Estábamos en algún lugar de Corrientes cuando la noche nos encontró. Dejé mi lugar casi al final del micro para ir al asiento que estaba más cerca del conductor.
La ruta estaba muy oscura y hacía rato no se veían señalizaciones, hasta las líneas del asfalto habían desaparecido.
Me había sentado ahí por desconfianza o por curiosidad, no lo sabía, o sí, me negaba a sentir miedo de la noche que parecía comerse las luces del vehículo.
Al costado del camino de veían altares con banderas rojas y algunas luces amarillentas perdidas entre la vegetación que era baja. Eso sí daba miedo, porque quizás estábamos en el famoso lugar en el que el diablo había perdido el poncho.
Después de un rato tuve un extraño sentimiento, como si alguien tratara de leerme los pensamientos. Me di vuelta para mirar al resto del pasaje, pero todos estaban mirando una película del fin del mundo. Una vez más el perseguido era yo.
La película me resultaba aburrida, era de las que se piratean filmándolas del cine. Lo peor de todo era la mala traducción. Así que me acomodé para ver el tenebroso paisaje por el parabrisas.
Al rato me aburrí de nuevo y volví a mi asiento para buscar los auriculares para escuchar música y matar el tiempo de otra manera.
Comencé con Third Day y terminé escuchando a Kevin Johansen o al revés, no me acuerdo, sólo recuerdo que hice una escala en Drexler.
Hicimos una parada para comer antes que terminara la película, se podía ver las caras de alivio de los que viajaban conmigo.
Estiramos las piernas en una estación de servicio y seguimos viaje.
Volví a ocupar mi lugar casi al final del micro, pusieron otra película que no recuerdo y apagaron las luces. No hubo mejor momento para cerrar los ojos y dormir, pero la persona o las personas que viajaban unos asientos más adelante estaban por demás despiertas y con ganas de pintarle la cara al primero que se durmiera… al segundo y al tercero también.
Así que no me quedó otro remedio que quedarme despierto mirando la negra noche por la ventana.
Pasó un rato y la falta de sueño y mi memoria asociativa comenzaron a jugar conmigo.
La película se trataba del fin del mundo, pero el protagonista se salvaba con su familia, al menos eso entendí sin prestar mucha atención, lo que sintetizó en mi cabeza una sola pregunta ¿el fin del mundo me encontraría solo o mal acompañado, es decir solo?
Era tarde y definitivamente no tenía ganas de pensar en la soledad, porque no quería estar solo, mucho menos que el fin del mundo me encontrara así.
Traté de anular ese pensamiento, pero mientras lo hacía, otro ocupó su lugar. La oscuridad de la noche me hizo acordar al Fausto de Goethe, la parte en la que Mefistófeles lleva al protagonista a la cima del monte donde se realizaba una fiesta pagana.
Había asociado el trayecto oscuro de nuestro viaje, con el paseo que esos dos tenían por los oscuros bosques del Harz; las banderas rojas de los pequeños altares al costado del camino con la reunión del que brujos a la que se encaminaban ellos.
En ese lugar Fausto conoció a Lilith, por así decirlo, era la referente del lugar.
A su vez esta Lilith había sido la primera esposa de Adán según las tradiciones antiguas.
Todo eso estaba adentro de mi cabeza, y para completarla la música de fondo de mi pensamiento era una canción de Johansen en francés.
Poco a poco cada pieza de mi libre asociación, el camino oscuro, la película del fin del mundo, la soledad, las banderas rojas, Fausto y Mefistófeles, Lilith la primera esposa de Adán, se acomodaban y comenzaban a tomar un orden y un sentido para tratar de decirme algo.
Yo vendría a ser una mezcla de Fausto, en su búsqueda de felicidad, con Adán; la película del fin del mundo y la soledad serían mis propios temores de vida; el camino oscuro era parte del viaje, que vendrían a ser como la vida; las banderas rojas, no sabía bien, porque no soy de Independiente;… justo cuando el pensamiento se estaba formando la idea con mis ojos a medio cerrar, la chica del asiente de adelante trató de pintarme la cara con algo y me desconcentró de todo. Me despertó.
En ese momento perdí todos los papeles de mis pensamientos, unos pasos antes de entender qué era lo que estaba pensando.
Puse cara de enojado, balbuceé un par de palabras y volví a mi posición con la cabeza casi apoyada en la ventana y entre cerré los ojos para volver a asociar libremente otra vez.