Martín salía de la casa a la hora de siempre, después de una ducha y el desayuno mirando tele, estaba listo para caminar hasta la parada del colectivo.
Entraba a las nueve en el estudio contable del tío, que desde la muerte de su papá se había hecho cargo de él y de su hermano más chico.
Llegó al trabajo con un poco de retraso, el colectivo se había desviado por que estaban cortando una avenida, eran los empleados bancarios que estaban protestando.
Su tío no estaba, se había ido de vacaciones, el que sí estaba era su primo. Un par de años más grande que él, no se tomaba el papel de jefe de manera drástica, repartía las funciones del día sin imponer ni exigir de más, era muy justo y tolerante, a parte era uno de sus mejores amigos.
Pasaron las horas hasta el medio día, Martín no se había levantado de la silla del escritorio todavía, llegó la hora del almuerzo y salieron a comer con su primo.
En la mesa del restaurante céntrico al que siempre iban ya tenían reservada la mesa.
- Che ¿Hasta cuándo vas a estar solo, no te aburrís? - Le preguntó el primo.-
- No comiences de nuevo Pablo, no rompas. – Contestó Martín mientras se reía.-
Era la pregunta que, por lo general, le hacía Pablo cuando estaban solos. Todos los primos estaban en pareja, ya sea casados o conviviendo, de alguna manera, ninguno estaba solo de no ser por Martín.
- Te pregunto bien, no te rías, porque parece que no te lo tomas en serio. De verdad, después de esa relación que terminaste hace tres años, no volviste a estar con nadie, es decir con nadie que nosotros sepamos. Ojo no tenemos porque enterarnos pero, sería lindo verte acompañado y feliz otra vez.
- Si, esa parte seria linda. El problema es que casi todas las relaciones, las mías, no sé porqué, son extremadamente complicadas, de minas lindas pero bravas o con problemitas, me quedan pocas ganas de renegar con mujeres.
- ¿Ósea que le tenés miedo a las relaciones? – Interrumpió Pablo.-
- No, tanto como miedo no. Pero si cautela.
- Para mi es más que cautela, eso es miedito. – Se echo hacia atrás en la silla y soltó una pequeña carcajada.- Tendrías que salir más, si querés te puedo presentar alguna amiga de mi mujer, son todas profesionales, lindas mujeres, van al gimnasio y todo eso.
- Gracias por la oferta Pablito, pero puedo solo, sin ayuda. Es sólo que no quiero. No por el momento.
- Quizás eso esté mejor que andar buscando. En una de esas aparece alguna que te mueva el piso y te agarren ganas de estar con alguien.
La charla siguió un rato más, hasta el postre. Hablaron de todo un poco, como para ponerse al día. Después del cafecito, volvieron a la oficina.
Cada uno en su escritorio, con sus papeles, su teléfono y las cuentas de sus respectivos clientes, una tarde más de trabajo.
Pero en la cabeza de Martín, los razonamientos a cerca del amor y esas cosas seguían haciendo eco. En realidad no quería estar solo, era algo que le costaba afrontar, no le tenía miedo a las mujeres como decía su primo. Las malas relaciones lo habían marcado y mucho.
Las relaciones siempre terminaban siendo difíciles por mil razones, para él, el amor estaba íntimamente ligado con el dolor. Porque cada vez que había amado le había dolido en igual proporción.
Estaba cansado de pasarla mal. No buscaba una relación perfecta, mucho menos una mujer perfecta, solo alguien para compartir un proyecto de vida, hasta hacerse viejos los dos, no había necesidad de morir el uno al lado del otro, pensaba, si de vivir el uno al lado del otro, eso ya era mucho.
Dentro de todo, podía disimular su pesar. Y su escepticismo hacia el amor estaba delicadamente barnizado con humor, para atenuar cualquier respuesta o para responder cualquier pregunta.
Llego la hora de salir de la oficina, todavía le quedaba un poco de trabajo, pero no tenía la más mínima intención de quedarse. Juntó sus cosas del escritorio, guardó la computadora en la mochila, un par de papeles más, se puso el saco, saludó y se fue.
Gracias a Dios era viernes, hoy se juntaba con los chicos en la casa de Santi. En vez de juntarse en el bar de siempre, su amigo organizaba una cena con motivo de su compromiso.
