jueves, 13 de diciembre de 2012

Carolina (2)

Cuando me dijo así, quise escribir en el momento, haciéndome el escritor creativo, pero fue un verdadero fracaso, no se me vino a la mente una sola idea en veinte minutos. La miré en ese momento y le dije:
- Deme unos días que piense en algo, ahora no me sale nada.-
- Bueno, -dijo con desanimo – ni que le fueras a escribir a tu novia. – y se rió.-
- No, tarada mental, que novia ni ocho cuartos, se me complica porque sos amiga, y te conozco demasiado. – guarde silencio unos instantes…- Idiota.- remate.- 
La charla siguió por otro camino, regalándonos insultos durante unos minutos. Sin embargo yo sabía que ella quería ver si podía llegar a escribirle algo que realmente le gustara.
Carolina era una de mis críticas más crueles, no tenía reparo en decir lo que fuera por lo que escribía, hasta ese entonces nunca había soltado un elogio para ningún escrito mío.
Caminamos hasta la boca del subte, nos despedimos con un abrazo y bajo las escaleras. Me quedé mirándola un momento, pisaba cada escalón como si bajara en un teatro de revista, dentro miro una voz, la voz de siempre, esa que hablaba en momentos de maldad dijo: “ojalá te caigas de culo por hacerte la estrella”. Cuando caí en cuenta lo estaba terminando de decir en voz alta. La gente en la vereda y los que estaban en la escalera con ella me miraron, inevitablemente me puse colorado con una sonrisa maliciosa como escudo. Carolina me miro y me hizo fuck you. Esa era mi amiga, esa era nuestra amistad.
Después de ese momento sin filtro, camine hasta casa, la mueca de maldad en la cara me duró un par de cuadras, hasta casi podía decir que me sentía orgulloso de haberle gritado eso, entraba dentro de los momentos del mes para no olvidar.
Entre al departamento, deje las llaves y la billetera arriba de la heladera, el celular en la mesa y me descalce pateando las zapatillas casi hasta los pies de la cama, frente al ventanal del balcón.
Ese día no se me ocurrió nada para Carolina, al otro día tampoco, y al otro y al otro y al otro tampoco.  
Lo único que había conseguido anotar en cuatro días había sido un verso muy estúpido, que seguramente si lo llegaba a leer me iba a golpear: “Carolina camina contando cada cuadra”.
Ese era el primer renglón de lo que quería que fuera una suerte de poema, usando palabra que comenzaran con la letra C, por Carolina, pero desistí de esa idea por dos razones: una, que no me daba la cabeza para hacerlo; dos, que podía llegar a transformarse en algo muy infantil.

Por horas

Fue durante los tiempos
de la gran mortandad,
Cuando los peces se dedicaron
a hacer la plancha a la deriva.
Ese verano de árboles dormidos
A la hora de la siesta,
Caminaba descalzo por veredas
Con adoquines calientes,
Respiraba la tierra
Que traía el viento.
Dejaba los ojos en el mismo cuadro
Por horas.
El hocico seco y caliente del perro
Dormido a la sombra del nogal,
Desganados cantos de pájaros
Escondidos entre las ramas verdes.
Lunes que olía a soledad de domingo,
Insípido, como una comida sin sal.
Afuera había tanto para hacer y para ver
Adentro había pocas ganas de salir.
Y un soliloquio mental
que argumentaba  la falta de ánimo,
Pintando la vida como un cuadro de Dalí.
Miré la luz de un monitor
que no me hablaba,
hasta perder la noción del tiempo
en su brillo artificial.

viernes, 5 de octubre de 2012

Canciones de cuna

Un débil equilibrio mental
Sostenido apenas por la distancia en el tiempo.
Recuerdos escritos en papeles de colores
Colgados con hilos del techo.
Mientras el cansancio agobia
El peso del sueño no llega a los ojos.
No hay canciones de cuna
Para hacer dormir una conciencia intranquila.
Pasan los días y se mueren las flores,
Caen chaparrones y se desbordan los arroyos.
Lo que no se puede evitar
Va a volver a pasar.
Siempre lo esencial es invisible.
Como el apostador conoce las reglas
De los juegos de azar,
Así la suerte conoce todas las trampas
Para burlarse de los jugadores.
Los errores que persiguen a sus dueños
Hasta la almohada.
En cámara lenta y a todo volumen
Se repiten una y otra vez
Todos los absurdos del día hasta el hastío.  
No hay canciones de cuna
Para hacer dormir una conciencia intranquila.

