viernes, 24 de septiembre de 2010

Los girasoles (Parte II)

Ese mismo día, Victoria se había quedado dormida. El despertador la traicionó quedándose sin pilas. Salió de la casa sin desayunar ni maquillarse.
Corría con ventaja porque vivía cerca del trabajo, podía ir caminando, pero en ese momento tenía que ir volando si no quería que la retaran.
Hacía tres años que trabajaba como recepcionista en un estudio de abogados. Le faltaban dos materias para recibirse de abogada, pero como la habían aplazado la primera vez que se presentó, tenía miedo de rendir cualquiera de las dos, era cuestión de agarrar coraje nuevamente para intentar otra vez.
Gracias a Dios el ascensor estaba vacío, así que aprovecho para maquillarse rápido usando el espejo.
Llegó a la oficina, trató de hacerse la disimulada pero una de las secretarias, justo la única con la que se llevaba más o menos la mando al frente saludándola en voz alta. Un papelón que ella acomodó con un poco de humor y buen ánimo.
Mientras se sentaba en el escritorio de la recepción, organizó sus cosas en los cajones y lista para mirar al frente con una sonrisa, atender el teléfono, tomar recados y atender a quienes pasen por ahí.
- Hola Victoria ¿Cómo estás?
- Hola, bien ¿vos?
- Bien. ¡Que linda estas hoy!
- Gracias.
- Siempre tan seca. Menos mal que hoy no te invité a almorzar. – Mostró una leve sonrisa, dio media vuelta y se fue. –
Era el pesado de siempre. Uno de los abogados más jóvenes del estudio andaba atrás de ella desde que empezó a trabajar ahí. En realidad andaba atrás de todas, pero la única que nunca le dio lugar había sido Victoria. Siempre pasaba por la recepción para decirle algo o invitarla a alguna fiesta a la noche.
Todo esto la tenía sin cuidado. Conocía las personas como ese abogado, a esa clase de personas no había que llevarles el apunte, decía.
En verdad, no le llevaba el apunte a nadie. Su primer novio le había sido infiel, y el segundo también, tenía argumentos suficientes para convencerse y estar sola.
En su vida, como en tantas otras, las malas experiencias marcaban la tónica de las decisiones amorosas.
Cuando salía con sus amigas, conocía gente, sin embargo siempre había un “pero”, que le impedía hacer o decir algo. A cada uno de los candidatos que se le acercaba le encontraba uno o varios defectos que esgrimía como escusa, o argumentos validos, para rechazar invitaciones y proposiciones.
El que era lindo, seguro era hueco, y si era más o menos inteligente, era infiel en potencia. Sí era feo y tonto, era un pesado, si era feo e inteligente, seguro terminaba como amigo. Así pensaba.
Algunas de sus amigas habían vivido en carne propia la infidelidad, pero con el tiempo habían encontrado compañero, así que no le insistían demasiado, cada tanto deslizaban algún que otro chiste, pero por lo general evitaban el tema.
La tarde detrás del escritorio se le pasó volando. Pero a su día todavía le faltaba mucho, tenía que ir a comprarse un vestido y unos zapatos que hicieran juego, o al menos a ver vidrieras para ver si había algo que le gustara. Después al gimnasio, después de todo estaba sola pero no había razón para descuidar el cuerpo.
Era viernes, pero no era uno más del mes, ese día era la fiesta de compromiso de su prima, una de sus mejores amigas de toda la vida.
Gracias a Dios era en la casa de la familia del novio y no en un bar u otro lado, más intimo, más tranquilo, a parte era una casa grande, con parque y todo.
Lo que más la alegraba era que su prima era la primera de sus amigas en casarse, eso transformaba todo en un gran acontecimiento para ella.



