio?
- Casi, uno de sus mejores amigos, de la infancia. ¿vos de la novia?
- Sí, sí. La prima de la novia.
Victoria parecía estudiarlo con la mirada, disimulaba bastante bien mirando el cuadro. En medio de un breve silencio, aparentemente incómodo, porque ninguno de los dos hablaba aunque parecía que tenían la intención de hacerlo.
- ¿Te gusta el cuadro? – preguntó Martín. –
Era una pregunta por demás obvia, casi tonta. Pero no sabía que más decir como para que no se pierda la charla.
- Sí, me hace acordar a mi infancia. En unas vacaciones de la familia, pasamos por un campo lleno de girasoles, y mi papá bajo del auto y me cortó un girasol y me lo regaló. Desde ahí me gustan, es mi flor favorita. – Dijo Victoria. –
- A mira vos, yo pensé que era que te gustaba el arte.
- No. Sí me gusta el arte. Pero los girasoles me gustan por otro lado, no por este cuadro. – Interrumpió ella. –
- Claro, casi quedo como un salame hablándote de Van Gogh y el arte. – Después de decir eso, soltó una leve carcajada. –
- No, está bien, no te hagas drama. – Contestó ella. –
Así comenzó la charla. Poco a poco, con chistes de por medio, fueron entrando en confianza los dos desconocidos.
Cuando se acabó lo que tenían en las copas, salieron del despacho hacía el parque, para buscar algo para tomar.
Se resultaban simpáticos mutuamente, ellos no parecían darse cuenta de la atmosfera que habían generado a su alrededor. Los demás sí.
Entre sonrisas y leves intentos de coqueteo, la charla siguió en un banco del jardín.

viernes, 1 de octubre de 2010

Matute

Un día más y él se abrochaba el abrigo, viejo y percudido. Todavía estaba sentado en el piso de la estación, había dormido con una bolsa como almohada. El sol se había levantado antes que él, pero la gente que se levantaba antes que ambos ya estaba caminando por todos lados.
Desde su perspectiva, sentado en el piso con los ojos medio pegados por el sueño sin limpieza, todos caminaban rápido, si él no juntaba sus piernas seguramente lo iban a pisar.
Llevaba un pantalón de traje que en algún momento de su vida le quedaba bien, pero después de haber perdido varios kilos, usaba con un cinturón al que ya le había hecho tres agujeros improvisando con un tenedor.
Los zapatos eran relativamente nuevos, se los habían dado unas personas del Ejército de Salvación. De cuero gastado por los años, la suela estaba casi lisa, pero al menos no estaba descalzo.
Tenía puestas dos remeras y una camisa debajo del abrigo de lana.
El resto de su ropa y algunas de sus pertenencias, o todas ellas, estaban en la bolsa que sostenía en su mano izquierda.
Cuando más o menos en tránsito de los peatones menguó decidió levantarse.
Solo tenía olfato para el olor a limpio, como él decía, y para la comida. Sentía en el aire los distintos aromas de los desayunos al paso, el café recalentado, hasta las medias lunas que parecían barnizadas tenían una fragancia muy tentadora.
Pero eso estaba lejos de su alcance, por el momento. Su amigo, el del quiosco de diarios, estaba de vacaciones. Él era el que le conseguía un poco de café caliente por la mañana y con suerte algo para picar al medio día, a cambio, le cuidaba el puesto de noche y le limpiaba el espacio por las tardes.
Ahora tenía que rebuscárselas de otra manera, pidiendo a algún comerciante de la estación o también podía probar suerte con alguna persona que pasara caminando.
No sabía qué día era, ni que mes. Tampoco sabía cuántos años tenía, desde que había perdido su documento, lo único que recordaba de sí era su nombre completo: Felipe Edgardo Rivas. Sin embargo en la estación se lo conocía como “el viejo matute”. Apodo que le fue adjudicado después de haber ayudado a un oficial de policía a detener a un carterista.
El viejo matute, antes de ser un linyera, vivía en General Villegas, y era medico. Pertenecía a una familia acomodada de esa pequeña ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires.
Una tarde como cualquier otra, él volvía del hospital a su casa, su esposa y su pequeña hijita de ocho meses lo esperaban en la puerta.
Vaya a saber el cielo porqué, su esposa decidió cruzar la calle para recibirlo, lo hizo sin mirar, no vio que venía un auto a una velocidad considerable.
El auto las envistió quitándoles la vida en el acto.
Lloró a gritos en la calle junto a los dos cadáveres, hasta que por el cansancio de quedó sin fuerzas, no podía moverse. Sus familiares y amigos lo llevaron a la casa.
No fue al entierro. No salió de su casa por dos meses, los más cercanos lo visitaban, le llevaban comida, lo atendían.
La casa era un desorden, estaba sucia por todos lados.
Una mañana de enero, se fue de su casa, caminando por la calle, luego por la ruta, solo se había llevado su documento.
El abandono de su persona era extremo, al momento de irse, llevaba una semana sin ver una ducha.
Desde ese día Matute vive en un hotel de mil estrellas, las calles, los bancos de las plazas sostuvieron su cabeza muchas noches, hasta que reparo en la estación Federico Lacroze. Él dijo una vez, un hombre pierde todo lo que tiene cuando deja de tener cosas en el corazón. La última vez que tuve algo en el corazón, estaba muerto en la calle. No tuve fuerzas para vivir, no tengo valor para dejar de hacerlo.

Los girasoles (Parte IV)