Carolina (1)

Los días nublados salía de su departamento con botas de goma por las dudas que lloviera. Aunque no le gustaba llevar paraguas en la mano, lo disimulaba muy bien, cuando caminaba por la calle  parecía estar en medio de una coreografía de peatones, moviendo los brazos  y la cabeza con un ritmo particular. Siempre creí fingía ser parte de una película, nunca le pregunté, pero era la impresión que me dejaba.
Su familia no tenía problemas económicos, capaces de tomarse un avión a cualquier parte de mundo en cualquier momento sin estar de vacaciones. Pero es como dice el dicho, “la gente que no tiene problemas, se los inventa.”
Desde los trece años iba a la psicóloga, cuando la conocí había superado los veintitrés por ocho meses y todavía seguía yendo.
Nos conocimos de casualidad en una clase de la facultad, y con el tiempo descubrí todas esas mañas. 
Entró con el paraguas seco en su mano izquierda y le golpeó sin querer, según ella, con la mochila que llevaba en el hombreo derecho cuando cerró la puerta.
Me quede mirándola con cara de “espero una disculpa”, pero eso no pasó.
Sus ojos tenían una extraña tonalidad entre el marrón y el verde.
Me sorprendió verla tan desenvuelta, como si el aula fuera su casa.
- ¿Qué miras, te gusto? – dijo hurgándose la nariz con el dedo índice de la mano derecha.
- No. –respondí inmediatamente.- pero si me convidas un moco no me ofendo, deje los míos en casa.- y le quedé serio.
Se quedó pensando y se dio vuelta haciendo un abanico con su pelo.
La clase siguió, terminó y ella seguía de espaldas a mí, mirando al frente.
Cuando terminó y salimos del lugar me volvió a golpear con la mochila en el pasillo, y me hablo si mirarme.
- Lo único verde que comparto es la yerba del mate, idiota.
- Que sensible. Por favor, quedate tus mocos…- y no recuerdo que más le contesté.
La conversación parecía más del preescolar que de facultad.
Por fortuna ambos teníamos buen sentido del humor. Meses después nos reíamos de esa situación. Nuestra primera charla: los mocos.
Dios, el destino y la vida, todos ellos, tal vez, quisieron que nos conociéramos de esa manera.
Siempre se reía de lo que escribía, pero admiraba que tuviera el valor de publicarlo para que otros lo lean.
Fanática de Juan Alberto, yo simpatizante de los Beatles jugábamos a cambiar temas que el otro no conociera, decía que la canción Paperback writer hablaba de alguien como yo. Mientras para mi ella era la chica de She’s leaving home.
Cuando nos sobraba el tiempo cambiábamos ideas de libros a medio leer. Amaba a Puig, odiaba a Borges, le hubiera fascinado entrevistar a Hemingway y a Tolstoi.
Odiaba el cine japonés, quería vivir en un film de Woody Allen.
Aficionada a la fotografía, coleccionaba fotos de Escandinavia.
Debo admitir que era una buena compañera para ir al Palais de Glace.
A la mitad del segundo año de la carrera me sorprendió un extraño pedido, o al menos así lo tome yo.
- ¿Podrías escribir algo de nosotros dos? Lo que sea, pero algo, algo  de Carolina y su amigo.- Dijo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Sala de espera

Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
Un presente continuo que habilita
Espacios para conjeturas
Propias o prestadas.
Del eco entre los edificios
Al silencio de la sala de espera
Y un revistero de entrañas viejas.
Caras relajadamente preocupadas
En cuerpos con posturas aburridas.
Uno al lado del otro fingiendo no verse,
Fingiendo estar mejor que su vecino.
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
El sonido tenue y constante
De una radio encendida
En una estación lo suficientemente impersonal
Como para acompañar el momento.
Los pensamientos del último mensaje
Susurrándome al oído
Me distraen del motivo de mi visita.
La cabeza sobre el cuello
Y la mente del otro lado de la ventana
Que no deja de llamarte.
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
El primer acorde estaba en la menor,
Solo eso bastó para que el resto,
Las imágenes y las frases,
Se acomodaran siguiendo un orden
Lógico pero insensato.
Metáforas que viajan en espiral,
Bajando y subiendo.
Predispuesto a irme cuanto antes
Finjo pensar en otra cosa
Mientras espero mi turno.
 

Cómplices

Los beneficios de la duda
Y el juego de las primeras impresiones.
La distancia existente entre
Los extremos de la sala
Y los obstáculos en el medio.
Sobre la mesa humea
La boca de una taza
Con aliento a café.
El invierno se despide por la ventana
Lo veo marcharse
Con el sobretodo abotonado.
Vos te quedas
Del otro lado de la mesa
Pintando una tostada.
Mi desconcierto, es saber
Que hay en tu cabeza.
Los beneficios de la duda
Te favorecen.
Me calmo cuando leo en tus ojos
La misma pregunta que no me animo a hacerte.
Disimulo no pensar en eso
Pero te das cuenta igual.
Aunque no quiera decirlo
Ya lo sabes.
Cómplices en las miradas y el silencio
Dejamos de lado
El juego de las primeras impresiones
De la mañana
Para aventurarnos en un día más juntos. 