El testamento

A medida que se leía el testamento, las caras se iban alargando.
Uno a uno los sobrinos del viejo rico se hundían en el desconsuelo, y no precisamente por el difunto.
Cada uno de ellos, tres varones y dos mujeres, habían heredado una propiedad, por el valor de unos cuantos miles. Nada en comparación a todo el capital que su finado pariente dejaba.
No les había dejado nada de dinero. Ni un solo centavo. Ellos había sido la única familia que tuvo, sin tener en cuanta a un hermano adoptado, que hacía años estaba en una misión de la iglesia Anglicana en Malacia. De quién, hasta entonces no se decía nada en el testamento.
Después de la repartición estipulada para los familiares más cercanos, el notario continúo leyendo.
El patrimonio del fallecido era bastante extenso y la lentitud del encargado de la lectura tornaba la situación algo tediosa.
De pronto, entre los papeles del documento, se encontró una carta. Estaba escrita con pluma y por el trazo era la letra del tío. La carta, tenía carácter de documento porque estaba firmada y sellada por escribano, el mismo que leía, que, confesó que en sus últimos días renovó el testamento lo había mandado a llamar para que certificara el nuevo documento.
Un aire de esperanza y alivio refrescó los rostros de los presentes, tal vez en el nuevo testamento ellos tendrían más cosas.
Pero no, la primera parte era toda igual al antiguo. Con menos palabras en todo caso, pero les dejaba las mimas propiedades.
La mitad de sus bienes estaban destinados a entidades religiosas y hospitales.
A diferencia del papel anterior, éste sí mencionaba el hermano adoptivo, a quién le dejaba la otra mitad del sus bienes, una cifra de nueve dejitos.
En aquel preciso momento, los cinco hermanos parecieron morir. Era imposible que su tío le dejara esa cantidad a un vago que se había ido al otro lado del mundo a pasar tiempo con gente que no sabe leer. Todos pensaban que era un rebelde y un ingrato, dejar todo lo que tenía en su país para irse. Y que encima le sacaba, según ellos, plata a la Iglesia Anglicana, porque era la que le pagaba el sueldo.
Las caras de todos allí destilaban bronca, nadie comprendía el porqué de tan descabellado testamento.
Lo que más irritaba a los cinco hermanos era que el heredero no estaba presente. Se decían unos a otros que era un descarado, que seguramente le había dado lástima al tío el lugar donde estaba y por eso le dejaba dinero.
Mientras el letrado firmaba los últimos papeles, recordó que todavía faltaba leer una carta.
El escribano, no solo había trabajado para el difunto, sino que también había sido su amigo, su compañero de golf por más de veinte años.
Cuando cerró la carpeta de cuero, se difirió a un cajón de su escritorio y sacó otro sobre.
Y les dijo que todavía faltaba leer algo más.
Con mucha tranquilidad, abrió el sobre, retiró el papel de adentro y comenzó a leer.

Mis sobrinos todos, aun los que están lejos, les amo. Seguramente están enojados porque no les dejé más que una propiedad de unos miles a cada uno. Y deben estar preguntándose ¿cómo es que alguien a quien no vemos hace varios años, me incluyo, recibió tan gran recompensa?
Sí, dije recompensa. Mientras ustedes, estaban a pocos quilómetros de mi casa, pocos en comparación con su hermano, el me escribía siempre para mi cumpleaños, para las navidades mandaba una tarjeta, que, según él era precaria en comparación a las que se pueden conseguir en nuestro país, porque allí llegaban pocas cosas de afuera. Por lo general sus cartas llegaban dos o tres meses tarde, pero igual las mandaba.
En una de sus últimas cartas, él ya sabía que yo estaba mal de salud y me sugirió acercarme a la fe, me decía que había una vida mejor que aquí en la tierra, una vida en el cielo. Para ustedes puede sonar algo ridículo, para mí también, al principio, ¿Qué puede haber mejor que la vida que viví yo aquí en la tierra? Tuve todo lo que quise. Pero no tuve a nadie cerca para darme un abrazo, para preguntarme como estaba del cáncer de pulmón.
A nadie de no ser por ese hippie con una cruz colgada del cuello y una pequeña biblia en la mano, que vive al otro lado del mundo.
Nunca me pidió dinero, siempre me contaba de sus logros con el orfanato y el colegio que lleva adelante con su esposa, una mujer de aquel país. Él tiene tres hijos, de quienes no recuerdo los nombres en este momento, ni sus edades. Seguramente eso ustedes ya lo sabían.
Ustedes no necesitan dinero, ustedes ya me pidieron dinero, cuando alguno estuvo mal, o sus empresas o lo que haya sido, siempre respondí por ustedes, tal como su padre hubiera hecho.
En una de sus cartas me dijo: “todo tu dinero no alcanza para compara la vida que viene, ojala puedas ser como yo, vivir sin la presión de tener que tener. Yo tampoco tengo dinero para poder comprar la vida que viene, no lo necesito, sabes tío, es gratis, únicamente tenés que creer.”
Mi dinero no es para él ni su familia, mi dinero es para una escuela y un orfanato del otro lado del mundo. Es cierto yo no tengo dinero para comprar la vida que viene, pero mi dinero puede dar la posibilidad a otros de conocerla.
Espero que ustedes como yo alcancen la hermosa posibilidad de creer.
Su tío.

Los girasoles (Parte I)