Era la hora de estar en la fiesta de compromiso de su prima, pero Victoria recién se estaba cambiando, todavía le faltaba maquillarse, mínimo tenía como para media hora más en el departamento antes de salir.
Después de deliberar un momento con ella misma que ropa usaría, fue el turno del maquillaje, que, sí o sí, debía combinar con la ropa.
Cuando terminó, aparentaba un estilo casual, nada fuera de lo común, pero que a ella le había costado bastante elegir.
Salió a la calle, caminó un par de cuadras hasta la avenida para buscar un taxi, la manera más rápida y menos económica de viajar, porque tenía que ir medio lejos. Ya no importaba, llevaba tarde. ¿Y cuántas veces se iba a comprometer su prima? Pensó. Después de eso se rió sola, una sola, cuantas veces más, era un gasto importante eso de casarse, como para gastar dinero en eso una sola vez en la vida.
Siempre le pasaba lo mismo, cuando necesitaba un taxi no le paraba ninguno, y eso que no era día de lluvia.
Después de unos minutos al fin paró uno, abrió la puerta y le dijo al chofer que tenía que ir lejos, de capital a provincia, para ver si no tenía inconveniente en hacer el viaje. El chofer le dijo que no, entonces subió.
Mientras iba en el taxi, se dedicó a mirar a la gente que andaba en la calle a esa hora, algunos paseando el perro, otros caminando con ropa deportiva y parejitas caminando lento.
El último grupo la hizo extrañar las épocas en las que tenía a alguien al lado, seguramente para muchas personas caminar solas no les afecta en lo más mínimo, pero para ella eso era importante, andar a la par con otra persona mientras caminaba.
Entre tanto trataba de distraerse mirando por la ventanilla, el taxista le dio charla.
- ¿Va a una fiesta, no? – Dijo el taxista.-
- Sí, de compromiso.
- ¿Usted es la que se compromete?
- No, mi prima. ¿Estamos lejos de la dirección que le di? – Preguntó Victoria con aire inquieto por las preguntas.-
- Estamos a dos cuadras, ya llegamos.
Llegó a la puerta, pagó y salió del auto cerrando la puerta delicadamente, pero no cerró, así que tuvo que volver a cerrar, pero esta vez un poco más fuerte.
Se acercó a la puerta, tocó timbre y la atendió Santiago, el novio de su prima.
Pregunto por su prima, mientras su primo político le alcanzó una copa.
De repente se escucho un leve grito y Victoria giró para ver, era ella, la agasajada. Se abrazaron, y comenzaron a caminar hacia el jardín donde estaba la familia.
Se acercó y saludó uno por uno a todos con un beso. Estaban los primos, su hermana, sus papás, sus tíos y los abuelos.
Ninguno le preguntó el porqué del retraso, ya la conocían, la única que resaltó el detalle del tiempo fue la abuela, persona con la que Victoria guardaba cierta distancia debido a algunos comentarios que le había hecho, pero con buena comunicación, después de todo era su abuela y a pesar de no compartir los mismos pensamientos, la quería.
Al rato, cuando tenía la segunda copa por la mitad, preguntó dónde estaba el baño. Le indicaron cómo hacer para llegar, pero pidió que le explicaran de nuevo porque había que pasar varias puertas y no quería perderse.
Entró en la casa, caminó por el pasillo que estaba entre la sala y el comedor, y encontró el baño.
Cuando salió, volvió a por el mismo pasillo, pero se detuvo frente a lo que parecía un despacho, allí vio algo que le cautivo la atención poderosamente.

Los girasoles (Parte III)

La noche estaba a penas fresca, prácticamente ideal. Martín llamó a Santi para preguntarle como tenía que ir vestido, porque le daba pereza ponerse un traje. Su amigo le dijo que había que ir de elegante sport, pero bien arreglado, intercambiaron un par de chistes por teléfono y después cortó.
Buscó la camisa menos arrugada, la planchó como pudo, lo mismo hico con un pantalón de gabardina. Eligió un suéter que combinara con la camisa y ya se daba por arreglado para el evento, pero antes de salir, ya con las llaves puestas en la puerta, se dio cuenta que no se había puesto perfume, volvió al cuarto, pensó en cuál sería el más adecuado para la situación y se decidió por uno que le había regalado una amiga para su cumpleaños.
Llegó temprano, uno de los primeros. Estaban los familiares, casi todos, él era el primero de los amigos que se hacía presente.
Saludó a su amigo con un abrazo fuerte y a su prometida. Charló un rato con Santi, después con los viejos de este. La casa la conocía hacía tiempo, pero el último año le habían hecho refacciones, agrandaron algunas habitaciones y rediseñaron la estancia.
- ¿Viste cómo quedó la sala? – Dijo el papá de Santi – Nos costó un Perú, pero al final quedó como quería la Doña.
- Sí, lo felicito. El lugar quedó hermoso, más grande, más luminoso.
- Che Martín ¿Vos solari todavía o vas a hacer cómo mi hijo que de la noche a la mañana sale con que se casa? – termino la frase y largó una carcajada. –
Otra vez el mismo tema, debe ser el día, pensó Martín.
- Y yo… – Puso cara de pensativo. – Mejor solo que mal acompañado ¿no? – se rió. – En realidad no hay candidata, no por el momento, por más buena voluntad que le ponga, no tengo tiempo con el trabajo y demás menesteres, se me complicaría una relación.
- Es cuestión de querer Martín, siempre es cuestión de querer.- Hizo una pausa. - Pero te entiendo, a veces no hay tiempo.
Hasta Martín se pudo dar cuanta que lo decía por compromiso, casi teniéndole un poco de lástima porque estaba solo. Pero a decir verdad no le importaba, él estaba mejor así.
Mientras tanto los invitados llegaban de a poco. Un leve bullicio comenzaba a levantarse en la casa. Todavía faltaban casi la mitad de los invitados.
Se acercó a una mesa para comer algo, y ya que estaba agarrar una copa con algo.
De repente se abrió la puerta, y reconoció la voz. Era uno de los primos de Santi que vivía en Francia, seguramente estaba de visita. Cuando lo vio lo saludó como a un hermano. Ellos dos habían compartido muchas vacaciones en la costa, eran de mismo grupo de amigos. Al menos tenía a un buen amigo para charlar, éste le presentó a su señora, una muchacha francesa muy bonita.
Mientras recordaban anécdotas con copas en las manos, como en toda tertulia de esa clase, se volvió a acercar el papá de Santi.
- Martín, haceme acordar que te muestre algo que compré, que seguro te va a gustar.
A lo que contestó con un gesto amable con la cabeza.
La gente seguía llegando, cada vez faltaban menos, de todas formas era temprano y había tiempo de sobra.


viernes, 24 de septiembre de 2010

Los girasoles (Parte II)

