sábado, 31 de julio de 2010

El último espontaneo

Adiós al último espontaneo. Así tituló un diario. Una multitud lo había despedido en el campo santo. Su partida había sido natural. Y sin anuncios, fiel a su estilo. En realidad el único que sabía que se estaba muriendo era su médico, quien supo guardar el secreto hasta de sus familiares más íntimos. Él lo había querido así.
Justamente, pudo alcanzar la fama, cuando se descubrió que era un espontaneo genuino. Después de varios estudios, los científicos había determinado que era una persona totalmente espontanea. Contrario a todo el comportamiento de la sociedad. No existían individuos así. Todos llevaban una vida estructurada y finamente planificada, primero por sus padres y luego por ellos mismo. Nada debía escapar a su control.
En una sociedad tan perfecta, alguien así, no era bien visto. Por ser diferente.
Pero supo aprovechar bien su virtud, al dedicarse al arte. Dotado para la música y la pintura, también había incursionado en el teatro y en la escritura.
En tanto a la música y la pintura, sus primeros amores, venían de familia, los colores corrían por sus venas. Se lo comparaba con Picasso, porque sus periodos estaban asociados también a los colores.
Con el piano era capaz de las más brillantes improvisaciones, y fusiones de géneros. Los demás músicos decían que era terriblemente complicado tocar con él, pero a la vez era un deleite escucharlo.
El teatro había ocupado el centro de su etapa de madurez. Desemboco en dicho arte de casualidad, como debía ser en su vida. Sin pretender y sin buscarlo.
Memorizaba los guiones como pocos, pero no se destacaba por repetirlos al pie de la letra. Sino por su capacidad de sentir el momento en el que actuaba como único. Ninguna de sus actuaciones era igual a la anterior o parecida, pero trasmitía lo que el personaje le demandaba casi a la perfección.
La última etapa da su vida estuvo íntimamente ligada a la escritura. Sus libros de poemas en prosa fueron los más vendidos en el año de su lanzamiento, hasta llegar a una tercera edición agotada.
Escribía lo que sentía en el momento.
Tal vez para los más entendidos eso no era algo muy ortodoxo, pero era un imán para el común denominador que gustaba de leer esa clase de literatura.
Crítico acérrimo de las escuelas de teatro de improvisación, se había ganado algunos enemigos por declaraciones de esa índole.
Los que lo conocían de años, decían de él que era una persona que no tenía miedo a mostrarse tal cual era, que vivía sus pasiones al máximo. Siempre dispuesto a ayudar, presto a colaborar en empresas ajenas.
Los más ancianos, decían que así se hacían las cosas antes de la tecnología, la que mejoraba la calidad de vida, pero privaba al hombre de elegir por sus gustos, y lo obligaba a elegir por las conveniencias.
Si bien, la nota que había sido publicada en aquel diario, correspondía a los cánones del mismo, tenía un breve fragmento que lo decía todo: “la última persona que sabía ser el mismo, se fue sin dejar otra enseñanza que su ejemplo; ¿cómo ser espontaneo? Solo él lo sabía. Y, creo que si le hiciéramos esa misma pregunta, seguramente nos diría que no conoce la respuesta, pero que con ser uno mismo alcanza… hoy nadie es uno mismo, es el reflejo de alguien más, un estándar, un estereotipo, todos quieren ser el que tiene éxito, no tener el éxito de ser uno mismo”.

En Do

Recordaba las primeras semanas después de haber terminado la última relación. Para esa época había cambiado el colchón, mientras que su cuerpo descansaba confortablemente, su corazón dormía en una cama de clavos. Pero todo eso había terminado, gracias a Dios, las noches de faquir eran solo un mal recuerdo.
Fue de esos finales en los que no quedan ni cenizas.
Únicamente, y como a todos, quedaban recuerdos, ni buenos ni malos, solo recuerdos. De los que ya ni siquiera despachaba detalles cuando algún amigo o alguien le preguntaba.
Probablemente, no había conocido del todo a la dama de sus desgracias, pero eso le enseñó a conocerse más a sí mismo.
Le había pasado algo parecido a Massei, el personaje de un cuento que había leído hacia tiempo, pero a la inversa. Massei, cuando se acercaba a su amada se enfermaba. Y él tenía algo parecido, descubrió, de la peor manera, que ella no era su amada porque cuando le dolía el corazón, le sangraba la nariz.
Era sólo una historia, en la que, su única testigo era su almohada. La mancha de sangre seca la había relevado de sus funciones hacía varios meses.
Nada se comparó con la liberación. Tremenda sensación de liviandad les describía a sus amigos. El fin del dolor, pero no de las molestias. Que duraron un par de meses más. A pesar de todo eso, ya estaba mejor, los demás le decían que se lo veía mejor así, solo.
De todas formas, tenía que reparar puertas adentro su estado sentimental.
Quizás de ese período lastimero de reparación interna, le quedaban algunas de sus mejores canciones como botín.
No se podía quejar del trato de Euterpe, la caprichosa musa, había usado todo ese dolor para destilarlo en metáforas acompañadas de sonidos.
Hacía varias semanas que no podía escribir, ni componer, mucho menos cantar. Sentía que Euterpe lo había abandonado. Ya no tenía inspiración.
Pero no estaba mal por eso, era raro, los sentimientos que antes impulsaban las letras y los acordes no vivían más en él.
Comenzó a componer sólo música. Tres o cuatro acordes, algo sencillo, y algún que otro arreglo para un eventual estribillo.
Se asombraba de sí mismo, porque las melodías eran las alegres que las anteriores. Y entendió que ese hecho vaticinaba algo, pero no sabía qué.
Una tarde, sentado en el comedor con la guitarra, comenzó a improvisar en Do. Los acordes se deslizaban con mucha fluidez sobre el diapasón, no pensaba, los dedos iban solos.
Estuvo así un rato largo, como cuando una canción queda en reproducción continua.
Cuando dejó de tocar, se quedó pensando, cuál de sus letras encajaba con esa melodía.
Resultó que ninguna encajaba, todas eran demasiado tristes para una melodía así. Por más que trató en ese momento de improvisar también una letra, no le salió.
Algo trababa sus ideas, estaba sin palabras. Si bien, no era la primera melodía sin letra que tenía, sabía que ésta, en particular, debía tener una. Ya era tiempo de dejar las canciones tristes y escribir algo diferente.