Estirpe corrompida


Vi partir estrellas al cielo,
Preguntándome siempre
Dónde terminaba su estela.
Una noche dos dioses
Me invitaron a cenar,
Hablaban de las almas en la tierra
De los cuerpos en el cielo.
Recuerdo haber olvidado
Muchas de sus palabras,
No alcanzaba a escribir
Todo lo que decían.
Mi afición por las cosas perdidas
Me llevó a preguntar
Por los que habían viajado antes que yo,
Nada dijeron, más que señalar
El blanco horizonte de allá arriba.
Porque de los destinos
Y de los viajeros
El Altísimo se encargaba.
Un breve susurro
Llegó con el viento.
El dialogo viró hacia mi especie.
Hablaban de una estirpe corrompida.  
Y se lamentaban como si yo no estuviera ahí
Caminamos hasta una cornisa,
Desde la altura el mundo se ve distinto.
Volví a pensar en las estrellas que habían subido,
Recordé también a la que había caído,
Su luz artificial no era competencia allí arriba.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Originales al desnudo

Sucedió el día que las hamacas
Se quedaron sin jinetes.
Los juegos dejaron el suelo,
Salieron al parque, volvieron
A la mesa y se fueron al cuarto.
Corrieron descalzos sobre el
Piso frío, con la velocidad de
Quien huye de un incendio
Al fuego.
Cada sonido en la oscuridad
Pasó a formar parte de una
Sinfonía nocturna.
Dibujaron con sus dedos
La cara de enfrente,
Simulando acariciar un espejo.
Abrigados con pieles
Recorrieron sin mapa
Una nueva geografía.
La coreografía de sombras
Se proyectaba sobre la pared
Empapelada por la luz de la luna.
Del vaivén a los juegos,
De las oraciones a los
Susurros esporádicos,
Hasta que el alba llamo al sueño.
Originales al desnudo,
Descansaron en cuerpo
Su esencia transformada.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Quién y porqué

Que canten las aves
Debería alegrarnos.

Que suenen las campanas
Debería macar nuestra hora.

Que susurremos
Debería enamorarnos.

Como los dibujos sobre la arena
Debería ser nuestro enojo.

Como las ondas sobre el agua
Debería ser nuestro andar inquieto.

Como el calor del sol
Debería sentir tu abrazo.

Donde llueve abundantemente
Debería florecer mucho verde.

Donde dobla la tierra.
Debería terminar el mundo.

Donde estamos
Debería hacernos felices.

Cuando la oscuridad encoje
Debería crecer la esperanza.

Cuando el viento sopla
Debería llevarnos a algún lado.

Cuando tu boca me habla
Debería probar cada palabra.

viernes, 21 de septiembre de 2012

El engaño

Espacios mentales libres
De la propia voz, algo así
Como un jardín ingles
Tras la fachada de un edificio francés.
Los mortales no esquivan los sentimientos
Los atraen, los abrazan, los exprimen.
Así, algunos atajan con la cabeza
Los golpes que recién en el corazón.
Y tal vez el daño más grande
No lo causen las palabras, sino
Su eco, que puede resonar
Por años en el cerebro.
Una mente aturdida, no es
Un corazón asustado. Un corazón
Asustado, no es una mente perdida.
Desde el final de los cabellos
Al principio de los pies, hay dos
Sentimientos inconfundibles del resto.
Y muy similares entre sí.
El afecto es al solo
Lo mismo que el olor de comida
Al hambriento.
El rostro del enamorado es inconfundible,
No así del que odia, este, tiene mil caras,
Una más amable que la otra.
El arrepentimiento veloz
No siempre es por afecto,
A veces es por interés.
Por eso es importante el silencio, sin escuchar
A los demás, ni a uno mismo
Antes de tomar decisiones.
El engaño más grande, cuando estamos perdidos,
Es pensar que la respuesta está en nosotros mismos,
Que la solución viene de los sentimientos.

Tan oscura

Ya no quiero estar solo
En los atardeceres.
Cuando se acerca la noche
Sabiendo que no hay nadie cerca.
Si lo pienso bien me cuesta
Mas enamorarme que
Comprar un auto.
Abandoné las suposiciones
Y conjeturas por cuadros
Del impresionismo francés.
Lo real no es lo que se ve
Sino el trazo de la mano del artista.
Es difícil observar los detalles
De la noche y las estrellas
Con un cielo tan inconstante.
Me recuerdan a vos,
Tan cambiante, tan atrapante
Tan oscura.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Viajero frecuente


Cada viaje comienza
en el mismo el mismo lugar;
en el cuarto haciendo el bolso.

Incluso con el equipaje
cerrado quedan dudas abiertas
de presuntos olvidos.

Salir de noche o de día
nunca llega a ser lo mismo.
El sueño, sin embargo, es igual.

Es preferible salir mal
acompañado que solo, al menos
hay alguien con quien hablar.

Los fumadores de las estaciones
suelen sostener charlas interesantes,
aunque no tengan mucho contenido,
es atrayente verlos gesticular.