Martín salía de la casa a la hora de siempre, después de una ducha y el desayuno mirando tele, estaba listo para caminar hasta la parada del colectivo.
Entraba a las nueve en el estudio contable del tío, que desde la muerte de su papá se había hecho cargo de él y de su hermano más chico.
Llegó al trabajo con un poco de retraso, el colectivo se había desviado por que estaban cortando una avenida, eran los empleados bancarios que estaban protestando.
Su tío no estaba, se había ido de vacaciones, el que sí estaba era su primo. Un par de años más grande que él, no se tomaba el papel de jefe de manera drástica, repartía las funciones del día sin imponer ni exigir de más, era muy justo y tolerante, a parte era uno de sus mejores amigos.
Pasaron las horas hasta el medio día, Martín no se había levantado de la silla del escritorio todavía, llegó la hora del almuerzo y salieron a comer con su primo.
En la mesa del restaurante céntrico al que siempre iban ya tenían reservada la mesa.
- Che ¿Hasta cuándo vas a estar solo, no te aburrís? - Le preguntó el primo.-
- No comiences de nuevo Pablo, no rompas. – Contestó Martín mientras se reía.-
Era la pregunta que, por lo general, le hacía Pablo cuando estaban solos. Todos los primos estaban en pareja, ya sea casados o conviviendo, de alguna manera, ninguno estaba solo de no ser por Martín.
- Te pregunto bien, no te rías, porque parece que no te lo tomas en serio. De verdad, después de esa relación que terminaste hace tres años, no volviste a estar con nadie, es decir con nadie que nosotros sepamos. Ojo no tenemos porque enterarnos pero, sería lindo verte acompañado y feliz otra vez.
- Si, esa parte seria linda. El problema es que casi todas las relaciones, las mías, no sé porqué, son extremadamente complicadas, de minas lindas pero bravas o con problemitas, me quedan pocas ganas de renegar con mujeres.
- ¿Ósea que le tenés miedo a las relaciones? – Interrumpió Pablo.-
- No, tanto como miedo no. Pero si cautela.
- Para mi es más que cautela, eso es miedito. – Se echo hacia atrás en la silla y soltó una pequeña carcajada.- Tendrías que salir más, si querés te puedo presentar alguna amiga de mi mujer, son todas profesionales, lindas mujeres, van al gimnasio y todo eso.
- Gracias por la oferta Pablito, pero puedo solo, sin ayuda. Es sólo que no quiero. No por el momento.
- Quizás eso esté mejor que andar buscando. En una de esas aparece alguna que te mueva el piso y te agarren ganas de estar con alguien.
La charla siguió un rato más, hasta el postre. Hablaron de todo un poco, como para ponerse al día. Después del cafecito, volvieron a la oficina.
Cada uno en su escritorio, con sus papeles, su teléfono y las cuentas de sus respectivos clientes, una tarde más de trabajo.
Pero en la cabeza de Martín, los razonamientos a cerca del amor y esas cosas seguían haciendo eco. En realidad no quería estar solo, era algo que le costaba afrontar, no le tenía miedo a las mujeres como decía su primo. Las malas relaciones lo habían marcado y mucho.
Las relaciones siempre terminaban siendo difíciles por mil razones, para él, el amor estaba íntimamente ligado con el dolor. Porque cada vez que había amado le había dolido en igual proporción.
Estaba cansado de pasarla mal. No buscaba una relación perfecta, mucho menos una mujer perfecta, solo alguien para compartir un proyecto de vida, hasta hacerse viejos los dos, no había necesidad de morir el uno al lado del otro, pensaba, si de vivir el uno al lado del otro, eso ya era mucho.
Dentro de todo, podía disimular su pesar. Y su escepticismo hacia el amor estaba delicadamente barnizado con humor, para atenuar cualquier respuesta o para responder cualquier pregunta.
Llego la hora de salir de la oficina, todavía le quedaba un poco de trabajo, pero no tenía la más mínima intención de quedarse. Juntó sus cosas del escritorio, guardó la computadora en la mochila, un par de papeles más, se puso el saco, saludó y se fue.
Gracias a Dios era viernes, hoy se juntaba con los chicos en la casa de Santi. En vez de juntarse en el bar de siempre, su amigo organizaba una cena con motivo de su compromiso.
Todo marchaba bien, el día se prestaba para un gran final en una fiesta con amigos, no podía pedir más.

viernes, 17 de septiembre de 2010

A los hijos

4 de Agosto de 1967
Mendrisio, Como, Italia.

Queridos John y Lydia, mi viaje está llegando a su final, la providencia divina me ha guiado a lo largo de todo el camino.
La gente aquí es preciosa, la región de la Lombardía no tiene comparación con nada que haya visto antes. Saliendo de Milán hacia el norte, las pequeñas poblaciones rurales son hermosas. Gracias a Dios vine en verano, porque dicen que aquí los inviernos son muy crudos por la nieve.
Después de tanto buscar, preguntar e investigar, encontré la tumba de quien fuera el único hombre y amor de mi vida, padre de mis dos angelitos, ustedes.
Cuando por fin pude encontrar el campo santo donde estaban sus restos, tardé ocho días en recoger el valor para llevarle flores. Después de tantos años de incertidumbre acerca del lugar donde estaba, tenía miedo de enfrentar una lapida fría, en la que solamente esté su nombre.
Y así fue, al octavo día de estar en un pueblito al norte, cerca de la frontera, que decidí ir a verlo.
En la entrada, el cementerio tiene una inscripción en la que está dedicado a los caídos en la segunda guerra mundial.
Tuve que caminar unos veinte minutos hasta encontrar la parcela. El blanco de la lapida parecía mármol de carrara.
Me arrodillé cuidadosamente y lloré lo que en veintitrés años no había podido.
En mi cartera tenía guardada la foto cuando él se embarcó. Vestido con el uniforme, yo con el vestido azul que me había regalado mi madre. La saqué y la puse junto con las flores que había llevado.
En ese momento pude entender por qué la gente dice: “es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado”. Cuando me arrebataron lo que más amaba en el mundo, todo lo demás pareció caerse de no ser por ustedes mis dos angelitos.
Amé a su padre con todo mí ser, y conocí el amor en él. Por él sé amar, se dar. Y su ejemplo me alcanzó para considerar que no podía existir otra persona en mi vida que ocupara el lugar de Alexander Paterson, a quien amé y perdí por una estúpida guerra, en un país del otro lado del mundo.
Cuando nos casamos en esa pequeña capilla en Auburn, Maine, juramos vivir el uno al lado del otro por el resto de nuestras vidas. Y pensé que sería así. Pero Dios se lo llevó antes, y más de veinte años llevó sola, entendiendo que es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado, porque el fruto de ese amor son mis hijos, mi nuera y mi yerno, y mis preciosos cinco nietos.
Les escribo esta pequeña carta para decirles que los amo con todo mi corazón, les agradezco que me hayan regalado el pasaje para poder venir con mi hermana a buscar la tumba de su padre, también para conocer Europa.
Mañana partimos con Susan hacia Venecia, después iremos a Roma, antes de retornar a Norteamérica.
Les mando junto con la carta una postal que compre del lago Como.