miércoles, 28 de julio de 2010

Problema semántico

La bronca la dejó muda. Con la vista fija al frente y cara de indignación, se limitaba a terminar de escuchar la historia. Los nervios hacían que su respiración fuera más fuerte y acelerada que de costumbre.
Cuando terminó de escuchar y se hizo silencio, nadie la miró.
Estaba indignada, triste y enojada, pero por sobre todas las cosas se sentía defraudada. Quizás ese era el sentimiento que más le costaba asimilar.
Se había enterado que una amiga de ella estaba saliendo con su ex novio.
La noticia la tomó por sorpresa, no se lo esperaba para nada.
Los conocía bien a los dos, tanto a él como a ella. Y no lo creía, o mejor dicho, no lo quería creer.
Por un lado, él, su ex. Después de todo lo que habían vivido juntos, las familias se llevaban bien, se habían ido de vacaciones juntos. Cosas por el estilo, las que se hacen con alguien que es casi de la familia.
Si bien, habían terminado porque estaban cansados de las peleas, la relación estaba tan desgastada que ya no les quedaban ganas de verse. Pero a pesar de eso, fue de común acuerdo terminar. Sin odio, pero, cuando todo termina, lo hace con un sabor amargo.
Ella esperaba que él estuviera más tiempo solo, para demostrarle que en realidad la había amado. Lo cierto era que él no tenía ya nada que demostrarle.
Aunque algunos recuerdos de los dos brillaban en la memoria colectiva, porque para los demás todavía seguían siendo algo, después de todo habían durado un par de años juntos.
Le resultaba hasta un tanto injusto que él ya tuviera compañía y ella estuviera sola.
Al margen de todo esto, se sentía defraudada por su amiga. Más que nada por haberle creído que era amiga suya. Las amigas no hacen estas cosas, pensaba, no salen con tu ex novio, mucho menos se ponen de novias. Esto quiere decir que nunca fue mi amiga.
Pero su razonamiento no terminaba ahí, le indignaba que dos personas que fueron importantes para ella, hicieran eso a sus espaldas. Es más, tal vez él la había dejado por la otra, la que decía ser su amiga.
O esa hipócrita se lo había robado.
Pero no quería ser tan fatalista, otra posibilidad era que haya sido de forma natural, común y corriente. Que se hayan visto, se hayan gustado y como ya se conocían todo les resulto más fácil.
De lo que sí tenía certeza, era que la palabra amistad, para su “amiga”, no tenía el mismo significado que para ella. El significado de la palabra “amistad”, era un gran problema semántico, porque no para todos quiere decir lo mismo.
Es un titulo que algunos no otorgan fácilmente, y otros lo regalan sin pensarlo al primero que pasa. En lo único que la mayoría podría llegar a coincidir, es que la “amistad” se construye con el tiempo, pero se destruye de muchas formas.
Podía decir que era falta de códigos, pero la conocía, y no era mala persona, no haría una cosa así para lastimarla.
Mientras seguía pensando, se ponía más triste. Tal vez era el hecho de no tener nada que hacer en esa situación.
Una cosa no tenía consuelo, haberse equivocado al confiar su amistad a una persona así. ¿Cómo puede existir amistad entre dos personas que no comparte el mismo significado de esa palabra?

sábado, 24 de julio de 2010

Jazmines secos

Raspaba con la cucharita el final del vasito de yogurt. Sentada con las piernas cruzadas en una esquina del sillón del living.
La televisión estaba prendida pero sin volumen. Ella seguía en pijamas. Hacía una semana que no salía de la casa.
Sus viejos y su hermano estaban trabajando, tenían sus actividades, en definitiva pasaban casi todo el día afuera.
Para ellos era mejor estar ocupados en otro lado, con ella en la casa se respiraba un aire pasado, cargado de enojo, resentimiento, dudas, insatisfacción y críticas hacia todo el mundo.
Ella no sabía porque, pero los demás también tenían que sentir lo que ella sentía.
Su explicación era que todo había terminado muy rápido. Era todo lo que decía cuando le preguntaban.
Cuando terminó el yogurt, fue hasta la cocina, tiró el vasito plástico y subió las escaleras hasta su cuarto, para volver a una posición fetal que le permitía dormir horas y horas.
En su cuarto había un hedor muy fuerte, de algo, que, alguna vez habían sido flores. Hacía algunas semanas que esos jazmines estaban en un florero sin agua, secos.
Pero el olor estaba impregnado en casi todas las cosas de la habitación, paredes, cortinas, ropa y en la cama.
El florero estaba sobre el escritorio, frente a una ventana, que hacía casi un mes que no se abría.
A ella le encantaban los jazmines. Porque representaban la estación de los enamorados.
Pero esos en particular, significaban todo lo contrario. Ese había sido el último regalo de su novio antes de terminar.
Estaba en un estado de crispación constante hacía que los demás se alejaran de ella, primero su familia, y de a poco sus amigos. Mantenía el contacto mínimo como para no volverse loca.
Su hermano insistía en que buscara ayuda en algún profesional, pero sus padres todavía tenían esperanzas de no llegar a esa instancia.
Acurrucada en el medio de la cama, miraba hacía la ventana y veía los jazmines secos a contra luz, pasaba tanto tiempo encerrada en ese cuarto que no sentía el olor fétido que vivía con ella ahí.
Mientras permanecía inmóvil pensaba que la relación que había terminado se parecía a mucho al contenido de ese florero.
Porque a casi todas las chicas les gustan los jazmines, así como también les gusta estar enamoradas. Les gusta que les regalen flores, así como cuando una persona les regala de su tiempo, de su compañía.
El gesto del regalo, es algo exclusivo, solo para ellas. Un acto voluntario de otra persona hacia ellas que les da algo que aprecian. Quizás como el regalo de un novio, los gestos, los mimos, las caricias, las miradas, los besos. Los regalos hacen sentir bien.
Pero, poco a poco, como son los ciclos de la vida, cuando nace algo, por lógica, eso también debe morir en algún momento.
Las flores sobreviven poco en el agua. Es solo cuestión de tiempo para que se vayan marchitando, como lo hace también el cariño. Los “te quiero” van menguando en su intensidad y en su intencionalidad.
Se marchitan y se ven pudriendo, un proceso natural. Cuando se van descomponiendo, despiden ese olor tan característico de los jazmines cuando pierden su gracia. Lo mismo es con dos personas cuya relación se desgasta, de a poco va saliendo lo peor de cada uno de ellos, contaminando el aire, hasta que no se puede respirar cerca del otro.
Hasta que se secan por completo y los pétalos que una vez fueron blancos, luego marrones, después se oscurecen aún un poco más. Dejan de despedir olor feo.
Eso pensaba de los jazmines secos, que, en algún momento de la vida, las mujeres los reciben de regalo, y después los ven marchitarse, morirse. Pero ella estaba cansada de las relaciones de jazmines.
De a poco las estrellas se mostraban en el cielo, ella abandonó la posición fetal para estirarse un poco. Después se tapó para dormir y soñar, porque aún con todo ese desanimo, quería soñar con encontrar un amor.