Ese mismo día, Victoria se había quedado dormida. El despertador la traicionó quedándose sin pilas. Salió de la casa sin desayunar ni maquillarse.
Corría con ventaja porque vivía cerca del trabajo, podía ir caminando, pero en ese momento tenía que ir volando si no quería que la retaran.
Hacía tres años que trabajaba como recepcionista en un estudio de abogados. Le faltaban dos materias para recibirse de abogada, pero como la habían aplazado la primera vez que se presentó, tenía miedo de rendir cualquiera de las dos, era cuestión de agarrar coraje nuevamente para intentar otra vez.
Gracias a Dios el ascensor estaba vacío, así que aprovecho para maquillarse rápido usando el espejo.
Llegó a la oficina, trató de hacerse la disimulada pero una de las secretarias, justo la única con la que se llevaba más o menos la mando al frente saludándola en voz alta. Un papelón que ella acomodó con un poco de humor y buen ánimo.
Mientras se sentaba en el escritorio de la recepción, organizó sus cosas en los cajones y lista para mirar al frente con una sonrisa, atender el teléfono, tomar recados y atender a quienes pasen por ahí.
- Hola Victoria ¿Cómo estás?
- Hola, bien ¿vos?
- Bien. ¡Que linda estas hoy!
- Gracias.
- Siempre tan seca. Menos mal que hoy no te invité a almorzar. – Mostró una leve sonrisa, dio media vuelta y se fue. –
Era el pesado de siempre. Uno de los abogados más jóvenes del estudio andaba atrás de ella desde que empezó a trabajar ahí. En realidad andaba atrás de todas, pero la única que nunca le dio lugar había sido Victoria. Siempre pasaba por la recepción para decirle algo o invitarla a alguna fiesta a la noche.
Todo esto la tenía sin cuidado. Conocía las personas como ese abogado, a esa clase de personas no había que llevarles el apunte, decía.
En verdad, no le llevaba el apunte a nadie. Su primer novio le había sido infiel, y el segundo también, tenía argumentos suficientes para convencerse y estar sola.
En su vida, como en tantas otras, las malas experiencias marcaban la tónica de las decisiones amorosas.
Cuando salía con sus amigas, conocía gente, sin embargo siempre había un “pero”, que le impedía hacer o decir algo. A cada uno de los candidatos que se le acercaba le encontraba uno o varios defectos que esgrimía como escusa, o argumentos validos, para rechazar invitaciones y proposiciones.
El que era lindo, seguro era hueco, y si era más o menos inteligente, era infiel en potencia. Sí era feo y tonto, era un pesado, si era feo e inteligente, seguro terminaba como amigo. Así pensaba.
Algunas de sus amigas habían vivido en carne propia la infidelidad, pero con el tiempo habían encontrado compañero, así que no le insistían demasiado, cada tanto deslizaban algún que otro chiste, pero por lo general evitaban el tema.
La tarde detrás del escritorio se le pasó volando. Pero a su día todavía le faltaba mucho, tenía que ir a comprarse un vestido y unos zapatos que hicieran juego, o al menos a ver vidrieras para ver si había algo que le gustara. Después al gimnasio, después de todo estaba sola pero no había razón para descuidar el cuerpo.
Era viernes, pero no era uno más del mes, ese día era la fiesta de compromiso de su prima, una de sus mejores amigas de toda la vida.
Gracias a Dios era en la casa de la familia del novio y no en un bar u otro lado, más intimo, más tranquilo, a parte era una casa grande, con parque y todo.
Lo que más la alegraba era que su prima era la primera de sus amigas en casarse, eso transformaba todo en un gran acontecimiento para ella.



El testamento

A medida que se leía el testamento, las caras se iban alargando.
Uno a uno los sobrinos del viejo rico se hundían en el desconsuelo, y no precisamente por el difunto.
Cada uno de ellos, tres varones y dos mujeres, habían heredado una propiedad, por el valor de unos cuantos miles. Nada en comparación a todo el capital que su finado pariente dejaba.
No les había dejado nada de dinero. Ni un solo centavo. Ellos había sido la única familia que tuvo, sin tener en cuanta a un hermano adoptado, que hacía años estaba en una misión de la iglesia Anglicana en Malacia. De quién, hasta entonces no se decía nada en el testamento.
Después de la repartición estipulada para los familiares más cercanos, el notario continúo leyendo.
El patrimonio del fallecido era bastante extenso y la lentitud del encargado de la lectura tornaba la situación algo tediosa.
De pronto, entre los papeles del documento, se encontró una carta. Estaba escrita con pluma y por el trazo era la letra del tío. La carta, tenía carácter de documento porque estaba firmada y sellada por escribano, el mismo que leía, que, confesó que en sus últimos días renovó el testamento lo había mandado a llamar para que certificara el nuevo documento.
Un aire de esperanza y alivio refrescó los rostros de los presentes, tal vez en el nuevo testamento ellos tendrían más cosas.
Pero no, la primera parte era toda igual al antiguo. Con menos palabras en todo caso, pero les dejaba las mimas propiedades.
La mitad de sus bienes estaban destinados a entidades religiosas y hospitales.
A diferencia del papel anterior, éste sí mencionaba el hermano adoptivo, a quién le dejaba la otra mitad del sus bienes, una cifra de nueve dejitos.
En aquel preciso momento, los cinco hermanos parecieron morir. Era imposible que su tío le dejara esa cantidad a un vago que se había ido al otro lado del mundo a pasar tiempo con gente que no sabe leer. Todos pensaban que era un rebelde y un ingrato, dejar todo lo que tenía en su país para irse. Y que encima le sacaba, según ellos, plata a la Iglesia Anglicana, porque era la que le pagaba el sueldo.
Las caras de todos allí destilaban bronca, nadie comprendía el porqué de tan descabellado testamento.
Lo que más irritaba a los cinco hermanos era que el heredero no estaba presente. Se decían unos a otros que era un descarado, que seguramente le había dado lástima al tío el lugar donde estaba y por eso le dejaba dinero.
Mientras el letrado firmaba los últimos papeles, recordó que todavía faltaba leer una carta.
El escribano, no solo había trabajado para el difunto, sino que también había sido su amigo, su compañero de golf por más de veinte años.
Cuando cerró la carpeta de cuero, se difirió a un cajón de su escritorio y sacó otro sobre.
Y les dijo que todavía faltaba leer algo más.
Con mucha tranquilidad, abrió el sobre, retiró el papel de adentro y comenzó a leer.

Mis sobrinos todos, aun los que están lejos, les amo. Seguramente están enojados porque no les dejé más que una propiedad de unos miles a cada uno. Y deben estar preguntándose ¿cómo es que alguien a quien no vemos hace varios años, me incluyo, recibió tan gran recompensa?
Sí, dije recompensa. Mientras ustedes, estaban a pocos quilómetros de mi casa, pocos en comparación con su hermano, el me escribía siempre para mi cumpleaños, para las navidades mandaba una tarjeta, que, según él era precaria en comparación a las que se pueden conseguir en nuestro país, porque allí llegaban pocas cosas de afuera. Por lo general sus cartas llegaban dos o tres meses tarde, pero igual las mandaba.
En una de sus últimas cartas, él ya sabía que yo estaba mal de salud y me sugirió acercarme a la fe, me decía que había una vida mejor que aquí en la tierra, una vida en el cielo. Para ustedes puede sonar algo ridículo, para mí también, al principio, ¿Qué puede haber mejor que la vida que viví yo aquí en la tierra? Tuve todo lo que quise. Pero no tuve a nadie cerca para darme un abrazo, para preguntarme como estaba del cáncer de pulmón.
A nadie de no ser por ese hippie con una cruz colgada del cuello y una pequeña biblia en la mano, que vive al otro lado del mundo.
Nunca me pidió dinero, siempre me contaba de sus logros con el orfanato y el colegio que lleva adelante con su esposa, una mujer de aquel país. Él tiene tres hijos, de quienes no recuerdo los nombres en este momento, ni sus edades. Seguramente eso ustedes ya lo sabían.
Ustedes no necesitan dinero, ustedes ya me pidieron dinero, cuando alguno estuvo mal, o sus empresas o lo que haya sido, siempre respondí por ustedes, tal como su padre hubiera hecho.
En una de sus cartas me dijo: “todo tu dinero no alcanza para compara la vida que viene, ojala puedas ser como yo, vivir sin la presión de tener que tener. Yo tampoco tengo dinero para poder comprar la vida que viene, no lo necesito, sabes tío, es gratis, únicamente tenés que creer.”
Mi dinero no es para él ni su familia, mi dinero es para una escuela y un orfanato del otro lado del mundo. Es cierto yo no tengo dinero para comprar la vida que viene, pero mi dinero puede dar la posibilidad a otros de conocerla.
Espero que ustedes como yo alcancen la hermosa posibilidad de creer.
Su tío.