Después de estar dos horas
en una sala de espera, ver abordar
un avión resulta similar a contar ovejas.

En cada lugar la gente le reza
a distintas deidades, aunque
todos busquen al Altísimo.

No llegar al destino que uno
pretende, no quiere decir que
el viaje se haya frustrado.

No hay que olvidar que
el destino es el dueño de mapa,
y de todo el camino.

Las mil luces de la pista
y los millones de estrellas,
son imágenes que pocas
cámaras pueden guardar.

Besos de aeropuerto, abrazos
en colectivo, los colores del tren,
compras en estaciones de servicio,
fotos con tres cuartos de cielo.

 

El olvido


Quisiera que fuera un apartado postal
al que pudiera mandar palabras habladas
o escritas sólo pagando la estampilla.

Quisiera que fuese una persona
a la que recurrir y hacer catarsis,
contarle todo sin recibir respuesta.

Quisiera que fuese una casa
en la que ningún mueble
me recuerde nada ni nadie.

Sin embargo

Es como un buen amigo
que sabe guardar un secreto
por muchos años.

Es como la arena de la costa
cuando la marea está baja
que se va a lavar cuando suban las olas.

Es como un dibujo de tiza en el suelo,
que cuando llueve  va quedando el rastro de
los colores borrosos hasta desaparecer.

Cuarto en el cielo


Tal vez la respuesta esté
Dando vuelta la página,
Y ahí encontremos la receta
Para nuestra felicidad.
Cómo fabricarnos un
Cuarto En el cielo,
Desde donde podamos
Mirar al resto de la
Creación de Dios y
Reírnos del porvenir.
Que los ángeles envidien
Nuestras canciones,
Nuestras danzas con las nubes.
Vivamos suspendidos,
Suspendidos entre las cosas
De arriba y las de abajo.
Dejemos de usar relojes
Contemos el tiempo en
Días y noches, lunas y soles.

sábado, 14 de julio de 2012

Ciprés


¿Quién nos disuadió de
creer en la vida
de los árboles?

¿Cuándo abandonamos
las esperanzas en la
paz?

Acaso cambiamos tanto
que nos olvidamos de
pisar el pasto
descalzos.

Los caminos pasaron a ser
rutas y ahora autopistas.
Cada vez cuesta más
ver hojas secas en la
vereda del otoño.

Inconfundible es el olor
de la tierra mojada
para los que viven con los
pies en el suelo.

A diferencia del
hombre civilizado
los árboles ya no
viven en multitudes.

La semilla es vida, raíz
y tallo; altura y sombra;
habitaciones en espaciadas
ramas, donde cantan tenores
alados, hijos del viento.

La mano que le quitó la
vida a esa semilla, con
su madera hizo esta
mesa y esta silla en la
que sentado escribo.
cuidar la vida.

De mi infancia recuerdo
aquel ciprés en el parque,
su luz, su sombra,
el relajante sonido del viento
lamiendo sus hojas.  

sábado, 9 de junio de 2012

Esquimales (Parte III)


Había quedado como hipnotizada por la pantalla y esa extraña manera de vivir que le mostraba. Comenzó a pensar en todo lo que ella tenía cerca, todo lo que podía hacer.
Ese inmenso vacío blanco y árido le hacía pensar en toda la gente que la rodeaba, incluso la gente que ella no quería, pero que igual la rodeaba.
Cuando terminó su yogur con frutas, dejó el pote sobre la mesa ratona, juntó sus rodillas y abrazó sus piernas, se sentía una nena otra vez, mirando televisión en esa posición.
Varias cosas le habían resultado extrañas de la vida de esas personas, su forma de pescar, haciendo un agujero en la gruesa capa de hielo; que se pudiera encender fuego dentro de un iglú; pero sobretodo la hospitalidad para con los visitantes.
No tenía sueño pero ya no era hora de estar frente al televisor, si no se obligaba a ella misma a irse a la cama no iba a poder levantarse temprano al otro día, y todavía tenía que plancharse el pelo antes de ir al trabajo.
Se levantó del sillón, llevó el pote a la cocina y lo lavó. Dejó una lámpara de lectura encendida en el living, como hacía siempre y fue al baño a lavarse los dientes.
Sacó de su cartera El bosque de los pigmeos, se lo había comprado hacía pocos días.
Abrió la cama y se sentó con el libro en ambas manos, rápidamente buscó el capitulo que estaba leyendo, Los pigmeos.
El frío de la cama ahora era su peor incomodidad. Pero ella tenía una vieja estrategia para esos casos. Corría la almohada hacia la cabecera y se sentaba con la espalda apoyada en el espaldar, comenzaba con ambos pies a deslizarlos rápidamente, la fricción de sus pies sobre las sabanas iba calentando el colchón y poco a poco le iba ganando lugar con su cuerpo al frío. Era eso o levantarse a buscar una bolsa con agua caliente.
Todos los inviernos pensaba en comprarse una frazada eléctrica, pero se acordaba de hacerlo en septiembre, su mala memoria le jugaba en contra.
Una vez templado el colchón, se acomodó para leer un poco antes que llegara el sueño.
El relato la atrapo al segundo párrafo, pero a medida que los renglones iban pasando llegó a la conclusión que no era un capitulo para leer de noche. Buscó el papel que usaba de señalador que estaba arriba de la mesita de luz lo introdujo entre las páginas y cerró el libro.
Automáticamente, sosteniendo el libro entre sus brazos contra su pecho, se volteó sobre su costado derecho, clavando la vista en la puerta de cuarto que estaba entreabierta.
Su mente estaba en una suerte de transición entre lo que había leído y lo que había mirado en la televisión.  
Esquimales, pensó, gente de costumbres particulares.
Su mente se había quedado en los detalles de la hospitalidad de aquel pueblo que relató el locutor de voz grave.  Había mencionado que cuando un esquimal recibía a otro que estaba de paso y se quedaba a pasar la noche en su iglú, el anfitrión le prestaba a su mujer para que no pasara frío.
Esa idea le resultaba chocante, “¿Cómo iba a compartir a su mujer? ¿Por qué no iba el anfitrión a darle calor al huésped?”  Pensó. Todo eso le resultaba bastante machista.
Le alcanzó un breve instante, un minúsculo segundo en el que realizó un movimiento involuntario, pasó su pie por la parte inhabitada del colchón, solo eso le alcanzó para perder toda clase de concentración a cerca del tema que venía pensando y concentrarse en el frío que ocupaba el resto de su cama. Fue eso y el escalofrío que le recorrió la espalda entre los dos omóplatos que le hicieron pensar que tal vez no sería mala idea tener a un esquimal junto a ella.