martes, 20 de julio de 2010

La definición depende de la conducta

Identificamos las personas por su nombre, pero las definimos por lo que hacen, lo que hacen nos indica que son.
Por ejemplo: José es encargado de edificio, él saca la basura.
Esa frase, sería demasiado sintética, pero justa y precisa.
Pero también definimos a las personas por lo que representan para nosotros.
Por ejemplo: Andrés, es periodista, es mi amigo.
En este caso, la definición, es por demás sintética. Porque la palabra “amigo” implica muchas cosas, encierra algunas y comparte otras.
Es la persona que por sobre todas cosas esta en los momentos complicados de la vida, tal vez no haga nada, pero está, los comparte, si puede ayuda, pero si no puede, no empeora las cosas.
Se anima a decir las cosas de frente, si algo no le gusta te lo dice, no se lo guarda. Te cuestiona porque te conoce, porque puede ver un poco más allá, y saber si estás haciendo bien o no.
Comparte tus éxitos, y te deja compartir los suyos.
Te defiende en presencia y en ausencia, porque sabe quién sos. Y sí en algún momento todo cambia de color, también pone el pecho.
Está dispuesto a prestarte cosas, aunque no se las pidas.
Quizás no esté de acuerdo con vos en todas las cosas, pero no te juzga.
No siempre es el que sale en todas la fotos con vos, pero es la persona de la que te acordas aunque no esté en la foto.
Te das cuenta que es alguien importante para vos, porque a pesar que se puede olvidar tu cumpleaños, o tu aniversario, o cualquier evento para felicitarte, no le guardas rencor ni nada por el estilo.
A veces, la vida los lleva lejos, pero eso no modifica en nada, porque cuando los volvemos a ver, pareciera que el tiempo no pasó, la relación sigue igual.
Tal vez a esta lista desordenada le falten cosas, o le sobren, eso no sé.
Cada uno sabe cómo es como amigo, y cómo son sus amigos.
Lo que sí sé, es que son los demás los que nos definen, no nosotros a nosotros mismos.
Somos lo que hacemos, eso es lo que los demás ven. Lo que la gente ve en nosotros es lo que nos define. La definición depende de la conducta.
Sí vemos cosas de esta lista desordenada en otros, podemos definirlos como amigos.

sábado, 17 de julio de 2010

Mantener el recuerdo

Caminamos sobre el pasto empapado de rocío hasta llegar al pie de un árbol grande. En todo el campo, hasta donde se podía ver, sólo había un árbol, y estaba seco.
Sus ramas sin hojas dibujaban una extraña red irregular por la que se escurría el sol.
El tronco estaba seco, pero no parecía débil ni podrido. Para estar sin vida, se veía muy fuerte.
Todos estábamos con las zapatillas húmedas y los pies fríos. Cada tanto alguna nube mal intencionada tapaba la luz y el calorcito del sol, que, junto a una leve brisa del sur nos hacia escarmentar el paseo con frío.
Ana, la guía, nos indicó que a unos pasos hacia el lado norte del árbol había una placa circular de bronce, incrustada en una plataforma de concreto que no tendría más de diez centímetros de alto.
Nos pusimos alrededor de la placa, lo suficiente para poder escuchar a nuestra guía.
En aquel lugar habían colgado el único héroe local.
Contó con lujo de detalles cada una de sus andanzas y proezas, los motivos por los cuales lo consideraban un héroe.
Pero que en definitiva, lo habían matado por pensar diferente, por no obedecer lo que las autoridades esteblecian.
Pusieron precio a su vida, y fueron matando a los que le brindaban ayuda. Hasta dejarlo casi solo.
El pueblo mismo, al que él defendió, se le volvió en su contra.
Y así, quienes primero lo habían respaldado, después lo persiguieron, lo desnudaron, le ataron una cuerda al cuello y lo dejaron caer desde una rama robusta.
Para ese entonces la historia encajaba con el día. Nublado, húmedo y frío. Nadie decía nada.
Ana seguía contando cómo eran esos días de oscuridad en aquel pueblo lejano.
Yo tenía los pies húmedos y el frio ya me estaba llegando a las rodillas. Pero la historia estaba muy interesante que no me daban ganas de quejarme.
De repente, hice un poco de memoria asociativa y recordé que una de las calles del pueblo, una calle sin salida, llevaba el nombre de nuestro héroe.
Cuando termino de hablar Ana, levanté la mano y le pregunté si esa calle llevaba el nombre y el apellido del protagonista porque él había vivido allí.
Dijo que no. Que esa calle llevaba su nombre porque fue ahí donde lo apresaron.
Inmediatamente, otra persona del grupo preguntó porque lo habían colgado en un lugar que quedaba tan lejos de donde lo apresaron.
Esta vez la respuesta tardó unos instantes. Después de la pausa, nuestra guía explicó, que, él mismo había pedido que lo colgaran en este árbol, para que su esposa y sus hijos no lo vieran.
Dijo, además, que en ningún momento se resistió, para no asustar a su hijita más pequeña.
Todo lo contrario, dijo Ana, la última vez que vi a papá, me estaba sonriendo.
La brisa fría congeló las palabras. Algunas de las mujeres del grupo lagrimearon. Mis ojos se humedecieron.
Ella, Ana, fue la primera en emprender el regreso, dio media vuelta sin decir nada y comenzó a caminar lentamente.
Los demás, permanecimos allí un rato más. De alguna forma había que honrar a este hombre. Lo más grande de los héroes no son sus proezas, los recordamos por la manera en la que se fueron.
Alguien dijo una vez, “muere siendo un héroe, o vive lo suficiente para convertirte en villano.”
Por eso, la hazaña más grande es saber cuándo marcharse.
Nunca va a morir el que no le teme a la muerte. Nunca va a morir el que pone a los suyos en primer lugar.
Después de pasar un momento callado frente al árbol, comencé a caminar de regreso, pensando en Ana, y su dedicación a mantener el recuerdo de su héroe. Ahora ella era mi héroina.