Los ama, Marta Paterson.

P.D: Hijos, amen a sus familias, que es el mejor regalo de Dios en esta tierra, y mientas tengan a quién aman a su lado, sean las personas más felices del mundo.

martes, 14 de septiembre de 2010

Ideas, colores y armas

Acusado de traición, Gabriel Héctor Quintana Sánchez iba a ser fusilado aquella misma tarde.
Nadie juzgó su delito. Fue una resolución de común acuerdo entre sus superiores, para dar un ejemplo al resto de la milicia.
Su crimen había sido perdonarle la vida a un soldado de la filas enemigas.
Esto, resultaba ser un crimen importante en épocas de guerra civil. La misma sangre luchando entre sí para gobernar la tierra que les corresponde a todos, pero que una vez más, por razones políticas el pueblo volvía a las armas luego de una paz intermitente de diez años.
Los colorados eran los del este del país, y los azules del noroeste. Ambos bandos se encontraban midiendo fuerzas en el centro de, lo que antes, era una nación.
- Tengo esposa e hijos, por favor no me mates. -Le había dicho.-
Esas palabras paralizaron a Gabriel. Enfrente tenía a un joven de no más de veinte años, con una alianza en el dedo anular de la mano izquierda.
Durante unos breves instantes, se quedó pensando en su propia familia, la que había perdido hacía cuatro años, antes de enlistarse en la guerrilla.
Su esposa y su hija recién nacida habían muerto cuando una avanzada de los rivales irrumpió en su aldea, quemaron su casa con ellas adentro mientras dormían.
Antes de usar armas de fuego, él había sido pescador de río, aquella noche estaba pescando con su red y su canoa.
Cuando regresó a los suyos, encontró el desastre, sólo cenizas.
Estuvo días sin dormir del dolor, y en la desesperación de venganza se unió a una idea que él no abrazaba, pero esa idea era una excusa para matar a quien le había arrebatado lo único que valía la pena en su vida.
Y cuando tuvo a ese soldado raso arrodillado delante, y le pidió que no le quitara la vida por su familia. Pensó en que hubiera sido si alguien le hubiera dado una opción para su esposa y su hija, quizás, hubieran tenido alguna oportunidad de evitar ese cruel destino.
Lo miró a los ojos, y no le dijo nada. Lo seguía apuntando con el fusil. Con una mirada de compasión, cerró los ojos para que el muchacho escapara.
Lo que él no tuvo en cuenta era que estaba siendo observado por un sargento primero que gritó:
- Dispare soldado, dispare.
Héctor bajó el fusil y miró al suelo.
Para sus compañeros, era un traidor a la causa. Traidor a una idea, pero no traidor a la vida.
Quien era él para matar a alguien. Era guerrillero, pero no era Dios.
Su sed de venganza lo había llevado hasta ese punto. Hasta su propia muerte.
Seguramente, esto le pasa a la gente buena, pensó, que no está preparada para matar, y que subestima las consecuencias de la revancha.
La ironía era muy clara, iba a morir por perdonar una vida. Lo desquiciado de las ideas es que cuando se visten de algún color, discuten y llegan a las armas, y matan para imponerse.
Faltaba una hora para enfrentar el paredón. Acostado en el catre de la celda, apretaba en la mano derecha un rosario que había sido de su madre, y en la mano izquierda sostenía la única foto que tenía de su familia. En solo cuestión de minutos iba a volver a verlos,
-Porque los que perdonan son los que van al cielo.- Murmuró.-
Lo esposaron y lo condujeron a la parte posterior del campamento, si iban a fusilar a uno de los suyos, no era conveniente que el enemigo lo viera.
Antes que lo vendaran y lo dejaran solo, dijo al soldado que lo escoltaba:
- Hice lo correcto, lo dejé vivir.

