sábado, 30 de abril de 2011

Mi libre asociación

Estábamos en algún lugar de Corrientes cuando la noche nos encontró. Dejé mi lugar casi al final del micro para ir al asiento que estaba más cerca del conductor.
La ruta estaba muy oscura y hacía rato no se veían señalizaciones, hasta las líneas del asfalto habían desaparecido.
Me había sentado ahí por desconfianza o por curiosidad, no lo sabía, o sí, me negaba a sentir miedo de la noche que parecía comerse las luces del vehículo.
Al costado del camino de veían altares con banderas rojas y algunas luces amarillentas perdidas entre la vegetación que era baja. Eso sí daba miedo, porque quizás estábamos en el famoso lugar en el que el diablo había perdido el poncho.
Después de un rato tuve un extraño sentimiento, como si alguien tratara de leerme los pensamientos. Me di vuelta para mirar al resto del pasaje, pero todos estaban mirando una película del fin del mundo. Una vez más el perseguido era yo.
La película me resultaba aburrida, era de las que se piratean filmándolas del cine. Lo peor de todo era la mala traducción. Así que me acomodé para ver el tenebroso paisaje por el parabrisas.
Al rato me aburrí de nuevo y volví a mi asiento para buscar los auriculares para escuchar música y matar el tiempo de otra manera.
Comencé con Third Day y terminé escuchando a Kevin Johansen o al revés, no me acuerdo, sólo recuerdo que hice una escala en Drexler.
Hicimos una parada para comer antes que terminara la película, se podía ver las caras de alivio de los que viajaban conmigo.
Estiramos las piernas en una estación de servicio y seguimos viaje.
Volví a ocupar mi lugar casi al final del micro, pusieron otra película que no recuerdo y apagaron las luces. No hubo mejor momento para cerrar los ojos y dormir, pero la persona o las personas que viajaban unos asientos más adelante estaban por demás despiertas y con ganas de pintarle la cara al primero que se durmiera… al segundo y al tercero también.
Así que no me quedó otro remedio que quedarme despierto mirando la negra noche por la ventana.
Pasó un rato y la falta de sueño y mi memoria asociativa comenzaron a jugar conmigo.
La película se trataba del fin del mundo, pero el protagonista se salvaba con su familia, al menos eso entendí sin prestar mucha atención, lo que sintetizó en mi cabeza una sola pregunta ¿el fin del mundo me encontraría solo o mal acompañado, es decir solo?
Era tarde y definitivamente no tenía ganas de pensar en la soledad, porque no quería estar solo, mucho menos que el fin del mundo me encontrara así.
Traté de anular ese pensamiento, pero mientras lo hacía, otro ocupó su lugar. La oscuridad de la noche me hizo acordar al Fausto de Goethe, la parte en la que Mefistófeles lleva al protagonista a la cima del monte donde se realizaba una fiesta pagana.
Había asociado el trayecto oscuro de nuestro viaje, con el paseo que esos dos tenían por los oscuros bosques del Harz; las banderas rojas de los pequeños altares al costado del camino con la reunión del que brujos a la que se encaminaban ellos.
En ese lugar Fausto conoció a Lilith, por así decirlo, era la referente del lugar.
A su vez esta Lilith había sido la primera esposa de Adán según las tradiciones antiguas.
Todo eso estaba adentro de mi cabeza, y para completarla la música de fondo de mi pensamiento era una canción de Johansen en francés.
Poco a poco cada pieza de mi libre asociación, el camino oscuro, la película del fin del mundo, la soledad, las banderas rojas, Fausto y Mefistófeles, Lilith la primera esposa de Adán, se acomodaban y comenzaban a tomar un orden y un sentido para tratar de decirme algo.
Yo vendría a ser una mezcla de Fausto, en su búsqueda de felicidad, con Adán; la película del fin del mundo y la soledad serían mis propios temores de vida; el camino oscuro era parte del viaje, que vendrían a ser como la vida; las banderas rojas, no sabía bien, porque no soy de Independiente;… justo cuando el pensamiento se estaba formando la idea con mis ojos a medio cerrar, la chica del asiente de adelante trató de pintarme la cara con algo y me desconcentró de todo. Me despertó.
En ese momento perdí todos los papeles de mis pensamientos, unos pasos antes de entender qué era lo que estaba pensando.
Puse cara de enojado, balbuceé un par de palabras y volví a mi posición con la cabeza casi apoyada en la ventana y entre cerré los ojos para volver a asociar libremente otra vez.