viernes, 16 de julio de 2010

Otro cuento para este final

Cansada de esperar a que el autor terminara su cuento, la princesa en apuros, decidió llamarlo por teléfono. Le dijo que no quería seguir así, que ya era hora de que aparezca un príncipe en su historia. A lo que el escritor le contestó que las buenas historias son las que requieren tiempo para ser elaboradas, que cada detalle en ellas cuenta, en definitiva, esos pequeños elementos son los que tiñen las relaciones y las hacen particulares. En pocas palabras le dijo que necesitaba más tiempo para construir un príncipe que encajara en su cuento.
Al principio, esa respuesta fue de consuelo. Pensó que era lo mejor, algo a su medida, una persona capaz de encajar al cien por ciento en su vida.
Sus tardes se dilataban entre sueños guiados por su imaginación, y se perdía en algún pensamiento a cerca de un ser perfecto que llegaba a su vida.
Las semanas se fueron llevando los días, las estaciones se llevaron los meses, el árbol en el jardín había pasado por los cuatro estas, ahora estaba por reverdecer nuevamente.
Todo lo contrario de su paciencia, la cual estaba seca como un tronco viejo.
Otra vez llamó al escritor, él le preguntó por qué el apuro de conseguir un príncipe tan rápido, todavía necesitaba tiempo, ya le estaba dando forma a la historia que acompañaba al protagonista masculino del cuento, le dijo que venía en camino. Ella le dijo que no le creía que le faltara poco, y que tenía miedo de terminar sola. El escritor le dijo que no se preocupara, que eso no iba a pasar.
Al cabo de un par de meses, ella seguía sola, con más miedo y menos paciencia. Tuvo una brillante idea. Publicaría un anuncio en el diario.
“se busca varón de buena presencia, modales refinados, que pueda ejercer funciones de príncipe y rescatar princesa de cuento, no muy largo, de trama corriente y final feliz. Preferentemente con auto propio.”
A continuación dejaba una casilla de mail en la que podían enviar los perfiles.
No pasó mucho tiempo hasta que aparecieron los primeros candidatos, de los que ella separaba los que le gustaban. A los que no le gustaban o no le convencían, les mandaba la foto de una chica fea para que le dejaran de escribir.
El escritor, también leyó el anuncio, y no encontró mejor oportunidad para presentar al candidato. Él mismo mandó el perfil de su príncipe. Pero no le dijo nada a ella, quería que resultara lo más natural posible.
La princesa se resolvía entre cuatro postulantes, entre los que estaba el candidato del autor.
Después de un par de salidas con cada uno de ellos, ya tenía una resolución.
Para sorpresa del escritor, no eligió a su candidato, que era el ideal. Ella se había decidido por otro. Menos compatible, pero un tanto más agradable a la vista.
En realidad tenía mucho dinero. Un hombre lindo, con plata y que le preste atención, no era para despreciar.
Desconcertado en todo sentido, el escritor pensó que había sido un error de él en terminar tarde el candidato o en no decirle que lo mandaba a las entrevistas.
En definitiva el cuento de esta princesa tenía un final que él no había escrito. Tendría que haber escrito otro cuento para este final.
O quizás, el destino, más allá de las páginas y la tinta, tenía otro propósito con la impaciente princesa.
La prisa nunca es buena consejera. El temor tampoco, mucho menos la soledad.
Lo único que sabía, era que no tenía la responsabilidad de la felicidad ajena, en este caso, la de ella.
Todo esto quería decir, para el escritor, que los cuentos de ahora no son los de antes. Cuando la gente podía o quería esperar su destino.
Ahora todos corren tratando de alcanzar el tiempo, ellos quieren ser los autores de sus propios cuentos. Y el escritor se va quedando con pares sueltos, héroes y heroínas que no tiene lugar en sus historias porque sus coprotagonistas cambiaron el guión.
Por eso, para los que corren el tiempo, los cuentos son solo historias. Y lo importante no es que el corazón decida. Porque ¿Qué futuro hay para quienes esperan? ¿Qué futuro hay para quienes deciden con el corazón?

Prisma

Las estrellas estaban de mi lado y la besé. Fue de esos besos con textura. No necesité mis ojos. En aquel momento salía de mi desierto, caminando lentamente. Dejaba las ásperas arenas de la soledad para sentir la hierba fresca entre los dedos de mis pies, la frescura y el confort su compañía. Como sí de sus labios brotara vida para mi alma.
Sus manos acariciaron mi cara. De repente los dos nos miramos en silencio, inmóviles. Me descubrí desnudo ante su mirada, ella podía ver todo en mí y a través también. Tuve miedo, de que no le guste lo que veía. Bastó un instante, un parpadeo sencillo y suave, que desenvolvió una mirada tierna, para que mis miedos se fueran.
Con otro beso del mismo calibre, cerramos los ojos. Sí bien, es cierto que el primer beso y el último nunca se olvidan, en ese momento era todo distinto. Descubría otro universo, su universo.
Tanta emoción junta me hizo pensar ¿ella sentirá lo mismo? ¿Veía lo mismo? ¿Pensaría igual?
Preguntas que, con los ojos cerrados y los labios ocupados, no encontraban lugar. Eso me desconcentró por un segundo. Pero la estaba besando, eso era todo lo que importaba, y que era totalmente nuevo para mí interpretar la situación de esa forma.
Paramos para respirar. Volvimos a mirarnos. Las ganas de juntar nuestras bocas eran las mismas. Pero mis dudas seguían latentes.
Se mezclaban cosas del pasado, similitudes con el presente y especulaciones del futuro. Los mismos temores, las mismas esperanzas. Ya no tenía el valor de la adolescencia. Con el paso del tiempo uno va perdiendo expectativas, y lo único que queda de Platón esta en los libros.
Segundos de emoción, de excitación, pensamientos que iban y venían, esas tormentas de recuerdos que suelen durar lo mismos que un abrir y cerrar de ojo.
Ahí seguía, besándola. Con pánico a la desilusión, ánimos de ver concretadas las esperanzas del amor.
No era la primera, pero quería que sea la última.
Cuando sus manos volvieron a acariciar mi cara, recordé que esas manos la habían golpeado. Un cachetazo después de un mal comentario. Y pensé que en eso había sido la primera y la última. Después, cuando todavía me picaba del dolor, me besó y me pidió perdón.
No sé porque eso me dio más valor. Había sido tan genuina conmigo como para hacer eso, actitud casi reservada para los que llevan anillos dorados.
Volvimos a respirar. Y nos quedamos mirando al cielo, circunstancias en las cuales se suele preguntar “¿Qué estas pensando?” Eso no pasó. Tomó mi brazo, lo puso sobre sus hombros y se acurrucó.
No hubo un clic, ni nada sobrenatural. En ese momento lo entendí. El universo en una mujer. Ella transformaba la realidad, mí realidad. Todo cambiaba en ella, como cuando la luz pasa a través de un prisma.
Lo que necesitaba, estaba adentro de ella. Ese era mi universo.
Su forma de mirarme me hacía sentir mejor persona.
Los besos siguen siendo algo de la tradición de los enamorados. Los amantes no comparten solo los labios, comparten sus vidas, comparten sus universos.
Besé su cien en paz conmigo mismo, ya sabía lo que sentía.