lunes, 13 de septiembre de 2010

El pirata y la mujer maravilla

Se conocieron en una fiesta de disfraces. Un pirata de poca producción y la mujer maravilla con un lazo de nylón. Él tenía un problema serio de infidelidad, por eso se le acerco. Ella tenía complicaciones con las hierbas recreativas.
Con unas pocas copas habían entrado en confianza. Tanto, que esa noche se fueron juntos de la fiesta.
Todos en aquel lugar vieron formarse una extraña combinación. Sus conocidos en común se extrañaron hasta el temor, en el peor de los casos.
A las pocas semanas, él decidió abandonar la relación en la que estaba para irse a vivir con ella. Dato totalmente desconocido por su nueva compañera.
Lo asombroso, para los de afuera era ver esa rara combinación de personalidades, dos caracteres totalmente opuestos, con un juego extraño de vicios y trampas por ambos lados.
Él no desconocía el desliz de su concubina, pero no sospechaba su dependencia. Constantemente ella recurría a pequeños recreos de la realidad bañados en un paisaje de humo.
Los dos se mentían y se engañaban para que el otro pensara que todo estaba bien. Ella decía que solo se divertía una vez cada un par de días, él solo salía con amigos.
Los más cercanos, los que conocían de cerca a la pareja no entendían como hacían para convivir en un ambiente de tanta falsedad. Una de dos, no ninguno de los dos sabía quién era el otro, o lo sabían, pero preferían vivir una mentira antes que estar solos, después de todo, no eran personas fáciles de llevar, había que estar dispuesto, muy dispuesto, a vivir con alguno de ellos, tanto más a tener una relación con cualquiera de los dos.
Cada tanto tenían discusiones, las que hacían parecer al Armagedón como un simple juego de mesa.
Al lado de el pirata y la mujer maravilla, las parejas amigas se sentían bendecidas por el cielo, hacían ver sus discusiones como si no fueran nada.
Con discordias y todo, se necesitaban, se querían.
Desde que se conocieron no se separaron, no por completo, cada tanto tenían idas y vueltas. Pero qué más daba, se entendían así.
Y pensar que en las primeras charlas querían ponerse de acuerdo para darle vida a un sueño, ahora soñaban con poder llegar a un acuerdo para vivir.
Dos o tres veces a la semana el dormía en el sillón, ni hablar las semanas de luna llena. Pero esos días, decía él, eran cuando más la quería. Ella, al contrario, no lo quería ni ver.
Su receta para esos días, era mirar una foto del día en que se conocieron, cada quien con su disfraz. Miraba a la mujer que tenía la tiara con la estrella ¿Dónde iba a encontrar a una mujer parecida a esa? A pesar de sus visitas a otras flores en otros jardines, siempre quería volver a ese sillón, cerca de ella, por si a caso lo necesitara.
Ella también tenía su receta para momentos difíciles, guardaba en el cajón de la mesa de luz el álbum de fotos de sus primeras vacaciones juntos, en la playa. Le recordaban lo felices que fueron, y así no perdía las esperanzas de volver a ser felices como en aquel verano.
Dejar todo y rendirse no era una opción, eran demasiado obstinados para el amor. Tal vez sus educaciones católicas y los principios de las familias no los dejan desistir, no estaban casados, ni estaba en los planes. Pero concebían el amor para toda la vida. Aunque tuvieran que llevar puestos toda la vida los disfraces del día en que se conocieron.

