domingo, 11 de octubre de 2009

La paz no tiene metáforas.

Mientras el viento recorría de forma ágil, pero vigorosa, tu rostro, cerraste los ojos. La sensación de libertad se hizo presente en tu vida como no ocurría desde hacia meses.
Eso fue libertad. Pero esa paz duró lo que duran las brisas matinales de los finales de verano. Ahí la pregunta, ¿el viento se llevo la paz? ¿O el viento como una metáfora de la naturaleza, hace recordar ese sentimiento alguna vez vivido?
No existe ni siquiera uno de los mortales que sea como el viento. Sabemos de donde salimos y donde terminamos. Y, ojala, fuéramos invisibles como él a la hora de atravesar situaciones incomodas y evitar pasar vergüenza.
La libertad y la paz van de la mano, casi como hermanas mellizas. Conviven en el corazón del hombre, no pueden existir separadas.
Así es como el hombre siente paz cuando es libre, y se siente libre cuando tiene paz.
Son tus decisiones las que te acercan o te alejan de la paz. Son tus propios pasos lo que pueden conducirte a la libertad o privarte de la misma.
Tus elecciones trazan una ruta de vida, eligiendo las llanuras más prometedoras a la distancia, las que, tal vez, al acercarse se descubren como tierras áridas y secas, el engañoso contraste de verdes se destiñe ante una realidad adversa. O enfrentando caminos serpenteantes a las laderas de las montañas. Caminos que requieren más del cien por ciento de tu esfuerzo para lograr llegar a destino, pero que en el transcurso del viaje descubriste las mejores vistas de tu vida hasta ese entonces.
Mirando hacia atrás no hubieras cambiado por nada la aventura cuesta arriba, porque cuando estabas en la sima de la montaña fuete el primero del valle en ver el amanecer, el sol y su imparable ascenso hasta la sima. En ese momento el viento, sin previo aviso, volvió a empujar tu cuerpo inundándolo de es sentimiento grato de libertad.
Valles y montañas contrastan en las elecciones de nuestra vida, como lo hacen las buenas y las malas decisiones.
Solo hay un camino y una verdad para llegar a ser libre y gozar de la paz que sobrepasa todo limite.
Algunos gustan de una inevitable verdad; otros de la verdad inevitable. Puntos de vistas pasados por el prisma de las percepciones, y la infinita discordia definida por San Agustín entre quienes buscan tener razón y los que buscan la verdad.
La gran y única verdad de la vida: solo existe un camino para encontrar paz.
Otra vez cerraste los ojos y esperaste el viento en el rostro para sentir un poco de paz. Pero ese paliativo no llego, el brillo seco del sol en tus ojos cerrados parece cegarte. Y no hubo viento.
La libertad es una elección de basada en las decisiones de tu vida cotidiana. El viento es una metáfora de la libertad. Pero la paz no tiene metáforas. Su ausencia si.
Esta en los valles, esta en las montañas, no depende del lugar, no depende de las personas, no depende del tiempo, no depende de tu velocidad al avanzar. La paz esta en las decisiones correctas.

lunes, 5 de octubre de 2009

No existe la soledad absoluta, siempre que exista la familia.