lunes, 12 de julio de 2010

El árbol

Ya estaba rendido. Con sus últimas fuerzas se arrastró hasta la sombra del árbol. El único árbol.
Cerró los ojos y se quedó inmóvil. Sentía el cansancio de todo un viaje, de toda su vida.
Respiraba con mucha dificultad. Casi prefería no hacerlo. No quería morir, pero las luces se apagaban. Las sombras cada vez con más presencia.
Mientras tenía cerrados los ojos, toda su travesía le venía en imágenes a la mente.
El puerto, del que hacía muchos años había salido.
Esa imagen del sol poniéndose en tierra, y él en el mar, con el viento a sus espaldas, llevándose la nave lejos del muelle.
Las noches en altamar, con un firmamento plagado de estrellas como nunca antes había visto.
Las islas, ancladas en el medio de la nada, parecían un montículo verde desde lejos, en contraste con el cielo celeste y el azul del agua.
Las tormentas de viento y lluvia, con olas cargadas de furia contra el barco, como sí éste fuera un intruso en territorio oceánico.
Las aves del mar volando muy cerca de las velas del barco.
El desembarco del otro lado del mundo había sido fantástico, colores de verde que nunca había visto; pájaros que no conocía; gente que hablaba en otras lenguas; un clima totalmente distinto al de su patria.
Adentrarse en la selva, luego en la llanura. Galopar por prados irregulares, con el viento que peinaba los pastizales. Las noches en el campo, los sonidos del campo cuando se ven las estrellas.
La lluvia y el olor a tierra mojada. Jornadas interminables bajo garuas molestas, frías, de esas tardes que hacen extrañar el hogar.
Por último el desierto. La aridez y la sequedad. Días calurosos y noches heladas, vientos que desmayan, un calor que ciega. La falta de agua, el delirio de los oasis. El horizonte que nunca llega.
Hacía dos días que su caballo dormía en la arena. Él siguió caminando como pudo, con la última provisión de agua que le quedaba.
Más de doce años habían pasado desde que vio alejarse aquel puerto en el horizonte. Se arrepentía de haber dejado todo, ahora que no tenía nada.
Veinte años atrás, escuchó de un viejo la historia de un árbol, cuyo fruto, concedía la vida eterna al que lo comía. El viejo afirmaba haberlo comido, decía tener más de doscientos años, pero nadie en la villa podía afirmarlo.
Siempre sentado en la misma silla, contaba la misma historia al que tuviera tiempo de escucharlo. Describía con lujo de detalles todo el recorrido que una vez había hecho. Pero nadie le creía.
El viajero siguió al pie de la letra el camino descripto por el viejo. Cada lugar, cada detalle, como un mapa en su imaginación.
Todo esto con el único sueño de ser inmortal, y volver a su puerto diciéndoles que lo había encontrado. Que no estaba loco por hacerle caso al viejo, que los equivocados eran los demás.
Pero ahora todo llegaba a su fin. Todo era cierto, las descripciones del viejo concordaban con los paisajes que había visto, hasta el mismo árbol. Él estaba tirado bajo la sombra de ese mismo árbol.
Con lo poco de fuerza que le quedaba abrió los ojos para ver los frutos que colgaban de las ramas. Eran hermosos. Pero no tenía fuerzas para ir a buscarlos, el desierto consumió todas sus fuerzas.
Su salvación estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Que irónico, pensó, morir a la sombra del árbol de la vida eterna. Lo que más se reprochaba era todo el tiempo del viaje que había estado solo, lejos de su casa, lejos de sus amigos, lejos de lo que quería, todo por buscar algo para él solo, su egoísmo lo había dejado solo.
Volvió a cerrar los ojos, mientras veía las caras de sus afectos, les pidió perdón. Y se dejó llevar por la sed de su alma. Esa sed que no puede ser saciada de este lado del rio.

No se necesita hablar

Tengo pensado seguir mintiendo, porque no me voy a rendir.
Todavía no encontré una buena excusa para dejar lo que estoy haciendo, pero no la necesito.
Mientras pueda mirar al cielo con la conciencia tranquila, nada me va a frenar.
Tus palabras, tus gestos, tus miradas nada son para mí.
Una, dos y tres veces me quitaste todo. Pero soy más rico que antes.
Saqueador me dijiste, y te quedaste con mis cosas.
Está bien. Mentir lo puede hacer cualquiera.
Cualquiera que tenga imaginación.
Nunca me hicieron falta tus palabras, no las necesité.
Sin embargo, pedias que hablara, que contara, que entretuviera.
La distancia, es una cuestión secundaria. Porque la distancia es relativa.
Para decir la verdad hace falta valor, pero para mentir hay que ser creativo.
Mientras me las arreglo para ser honestamente creativo, sin perjudicar a otro que a mí mismo.
Robo versos de otros para contar penas propias.
Las estaciones son una excusa para vestirse de otra manera.
Todos tienen camperas para el frío. Todos a merced del mismo viento. Del mismo sol.
Cuestiono mis intenciones, pero juzgo las tuyas.
Lo peor es hablar cuando nadie espera que lo hagas.
Lo peor es escuchar algo que no queres oír.
Mejor sería quedarse en casa. Mejor sería no salir. Mejor sería no existir.
Consuelo triste y egoísta, de quienes quieren llamar la atención.
Y que los demás corran a sus caprichos.
Caprichos, celos, envidia, la agonía de no tener lo que se quiere.
Querer lo que no hace falta. Porque falta lo que se necesita.
Todos mienten. Todos dicen la verdad.
Depende del momento, depende de la necesidad.
Depende de uno creer o no.
Cuando aprendemos a decir la verdad, nos damos cuenta que para hacerlo, no se necesita hablar.