Diarios con sangre

Todavía el perezoso sol de otoño ni siquiera había asomado un destello de luz, cuando se escuchó una frenada que dio inicio al resto de los ruidos del día.
Era muy temprano como para que las viejas del barrio estuvieran lavando la vereda, así que nadie vio en vivo y en directo lo que pasó.
Primero la frenada, un impacto que mezcló vidrios rotos y metales que se arrastran, terminando con el inconfundible sonido de algo que choca contra una pared.
Un auto que venía ligero por la avenida, había perdido el control y se subió a la vereda, llevándose por delante el puesto de diarios del Ruso Salgado.
El Ruso Salgado había vivido toda su vida en la misma casa, que quedaba a la vuelta del quiosquito de diarios que atendía desde los dieciséis años.
Era hijo del Ruso Illich, pero nunca le había dado el apellido. Ese ruso había sido el más mujeriego del barrio y tenía hijos por todos lados, las malas lenguas decían que hasta tenía hijos en otras provincias. Sin embargo, al único de sus bastardos que le había dejado algo era al hijo de la flaca Salgado. En esa época no existían los estudios de ADN, pero nadie podía negar que fueran padre e hijo.
Los primeros que se acercaron al lugar del accidente vieron las piernas del Ruso abajo del auto, la otra mitad estaba incrustada en la pared. Literalmente estaba partido en dos.
Adentro del auto había un tipo apenas golpeado, la bolsa de aire lo había atajado. Parecía medio dormido o desmayado, abrazaba el volante con las dos manos, tenía unos pequeños cortes en la frente por las esquirlas del parabrisas pero seguía respirando.
El muy imbécil estaba borracho, en el asiento de atrás había un par de botellas de bebidas blancas a medio terminar y el cuerpo del idiota ese traspiraba alcohol. Lo salvó que venía en un auto nuevo, de esos que tienen todas las condiciones para que sus ocupantes sobrevivan a un choque.
Un charco que parecía dulce de membrillo derretido se estaba secando alrededor de la rueda delantera del lado del acompañante, mientras de lejos se oía la sirena de una ambulancia que ya no venía a salvar a nadie.
La policía no llegaba, más de un vecino había informado del accidente a diferentes comisarías, parecía demasiado temprano para que la gente de uniforme azul oscuro atendiera algún suceso.
El sol ya estaba escalando las paredes de los edificios y de a poco el tránsito por las calles cercanas comenzaba a darle algo de vida a esa parte de la ciudad.
El borracho estaba recobrando el conocimiento de a poco. Nadie ponía cara de sentir lástima por sus heridas, los ojos de la gente expresaban bronca.
Las baldosas estaban empapeladas con revistas rotas y diarios con sangre; diarios que el Ruso Salgado acomodaba siempre antes que la luz del alba diera algo de vida a la cuadra.
Un hilo de sangre se fugaba del gran charco por las canaletas de las baldosas hasta llegar al cordón de la vereda, las moscas seguían su recorrido.
La escena tomó otro carácter cuando la policía se hizo presente y comenzó a poner la cinta de peligro desde un árbol de mitad de cuadra hasta el semáforo de la esquina, que seguía en pie de casualidad.
El conductor ya estaba acostado en la camilla de la ambulancia. Se lo llevaron rápido.
Se podía sentir el gusto de las lágrimas de las personas del barrio, rabia, bronca impotencia, era el sabor del primer mate amargo.
Una bolsa negra guardaba las dos mitades de Salgado, que ya viajaban en una camioneta hacia la morgue.





domingo, 24 de abril de 2011

Una estampilla en un poema

Todo quizás sucede cuando el viento sopla del norte.
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando el cielo está nublado y oscuro
Cuando el aire corre llevando el calor del sol hasta las sombras
Cuando preparo mi café y siento su vapor en mi nariz
Cuando miro por la ventana el techo de tejas rojas


Todo quizás sucede cuando cierro los ojos para descansar
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando la lluvia cae y derrite la tierra
Cuando la tarde se hunde tímida en el horizonte
Cuando cebo mate con la puerta abierta
Cuando camino sobre una vereda alfombrada de hojas secas