domingo, 20 de mayo de 2012

Esquimales (Parte II)


Raro en ella, cuando se hizo la hora de irse, todavía estaba barajando folios, pero se auto convenció de largar todo cuando ya habían pasado diez minutos de la hora.
Cruzó la puerta de calle y el frio le besó el cuello, se encogió de hombros levemente acusando un leve escalofrió que surcó la espalda entre los dos omoplatos.
Que libertad, pensó, salir un lunes de la oficina sin tener que cargar el bolsito con ropa para el gimnasio.
Si bien había hecho varias cosas en el trabajo, tenía la extraña sensación que el día estaba pasando más rápido de lo normal, por un instante deseo que esa sensación le durara hasta la hora de dormir y que el día se le pasara volando.
Llegó a su casa, cerró la puerta y se sacó los zapatos. El suelo le devolvía la fría comodidad de andar descansa. Eso era hogar.
Se cambió la ropa tomándose todo el tiempo del mundo, guardó parte de la ropa que antes tenía puesta, y la otra mitad la puso en el canasto de la ropa sucia.
Arrastrando unas pantuflas que más parecían alpargatas, llegó a la cocina y vio la taza que había dejado a la mañana, la lavó, le puso un saquito de té nuevo adentro y puso la pava.
Dio un paso hacia atrás y dos a la izquierda hasta llegar a la puerta de la heladera, la abrió y contempló estantes vacíos, el cajón de las verduras a medio llenar, unas cebollas, un par de puerros, un pote con ravioles con salsa blanca que parecía petrificada, se parecía mucho a la heladera de su hermano cuando antes que él se casara.
Ahora no le quedaba otra que salir a hacer mandados, pero primero estaba el té.
Mientras hacía una lista mentalmente de las cosas que iba a necesitar, el agua de la pava le comenzaba a gritar.
Puso la tasa sobre la mesa, buscó su cartera y sacó un anotadorcito y un lápiz.
La lista comenzaba con: aceite, arroz, tomates, un sobre de queso rallado, fideos  (tres tipos distintos), una calabaza, sobres de jugo de varios sabores, leche, yogur, entre otras cosas que escribía, no podía abandonar la sensación que se estaba olvidando cosas importantes.
Terminó el té y pensó en cambiarse, pero desistió al instante, iba al chino de la vuelta, no necesitaba cambiarse o arreglarse mucho.
Salió en la llave y la billetera en la mano. Mas o menos a unos diez pasos de la puerta se volvió a dar cuenta que otra vez había salido sin un pañuelo para el cuello.
Trató de hacer todo lo más rápido posible si olvidarse nada, también agregando cosas que le podía llegar a hacer falta, cosas que no estaban en la lista.
Faltaban dos veredas para llegar a la suya y ya tenía la llave apuntando como un segundo dedo índice de si mano derecha.
Entró u se apuró a dejar las cosas arriba de la mesa porque el peso de las bolsas le lastimaba las manos.
Cuando terminó de guardar todo ya no tenía ganas de limpiar, ni siquiera de barrer.
Casi por inercia o las mismas fuerzas del universo la llevaron al sillón y prendió la televisión sin pensarlo, en piloto automático.
Estuvo mirando televisión no más de quince minutos antes que se le cerraran los ojos. Pero puso en un canal de música y la subió el volumen, eran casi las siete y media, dormirse en ese momento era asegurarse un desvelo a la madrugada, y no le convenía.   
Se paró y fue directamente al baño, si se bañaba a la noche, no tenía que hacerlo a la mañana siguiente.
Fue uno de esos baños lentos.
Cuando salió con el pelo envuelto en una toalla de mano era cerca de las nueve, y no tenía hambre. Pero no se iba a ir a dormir con el estomago vacío.
Volvió al comedor y cambió de canal, buscó uno de esos que pasan documentales o cosas interesantes, los que casi seguro conducen al sueño con éxito en treinta minutos.
Fue al baño, que ya no tenía tanto vapor, para secarse el pelo.
Pasó por la cocina y sacó de la heladera una banana y una manzana, que no estaban en la lista, pero que las había metido al canasto cuando las vio. Las cortó las puso en un pote y les puso yogur. Era una cena para no cenar. Y se volvió al sillón en el living.
Las imágenes de la televisión eran de un clima frió, parecía el polo norte. Toda esa inmensidad blanca, pocos árboles, mucho viento, una verdadera postal del invierno.
Mientras llevaba cucharadas de frutas y yogur a la boca, el locutor del documental comentaba a cerca de la vida del pueblo Yupik, o mejor conocidos como Esquimales.
Le llamó la atención como había gente que pudiera vivir en esas condiciones de clima tan extremo.
Esas imágenes hasta le hacían sentir que lo que estaba comiendo estaba frío por demás.