Los girasoles (Parte I)

Martín salía de la casa a la hora de siempre, después de una ducha y el desayuno mirando tele, estaba listo para caminar hasta la parada del colectivo.
Entraba a las nueve en el estudio contable del tío, que desde la muerte de su papá se había hecho cargo de él y de su hermano más chico.
Llegó al trabajo con un poco de retraso, el colectivo se había desviado por que estaban cortando una avenida, eran los empleados bancarios que estaban protestando.
Su tío no estaba, se había ido de vacaciones, el que sí estaba era su primo. Un par de años más grande que él, no se tomaba el papel de jefe de manera drástica, repartía las funciones del día sin imponer ni exigir de más, era muy justo y tolerante, a parte era uno de sus mejores amigos.
Pasaron las horas hasta el medio día, Martín no se había levantado de la silla del escritorio todavía, llegó la hora del almuerzo y salieron a comer con su primo.
En la mesa del restaurante céntrico al que siempre iban ya tenían reservada la mesa.
- Che ¿Hasta cuándo vas a estar solo, no te aburrís? - Le preguntó el primo.-
- No comiences de nuevo Pablo, no rompas. – Contestó Martín mientras se reía.-
Era la pregunta que, por lo general, le hacía Pablo cuando estaban solos. Todos los primos estaban en pareja, ya sea casados o conviviendo, de alguna manera, ninguno estaba solo de no ser por Martín.
- Te pregunto bien, no te rías, porque parece que no te lo tomas en serio. De verdad, después de esa relación que terminaste hace tres años, no volviste a estar con nadie, es decir con nadie que nosotros sepamos. Ojo no tenemos porque enterarnos pero, sería lindo verte acompañado y feliz otra vez.
- Si, esa parte seria linda. El problema es que casi todas las relaciones, las mías, no sé porqué, son extremadamente complicadas, de minas lindas pero bravas o con problemitas, me quedan pocas ganas de renegar con mujeres.
- ¿Ósea que le tenés miedo a las relaciones? – Interrumpió Pablo.-
- No, tanto como miedo no. Pero si cautela.
- Para mi es más que cautela, eso es miedito. – Se echo hacia atrás en la silla y soltó una pequeña carcajada.- Tendrías que salir más, si querés te puedo presentar alguna amiga de mi mujer, son todas profesionales, lindas mujeres, van al gimnasio y todo eso.
- Gracias por la oferta Pablito, pero puedo solo, sin ayuda. Es sólo que no quiero. No por el momento.
- Quizás eso esté mejor que andar buscando. En una de esas aparece alguna que te mueva el piso y te agarren ganas de estar con alguien.
La charla siguió un rato más, hasta el postre. Hablaron de todo un poco, como para ponerse al día. Después del cafecito, volvieron a la oficina.
Cada uno en su escritorio, con sus papeles, su teléfono y las cuentas de sus respectivos clientes, una tarde más de trabajo.
Pero en la cabeza de Martín, los razonamientos a cerca del amor y esas cosas seguían haciendo eco. En realidad no quería estar solo, era algo que le costaba afrontar, no le tenía miedo a las mujeres como decía su primo. Las malas relaciones lo habían marcado y mucho.
Las relaciones siempre terminaban siendo difíciles por mil razones, para él, el amor estaba íntimamente ligado con el dolor. Porque cada vez que había amado le había dolido en igual proporción.
Estaba cansado de pasarla mal. No buscaba una relación perfecta, mucho menos una mujer perfecta, solo alguien para compartir un proyecto de vida, hasta hacerse viejos los dos, no había necesidad de morir el uno al lado del otro, pensaba, si de vivir el uno al lado del otro, eso ya era mucho.
Dentro de todo, podía disimular su pesar. Y su escepticismo hacia el amor estaba delicadamente barnizado con humor, para atenuar cualquier respuesta o para responder cualquier pregunta.
Llego la hora de salir de la oficina, todavía le quedaba un poco de trabajo, pero no tenía la más mínima intención de quedarse. Juntó sus cosas del escritorio, guardó la computadora en la mochila, un par de papeles más, se puso el saco, saludó y se fue.
Gracias a Dios era viernes, hoy se juntaba con los chicos en la casa de Santi. En vez de juntarse en el bar de siempre, su amigo organizaba una cena con motivo de su compromiso.
Todo marchaba bien, el día se prestaba para un gran final en una fiesta con amigos, no podía pedir más.

viernes, 17 de septiembre de 2010

A los hijos

4 de Agosto de 1967
Mendrisio, Como, Italia.

Queridos John y Lydia, mi viaje está llegando a su final, la providencia divina me ha guiado a lo largo de todo el camino.
La gente aquí es preciosa, la región de la Lombardía no tiene comparación con nada que haya visto antes. Saliendo de Milán hacia el norte, las pequeñas poblaciones rurales son hermosas. Gracias a Dios vine en verano, porque dicen que aquí los inviernos son muy crudos por la nieve.
Después de tanto buscar, preguntar e investigar, encontré la tumba de quien fuera el único hombre y amor de mi vida, padre de mis dos angelitos, ustedes.
Cuando por fin pude encontrar el campo santo donde estaban sus restos, tardé ocho días en recoger el valor para llevarle flores. Después de tantos años de incertidumbre acerca del lugar donde estaba, tenía miedo de enfrentar una lapida fría, en la que solamente esté su nombre.
Y así fue, al octavo día de estar en un pueblito al norte, cerca de la frontera, que decidí ir a verlo.
En la entrada, el cementerio tiene una inscripción en la que está dedicado a los caídos en la segunda guerra mundial.
Tuve que caminar unos veinte minutos hasta encontrar la parcela. El blanco de la lapida parecía mármol de carrara.
Me arrodillé cuidadosamente y lloré lo que en veintitrés años no había podido.
En mi cartera tenía guardada la foto cuando él se embarcó. Vestido con el uniforme, yo con el vestido azul que me había regalado mi madre. La saqué y la puse junto con las flores que había llevado.
En ese momento pude entender por qué la gente dice: “es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado”. Cuando me arrebataron lo que más amaba en el mundo, todo lo demás pareció caerse de no ser por ustedes mis dos angelitos.
Amé a su padre con todo mí ser, y conocí el amor en él. Por él sé amar, se dar. Y su ejemplo me alcanzó para considerar que no podía existir otra persona en mi vida que ocupara el lugar de Alexander Paterson, a quien amé y perdí por una estúpida guerra, en un país del otro lado del mundo.
Cuando nos casamos en esa pequeña capilla en Auburn, Maine, juramos vivir el uno al lado del otro por el resto de nuestras vidas. Y pensé que sería así. Pero Dios se lo llevó antes, y más de veinte años llevó sola, entendiendo que es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado, porque el fruto de ese amor son mis hijos, mi nuera y mi yerno, y mis preciosos cinco nietos.
Les escribo esta pequeña carta para decirles que los amo con todo mi corazón, les agradezco que me hayan regalado el pasaje para poder venir con mi hermana a buscar la tumba de su padre, también para conocer Europa.
Mañana partimos con Susan hacia Venecia, después iremos a Roma, antes de retornar a Norteamérica.
Les mando junto con la carta una postal que compre del lago Como.