Todo quizás sucede cuando el calor se va apoderando de la mañana
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando el reloj teje historias con sus agujas
Cuando el lápiz dibuja letras en mi cuaderno

Cuando leo rimas y leyendas
Cuando cuento monedas para un viaje

Todo quizás sucede cuando me siento a escribir
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Todo sucedió cuando puse una estampilla en un poema.

jueves, 21 de abril de 2011

El testigo

Mientras todos parecían estar cenando en la parte de arriba de una casa, yo miraba desde la vereda de enfrente. Se escuchaban algunas risas, comentarios en voz alta, pero no alcanzaba a distinguir las voces. Nadie se acercaba a la ventana.
Me habían dicho que Él estaba ahí, pero como nunca lo había visto no sabía cuál de ellos era.
Seguí esperando, me apoyé en una columna y cada tanto miraba para ambas esquinas, por las dudas que alguien me estuviera siguiendo a mí también.
Cuando las risas se calmaron hubo un par de personas que alzaron la voz pero eso fue todo, un rato después todos ellos bajaron y salieron por la puerta del frente, eran más de diez.
Comenzaron a caminar calle arriba, justo hacia el lado donde estaba yo. Tuve miedo y algo de vergüenza. Quería decirle cuanto lo admiraba, pero seguía sin saber cuál de ellos era.
Pasaron todos junto a mí pero no me moví. Esperé a que estuvieran a una distancia apropiada y comencé a caminar detrás del grupo.
Observé como uno de ellos se fue quedando atrás y luego se separó del resto. Usaba una capa, marrón oscuro similar a la mía. Sin despedirse del resto se metió por una de las calles del costado y desapareció.
El grupo seguía caminando, yo atrás.
Llegando casi a las afueras de la ciudad, entraron en un huerto llenos de olivos. El lugar era un tanto tétrico, la luz de la luna se escondía tras las nubes que acomodaba el cálido viento del sur.
Era un lugar en el que nunca había estado, no podía orientarme con facilidad, no quería acercarme mucho para que no me descubrieran.
Dejaron de caminar y todos se sentaron, todos menos uno. Ese era Él, pero yo estaba muy lejos como para acercarme en ese momento. Decidí esperar la oportunidad justa para aproximarme ahora que estaba solo.
Me agaché en cuclillas para no llamar la atención del grupo, observaba desde la oscuridad, pero parecían estar dormidos. Esa era la oportunidad que estaba esperando. Para asegurarme comencé a arrojar piedritas cerca del grupo, para ver si realmente estaban dormidos. Ninguno se movió.
En el momento en que decidí ponerme en pie, Él ya estaba caminando hacia donde los demás dormían. Me quedé helado.
Al llegar junto a ellos levantó la voz, parecía disgustado porque se habían dormido.
No alcanzó a terminar de hablar cuando se comenzó a escuchar un murmullo entre los árboles, parecía gente que se acerba.
Todo duró un instante, o al menos así me pareció a mí.
Una multitud con palos, antorchas y espadas los rodeó. El que había dejado el grupo después de la cena se le acerco y lo besó en la mejilla. Cruzaron un par de palabras, Él parecía saber lo que estaba pasando, sin embargo lucía muy tranquilo.
Hubo un incidente y gritos de repente, pero no pude ver bien que había pasado. Después de eso lo tomaron por los brazos y se lo llevaron.
Yo seguía con la mitad del cuerpo escondido detrás de un árbol pequeño, inmóvil, lleno de impotencia. Lo había estado siguiendo todo este tiempo y justo cuando estaba tan cerca de poder hablarle se lo llevaban por la fuerza.
Me enojé y lloré de bronca, ¿cómo podía ser?
Entre tanto la multitud lo arrastraba no por la fuerza, pero se lo llevaba como la corriente de un rio arrastra un pequeño trozo de madera que flota en la superficie.
Junté mis rodillas y las abracé, tenía mucho frío, me tapé con mi capa y hundí mi cabeza en el hueco que habían dejado mis brazos y piernas.
Antes que el sol salga un viento helado lamió mis pies que estaban descubiertos, las duras sandalias de cuero viejo ya estaban casi rotas.
Cuando le levante de mi encorvada posición me dolía la espalda y el frío del suelo llegaba hasta mi cintura.
Estaba muy desanimado para ser tan temprano, caminaba arrastrando los pies con la mirada fija hacía abajo.
Comencé a caminar hacia la ciudad, a cada calle que avanzaba la gente lucía más y más confundía y turbada. Tenía miedo de preguntar, pero mi curiosidad me venció cerca de la plaza que está frente al templo.
Le pregunté a una señora que estaba juntando pesados de una vasija que se había roto.
- Le van a crucificar en el Gólgota, allí arriba- dijo sin mirarme y señalando con la mano izquierda.-
De repente yo me detuve y todo comenzó a girar más rápido. Parpadeé y ya estaba caminando. Llegue a la calle principal que conducía a la cima del pequeño monte, pero estaba llena de gente y no se podía caminar, así que tomé una de las calles laterales y empecé a correr cuesta arriba.
Estaba agitado y me faltaba el aire, tenía toda mi sangre en la cabeza.
Cuando estuve relativamente cerca pude ver las tres cruces, pero no podía ver si era Él.
Dentro de mi pecho un tambor golpeaba sin cesar, traspiraba, ya no tenía frío.
Una oscuridad se apoderó del cielo y yo me desesperé, comencé a empujar gente con tal de llegar lo más cerca de esa cruz. Entre gritos, tirones e insultos pude llegar hasta donde estaban los soldados.
Vi a un centurión llorando y todo tembló. La situación no podía ser más inexplicable.
Él estaba ahí colgado ya sin moverse, su sangre choreaba por todo su cuerpo hasta bañar la madera debajo de sus pies.
Yo había sido el testigo de su muerte, pero mientras vivía no había tenido el valor de acercarme a hablarle o solamente a saludarlo.
La rabia conmigo mismo se me amontonaba en el pecho hasta hacerme doler. Cerré los ojos y expulsé un par de lágrimas, las más pesadas y amargas de mi vida.