domingo, 11 de julio de 2010

La última vez

- Hacé lo que haces siempre, agarra algo sencillo y hacelo difícil. Siempre es lo mismo con vos. No confías en nadie.
Cerró el celular y lo golpeó sobre el escritorio. Pasaron unos segundos y rompió en llanto.
Su relación con Javier carecía de sobriedad emocional, pasaban noches embriagados en el delirio de la pasión, para luego caer en el ardor interno que llega con la mañana, como el efecto del alcohol, que tiene un gusto con la luna y otro con él sol.
Besos sin sabor, abrazos fríos y caricias ásperas eran las cosas que traía la mañana.
Las miradas ya no hablaban, la complicidad de los primeros tiempos se les había escapado sin avisar, sin que ellos se dieran cuenta.
- ¿Y esta vez por qué fue? – le preguntó una Nacha, la compañera trabajo-
- Lo mismo de siempre. Celos. Ya es una tortura que sea tan desconfiado. Siento como que estoy a prueba todo el tiempo con él.
- Entiendo, también salí con un flaco así.
- Pero yo vivo con él hace cuatro años. Me conoce. Esto hace unos meses que se puso así. Antes era distinto.
- Discúlpame que sea tan directa. Pero ¿no te estará engañando? Porque así eso de los celos de un día para el otro. Por lo general, el que engaña, es el que más vigila.
- Ay! No digas eso. Javier es inseguro. Me dice que yo soy demasiado para estar con él. Tiene complejo por la altura, si yo le saco unos siete centímetros.
- Pensé que ibas a decir que era medio feíto – Nacha se rió- no te veía a vos haciendo caridad. Andar con un feo. – Y se volvió a reír- Escuchame Clara, ahora sí, hablando en serio. La situación te está haciendo mal, no te puede llamar cuando quiere al trabajo y hacerte llorar así.
Ni bien Nacha terminó de hablar, comenzó a vibrar el celular de Clara.
Era Javier, otra vez. La charla no parecía cordial, se escuchaba como dos personas que se conocen mucho, peleando para lastimarse. Comentarios de lenguas afiladas y palabras que evidencian el fin del cariño.
- Estoy cansada te vos, de lo que decís. No me llames más. – Después de un breve silencio, continuo- hace como quieras; hace lo que quieras.
Clara era una mina de carácter, a veces mucho. Cuando cortó, esta vez no lloro.
- Siempre igual. – Dijo mirando a Nacha-
Pero su compañera no le contestó, solo le devolvió la mirada con un gesto de sorpresa. Nunca la había visto reaccionar así.
- Qué más da. Los celos no son amor. – Murmuró Clara mientras se acomodaba en el escritorio.-
Nadie le contestó. Todos en la oficina se quedaron callados un rato largo. La incomodidad era una persona más entre ellos, que caminaba entre los pasillos que dejaban los escritorios.
En el horario del almuerzo salió a comprar en el buffet del edificio. Comía como comen los enojados, que no le sienten el gusto a la comida. Todo el tiempo en silencio, todo el tiempo sola. Bajó y salió para fumar después de la comida. El frío la obligó a entrar rápido y otra vez a las labores de los papeles y la computadora.
Para la hora del mate, todos en el piso sabían lo que había pasado.
No era la primera vez que veían una escena como estas salir de ese escritorio, pero si era la primera vez que se vio con tanta vehemencia.
Esta vez Clara no lloró al terminar la jornada. Tenía algo distinto.
Los comentarios de Nacha no le preocuparon en lo más mínimo, no como otras veces, que la hacían dudar.
Fue la última en irse de la oficina. Caminó hasta la esquina de Perón y Suipacha, paró un taxi y se subió.
- Senillosa y Chaco por favor. – le dijo al chofer-
- ¿Por Rivadavia?
- Sí.
No volvía al departamento en barrio norte, que compartía con Javier. Se iba para Caballito. A la casa paterna.
El taxi la dejó en la puerta. Pagó y se bajo. Hizo un par de pasos y ya estaba en el porche del edificio. Tocó el timbre del séptimo C, atendió Irma, la mamá.
- Hola hijita – Irma la recibió con cara de preocupación- ¿Y esta vez?
- La última vez.
Clara, cansada de vivir en custodia de los celos, ya había tomado su decisión.

jueves, 8 de julio de 2010

La rusa

En todos sus amaneceres sonaba la misma canción, su celular le cantaba paloma desde la mesita de luz.
Así se levantaba la rusa. Le decían así por el apellido, que, en realidad era ucraniano.
Se sentó en la cama sabiendo que día era, este mes había sacado bien la cuenta. Y la visita fue puntual. De todas formas no tenía que preocuparse por demoras o cosas por el estilo, no existía motivo alguno para eso.
En sus años de iniciación había vivido un par de sustos, de esos que hacen que dos personas que se quieren, se replanteen su cariño y sus ganas de pasar toda la vida juntos siendo jóvenes.
Un par de veces, dichas situaciones, le habían costado noviazgos y peleas varias. Gracias al cielo su mamá nunca se enteró. Para eso tenía a su hermana más chica. La rusita.
Envidiaba a las que no sentían dolor en esas ocasiones, o las que lo sentían, pero moderadamente pueden seguir con sus vidas de forma normal.
Ella se pedía el día en el laburo y dejaba de hacer cualquier actividad para encerrarse, al menos los primeros días.
La rusa, desde los doce, vivía los dolores entrañables con mucho dolor.
Pero en los últimos años se habían aplacado un poco. También la ayudaban algunos fármacos.
Caminó despacio hasta la puerta del baño, y desde ahí nomás se miro en el espejo. Esta imagen se repetía cada mes. Y cada mes tenía las mismas ganas de romper ese espejo.
Se baño, y se acomodó. Terminados los menesteres de la situación, fue al balcón a ver un par de plantas que le habían regalado por el cumpleaños. Seguían ahí, y ella sin saber cómo se cuidaba o que se necesitaba para que siguieran con vida. Pensó que ese era un pésimo regalo.
El día anterior había festejado por segunda vez quince años, que físicamente no le pesaban, pero sí emocionalmente.
No por tener muchos noviazgos, pero los dos que había tenido duraron años. Ambos con la misma proyección, casamiento, nenes y la mar en coche.
Todo eso le hacía pensar como la canción de su despertador, quería vivir dos veces para poder olvidar.
Ya sentada en la barra que usaba de desayunador en la cocina, con su taza de té con leche, leía el diario por internet. Pero no había nada lindo que leer, así que cerró la computadora y volvió a acostarse y mirar televisión en posición horizontal.
Treinta primaveras y estaba tan sola como al principio.
A los veinte se imaginaba, para los treinta, casada y con al menos un hijo.
A los veinticinco, volvió a creer en eso. Pero hacia un año que cenaba sola y no tenía con quien discutir qué película mirar.
Sentía que estaba en deuda con su futuro. O mejor dicho, que tenía una cuenta pendiente con él.
Mucho tiempo había pasado, y todos esos años se le escaparon solos o con malas compañías.
Su deuda era realizarse, como todos, solo que la rusa lo sufría más que otros.
Y desde hacía un año, cuando todo terminó, cada siclo que se marchaba, era una esperanza menos.
La rusa tenía miedo de terminar sola, sin esposo, sin hijos; viviendo en el mismo pequeño departamento.
Todo eso junto le daba vueltas en la cabeza, todas las voces le hablaban a la vez.
Era muy temprano para pensar, así que se acomodó de costado para dormirse de nuevo.
Una sola gota surcó su mejilla y se deslizó hasta la sábana, después de eso cerró los ojos y se durmió otra vez.