jueves, 17 de mayo de 2012

Adiós de papel


No decir nada en la era de la híper comunicación
Tal vez sea una virtud. Silencio.
0101000110010
Y las maquinas son más directas para hablar que nosotros.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

Casi cinco siglos de muerto Miguel de Cervantes Saavedra
Y podría parecerme al Quijote con internet.
Con esperanzas implacables
Anécdotas inoxidables
Los mismos molinos en el horizonte
Y una Dulcinea que tal vez me invente.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

No todas las plumas son iguales
Plumas de gallinas, de pavos y de pavos reales.
Pero con todas ellas se escribe. Palabras que pertenecen a
Gallinas, pavos y pavos reales.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

Ya no quedan trovadores que canten el final
Los comimos a todos ellos, ahora los extrañamos.
Devoramos sus letras
Y ahora no tenemos palabras para el cierre.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

De puño y letra caen sobre la hoja palabras negras
Sutiles, delicadas, sagaces
Rompen el silencio sin agraviar los oídos.
Retumban como el eco de las montañas
Agigantando su verdadero peso.
Quitando el polvo de los recuerdos.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

Los carteros nunca se sorprenden, la gente no espera cartas
Todo se resuelve por correo electrónico.
Hoy no hay distancias
A menos que se caigan los puentes.
Hoy me llegó un telegrama que decía
Gracias por participar.

lunes, 14 de mayo de 2012

Entre algodones (Parte I)


