viernes, 24 de septiembre de 2010

Los girasoles (Parte II)

Ese mismo día, Victoria se había quedado dormida. El despertador la traicionó quedándose sin pilas. Salió de la casa sin desayunar ni maquillarse.
Corría con ventaja porque vivía cerca del trabajo, podía ir caminando, pero en ese momento tenía que ir volando si no quería que la retaran.
Hacía tres años que trabajaba como recepcionista en un estudio de abogados. Le faltaban dos materias para recibirse de abogada, pero como la habían aplazado la primera vez que se presentó, tenía miedo de rendir cualquiera de las dos, era cuestión de agarrar coraje nuevamente para intentar otra vez.
Gracias a Dios el ascensor estaba vacío, así que aprovecho para maquillarse rápido usando el espejo.
Llegó a la oficina, trató de hacerse la disimulada pero una de las secretarias, justo la única con la que se llevaba más o menos la mando al frente saludándola en voz alta. Un papelón que ella acomodó con un poco de humor y buen ánimo.
Mientras se sentaba en el escritorio de la recepción, organizó sus cosas en los cajones y lista para mirar al frente con una sonrisa, atender el teléfono, tomar recados y atender a quienes pasen por ahí.
- Hola Victoria ¿Cómo estás?
- Hola, bien ¿vos?
- Bien. ¡Que linda estas hoy!
- Gracias.
- Siempre tan seca. Menos mal que hoy no te invité a almorzar. – Mostró una leve sonrisa, dio media vuelta y se fue. –
Era el pesado de siempre. Uno de los abogados más jóvenes del estudio andaba atrás de ella desde que empezó a trabajar ahí. En realidad andaba atrás de todas, pero la única que nunca le dio lugar había sido Victoria. Siempre pasaba por la recepción para decirle algo o invitarla a alguna fiesta a la noche.
Todo esto la tenía sin cuidado. Conocía las personas como ese abogado, a esa clase de personas no había que llevarles el apunte, decía.
En verdad, no le llevaba el apunte a nadie. Su primer novio le había sido infiel, y el segundo también, tenía argumentos suficientes para convencerse y estar sola.
En su vida, como en tantas otras, las malas experiencias marcaban la tónica de las decisiones amorosas.
Cuando salía con sus amigas, conocía gente, sin embargo siempre había un “pero”, que le impedía hacer o decir algo. A cada uno de los candidatos que se le acercaba le encontraba uno o varios defectos que esgrimía como escusa, o argumentos validos, para rechazar invitaciones y proposiciones.
El que era lindo, seguro era hueco, y si era más o menos inteligente, era infiel en potencia. Sí era feo y tonto, era un pesado, si era feo e inteligente, seguro terminaba como amigo. Así pensaba.
Algunas de sus amigas habían vivido en carne propia la infidelidad, pero con el tiempo habían encontrado compañero, así que no le insistían demasiado, cada tanto deslizaban algún que otro chiste, pero por lo general evitaban el tema.
La tarde detrás del escritorio se le pasó volando. Pero a su día todavía le faltaba mucho, tenía que ir a comprarse un vestido y unos zapatos que hicieran juego, o al menos a ver vidrieras para ver si había algo que le gustara. Después al gimnasio, después de todo estaba sola pero no había razón para descuidar el cuerpo.
Era viernes, pero no era uno más del mes, ese día era la fiesta de compromiso de su prima, una de sus mejores amigas de toda la vida.
Gracias a Dios era en la casa de la familia del novio y no en un bar u otro lado, más intimo, más tranquilo, a parte era una casa grande, con parque y todo.
Lo que más la alegraba era que su prima era la primera de sus amigas en casarse, eso transformaba todo en un gran acontecimiento para ella.



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