Todo marchaba bien, el día se prestaba para un gran final en una fiesta con amigos, no podía pedir más.
Entraba a las nueve en el estudio contable del tío, que desde la muerte de su papá se había hecho cargo de él y de su hermano más chico.
Llegó al trabajo con un poco de retraso, el colectivo se había desviado por que estaban cortando una avenida, eran los empleados bancarios que estaban protestando.
Su tío no estaba, se había ido de vacaciones, el que sí estaba era su primo. Un par de años más grande que él, no se tomaba el papel de jefe de manera drástica, repartía las funciones del día sin imponer ni exigir de más, era muy justo y tolerante, a parte era uno de sus mejores amigos.
Pasaron las horas hasta el medio día, Martín no se había levantado de la silla del escritorio todavía, llegó la hora del almuerzo y salieron a comer con su primo.
En la mesa del restaurante céntrico al que siempre iban ya tenían reservada la mesa.
- Che ¿Hasta cuándo vas a estar solo, no te aburrís? - Le preguntó el primo.-
- No comiences de nuevo Pablo, no rompas. – Contestó Martín mientras se reía.-
Era la pregunta que, por lo general, le hacía Pablo cuando estaban solos. Todos los primos estaban en pareja, ya sea casados o conviviendo, de alguna manera, ninguno estaba solo de no ser por Martín.
- Te pregunto bien, no te rías, porque parece que no te lo tomas en serio. De verdad, después de esa relación que terminaste hace tres años, no volviste a estar con nadie, es decir con nadie que nosotros sepamos. Ojo no tenemos porque enterarnos pero, sería lindo verte acompañado y feliz otra vez.
- Si, esa parte seria linda. El problema es que casi todas las relaciones, las mías, no sé porqué, son extremadamente complicadas, de minas lindas pero bravas o con problemitas, me quedan pocas ganas de renegar con mujeres.
- ¿Ósea que le tenés miedo a las relaciones? – Interrumpió Pablo.-
- No, tanto como miedo no. Pero si cautela.
- Para mi es más que cautela, eso es miedito. – Se echo hacia atrás en la silla y soltó una pequeña carcajada.- Tendrías que salir más, si querés te puedo presentar alguna amiga de mi mujer, son todas profesionales, lindas mujeres, van al gimnasio y todo eso.
- Gracias por la oferta Pablito, pero puedo solo, sin ayuda. Es sólo que no quiero. No por el momento.
- Quizás eso esté mejor que andar buscando. En una de esas aparece alguna que te mueva el piso y te agarren ganas de estar con alguien.
La charla siguió un rato más, hasta el postre. Hablaron de todo un poco, como para ponerse al día. Después del cafecito, volvieron a la oficina.
Cada uno en su escritorio, con sus papeles, su teléfono y las cuentas de sus respectivos clientes, una tarde más de trabajo.
Pero en la cabeza de Martín, los razonamientos a cerca del amor y esas cosas seguían haciendo eco. En realidad no quería estar solo, era algo que le costaba afrontar, no le tenía miedo a las mujeres como decía su primo. Las malas relaciones lo habían marcado y mucho.
Las relaciones siempre terminaban siendo difíciles por mil razones, para él, el amor estaba íntimamente ligado con el dolor. Porque cada vez que había amado le había dolido en igual proporción.
Estaba cansado de pasarla mal. No buscaba una relación perfecta, mucho menos una mujer perfecta, solo alguien para compartir un proyecto de vida, hasta hacerse viejos los dos, no había necesidad de morir el uno al lado del otro, pensaba, si de vivir el uno al lado del otro, eso ya era mucho.
Dentro de todo, podía disimular su pesar. Y su escepticismo hacia el amor estaba delicadamente barnizado con humor, para atenuar cualquier respuesta o para responder cualquier pregunta.
Llego la hora de salir de la oficina, todavía le quedaba un poco de trabajo, pero no tenía la más mínima intención de quedarse. Juntó sus cosas del escritorio, guardó la computadora en la mochila, un par de papeles más, se puso el saco, saludó y se fue.
Gracias a Dios era viernes, hoy se juntaba con los chicos en la casa de Santi. En vez de juntarse en el bar de siempre, su amigo organizaba una cena con motivo de su compromiso.
Todo marchaba bien, el día se prestaba para un gran final en una fiesta con amigos, no podía pedir más.
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