domingo, 10 de abril de 2011

Quienes seducen

De juegos de seducción y de imanes se trata la vida.
Polos que se atraen de lejos y de cerca.
La luna desde su órbita empuja al mar;
Y este cuando es de día sufre la ausencia de su redonda amiga.
Contesta con quietud y tempestad a los estados de su nocturna amante.
Ella encaprichada se esconde tras las nubes en sus diferentes cuartos.

Así estos dos en su juego de ir y venir someten a los pescadores,
Su caprichosa voluntad se burla del sentido común de los mortales.
Los que seducen, también así, juegan solos son su entorno
Y lo sumergen en su propio vaivén especulativo. Sentimientos e incógnitas
De quienes no dicen lo que llevan adentro esperando que el otro lo vea.
Lo natural da vergüenza y lo anónimo resulta poco serio.

Los demás, que alguna vez sedujeron y fueron seducidos, no siempre
Entienden el juego de otros dos, que se miran y no se tocan,
Se dicen y no se hablan. Que esperan encontrarse después de la búsqueda
Pero el pavor ata sus manos y cierra sus bocas, sus propios testigos internos
No se confiesan, no expresan la verdad por miedo que la hubiera.
En cierta forma escapan de lo que anhelan, corren de lo que quieren.

La seducción tiene sus complicaciones, los polos opuestos se atraen,
Como los imanes. Más distinto, más cerca. Inoportuna atracción, acción
Para provecho personal. Cada polo responde a su propia esencia y necesidad,
Ellos son concretos, se atraen o no se atraen, el ser humanos dicta del corazón
Y escribe con la mente lo que dice, un discurso de estudio. Indirectas evidentes,
Directas hirientes. Como una carta escrita en dos idiomas.

Se buscan mutuamente, porque se quieren, pero no se quieren fácil.
Frases sueltas sin sentido aparente, insisten en algo concreto, pero no lo explican.
Seducir de a uno, seducirse entre dos; dos que seducen juntos. Lo mutuo es lo ajeno.
Todo trabaja adentro, poco se consigue afuera. El magnetismo atrae, la seducción
Mezcla los sentimientos y el tiempo cocina lo que, dos, han de probar
en algún momento. Quienes seducen han de gustar de sí lo que ellos mismos prepararon.








sábado, 9 de abril de 2011

El feo (Parte III)