Sentía la cara fría, pero todavía no podía abrir los ojos. El resplandor entraba por sus ojos cerrados y esa sensación de él sol mirándolo furiosamente a la cara no lo dejaba seguir durmiendo. Pero aunque quería abrir los ojos y levantarse no podía, se encontraba muy cansado para moverse.
Estaba muy incomodo acostado sobre unas piedras lisas, le dolían los hombros y la clavícula izquierda la sentía como quebrada, lo único que lo calmaba de momento era  una brisa fría que le acariciaba sus pies descalzos.
La luz del sol no calentaba su cara, pero le incomodaba el resplandor segador, tanto que decidió recostarse sobre su lado derecho. De fondo podía escuchar algo así como un murmullo pero no sabía que era.
Le dolía la cabeza pero no quería seguir acostado, juntó fuerzas para moverse y ponerse en pie, cuando pudo abrir los ojos sintió la pesadez de los que recién se despiertan de la resaca, sin embargo él no tomaba alcohol.
Cuando pudo ver bien reconoció el lugar donde estaba de inmediato. Se encontraba  a orillas del lago donde solía pasar las vacaciones con su familia.  
Mientras se incorporaba la cabeza le daba vueltas, como sí le hubieran dado un golpe muy fuerte. Trató de estar en pie sin marearse antes de caminar unos pasos.
Cuando por fin pudo tener control de su cuerpo, se animó a caminar sobre las piedras lisas, típicas de los lagos del sur. Le resultaba muy incómodo tener que hacerlo descalzo, sin embargo la sensación del frío en los pies le agradaba.
El paisaje no le resultaba nuevo en absoluto, pero no lograba identificar en que parte se encontraba. Conocía muchos lagos en la cordillera, y el paisaje de casi todos era similar, no había nada que le recordara un lugar específico, un cartel o algo por el estilo.
Arrayanes, alerces y pinos decoraban las costas, como no hacía frío supuso que era verano, aunque no tenía noción de la fecha o estación en la que se encontraba.
Recordaba como de niño le encantaba ir de vacaciones a esos lugares, lagos de agua cristalina, en la que se podían ver los peses, montañas a lo lejos con sus cimas llenas de nieve.
Tal vez esos eran los recuerdos más agradables de su niñez.
El oleaje era constante, las ondas del agua eran breves pero sostenidas. De a poco iban lavando las piedras grises y verdes de la orilla. Ese era el murmullo que cuando tenía los ojos cerrados no alcanzaba a distinguir.
Caminó por la orilla un rato largo, tratando de buscar en el paisaje algún detalle que le revelara donde estaba pero no hubo éxito.
Se detuvo a mirar el agua, el reflejo del sol, que todavía no se había movido, salpicaba su luz encima de la irregular superficie liquida. Le transmitía una sensación relajante.
Después de mirar un rato el agua sus ojos le comenzaron a pesar, al punto de volver a tener sueño. Al principio trató de resistirse pero era algo más fuerte que el. 
Miró a su alrededor y no encontró ningún refugio para acomodarse y descansar.
Por un instante pensó que no era bueno que se durmiera, porque si la noche lo encontraba en ese lugar, se exponía innecesariamente a los animales de la montaña.
En ese momento tuvo una idea brillante, o lo que él pensó que era brillante. Para vencer el sueño, tenía que despabilarse, y como estaba descanso podía poner sus pies en el agua del lago que siempre está fría.
Se acercó a las olas con mucha decisión e introdujo ambos pies casi a la vez. Al instante salió sorprendido, el agua estaba apenas fría. No parecía el agua de un lago del sur.
No fue el agua fría lo que le quitó el sueño, fue la sorpresa.
Después pensó que eso le había pasado porque estaba descalzo, y sus pies no sentían frío porque estaban fríos.
Ahora sí, tenía que encontrar un lugar para pasar la noche, que es cuando llega el verdadero frío a esos lugares.

viernes, 4 de mayo de 2012

Aurora murió


Su cuerpo en la silla de mimbre
El resto de sí en el umbral al borde de la celosía entreabierta
Sus lágrimas caían de sus ojos como manzanas maduras
Inmóvil, sus pies no sentían frío
La luz de las tres de la tarde esquivaba obstáculos para poder entrar al cuarto
Olor a ropa guardada salía de los cajones de la cómoda
Rayos de sol evidenciaban el polvillo que flotaba en el ambiente
Los lentes en la mesa de luz, un vaso medio lleno, la biblia
Miró hacia atrás dejándose ir, dejándose llevar
Su pasado quedaba sentado
Respondió a la eternidad con inmortalidad

Sombras


Que miden el tiempo
Que agigantan objetos y sujetos

Espesas y rusticas
Como bocetos en carbonilla

Débiles y tenues
Como dibujos en lápiz a mano alzada

Siluetas de lo real
Llegan antes con la luz de espaldas
Y se marchan después con la luz de frente

Contrarias a la luz
Se contradicen viviendo de día

El viento no las mueve
Fuertes en el suelo, en las paredes, en el agua

Inalcanzables, la única forma de retenerlas
Es capturando a sus dueños

Retratan sin colores
Las posturas de los vivos
Siempre están a la moda

Cuando la luz es lejana toman otro carácter
Cualquiera que las mira podría durar de su intangibilidad