Interrupciones nocturnas (Parte III)

Habían pasado unos días sin visitas, sin interrupciones ni nada por el estilo.
Tenía hambre, así que decidí ir a comprar comida china.
Justo cuando me preparaba para el primer bocado, escuché el ruido del depósito del baño. Y me la vi venir.
- Hola. – Salió del baño el ángel enamorado. –
- Che, cada vez me desconciertan más. ¿Usan el baño? Yo pensé que los ángeles no hacían esas cosas. Y en todo caso, para la próxima, pedí permiso.
- Sí, si las usamos. Como todos.
Miró mi comida con envidia. Yo estaba dispuesto a clavarle un palillo chino en la mano si llegaba a acercarse.
- Tengo hambre. –Dijo. –
- Sí, bueno. Come en tu casa viste. ¿y a qué se debe otra vez tu compañía?
- Hice lo que me aconsejaste. Me tome mi tiempo para conocerla más.
- ¿Conocerla más? Pasaron algunos días nomás. Medio poco ¿no? Como para conocerla bien. Digo.
- La seguí toda la semana pasada. Eso me ayudó a conocerla mejor. Saber que hace, que cosas le gustan, todo eso.
- No era lo que tenía en mente cuando te di ese consejo. Flaco, eso no está bien. Es hostigamiento, aunque ella no lo sepa. Y una completa irresponsabilidad de tu parte, dejaste sola a la persona que tenias que cuidar. Como que no tenés todos los patitos en fila.
- Pero no la dejé sola. Estaba con tu ángel de la guarda. Él la cuidó toda la semana.
Me tomé un momento para calmarme, respiré profundo unos instantes, pero mi cara de enojo no la podía disimular.
- Dejame ver sí entiendo. La dejas sola a la pobre piba, porque te vas a jugar al detective con la amiga y le pedís al ángel, que supuestamente, me cuida a mí, que te suplante. Cero sentido de la responsabilidad, del deber, ¿a caso ninguno de los dos tiene un poquito de sentido común?
- No te quejes, vos estas grande y te sabes cuidar solo.
- ¿Eso es todo lo que vas a decirme?
- Venía a darte las gracias, porque con el consejo que me diste, pude entender que no es la persona para mí. Descubrí que compartimos pocas cosas, casi nada en común. A parte como soy medio egoísta, eso de compartir una mujer con el novio no me gusta.
Después de tan fantástico razonamiento, vi que no se podía hacer nada más por este personaje. Seguir una mujer es de paranoico, en todo caso, seguir a cualquier persona es de paranoico. Lo más triste es que me lo imaginaba haciendo una guardia en frente de la casa de esta chica, esperando a que saliera, o sentado en algún bar viéndola pasar. Flor de loco.
- Bueno, me alegro mucho que te haya servido mi consejo. – en realidad había hecho lo que quiso, no sé porque me agradecía.-
- Gracias de nuevo, ahora sí, me voy.
- Doblemente bueno lo tuyo.- me salió de adentro. Hice una pausa.- Che las otras noches vino tu supervisor para ver que habías charlado conmigo. Le conté muy por encima, espero no tengas lio por eso.
- No te hagas problema. Es mi viejo. Seguramente estaba preocupado por mí. Después hablo con él.
Dio media vuelta y salió por la puerta del frente. Pensé que eso era algo atípico para los ángeles. Hasta que conocí a este, suponía que tenían alas y eran buena gente. Otra desilusión a la lista.
Lo que más me llamaba la atención fue que mi propio ángel de la guarda me haya dejado solo. Y no sé porque, pero me parecía que había sido la primera vez que lo hacía.
No todo tenía sentido. El ambiente laboral angelical parecía un calco del humano. Poner gente por acomodo, que a nadie le importe si sos responsable con tu puesto de trabajo, abandonar funciones principales del mismo y después decir que está todo bien. Me sonaba “no te preocupes que lo atamos todo con alambre”.
Y al margen de eso, la locura de este angelucho, seguir a esta piba y todo eso. Se nota que el psicofísico en el cielo no es muy exigente.
Terminé mi comida sin ganas de seguir reflexionando a cerca del tema. Y me fui directamente a la cama, con la esperanza que estas interrupciones no volvieran a suceder.

