viernes, 17 de septiembre de 2010

A los hijos

4 de Agosto de 1967
Mendrisio, Como, Italia.

Queridos John y Lydia, mi viaje está llegando a su final, la providencia divina me ha guiado a lo largo de todo el camino.
La gente aquí es preciosa, la región de la Lombardía no tiene comparación con nada que haya visto antes. Saliendo de Milán hacia el norte, las pequeñas poblaciones rurales son hermosas. Gracias a Dios vine en verano, porque dicen que aquí los inviernos son muy crudos por la nieve.
Después de tanto buscar, preguntar e investigar, encontré la tumba de quien fuera el único hombre y amor de mi vida, padre de mis dos angelitos, ustedes.
Cuando por fin pude encontrar el campo santo donde estaban sus restos, tardé ocho días en recoger el valor para llevarle flores. Después de tantos años de incertidumbre acerca del lugar donde estaba, tenía miedo de enfrentar una lapida fría, en la que solamente esté su nombre.
Y así fue, al octavo día de estar en un pueblito al norte, cerca de la frontera, que decidí ir a verlo.
En la entrada, el cementerio tiene una inscripción en la que está dedicado a los caídos en la segunda guerra mundial.
Tuve que caminar unos veinte minutos hasta encontrar la parcela. El blanco de la lapida parecía mármol de carrara.
Me arrodillé cuidadosamente y lloré lo que en veintitrés años no había podido.
En mi cartera tenía guardada la foto cuando él se embarcó. Vestido con el uniforme, yo con el vestido azul que me había regalado mi madre. La saqué y la puse junto con las flores que había llevado.
En ese momento pude entender por qué la gente dice: “es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado”. Cuando me arrebataron lo que más amaba en el mundo, todo lo demás pareció caerse de no ser por ustedes mis dos angelitos.
Amé a su padre con todo mí ser, y conocí el amor en él. Por él sé amar, se dar. Y su ejemplo me alcanzó para considerar que no podía existir otra persona en mi vida que ocupara el lugar de Alexander Paterson, a quien amé y perdí por una estúpida guerra, en un país del otro lado del mundo.
Cuando nos casamos en esa pequeña capilla en Auburn, Maine, juramos vivir el uno al lado del otro por el resto de nuestras vidas. Y pensé que sería así. Pero Dios se lo llevó antes, y más de veinte años llevó sola, entendiendo que es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado, porque el fruto de ese amor son mis hijos, mi nuera y mi yerno, y mis preciosos cinco nietos.
Les escribo esta pequeña carta para decirles que los amo con todo mi corazón, les agradezco que me hayan regalado el pasaje para poder venir con mi hermana a buscar la tumba de su padre, también para conocer Europa.
Mañana partimos con Susan hacia Venecia, después iremos a Roma, antes de retornar a Norteamérica.
Les mando junto con la carta una postal que compre del lago Como.

Los ama, Marta Paterson.

P.D: Hijos, amen a sus familias, que es el mejor regalo de Dios en esta tierra, y mientas tengan a quién aman a su lado, sean las personas más felices del mundo.

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