No lastimar tanto

Era una situación que ya no podía esconder, mucho menos evitar su desenlace.
Estaba solo en su casa, sentado a la mesa, tomando mate. Amargo y caliente, como le gustaba. La radio se escuchaba de fondo, pero había que hacer fuerza para escucharla. Necesitaba silencio, pero la soledad no le estaba haciendo bien.
Había descubierto que se podía estar solo a pesar de tener la compañía de alguien.
En una mano sostenía el mate mientras lo tomaba, con la otra jugaba con un llavero. Como un soldado en las trincheras juntando valor antes de ir al frente, se mentalizaba para la batalla que estaba por enfrentar.
Los minutos pasaban lentamente, todo pasaba lentamente. Hasta sus pensamientos, cada razonamiento tardaba más de lo normal en aclararse.
Todo su esfuerzo se concentraba en encontrar la forma de decir las cosas de tal manera que no lastimara.
Pensó en un simulacro de cuatro palabras: “Ya no te amo”. Pero eso sería un verdadero suicidio. Casi como inmolarse.
Tal vez, algo parecido a: “no siento lo mismo que antes, no te quiero mentir cada vez que te miro a los ojos, así que mejor terminemos, por el bien de los dos…” Esa le parecía la muy sincera, hasta correcta y justa con lo que pensaba y sentía.
A parte, tenía que sintetizar sus razones. No podía decir que realmente la pasaba mal a su lado, eso sí sería lastimarla a propósito. Si bien, era totalmente cierto, últimamente la pasaba terrible con ella, no era justificativo para lastimar. Es más, si él se dirigía a ella de esa manera, conociéndola, seguramente ella trataría de manipular las cosas para hacerlo sentir mal a él, y eso complicaría las cosas.
La conocía, sabía cómo era, podía adivinar sus jugadas. Eso era lo que le daba miedo. Ya sabía cómo iba a reaccionar. Seguramente, no lo aceptaría, y su respuesta sería que “habría que luchar por el amor”.
Que vergüenza decir eso, porque si realmente amara, sería capaz de soltar algo que se quiere ir. Pero era como ella pensaba, ya se lo había dicho en una discusión hacía unos meses. Después de eso siguieron, pero solo para lastimarse. La relación no contaba con una coherencia. Muchos caprichos y estupideces que no llegaban a ningún lado.
También tenía que aplacar sus sentimientos, todo estaba mezclado, algo de cariño, de bronca, de tristeza, y la extraña sensación de buscar aire y libertad que lo dominaba desde hacía unas semanas.
Ya se le estaba terminando el agua del termo, y se le acababa el tiempo. Para cuando saliera de su casa, ya tenía que saber que iba a decirle. Pero no solo era eso, sino también afirmarse en la convicción de la decisión que había tomado, la de terminar.
El último estaba más que lavado, pero se lo tomó igual.
Se puso el reloj, guardó el celular en el bolcillo del pantalón, agarró las llaves y salió, seguramente en el colectivo, de camino a la última cita, encontraría las palabras y la forma para no lastimar. No lastimar tanto.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La frase

Otra vez lunes, todo comenzaba de nuevo. Hacía diez minutos que había apagado el despertador, pero todavía seguía en la cama con los ojos cerrados.
Antes que se le hiciera tarde para desayunar, su mamá la destapó. Situación común, más cuando comenzaba la semana.
Casi de un salto dejo la cama. No encontré las pantuflas y salió descalza del cuarto. Fue al baño, se duchó, se cepilló los dientes, se vistió y bajo a tomar una taza de café con leche a la cocina.
Intercambió unas pocas palabras, casi un reto, con su mamá porque iba a salir con el pelo mojado.
Nada de eso parecía afectar su estado pensativo. Juntó sus cosas y salió para la facultad, estaba en el primer año de arquitectura.
Mientras esperaba el colectivo en la esquina, una frase no paraba de martillarle la cabeza: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón…”
Lo había dicho el predicador en la iglesia el domingo por la mañana.
Ella asistía por obligación, no por gusto, ni por otra cosa. Su papá había sido muy claro, mientras ella viviera bajo su techo, tenía que obedecer y seguir las costumbres de la familia.
Sus papás y sus dos hermanos menores, concurrían con gusto todos los domingos, ellos eran creyentes practicantes. Ella se definía como una acompañante.
No recordaba ni siquiera la cara del predicador o de que libro de las Escrituras había sacado esa frase. Pero no podía evitar que retumbara en su cabeza.
¿A qué se refería con guardar su corazón? Se preguntaba. Ella solo le encontraba una única respuesta. Guardarlo del chico con el que estaba saliendo, o estaba tratando de iniciar una relación.
No podía haber otra explicación, era por eso.
Seguramente, su papá, había hablado con ese predicador para que dijera cosas así. Porque, tanto su papá como su mamá, no estaban a gusto con el chico con el que estaba saliendo para conocerse mejor, así decía ella.
Lo importante, en realidad, era lo que sentía hacia él. Eso era lo que la tenía intranquila. No sabía lo que en verdad sentía. Le gustaba y mucho, también le gustaba pasar tiempo con él.
Pero, al llegar el momento de poner algo en limpio sobre la mesa, no encontraba otra cosa.
Él se le había insinuado varias veces en pasar la noche juntos, pero ella no se sentía segura. A parte, cómo explicar en casa que iba a pasar la noche afuera.
No veía la necesidad del apuro. Porque si él realmente la quería, la iba a esperar.
En ese sentía, mal que le pesara, le daba la razón a ese predicador. Ella tenía que guardar su corazón, tenía que guardarse de él, y también de ella misma.
Ya se estaba por bajar del colectivo. Tenía puestos los auriculares para escuchar la radio.
Se bajó del colectivo con una extraña sensación de estar siendo observada, pero nadie en la vereda de la facultad parecía prestarle atención. Capaz era ella que se sentía perseguida por sus razonamientos y esa frase que no paraba de gritarle por dentro.
Su conciencia le decía que se cuidara. Pero no entendía bien de qué.
Quizás era el instinto de preservación natural, el instinto de no sufrir, no sentir daño por querer a la persona equivocada, o dejar que alguien jugara con ella.
Si bien, no era muy creyente, prácticamente poco y nada, algo le daba la convicción de hacerle caso a esa frase.
Ahora tenía que dejar de lado todos esos pensamientos y razonamientos. Ya estaba cursando y no podía distraerse, matemática era una asignatura complicada para ella y le demandaba el doble de atención que las otras, no podía darse el lujo de estar distraída.