sábado, 3 de julio de 2010

Por seguir un impulso

Faltaban un par de cuadras para llegar, puso el guiño del auto y se fue arrimado a la mano derecha.
Todos en el auto estaban en silencio.
Estacionó el auto en la vereda de enfrente, paró el motor pero nadie se movió.
Miró por el espejo retrovisor a los pasajeros en el asiento de atrás, hizo una leve seña con la cabeza y decidieron bajarse. Primero miraron el tránsito para estar seguros, abrieron todos juntos las puertas y bajaron. Parados en línea de cuarto esperaban para cruzar.
En ese momento fue cuando la vio salir.
Ella cruzó la calle rápidamente sin mirar el transito, caminó un poco y se sentó en un banco de la plaza.
Los demás cruzaron, él no. Se quedó asombrado con esa escena. Hizo una seña como que iba a comprar puchos y se quedó ahí. Lo miraron desde la puerta sin decir nada y entraron.
Se hizo el distraído, caminó hacia el kiosco de la esquina, compró cigarrillos y volvió caminando despacio a la plaza.
La buscó con la vista, la encontró sentada en una de las diagonales que van al centro de la plaza. Se acercó, pidió permiso y se sentó.
Le llamaba la atención su pelo negro y su piel pálida, que hacían resaltar sus ojos azabaches.
Quitó el celofán de paquete, lo golpeó levemente contra la palma de la mano, sacó uno y le ofreció.
- No gracias, eso mata. – dijo ella.-
Sin hacer caso a la advertencia, sostuvo el pucho con los labios, buscó el encendedor y lo prendió.
Pensó que le iba a costar sacarle palabras a la morocha. Pero no fue así, a pasar que el humo le molestaba, todo resultó en una charla muy amena.
Ella tenía aspecto triste, así que él recurrió a todo su repertorio de chistes y comentarios graciosos.
Charlaron de sus vidas como si fueran viejos conocidos. En comentarios jocosos revisaron sus infancias con anécdotas. No faltaron miradas cómplices, ni cosas de ese estilo, del suave coqueteo de los desconocidos.
Después de un rato ella dijo que tenía frio, que iba a entrar. Pero antes de levantarse del banco le preguntó:
- ¿Vos porqué viniste?
- Vine acompañando a mi mejor amiga.
- ¿Sí? ¿Quién es?
- Belén
- Ah sí, la conozco. Linda chica, es mi prima.
Después de un corto silencio. Los dos se levantaron y cruzaron la calle.
Él le dijo que terminaba el pucho y entraba. Ella asintió con la cabeza y siguió caminando.
Pisó la colilla, dio media vuelta y entró. Caminando entre gente que no conocía, buscó a su grupo de amigos.
Algunos tomaban gaseosa, pero el olor a café dominaba el ambiente.
Los vio en el centro, sutilmente se fue acercando. Llegó a donde estaban, la tía de su mejor amiga estaba sentada al lado de ellos, lo presentaron y presentó sus respetos.
Belén lo llevó tomado del brazo, le dijo que había tardado mucho fumando, que eso mataba, que lo dejara.
Caminaron unos pasos, hasta donde estaba Agustina, la prima de Belén. Él no la conocía, o eso pensaba, hasta que la volvió ahí, acostada y con los ojos cerrados.
Poco pudo disimular el susto. Se quedó callado. Y salió a fumar de nuevo.
No podía creer que había estado hablando con la misma del cajón. No entendía nada.
Las manos las tenía frías, se apuró a buscar el encendedor para cambiar de aire y calmarse.
Pensaba y pensaba, como fue que por seguir un impulso, terminó hablando con un difunto.

jueves, 1 de julio de 2010

Interrupciones nocturnas (Parte II)

A los pocos minutos de apoyar la cabeza en la almohada me dormí.
No me interesó que se quedara en el comedor tomando té o mirando tele, estaba muy cansado como para preocuparme por eso.
En lo mejor del sueño, me sacudieron el hombro.
- Flaco, no rompas más los pies. Te dije que estoy cansado. Andate a lo de la vecina querés.
Pensé que era el angelucho enamorado que quería seguir hablando.
- Tenemos que hablar. Es importante.
Contestó otra voz más grave. Abrí los ojos de repente, la luz me segó y me incorporé en la cama. Había una persona parada al lado de mi cama, cruzada de brazos mirándome fijo.
- Dejame adivinar, - dije medio dormido- sos un ángel ¿no?
- Sí.
- Ustedes ¿no descansan? Se dedican a molestar gente de noche o qué.
- Te pido disculpas, sé que es tarde…
- No. No es tarde, este horario no existe, es hora de dormir. No de meterse en la casa de alguien, aunque sea para saludar. – Interrumpí.-
- Lo sé. Es importante que hablemos sobre la visita que tuviste hace una hora.
- ¿La del ángel de la vecina? ¿Vos sos el papá del flaco o algo de eso?
- Soy el supervisor de área.
Todo estaba cambiando de color. Éste tipo era el superior del otro, todo tenía un tono más formal, más serio.
- No lo van a despedir ¿no? Es un pobre pibe, está medio confundido pero nada más, no creo que le haga mal a nadie. No tiene cara de malo. Lo único por lo que me preocuparía es por que cuide bien a la vecina, paro nada más. Si el pibe anda distraído con otra cosa es un problema.
- Por eso no te preocupes. Para atender estos menesteres estoy yo. Quiero saber qué te dijo, de qué hablaron, a eso vine.
Pedía mucho para la hora y para el sueño que tenía.
- En pocas palabras, está enamorado, o no sabe, pero sí le gusta la amiga de su protegida. Y vino a pedir consejo, porque no sabe qué hacer. Eso.
- ¿Y qué le dijiste?
- Que la conociera, que se tomara tiempo.
- Nada de eso está en el reglamento.
- Y a mí que. Digo, ¿Por qué vino acá y no fue con alguno de los suyos? Eso suena más razonable. A parte no tengo idea de que reglamento me hablas.
- Nuestro reglamento nos prohíbe fraternizar…
- Entonces son todos…- interrumpí.-
- Nada de eso – continuo- no podemos distraernos de nuestras tareas. Estamos a cargo de cuidar la vida de otra persona. Eso sería una distracción, un gran error. Por eso tendría que haber recurrido a mí y no a vos.
- Todo muy lindo, pero tengo que dormir. Así que te pido por favor que te las tomes. Ya escuchaste lo que querías, listo.
- ¿Siempre sos así?
- Así ¿Cómo?
- De mal educado
- No, sólo cuando viene gente a molestar mientras duermo.
Hubo silencio. Como si pasara un ángel. Valga la redundancia.
- Che, no lo echen, dice que está enamorado. Eso no es pecado. Aunque se porte como un gil, tiene cara de bueno.
Terminé de hablar, él se dio vuelta y desapareció.
Que bueno, pensé, ya se fue. Me acosté, me di vuelta para la pared y me quedé pensando. ¿Por qué lo defendía? Sí la tontería de los enamorados es indefendible.