Una noche de eterna soledad. Esos momentos en los que ni siquiera podemos sentir el suave viento de los últimos meses del año deslizándose por nuestra humanidad. Pensar en la soledad no es una opción, menos una elección. Solos por exclusión, por abandono, por olvido o simplemente porque las distancia con los demás se agrandó y creció hasta tener identidad propia. Una persona de entidad ausente que aleja a los demás simulando acompañarnos, pero no lo hace. Soledad.
En esa relación sin diálogos, entendemos que el silencio es su lenguaje universal. Cualquiera que haya caminado con ella, va a saber entenderla, hasta asimilarla, pero pocos traducen esos diálogos nocturnos de abandono en uno mismo.
Aceptar los momentos sin compañía, sin gente, pero con ella. Puede llevarnos a la trampa fatal de creer que es la única que nos acepta tal como somos. Bajo el pretexto que no dice nada, parece estar callada. Y nuestros pensamientos retumban como un eco en su interior, diciéndonos lo que queremos escuchar, devolviéndonos las mismas notas de nuestra canción de lamento, repitiéndolas de memoria hasta el cansancio.
De melodía triste, casi hipnótica. Nuestros propios versos de desgracia y desanimo parecen cobrar peso solo en sus labios, endulzando nuestros oídos, cayendo en el engaño de estar alejado de los demás.
La peor trampa que podemos tendernos a nosotros mismos es vivir en la mentira de creer que estamos solos, andamos solos, vivimos solos, que no somos aceptados. Encontrando la auto compasión en la soledad.
No nacimos para estar solos, pero primero debemos aprender a aceptarnos tal cual somos nosotros, para poder aceptar a los demás. Entendiendo los momentos de soledad, valoramos más la compañía de nuestros pares.
No existe la soledad absoluta, siempre que exista la familia, siempre que están los amigos, aunque lejos, pero están. El núcleo primario, el seno que nos vio nacer y crecer no nos abandona. A pesar de todo nos acepta tal como somos. Para aceptarnos, primero hay que aceparlos, una casa dividida no prevalece. Aceptar su compañía, y acompañarlos, eso es familia. Esa unidad inexpugnable, ese castillo sobre la roca, que la soledad no se atreve a atacar, pero siempre va a susurrar sus canciones desde lejos. Con la intención de atrapar algún desprevenido que no entienda que no esta solo.

domingo, 4 de octubre de 2009

Los unicos que sufren

"Si no tenes nada bueno para decir, no lo digas"


Las manos llenas de preguntas y bolsillos abarrotados de quejas. Una tormenta de ideas signada por el mal clima interno, antes que por las ideas. Y en esos momentos complicados de contractura mental y espiritual, no tenemos otra intención que pararnos delante del que está Sentado a pedir explicaciones de nuestra desgracia.
Imaginarnos una situación así, podría resultar fácil, lo difícil debe ser imaginarnos una respuesta.
Mientras las quejas caen solas de nuestros bolsillos. Las manos se aflojan perdiendo fuerza, dejando caer las quejas que se escabullen como un puñado de arena seca. Él sigue sentado, mirándonos como un padre, con la tranquilidad que solo los padres tienen. Esperando que su hijo deje de sollozar para poder consolarlo.
Esos son nuestros peores momentos, donde cualquier cosas puede salir de nuestros labios, sin importar el destinatario o el motivo, defendernos con un ataque.
En ese esfuerzo de guardarnos en nosotros mismos, lastimamos a los demás, los que nos quieren y cuidan.
“Si no tenes nada bueno para decir, no digas nada”. Aunque cueste, limitarse a ser agradecidos, es el mejor bálsamo para aliviar un corazón asediado por el pesimismo, la angustia y a la amargura. El agradecimiento nos lleva a pensar en lo que tenemos y no en lo que nos falta; en lo que conservamos después de la tempestad y no en lo que las olas, como las malas situaciones, arrastraron mar adentro. Siempre queda gente que nos quiere, que nos ama, sin importar el tamaño de las olas. Aquellos a quienes la fuerza de los vientos no llevo para otro lugar. Los amigos más fuertes que las tormentas.
Así como el sol sale sobre buenos y malos, nadie queda exento de tormentas así. Para todo el que se aventura en las aguas de la vida. Ni por más bien que sepas llevar la nave de tu existencia, vas a poder evitar las nubes oscuras de los momentos tristes.
Cualquier momento y lugar es bueno para ser agradecido. Aun en los momentos más incómodos e inoportunos hay cosas buenas que la gente hace por nosotros. Quizás no pensando en uno mismo, pero si por los nuestros, dar gracias por ellos. Por el principal, Él.
Tenemos todo el derecho de estar enojados, por lo que sea. Pero de ninguna forma tenemos derecho a lastimar por estar enojados, frustrados o decepcionados. Siempre es preferible callar antes que lastimar. Todos alguna vez tuvimos las manos llenas de preguntas y los bolsillos abarrotados de quejas.
No se sufre en secreto por vergüenza, no es ocultar lo que uno piensa o siente, es esperar el momento indicado pera decir lo correcto, para no pensar siempre que somos los únicos que sufrimos. No somos los unicos que sufrimos, pero podemos evitar que otros sufran por nuestras palabras.