- El permiso lo tenés, para ambas cosas. Pero antes hay cosas que quiero saber.- dijo el rey con cara de serio.-
Se notaba el cansancio en su cara, y las pocas ganas de lidiar con problemas de otros. Todavía no se habían desprendido de sus brazos los enamorados cuando llegó una catarata de preguntas.
- ¿A dónde pensás llevarla? ¿De qué van a vivir? ¿Cómo van a hacer para viajar o moverse, de día o de noche? ¿Cómo piensan hacer para que todo esto funcione?
El león parecía más el padre de la golondrina que el rey de la selva.
Tanto el murciélago y su novia, como el mono quedaron asombrados de las preguntas. Para descomprimir un poco la situación, el mono dejó caer unos papeles al piso.
- Ups!- dijo.- ¡Que torpe!-
Pero nadie le prestó atención. El león seguía con los ojos fijos en el murciélago, la golondrina estaba incómoda pero no dejaba de apretarle la mano a su alado novio.
La situación estaba muy tensa. Entonces el mono decidió hacer algo.
- ¡Quieto! – gritó el mono.- quieto, no se mueva.- y se fue acercando lentamente al león.-
El mono miraba fijamente la melena del rey, y cuando estuvo a tiro levanto la mano. El cachetazo sonó más fuerte de lo que en realidad fue.
- Listo, ese mosquito no va a volver a molestarlo majestad. – dijo el mono.-
La golondrina y el murciélago abrieron los ojos como el dos de oro y quedaron mirando al primate. El león estaba un tanto aturdido.
Todo se prestaba a confusión. Sin perder ni un instante el ágil secretario volvió a abrir la boca.
- Bueno, bueno. Ya tenés tu permiso, ya te podes ir. Los dos se pueden ir.- tomó aire y siguió.- esto es una oficina pública, acá tenemos horarios, ya estamos cerrando.
El simio puso sus manos sobre los hombros de los animales con alas empujándolos hacia afuera.
- Vamos que se me hace tarde y tengo que hacer los mandados porque mi mujer sale tarde del trabajo hoy.- dijo el mono mientras miraba un reloj imaginario en su muñeca.-
- Pero la entrevista no terminó.- interrumpió el león.-
- Pero a mí no me pagan horas extras. Así que tasa, tasa…- dijo el mono haciendo una pausa sin dejar de caminar detrás del ave y su novio.- aprovechá ahora mientras todavía es una princesa, porque cuando se casen, los primero años va a ser una reina… pero después se transforman en brujas.- palmeó la espalda del murciélago y le tiró una sonrisa falsa a la golondrina.-
Todo estaba pasando demasiado rápido, el mono no le daba tiempo a nadie a reaccionar para hacer nada. Cuando por fin los sacó de la oficina cerró la puerta.
Un silencio poco agradable inundó la oficina.
- ¿Por qué hiciste eso? – dijo el león con el seño fruncido.-
- Discúlpeme, pero me puse en el lugar del pobre feo ese y la situación era muy incómoda. Nunca vi transpirar tanto a un murciélago. Y con todo el respeto del mundo, usted es el rey de la selva; no el papá de la golondrina. ¿Qué le importa lo que hagan esos dos?
Otro silencio pero no tan incomodo como el primero tomo lugar mientras el primate cerraba las ventanas.
- Tenés razón, me extralimité un poco en mis facultades.- dijo el león.-
- Claro – afirmó el mono.- o a caso no se acuerda de cómo fue cuando pidió usted la mano de la fiera de su mujer, fiera no por fea, sino por su valor… y aparte para tenerlo a raya a usted.- y se echó a reír.-
El león no movió un pelo, el chiste no le había causado gracia y el mono lo seguía mirando como esperando una sonrisa.
Por la ventana se podía ver como el murciélago y la golondrina se alejaba volando con la luz del sol casi escondido pegándoles de costado.
- Mire allá ¿no es una escena de una película romántica?
El león no le contestó.
- Yo tendría que escribir una historia de esto – dijo el mono.- el título sería: “El feo enamorado, la golondrina mal educada y el rey entrometido”. ¿Qué le parece?
- No sé. – contesto el león.-
No sabía si comérselo o reírse, pero le siguió la corriente a su secretario.
- Me parece que es un título un poco largo, digo, tendría que ser un título impactante y atrayente.
- Ya lo tengo.- dijo sin hacerse esperar.- que más impactante y atrayente que ver a un feo.- y soltó una carcajada.- “El feo”. Ese tendía que ser el título.