Un verdadero milagro

No existe el tiempo perfecto para el amor, en cambio, existen los momentos de amor perfecto.
El amor entre seres humanos no es eterno, pero ¿Cómo es qué para algunos el amor dura toda la vida? El secreto está en que esos momentos o instantes de amor perfecto sean sucesivos, consecutivos. Lo cual, es una mera decisión de cada individuo.
Dándole poco espacio y tiempo en la vida a la rutina del sentimiento, al desánimo, la desesperanza, la costumbre de la compañía.
El amor no se sostiene por el cariño, sino por esa constante decisión de amar, y de vivir esos instantes de amor perfecto todos los días.
Dicha resolución, es tan fugaz como un parpadeo o como la vida que puede llegar a tener una chispa. Así de breve.
Una chispa, un impulso, que lleva a resolver algo inmediatamente, y a actuar en pos de ese minúsculo instante donde el universo con sus mundos y sus tiempos pasa delante del individuo.
Un detalle importante es entender y saber que, para que una chispa pueda encender una fogata, es necesario que la hojarasca esté seca.
Algo seco, es algo que está muerto por fuera y por dentro. Inerte.
Es por eso, que algunos encuentran el amor cuando no lo están buscando. Cuando están secos.
Sin ánimo para querer, encariñarse, mucho menos para amar.
De la misma forma que un explorador en el bosque, enciende su fuego para pasar la noche, puertas adentro del pecho, un destello contagia luz y vida en las entrañas de un ser adusto.
Sin embargo, nada de esto es milagroso, tanto los momentos de amor se pueden fingir, la decisión se puede fingir, hasta las decisiones se pueden fingir, se pueden inventar destellos o chispas que iluminen de forma artificial el interior de la caja dentro del pecho.
El verdadero milagro, sucede antes que todas estas cosas. El milagro no es amar, sino encontrar a quién amar.
Todo esto, casi una explicación metafísica, sucedió dentro de una persona sentada en un en un parque, mientras miraba dos ancianos que caminaban tomados de la mano.
¿Cómo es que me resulta tan difícil, encontrar el amor sin buscarlo, acaso no estoy lo suficientemente seco como para que una chispa encienda algo de luz dentro mío? Se cuestionaba.
Era minucioso a la hora de inquirir en sí mismo, pero a la hora de hurgar en su propio pecho, los papeles de sus razonamientos se le mezclaban, sin encontrar un libreto coherente para su discurso interno.
Tal vez, rodeaba demasiado la misma cuestión, buscando una respuesta que iba a llegar con el tiempo. Pero sus ansias de satisfacción y respuestas, le impedían descansar de sus pensamientos. Justamente por eso estaba en el parque, ahí sentado, para distraerse y no seguir pensando. Sentado esperaba un verdadero milagro.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Termineitor