Los ama, Marta Paterson.

P.D: Hijos, amen a sus familias, que es el mejor regalo de Dios en esta tierra, y mientas tengan a quién aman a su lado, sean las personas más felices del mundo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Ideas, colores y armas

Acusado de traición, Gabriel Héctor Quintana Sánchez iba a ser fusilado aquella misma tarde.
Nadie juzgó su delito. Fue una resolución de común acuerdo entre sus superiores, para dar un ejemplo al resto de la milicia.
Su crimen había sido perdonarle la vida a un soldado de la filas enemigas.
Esto, resultaba ser un crimen importante en épocas de guerra civil. La misma sangre luchando entre sí para gobernar la tierra que les corresponde a todos, pero que una vez más, por razones políticas el pueblo volvía a las armas luego de una paz intermitente de diez años.
Los colorados eran los del este del país, y los azules del noroeste. Ambos bandos se encontraban midiendo fuerzas en el centro de, lo que antes, era una nación.
- Tengo esposa e hijos, por favor no me mates. -Le había dicho.-
Esas palabras paralizaron a Gabriel. Enfrente tenía a un joven de no más de veinte años, con una alianza en el dedo anular de la mano izquierda.
Durante unos breves instantes, se quedó pensando en su propia familia, la que había perdido hacía cuatro años, antes de enlistarse en la guerrilla.
Su esposa y su hija recién nacida habían muerto cuando una avanzada de los rivales irrumpió en su aldea, quemaron su casa con ellas adentro mientras dormían.
Antes de usar armas de fuego, él había sido pescador de río, aquella noche estaba pescando con su red y su canoa.
Cuando regresó a los suyos, encontró el desastre, sólo cenizas.
Estuvo días sin dormir del dolor, y en la desesperación de venganza se unió a una idea que él no abrazaba, pero esa idea era una excusa para matar a quien le había arrebatado lo único que valía la pena en su vida.
Y cuando tuvo a ese soldado raso arrodillado delante, y le pidió que no le quitara la vida por su familia. Pensó en que hubiera sido si alguien le hubiera dado una opción para su esposa y su hija, quizás, hubieran tenido alguna oportunidad de evitar ese cruel destino.
Lo miró a los ojos, y no le dijo nada. Lo seguía apuntando con el fusil. Con una mirada de compasión, cerró los ojos para que el muchacho escapara.
Lo que él no tuvo en cuenta era que estaba siendo observado por un sargento primero que gritó:
- Dispare soldado, dispare.
Héctor bajó el fusil y miró al suelo.
Para sus compañeros, era un traidor a la causa. Traidor a una idea, pero no traidor a la vida.
Quien era él para matar a alguien. Era guerrillero, pero no era Dios.
Su sed de venganza lo había llevado hasta ese punto. Hasta su propia muerte.
Seguramente, esto le pasa a la gente buena, pensó, que no está preparada para matar, y que subestima las consecuencias de la revancha.
La ironía era muy clara, iba a morir por perdonar una vida. Lo desquiciado de las ideas es que cuando se visten de algún color, discuten y llegan a las armas, y matan para imponerse.
Faltaba una hora para enfrentar el paredón. Acostado en el catre de la celda, apretaba en la mano derecha un rosario que había sido de su madre, y en la mano izquierda sostenía la única foto que tenía de su familia. En solo cuestión de minutos iba a volver a verlos,
-Porque los que perdonan son los que van al cielo.- Murmuró.-
Lo esposaron y lo condujeron a la parte posterior del campamento, si iban a fusilar a uno de los suyos, no era conveniente que el enemigo lo viera.
Antes que lo vendaran y lo dejaran solo, dijo al soldado que lo escoltaba:
- Hice lo correcto, lo dejé vivir.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El pirata y la mujer maravilla

Se conocieron en una fiesta de disfraces. Un pirata de poca producción y la mujer maravilla con un lazo de nylón. Él tenía un problema serio de infidelidad, por eso se le acerco. Ella tenía complicaciones con las hierbas recreativas.
Con unas pocas copas habían entrado en confianza. Tanto, que esa noche se fueron juntos de la fiesta.
Todos en aquel lugar vieron formarse una extraña combinación. Sus conocidos en común se extrañaron hasta el temor, en el peor de los casos.
A las pocas semanas, él decidió abandonar la relación en la que estaba para irse a vivir con ella. Dato totalmente desconocido por su nueva compañera.
Lo asombroso, para los de afuera era ver esa rara combinación de personalidades, dos caracteres totalmente opuestos, con un juego extraño de vicios y trampas por ambos lados.
Él no desconocía el desliz de su concubina, pero no sospechaba su dependencia. Constantemente ella recurría a pequeños recreos de la realidad bañados en un paisaje de humo.
Los dos se mentían y se engañaban para que el otro pensara que todo estaba bien. Ella decía que solo se divertía una vez cada un par de días, él solo salía con amigos.
Los más cercanos, los que conocían de cerca a la pareja no entendían como hacían para convivir en un ambiente de tanta falsedad. Una de dos, no ninguno de los dos sabía quién era el otro, o lo sabían, pero preferían vivir una mentira antes que estar solos, después de todo, no eran personas fáciles de llevar, había que estar dispuesto, muy dispuesto, a vivir con alguno de ellos, tanto más a tener una relación con cualquiera de los dos.
Cada tanto tenían discusiones, las que hacían parecer al Armagedón como un simple juego de mesa.
Al lado de el pirata y la mujer maravilla, las parejas amigas se sentían bendecidas por el cielo, hacían ver sus discusiones como si no fueran nada.
Con discordias y todo, se necesitaban, se querían.
Desde que se conocieron no se separaron, no por completo, cada tanto tenían idas y vueltas. Pero qué más daba, se entendían así.
Y pensar que en las primeras charlas querían ponerse de acuerdo para darle vida a un sueño, ahora soñaban con poder llegar a un acuerdo para vivir.
Dos o tres veces a la semana el dormía en el sillón, ni hablar las semanas de luna llena. Pero esos días, decía él, eran cuando más la quería. Ella, al contrario, no lo quería ni ver.
Su receta para esos días, era mirar una foto del día en que se conocieron, cada quien con su disfraz. Miraba a la mujer que tenía la tiara con la estrella ¿Dónde iba a encontrar a una mujer parecida a esa? A pesar de sus visitas a otras flores en otros jardines, siempre quería volver a ese sillón, cerca de ella, por si a caso lo necesitara.
Ella también tenía su receta para momentos difíciles, guardaba en el cajón de la mesa de luz el álbum de fotos de sus primeras vacaciones juntos, en la playa. Le recordaban lo felices que fueron, y así no perdía las esperanzas de volver a ser felices como en aquel verano.
Dejar todo y rendirse no era una opción, eran demasiado obstinados para el amor. Tal vez sus educaciones católicas y los principios de las familias no los dejan desistir, no estaban casados, ni estaba en los planes. Pero concebían el amor para toda la vida. Aunque tuvieran que llevar puestos toda la vida los disfraces del día en que se conocieron.