viernes, 8 de abril de 2011

Amigo del sol

El sol me miró a los ojos cerrados,
su luz era fuerte, su calor tímido.
Me abrazó y confortó mi pecho.
Desde la sombra me miraba el frío,
amenazante, esperando que volviera.
Mis párpados sentían como una suave brisa coqueteaba con ellos.
No había nubes y yo estaba pálido,
que mejor oportunidad de hacerme amigo del sol.
Tenía la cara caliente y poco a poco
el brillo solar templaba mi cuerpo.
Miré hacia las sombras con una mueca burlona,
porque en el fondo, sabía que tenía que volver.

lunes, 4 de abril de 2011

El feo (Parte II)

El calor estaba disminuyendo, una leve brisa del este inundaba la tupida sombra bajo la cual estaba el león.
Mientras el mono se hacía el interesante acomodando unos papeles en una repisa, ambos escucharon un par de alas acercándose y de inmediato se dieron vuelta para ver quién era.
- Ah, menos mal.- dijo el mono.- ¿Cómo estás tanto tiempo? ¿Algo nuevo para contar?
Era el búho que traía el reporte de los viernes. El león se sentó sobre sus patas traseras mientras el ave le comentaba las novedades del reino.
Ni el León ni el búho le llevaron apunte a las preguntas chusmas del mono, ya estaban acostumbrados. Cuando este se cansó de tratar de interrumpir la conversación se metió para adentro de la oficina.
Después de un rato de estar en la parte posterior, y de no escuchar más charla el mono salió atropelladamente hacia el frente.
- Parece que el feo está retrasado.- Dijo el mono.- vaya a saber uno ¿no? Quizás se arrepintió de irse, o algo más triste, tal vez la golondrina recuperó la viste de repente y se dio cuenta que era muy feo y lo dejó, ¿quién sabe? Todo puede pasar.
En tanto el mono decía estas cosas de espaldas a la puerta, el león le hacía toda clase de caras, agrandando los ojos, fingiendo carraspera, tosiendo fuerte, pero el mono no parecía percibir el mensaje.
- Debe ser muy difícil para un feo así conseguir novia.- continuó el mono con su reflexión filosófica a cerca de la belleza y las relaciones. Hizo una breve pausa.- ¡Que feo ser feo!
Todavía no terminaba el mono de hablar cuando…
- ¿Y vos te viste al espejo? – Dijo una voz a espaldas del mono.- porque vos sos la creación más bella del Señor ¿no?- inquirió la golondrina con tono airado, hizo una pausa y luego continuó.- ¡“el feo” es mi novio! Y yo en tu lugar me preocuparía más por darme un baño que de mirarle la cara a los demás.
Inmediatamente al oír eso el mono metió su nariz bajo su brazo y se llevó una sorpresa. Pero retrucó enseguida.
- Es que ese aroma es lo que atrae a las hembras de mi especie. – dijo sin ponerse colorado.-
El león se limitaba a mirar y es escuchar. El ave siguió cruzando palabras con el mono.
- ¿Quién te pensás que sos para hablar así de los demás? ¡El feo, mugriento y oloriento acá tiene cara de mono!
- Ah! No te lo voy a permitir, pajarraca mal educada, no soy ningún mugriento, mucho menos feo.
- ¡Basta! -Dijo el león.- Silencio los dos.
- Pero, ella empezó. – dijo el mono con cara de yo no fui.-
- Nadie dice una palabra más hasta que yo lo diga.
El murciélago estaba retrasado y el león se estaba impacientando. Los otros dos animales que compartían la sombra con el rey cruzaban miradas furtivas.
El único consuelo del león era saber que había llegado al viernes y que estaba a las puertas del fin de semana.
Casi como una escena de película, los tres vieron al murciélago volando hacia ellos con el sol naranja de fondo.
- Al fin. Ya estamos todos.- dijo el mono- cómo en la película: el rey, la bocona y el feo.
La golondrina se contuvo de tirarle con algo y guardó silencio porque se acercaba su novio. El león miró al mono moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
Mientras el mono encogía lo hombros simulando inocencia, el murciélago se abrazaba con su enamorada.