- Sí seguís llorando, te voy a golpear para que tengas un buen motivo para esas lágrimas.
- Dejame che, no hace falta que hables así.
- No te me vengas a hacer el sensible, a todos alguna vez nos dejó una mina. Y no es para andar llorando o dar lástima. Pasó lo que tenía que pasar, punto. La macana es que terminaron mal.
- ¿Mal? Mal, es una forma de decir. No era solo una relación así nomás, las familias se conocen, hay amigos en común, había planes en común. Muchas cosas. Pero ahora ya no quedó nada de eso. El grupo de amigos se va a dividir, como siempre, cada uno va a tomar partido y eso.
- Los que toman partido no son tan amigos, yo no soy, ni fui amigo de ella, así que no me hago cargo.
Cuando terminó de decir eso, le cebó un mate y se lo pasó. Eran amigos desde la primaria, se conocían bien como para saber cuando alguno de los dos estaba mal en serio. Esta, era una de esas situaciones, las que ameritan compañía de alguien de confianza.
- No es sólo la separación de los amigos, también es decirle a todo el mundo que terminamos y explicar.-Decía mientras hacía ademanes con el mate en la mano.-
- Explicar ¿Qué? – Se apuro a interrumpir el amigo.- Vos no tenés nada que explicarle a nadie. O a caso los demás te andan dando explicaciones de su vida y sus decisiones. No le debes explicaciones a nadie. Todo queda entres ustedes dos. Y la verdad, me alegro que hayas terminado, muy absorbente. No podías hacer nada, ni jugar al básquet con los pibes.
- Es cierto, no le debo nada a nadie. Mucho menos explicaciones.- Terminó el mate y se lo devolvió al cebador.- De todas formas va a ser molesto que todo el mundo pregunte.
- A estas alturas eso es lo de menos, les podes decir cualquier cosa. Que la dejaste porque era ladrona, o consumía estupefacientes o porque era bipolar y cuando estaban solos te golpeaba y sufrías violencia hogareña.
- No, bueno, ahí te fuiste a la banquina. No se puede hablar en serio con vos.
- Como si no me conocieras. – Hizo una pausa.- Un chiste para levantar el ánimo. Acordate de estos días de penas, de acá a la otra navidad la vida no va a encontrar en otra situación, en otro lugar y quién sabe, con otra persona.
Los mates iban y venían, la charla seguía su curso.
Pero esa última frase de su amigo, realmente le levantó el ánimo. Ya se podía imaginar de ahí a un año. En otro lugar, haciendo otras cosas, y quien sabe, con otra persona.
Por ahora no quería saber nada con nadie y quería estar solo. Todavía no se lo había dicho a nadie, pero tenía miedo de las relaciones, después de todo lo que le había tocado vivir, realmente no tenía ganas de perder el tiempo no de andar rifando sentimientos por ahí.
- Están ricos los mates.
- Gracias. – Dijo el cebador.- Che, el sábado hay fiesta en lo del Ruso ¿vamos? Van a estar las amigas de la hermana. Todas gringas de ojos verdes. Y las amigas de la novia del Ruso, las del equipo de hockey.
- No, te agradezco.
- Dale, vamos para distraernos un rato, de paso a ver si picamos algo.
- Habla por vos. Yo no tengo ganas de salir de levante.
- Pero no es levante. Vamos, vemos que pasa, y sí hay suerte, hay suerte. A parte para despejarte un poco. Ver chicas lindas. – Hizo un silencio.- No es que tu ex era fea, pero para recrear la vista che. No te va a venir mal.
- Vemos. Dejame ver cómo llego al sábado.
- Te paso a buscar con el Cabezón en el auto y vamos.
Era jueves, y la verdad, no quería pensar en el fin de semana. Sabía que esos dos lo iban a pasar a buscar y que no se iban a ir sin él. Eran capaces de sacarlo de la cama, vestirlo y llevarlo aunque él no quisiera. Eran sus mejores amigos.
- Bueno termineitor. Me voy que se me hizo tarde.
- ¿Termineitor? ¿y eso por qué?
- Y papá, porque te animaste a terminarla con la mina esa. – largó una carcajada.- No te enojes, discúlpame, no me pude resistir al chiste.

Sin despedirse

- Ya me voy ¿no?
- Sí.
Únicamente había abierto los ojos, otra cosa no podía hacer. Hacía dos semanas que no movía ninguna de sus extremidades. Después de tres días de dormir bajo los efectos de distintos fármacos.
Ahora tenía visitas a los pies de la cama.
- ¿Así no más me voy a ir? – preguntó con asombro.-
Su interlocutor se limito a mirarlo. Sus ojos no le decían nada.
- No puedo despedirme, no es justo. – Habló nuevamente, con un tono distinto, matizado con bronca resignación y miedo.-
- La justicia, no tiene nada que ver conmigo. Hago lo que tengo que hacer. No decido.
La habitación estaba iluminada solo por la luz de la calle, que entraba por el ventanal. A la derecha de la cama estaba la mesita de luz con una biblia, un vaso y una botella de agua mineral.
A la izquierda, sentada en una silla, una mujer dormida.
- Por favor, dejame decirle que la quiero; que me voy.
- No. No puedo.
- Pero, no te cuesta nada. Dejame, le digo que la quiero y vamos.
- No.
Apretó los dientes y cerró los ojos, sentía que abusaban de su condición, no dejándolo decidir qué hacer, era su vida y no tenía que pedir permiso. Todavía era su vida.
Estaba indignado con él, lo miraba con bronca. Como si eso, de alguna manera, lo fuera a convencer, o le fuera a hacer daño.
- Si te digo que sos el primero que me pide eso, te miento. Todos hacen lo mismo. Miserables en su existencia, miserables en su forma de dejar la vida. O no se dan cuenta que tienen todos sus años para decir las cosas importantes, para hacer cosas trascendentes y dejar algo que valga la pena a su descendencia. Ustedes aman, pero se acuerdan tarde.
- No tenés derecho a hablarme así. No me conoces.
El interlocutor se rió suavemente, y dejó la mueca en su boca.
- Claro que te conozco. Estuviste al lado de tu abuelo, y de tu abuela, y de tu padre en la noche que cada uno de ellos vino conmigo. Te vi despertar, llorar y sufrir. Cada uno de ellos dijo lo mismo, que quería despedirse.
- Basura, no los dejaste. – Dijo entre dientes, llorando.-
- ¿Y de qué te vale despedirte? ¿Acaso te va a hacer mejor persona? – Hizo una pausa.- No insistas. Vamos.
- No sin despedirme.
- Ya te dije, eso no lo decidís vos.
- ¿Entonces quién, Dios?
- A Él lo vas a ver después, pero esto es así, a donde vas no te hace falta despedirte, no todavía. No vine a convencerte de venir, te vine a llevar.
Cuando la luz de la calle parpadeó, él exhaló. Ella seguía durmiendo.
En el mismo edificio, pero en otro cuarto la historia se repetiría. Una vez más, alguien se iba a querer despedir.