No lastimar tanto

Era una situación que ya no podía esconder, mucho menos evitar su desenlace.
Estaba solo en su casa, sentado a la mesa, tomando mate. Amargo y caliente, como le gustaba. La radio se escuchaba de fondo, pero había que hacer fuerza para escucharla. Necesitaba silencio, pero la soledad no le estaba haciendo bien.
Había descubierto que se podía estar solo a pesar de tener la compañía de alguien.
En una mano sostenía el mate mientras lo tomaba, con la otra jugaba con un llavero. Como un soldado en las trincheras juntando valor antes de ir al frente, se mentalizaba para la batalla que estaba por enfrentar.
Los minutos pasaban lentamente, todo pasaba lentamente. Hasta sus pensamientos, cada razonamiento tardaba más de lo normal en aclararse.
Todo su esfuerzo se concentraba en encontrar la forma de decir las cosas de tal manera que no lastimara.
Pensó en un simulacro de cuatro palabras: “Ya no te amo”. Pero eso sería un verdadero suicidio. Casi como inmolarse.
Tal vez, algo parecido a: “no siento lo mismo que antes, no te quiero mentir cada vez que te miro a los ojos, así que mejor terminemos, por el bien de los dos…” Esa le parecía la muy sincera, hasta correcta y justa con lo que pensaba y sentía.
A parte, tenía que sintetizar sus razones. No podía decir que realmente la pasaba mal a su lado, eso sí sería lastimarla a propósito. Si bien, era totalmente cierto, últimamente la pasaba terrible con ella, no era justificativo para lastimar. Es más, si él se dirigía a ella de esa manera, conociéndola, seguramente ella trataría de manipular las cosas para hacerlo sentir mal a él, y eso complicaría las cosas.
La conocía, sabía cómo era, podía adivinar sus jugadas. Eso era lo que le daba miedo. Ya sabía cómo iba a reaccionar. Seguramente, no lo aceptaría, y su respuesta sería que “habría que luchar por el amor”.
Que vergüenza decir eso, porque si realmente amara, sería capaz de soltar algo que se quiere ir. Pero era como ella pensaba, ya se lo había dicho en una discusión hacía unos meses. Después de eso siguieron, pero solo para lastimarse. La relación no contaba con una coherencia. Muchos caprichos y estupideces que no llegaban a ningún lado.
También tenía que aplacar sus sentimientos, todo estaba mezclado, algo de cariño, de bronca, de tristeza, y la extraña sensación de buscar aire y libertad que lo dominaba desde hacía unas semanas.
Ya se le estaba terminando el agua del termo, y se le acababa el tiempo. Para cuando saliera de su casa, ya tenía que saber que iba a decirle. Pero no solo era eso, sino también afirmarse en la convicción de la decisión que había tomado, la de terminar.
El último estaba más que lavado, pero se lo tomó igual.
Se puso el reloj, guardó el celular en el bolcillo del pantalón, agarró las llaves y salió, seguramente en el colectivo, de camino a la última cita, encontraría las palabras y la forma para no lastimar. No lastimar tanto.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La frase

Otra vez lunes, todo comenzaba de nuevo. Hacía diez minutos que había apagado el despertador, pero todavía seguía en la cama con los ojos cerrados.
Antes que se le hiciera tarde para desayunar, su mamá la destapó. Situación común, más cuando comenzaba la semana.
Casi de un salto dejo la cama. No encontré las pantuflas y salió descalza del cuarto. Fue al baño, se duchó, se cepilló los dientes, se vistió y bajo a tomar una taza de café con leche a la cocina.
Intercambió unas pocas palabras, casi un reto, con su mamá porque iba a salir con el pelo mojado.
Nada de eso parecía afectar su estado pensativo. Juntó sus cosas y salió para la facultad, estaba en el primer año de arquitectura.
Mientras esperaba el colectivo en la esquina, una frase no paraba de martillarle la cabeza: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón…”
Lo había dicho el predicador en la iglesia el domingo por la mañana.
Ella asistía por obligación, no por gusto, ni por otra cosa. Su papá había sido muy claro, mientras ella viviera bajo su techo, tenía que obedecer y seguir las costumbres de la familia.
Sus papás y sus dos hermanos menores, concurrían con gusto todos los domingos, ellos eran creyentes practicantes. Ella se definía como una acompañante.
No recordaba ni siquiera la cara del predicador o de que libro de las Escrituras había sacado esa frase. Pero no podía evitar que retumbara en su cabeza.
¿A qué se refería con guardar su corazón? Se preguntaba. Ella solo le encontraba una única respuesta. Guardarlo del chico con el que estaba saliendo, o estaba tratando de iniciar una relación.
No podía haber otra explicación, era por eso.
Seguramente, su papá, había hablado con ese predicador para que dijera cosas así. Porque, tanto su papá como su mamá, no estaban a gusto con el chico con el que estaba saliendo para conocerse mejor, así decía ella.
Lo importante, en realidad, era lo que sentía hacia él. Eso era lo que la tenía intranquila. No sabía lo que en verdad sentía. Le gustaba y mucho, también le gustaba pasar tiempo con él.
Pero, al llegar el momento de poner algo en limpio sobre la mesa, no encontraba otra cosa.
Él se le había insinuado varias veces en pasar la noche juntos, pero ella no se sentía segura. A parte, cómo explicar en casa que iba a pasar la noche afuera.
No veía la necesidad del apuro. Porque si él realmente la quería, la iba a esperar.
En ese sentía, mal que le pesara, le daba la razón a ese predicador. Ella tenía que guardar su corazón, tenía que guardarse de él, y también de ella misma.
Ya se estaba por bajar del colectivo. Tenía puestos los auriculares para escuchar la radio.
Se bajó del colectivo con una extraña sensación de estar siendo observada, pero nadie en la vereda de la facultad parecía prestarle atención. Capaz era ella que se sentía perseguida por sus razonamientos y esa frase que no paraba de gritarle por dentro.
Su conciencia le decía que se cuidara. Pero no entendía bien de qué.
Quizás era el instinto de preservación natural, el instinto de no sufrir, no sentir daño por querer a la persona equivocada, o dejar que alguien jugara con ella.
Si bien, no era muy creyente, prácticamente poco y nada, algo le daba la convicción de hacerle caso a esa frase.
Ahora tenía que dejar de lado todos esos pensamientos y razonamientos. Ya estaba cursando y no podía distraerse, matemática era una asignatura complicada para ella y le demandaba el doble de atención que las otras, no podía darse el lujo de estar distraída.

