Los
días nublados salía de su departamento con botas de goma por las dudas que
lloviera. Aunque no le gustaba llevar paraguas en la mano, lo disimulaba muy
bien, cuando caminaba por la calle parecía estar en medio de una coreografía de
peatones, moviendo los brazos y la
cabeza con un ritmo particular. Siempre creí fingía ser parte de una película,
nunca le pregunté, pero era la impresión que me dejaba.
Su
familia no tenía problemas económicos, capaces de tomarse un avión a cualquier
parte de mundo en cualquier momento sin estar de vacaciones. Pero es como dice
el dicho, “la gente que no tiene problemas, se los inventa.”
Desde
los trece años iba a la psicóloga, cuando la conocí había superado los
veintitrés por ocho meses y todavía seguía yendo.
Nos
conocimos de casualidad en una clase de la facultad, y con el tiempo descubrí todas esas mañas.
Entró con el paraguas seco
en su mano izquierda y le golpeó sin querer, según ella, con la mochila que llevaba
en el hombreo derecho cuando cerró la puerta.
Me
quede mirándola con cara de “espero una disculpa”, pero eso no pasó.
Sus
ojos tenían una extraña tonalidad entre el marrón y el verde.
Me
sorprendió verla tan desenvuelta, como si el aula fuera su casa.
-
¿Qué
miras, te gusto? – dijo hurgándose la nariz con el dedo índice de la mano
derecha.
- No.
–respondí inmediatamente.- pero si me convidas un moco no me ofendo, deje los míos
en casa.- y le quedé serio.
Se
quedó pensando y se dio vuelta haciendo un abanico con su pelo.
La
clase siguió, terminó y ella seguía de espaldas a mí, mirando al frente.
Cuando
terminó y salimos del lugar me volvió a golpear con la mochila en el pasillo, y
me hablo si mirarme.
- Lo
único verde que comparto es la yerba del mate, idiota.
- Que
sensible. Por favor, quedate tus mocos…- y no recuerdo que más le contesté.
La
conversación parecía más del preescolar que de facultad.
Por
fortuna ambos teníamos buen sentido del humor. Meses después nos reíamos de esa
situación. Nuestra primera charla: los mocos.
Dios,
el destino y la vida, todos ellos, tal vez, quisieron que nos conociéramos de
esa manera.
Siempre
se reía de lo que escribía, pero admiraba que tuviera el valor de publicarlo
para que otros lo lean.
Fanática
de Juan Alberto, yo simpatizante de los Beatles jugábamos a cambiar temas que
el otro no conociera, decía que la canción Paperback writer hablaba de alguien
como yo. Mientras para mi ella era la chica de She’s leaving home.
Cuando
nos sobraba el tiempo cambiábamos ideas de libros a medio leer. Amaba a Puig,
odiaba a Borges, le hubiera fascinado entrevistar a Hemingway y a Tolstoi.
Odiaba
el cine japonés, quería vivir en un film de Woody Allen.
Aficionada
a la fotografía, coleccionaba fotos de Escandinavia.
Debo
admitir que era una buena compañera para ir al Palais de Glace.
A
la mitad del segundo año de la carrera me sorprendió un extraño pedido, o al
menos así lo tome yo.
- ¿Podrías
escribir algo de nosotros dos? Lo que sea, pero algo, algo de Carolina y su amigo.- Dijo.