Tomó siglos, pero al fin el
hombre lo logró, llegó a un estadio en el que la razón domina su pensamiento.
De la mano de la ciencia y los
avances de la tecnología, la humanidad ha conseguido dominar su entorno
consiguiendo así una mejor calidad en cuanto a la habitabilidad de nuestro espacio físico.
Toda forma de creencia
anterior a la razón fue desechada. Los relatos que sustentan la fe pasaron a ser considerados mitos. O
algo así como historias simpáticas que les podríamos contar a nuestros hijos
una noche antes de dormir.
Así la gente dejó de creer en el mundo invisible. El hombre moderno
necesita ver para creer, para comprobar la existencia de algo debe tener una
evidencia visible y tangible.
Ya no existe más el mundo
invisible de la antigüedad. No existe lo que antes era ley. De forma tal que es
imposible entender que lo que existe es producto de lo que no vemos.
Sin adentrarnos mucho en la
teoría del Big Bang, un choque cósmico de partículas que no podemos ver con
nuestros ojos, sucedió en un momento en el que nadie estuvo presente para dar
fe del hecho. Pero aún así, mucha gente prefiere creer en eso, porque tiene
sustento racional.
La mayoría de las personas
relaciona el mundo invisible con la imaginación. Pero no me refiero a eso. Sino
al mundo espiritual que nos rodea.
¿El hombre ha logrado auto
excluirse de su vida espiritual?
En cierto sentido, es así
¿cómo podemos ver una necesidad, cuando esta es invisible?
Tanto el hombre antiguo,
rudimentario, primario en sus acciones y comportamientos desarrolló técnicas
para modificar espacio físico a fin de hacerlo mejor; como el hombre moderno,
que ha sido capaz de desarrollar tecnologías,
tomando las técnicas y perfeccionándolas con el conocimiento científico
brindado por la ciencia, que hacen que la vida del individuo se desarrolle casi
sin sobresaltos.
Hoy no existen necesidades que
el hombre no pueda suplir. En tanto y en cuanto pueda ver concretamente que le
falta. Lo que no ve, lo que quizás, alcanza a percibir, pero no a identificar,
trata de suplirlo de otra manera.
Sin embargo, ahí está, dentro
del hombre la necesidad invisible que no puede explicar.
Pongámoslo de esta manera, el
hombre está en una búsqueda constante, ya sea de la verdad, del conocimiento, o
solamente para encontrar una forma de sentirse mejor consigo mismo.
Un ejemplo sencillo de esto
sería el siguiente: el hombre busca una aguja en un pajar, con la dificultad
que no conoce cómo es la aguja, mucho menos sabe las dimensiones del pajar.
Únicamente sabe que busca algo entre la paja.
Limitó su vida a lo que sus
ojos pueden ver, a lo que puede conocer, y lo conoce porque lo puede explicar.
En la antigüedad lo
desconocido producía temor, hoy el temor es desconocer. Por eso el hombre tiene
un voraz apetito de conocimiento. No hay tiempo ni espacio para la fe, porque
la fe pertenece a un mundo que no se puede ver y lo que no se puede ver, no le
interesa al hombre.
No es la aguja, no es la paja
ni el pajar, es buscar lo que realmente vale la pena, lo que hace realmente feliz
al hombre y lo llena, lo que verdaderamente necesita. Encontrar el amor puro es
encontrar una aguja en un pajar.