Un verdadero milagro

No existe el tiempo perfecto para el amor, en cambio, existen los momentos de amor perfecto.
El amor entre seres humanos no es eterno, pero ¿Cómo es qué para algunos el amor dura toda la vida? El secreto está en que esos momentos o instantes de amor perfecto sean sucesivos, consecutivos. Lo cual, es una mera decisión de cada individuo.
Dándole poco espacio y tiempo en la vida a la rutina del sentimiento, al desánimo, la desesperanza, la costumbre de la compañía.
El amor no se sostiene por el cariño, sino por esa constante decisión de amar, y de vivir esos instantes de amor perfecto todos los días.
Dicha resolución, es tan fugaz como un parpadeo o como la vida que puede llegar a tener una chispa. Así de breve.
Una chispa, un impulso, que lleva a resolver algo inmediatamente, y a actuar en pos de ese minúsculo instante donde el universo con sus mundos y sus tiempos pasa delante del individuo.
Un detalle importante es entender y saber que, para que una chispa pueda encender una fogata, es necesario que la hojarasca esté seca.
Algo seco, es algo que está muerto por fuera y por dentro. Inerte.
Es por eso, que algunos encuentran el amor cuando no lo están buscando. Cuando están secos.
Sin ánimo para querer, encariñarse, mucho menos para amar.
De la misma forma que un explorador en el bosque, enciende su fuego para pasar la noche, puertas adentro del pecho, un destello contagia luz y vida en las entrañas de un ser adusto.
Sin embargo, nada de esto es milagroso, tanto los momentos de amor se pueden fingir, la decisión se puede fingir, hasta las decisiones se pueden fingir, se pueden inventar destellos o chispas que iluminen de forma artificial el interior de la caja dentro del pecho.
El verdadero milagro, sucede antes que todas estas cosas. El milagro no es amar, sino encontrar a quién amar.
Todo esto, casi una explicación metafísica, sucedió dentro de una persona sentada en un en un parque, mientras miraba dos ancianos que caminaban tomados de la mano.
¿Cómo es que me resulta tan difícil, encontrar el amor sin buscarlo, acaso no estoy lo suficientemente seco como para que una chispa encienda algo de luz dentro mío? Se cuestionaba.
Era minucioso a la hora de inquirir en sí mismo, pero a la hora de hurgar en su propio pecho, los papeles de sus razonamientos se le mezclaban, sin encontrar un libreto coherente para su discurso interno.
Tal vez, rodeaba demasiado la misma cuestión, buscando una respuesta que iba a llegar con el tiempo. Pero sus ansias de satisfacción y respuestas, le impedían descansar de sus pensamientos. Justamente por eso estaba en el parque, ahí sentado, para distraerse y no seguir pensando. Sentado esperaba un verdadero milagro.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Termineitor

- Sí seguís llorando, te voy a golpear para que tengas un buen motivo para esas lágrimas.
- Dejame che, no hace falta que hables así.
- No te me vengas a hacer el sensible, a todos alguna vez nos dejó una mina. Y no es para andar llorando o dar lástima. Pasó lo que tenía que pasar, punto. La macana es que terminaron mal.
- ¿Mal? Mal, es una forma de decir. No era solo una relación así nomás, las familias se conocen, hay amigos en común, había planes en común. Muchas cosas. Pero ahora ya no quedó nada de eso. El grupo de amigos se va a dividir, como siempre, cada uno va a tomar partido y eso.
- Los que toman partido no son tan amigos, yo no soy, ni fui amigo de ella, así que no me hago cargo.
Cuando terminó de decir eso, le cebó un mate y se lo pasó. Eran amigos desde la primaria, se conocían bien como para saber cuando alguno de los dos estaba mal en serio. Esta, era una de esas situaciones, las que ameritan compañía de alguien de confianza.
- No es sólo la separación de los amigos, también es decirle a todo el mundo que terminamos y explicar.-Decía mientras hacía ademanes con el mate en la mano.-
- Explicar ¿Qué? – Se apuro a interrumpir el amigo.- Vos no tenés nada que explicarle a nadie. O a caso los demás te andan dando explicaciones de su vida y sus decisiones. No le debes explicaciones a nadie. Todo queda entres ustedes dos. Y la verdad, me alegro que hayas terminado, muy absorbente. No podías hacer nada, ni jugar al básquet con los pibes.
- Es cierto, no le debo nada a nadie. Mucho menos explicaciones.- Terminó el mate y se lo devolvió al cebador.- De todas formas va a ser molesto que todo el mundo pregunte.
- A estas alturas eso es lo de menos, les podes decir cualquier cosa. Que la dejaste porque era ladrona, o consumía estupefacientes o porque era bipolar y cuando estaban solos te golpeaba y sufrías violencia hogareña.
- No, bueno, ahí te fuiste a la banquina. No se puede hablar en serio con vos.
- Como si no me conocieras. – Hizo una pausa.- Un chiste para levantar el ánimo. Acordate de estos días de penas, de acá a la otra navidad la vida no va a encontrar en otra situación, en otro lugar y quién sabe, con otra persona.
Los mates iban y venían, la charla seguía su curso.
Pero esa última frase de su amigo, realmente le levantó el ánimo. Ya se podía imaginar de ahí a un año. En otro lugar, haciendo otras cosas, y quien sabe, con otra persona.
Por ahora no quería saber nada con nadie y quería estar solo. Todavía no se lo había dicho a nadie, pero tenía miedo de las relaciones, después de todo lo que le había tocado vivir, realmente no tenía ganas de perder el tiempo no de andar rifando sentimientos por ahí.
- Están ricos los mates.
- Gracias. – Dijo el cebador.- Che, el sábado hay fiesta en lo del Ruso ¿vamos? Van a estar las amigas de la hermana. Todas gringas de ojos verdes. Y las amigas de la novia del Ruso, las del equipo de hockey.
- No, te agradezco.
- Dale, vamos para distraernos un rato, de paso a ver si picamos algo.
- Habla por vos. Yo no tengo ganas de salir de levante.
- Pero no es levante. Vamos, vemos que pasa, y sí hay suerte, hay suerte. A parte para despejarte un poco. Ver chicas lindas. – Hizo un silencio.- No es que tu ex era fea, pero para recrear la vista che. No te va a venir mal.
- Vemos. Dejame ver cómo llego al sábado.
- Te paso a buscar con el Cabezón en el auto y vamos.
Era jueves, y la verdad, no quería pensar en el fin de semana. Sabía que esos dos lo iban a pasar a buscar y que no se iban a ir sin él. Eran capaces de sacarlo de la cama, vestirlo y llevarlo aunque él no quisiera. Eran sus mejores amigos.
- Bueno termineitor. Me voy que se me hizo tarde.
- ¿Termineitor? ¿y eso por qué?
- Y papá, porque te animaste a terminarla con la mina esa. – largó una carcajada.- No te enojes, discúlpame, no me pude resistir al chiste.