Antes les temían
Ahora también

Corren con el viento
Vuelan con las aves

Unidas a nosotros por los pies
Son tal vez
Nuestra mejor metáfora monocromática 

viernes, 27 de abril de 2012

Corrientes y Talcahuano


El café estaba en la esquina de Avenida corrientes y Talcahuano. No era muy lujoso, las mesas y sillas eran viejas, pero se conservaban es estado. Las baldosas de la entrada ya habían perdido su dibujo original por el paso del tiempo y los pasos de los que entraban y salían.
A menudo muchos de los abogados de tribunales usaban los huecos de sus agendas para ir ahí y charlar con algún cliente.
No era de los bares que tienen internet, ni de los que tienen mozos menores de treinta años y con acento extranjero, los que atendían el lugar eran bien porteños. No se esperaba menos del lugar en el que estaba el establecimiento.
Ahí estaban ellos, llegaron puntuales, tres y media, ella abrió la puerta y lo vio a él, sentado en la mesa ubicada al fondo a la derecha, donde está la puerta de media altura para pasar al otro lado de la barra.
Una ubicación estratégica, desde ahí se podía ver todo el lugar, y ambas calles, por ende podían ver el transito y a los transeúntes ir y venir como hormigas por la calle.
El se paró, la saludó con un beso en la mejilla, le corrió la silla para que se sentara y volvió a acomodarse en su lugar.
Los ojos de ambos se miraban brillantes, reflejando una sensación de comprensión mutua casi inexplicable.
Se habían conocido por internet, en noches de soledad y vicio. No fue el típico levante de correo electrónico, lo suyo había sido el chat.
Había sido tres años atrás, ella salía de una relación larga y ocupaba su tiempo, encerrada en la casa, con la computadora. El estaba cómodo pero mal acompañado, según le había dicho en aquella ocasión, era solo cuestión de tiempo para que todo llegara a su fin.
Arrancaron casi en situación de levante, ambos, jugando a que jugaban, correteando son salir de su casa.
Seguían con su vida casi normal, de trabajo, salidas con amigos, asados familiares, malestares de las estaciones, etc.
Las confesiones más profundas llegaban a cualquier hora del día, con el típico sonido de las ventanas.
Acordando sin decir nada el tiempo diluyó el interés, la intensidad de las charlas y el interés menguaron.
Al año ya se habían dejado de hablar.
Para mantener el misterio o las reservas ninguno estaba en los contactos del otro en las redes sociales.
Para el segundo año, la sorpresa se la llevó ella cuando él la saludo para su cumpleaños, y retomaron el dialogo por unos meses hasta que ella comunicó que estaba saliendo con un flaco de la oficina, que hasta ahí no era nada formal. Sinceros ambos como siempre, el confesó también estar en pareja con una compañera de la facultad.
Las ventanas de diálogos volvieron a estar en silencio durante unos meses más.
Todo estaba claro, inciertamente claro. Se conocían sin verse, se querían sin haberse siquiera tocado, se conocían casi mejor que nadie, o al menos eso es lo que simula la realidad de internet, pero estaba en ellos creer que era así, casi como volviendo al período del Romanticismo.
Los dos en pajera no dejaban de amar a quienes tenían al lado, tampoco dejaban de pensar en la persona del otro lado de la ventana.
Los procesos de curiosidad, llevan a una decantación natural. Querían conocerse.
Y ahí estaban ellos, después de un par de años mirándose a los ojos por primera vez en sus vidas. Recordando noches y tarde de charlas, saludos esporádicos, chistes que solo ellos entendían, juegos de palabras y un montón de sensaciones y sentimientos que solo tenían significado en la persona de enfrente.
Tenían un poco más de media hora para verse, después de eso cada cual volvería al mundo real.
Hablaron de todo sin ahondar mucho en ningún tema. Los primeros cinco minutos es estudiaron de pies a cabeza para ver si coincidían con las descripciones que se habían pasado alguna vez por escrito.
Mirando el reloj, para no retrasar el resto de las actividades, el brillo de sus ojos se iba perdiendo. Los dos tenían pareja, no sabían si estaba bien o no lo que hacían, no porque hicieran algo malo en sí, sino porque no tenían como explicarlo.
Cómo y qué decir si alguno de los otros los llegaba a ver, o si alguien de sus conocidos los veía y salía con un cuento.
La culpa opacaba la sonrisa de ambos al despedirse, tal vez era algún cargo de conciencia que traían desde antes. Verse con otras personas a espaldas de sus compañeros de almohadas.
El único abrazo entre ellos fue en la esquina de ese café. Después allá subió por Corrientes y el doblo en Talcahuano.

lunes, 23 de abril de 2012

Desconectados


De los papeles escondidos entre las páginas de tus libros
Cuando andabas descalza con el pelo suelto
Tus labios apoyados en la taza de té que sostenías con las dos manos
La camisa verde que usaste el día que nos conocimos
Tardes paseando en bicicleta cerca de puerto
El reflejo del sol en tus anteojos plateados
La mesa del café que sostuvo nuestra primera discusión
Los ramos de margaritas  que le llevabas a tu mamá
Como acomodabas las aceitunas de la piza en la orilla del plato
Estrofas que leías de ese poeta francés
Las fotos que guardabas en carpetas fechadas por año
Tu bolso y el misterio de su contenido
Caminatas bajo los árboles del parque
Bequer y sus leyendas, sus mitos, las oscuras golondrinas, los ojos verdes
Cuadernos y libretas escritos con tinta negra
Entradas de recitales en el marco del espejo de tu cuarto en la casa de tus padres
Esa guitarra sin cuerdas que me regalaste
Lana gris que usaste para tejerme aquella bufanda
Nuestro dialecto de miradas y muecas con la comisura de los labios
Escuchábamos madera noruega entre copas de vino y almohadones en el piso
Deambulábamos entre los cuadros del museo
Jugábamos a las escondidas entre las góndolas del supermercado
Charlábamos pasándonos el mate de mano en mano buscando la punta de nuestros dedos 
Canciones que nos dejaban en silencio hasta el último acorde
Versos que escondía en los bolsillos de tu abrigo antes que salieras de casa
Estrategias para robarte un beso en público
Siestas en brazos, desconectados, soñábamos lo que vivíamos, vivíamos lo que soñábamos