Sin despedirse

- Ya me voy ¿no?
- Sí.
Únicamente había abierto los ojos, otra cosa no podía hacer. Hacía dos semanas que no movía ninguna de sus extremidades. Después de tres días de dormir bajo los efectos de distintos fármacos.
Ahora tenía visitas a los pies de la cama.
- ¿Así no más me voy a ir? – preguntó con asombro.-
Su interlocutor se limito a mirarlo. Sus ojos no le decían nada.
- No puedo despedirme, no es justo. – Habló nuevamente, con un tono distinto, matizado con bronca resignación y miedo.-
- La justicia, no tiene nada que ver conmigo. Hago lo que tengo que hacer. No decido.
La habitación estaba iluminada solo por la luz de la calle, que entraba por el ventanal. A la derecha de la cama estaba la mesita de luz con una biblia, un vaso y una botella de agua mineral.
A la izquierda, sentada en una silla, una mujer dormida.
- Por favor, dejame decirle que la quiero; que me voy.
- No. No puedo.
- Pero, no te cuesta nada. Dejame, le digo que la quiero y vamos.
- No.
Apretó los dientes y cerró los ojos, sentía que abusaban de su condición, no dejándolo decidir qué hacer, era su vida y no tenía que pedir permiso. Todavía era su vida.
Estaba indignado con él, lo miraba con bronca. Como si eso, de alguna manera, lo fuera a convencer, o le fuera a hacer daño.
- Si te digo que sos el primero que me pide eso, te miento. Todos hacen lo mismo. Miserables en su existencia, miserables en su forma de dejar la vida. O no se dan cuenta que tienen todos sus años para decir las cosas importantes, para hacer cosas trascendentes y dejar algo que valga la pena a su descendencia. Ustedes aman, pero se acuerdan tarde.
- No tenés derecho a hablarme así. No me conoces.
El interlocutor se rió suavemente, y dejó la mueca en su boca.
- Claro que te conozco. Estuviste al lado de tu abuelo, y de tu abuela, y de tu padre en la noche que cada uno de ellos vino conmigo. Te vi despertar, llorar y sufrir. Cada uno de ellos dijo lo mismo, que quería despedirse.
- Basura, no los dejaste. – Dijo entre dientes, llorando.-
- ¿Y de qué te vale despedirte? ¿Acaso te va a hacer mejor persona? – Hizo una pausa.- No insistas. Vamos.
- No sin despedirme.
- Ya te dije, eso no lo decidís vos.
- ¿Entonces quién, Dios?
- A Él lo vas a ver después, pero esto es así, a donde vas no te hace falta despedirte, no todavía. No vine a convencerte de venir, te vine a llevar.
Cuando la luz de la calle parpadeó, él exhaló. Ella seguía durmiendo.
En el mismo edificio, pero en otro cuarto la historia se repetiría. Una vez más, alguien se iba a querer despedir.

sábado, 28 de agosto de 2010

Viejas costumbres

Un día, sin razón aparente, la gente comenzó a salir desnuda de sus casas.
Primero se observaron casos aislados en diferentes lugares. Individuos comunes y corrientes que no llevaban ropas.
Luego, fueron grupos de individuos. De distintas clases sociales, distintas religiones, distintas edades.
La cuestión, pronto llego a ser un fenómeno social.
Nadie sabía a ciencia cierta cómo se había originado, pero gran parte de la gente andaba desnuda. Con los primeros casos, la policía demoró a quienes transitaban la vía pública en esas condiciones, pero cuando se fue sumando gente, el personal se vio superado.
Desde las esferas políticas hubo diversos comentarios y opiniones. Algunos a favor, otros en contra.
La opinión de la iglesia también estaba dividida.
Políticos y sacerdotes, contaban entre sus filas individuos que andaban desnudos.
Las ciencias trataron de explicar dicho comportamiento. Sociólogos, psicólogos, filósofos y todo hombre de ciencia intentaba por sus medios darle una explicación lógica y racional.
Caminaban por las calles exhibiendo su propia naturaleza. El frio parecía no detenerlos, ya no importaba la estación del año, se los podía ver en cualquiera de ellas de la misma forma.
No toda la población era afecta a esta práctica o estilo de vida, así que el estado comenzó a habilitar lugares específicos para andar sin ropa.
Los que quedaban vestidos, comenzaron a ser minoría. Ahora eran ellos los que recibían las miradas extrañas.
Poco a poco, las marcas de ropa se fueron dedicando a otros rubros, buscaban algo que les sea rentable.
La ropa era escasa, los que elegían vestirse tenían que elaborar sus propias prendas.
Así, en poco tiempo, los hábitos sociales fueron cambiando.
Usar ropa se había convertido en algo muy poco común.
Los ancianos observaban como lo que antes era normal, se había transformado en algo mal visto, raro y distinto. Una extravagancia de alguien que no aceptaba la sociedad moderna.
Ellos terminaron siendo los únicos con ropa, porque las costumbres cambian, pero las tradiciones se olvidan con el último que se muere.
Ahora, solo quedan unas pocas colonias perdidas en las sierras, en las que la gente anda vestida.
El mundo no mejoró porque ahora anda la gente desnuda por todos lados, sigue habiendo robos, crímenes, asesinatos y demás delitos. La corrupción existe, la mentira y demás males morales y éticos no se fueron con la ropa.
Hay quienes afirman que en las colonias de gente vestida, la vida es diferente, que esas personas mantienen las tradiciones y costumbres viejas.
Pero no sé si estoy dispuesto a averiguarlo, porque para hacerlo, me tendría que vestir.