Cuando me dijo así, quise escribir en el momento, haciéndome
el escritor creativo, pero fue un verdadero fracaso, no se me vino a la mente
una sola idea en veinte minutos. La miré en ese momento y le dije:
- Deme unos días que piense en algo, ahora no me sale
nada.-
- Bueno, -dijo con desanimo – ni que le fueras a escribir a
tu novia. – y se rió.-
- No, tarada mental, que novia ni ocho cuartos, se me
complica porque sos amiga, y te conozco demasiado. – guarde silencio unos
instantes…- Idiota.- remate.-
La charla siguió por otro camino, regalándonos insultos
durante unos minutos. Sin embargo yo sabía que ella quería ver si podía llegar
a escribirle algo que realmente le gustara.
Carolina era una de mis críticas más crueles, no tenía
reparo en decir lo que fuera por lo que escribía, hasta ese entonces nunca
había soltado un elogio para ningún escrito mío.
Caminamos hasta la boca del subte, nos despedimos con un
abrazo y bajo las escaleras. Me quedé mirándola un momento, pisaba cada escalón
como si bajara en un teatro de revista, dentro miro una voz, la voz de siempre,
esa que hablaba en momentos de maldad dijo: “ojalá te caigas de culo por
hacerte la estrella”. Cuando caí en cuenta lo estaba terminando de decir en voz
alta. La gente en la vereda y los que estaban en la escalera con ella me miraron,
inevitablemente me puse colorado con una sonrisa maliciosa como escudo. Carolina
me miro y me hizo fuck you. Esa era mi amiga, esa era nuestra amistad.
Después de ese momento sin filtro, camine hasta casa, la
mueca de maldad en la cara me duró un par de cuadras, hasta casi podía decir
que me sentía orgulloso de haberle gritado eso, entraba dentro de los momentos
del mes para no olvidar.
Entre al departamento, deje las llaves y la billetera
arriba de la heladera, el celular en la mesa y me descalce pateando las zapatillas
casi hasta los pies de la cama, frente al ventanal del balcón.
Ese día no se me
ocurrió nada para Carolina, al otro día tampoco, y al otro y al otro y al otro
tampoco.
Lo único que había conseguido anotar en cuatro días había
sido un verso muy estúpido, que seguramente si lo llegaba a leer me iba a
golpear: “Carolina camina contando cada cuadra”.
Ese era el primer renglón de lo que quería que fuera una
suerte de poema, usando palabra que comenzaran con la letra C, por Carolina,
pero desistí de esa idea por dos razones: una, que no me daba la cabeza para
hacerlo; dos, que podía llegar a transformarse en algo muy infantil.
El traje de un poeta
jueves, 13 de diciembre de 2012
Por horas
Fue durante los tiempos
de la gran mortandad,
Cuando los peces se dedicaron
a hacer la plancha a la deriva.
Ese verano de árboles dormidos
A la hora de la siesta,
Caminaba descalzo por veredas
Con adoquines calientes,
Respiraba la tierra
Que traía el viento.
Dejaba los ojos en el mismo cuadro
Por horas.
El hocico seco y caliente del perro
Dormido a la sombra del nogal,
Desganados cantos de pájaros
Escondidos entre las ramas verdes.
Lunes que olía a soledad de domingo,
Insípido, como una comida sin sal.
Afuera había tanto para hacer y para ver
Adentro había pocas ganas de salir.
Y un soliloquio mental
que argumentaba la falta de ánimo,
Pintando la vida como un cuadro de Dalí.
Miré la luz de un monitor
que no me hablaba,
hasta perder la noción del tiempo
en su brillo artificial.
de la gran mortandad,
Cuando los peces se dedicaron
a hacer la plancha a la deriva.
Ese verano de árboles dormidos
A la hora de la siesta,
Caminaba descalzo por veredas
Con adoquines calientes,
Respiraba la tierra
Que traía el viento.
Dejaba los ojos en el mismo cuadro
Por horas.
El hocico seco y caliente del perro
Dormido a la sombra del nogal,
Desganados cantos de pájaros
Escondidos entre las ramas verdes.
Lunes que olía a soledad de domingo,
Insípido, como una comida sin sal.
Afuera había tanto para hacer y para ver
Adentro había pocas ganas de salir.
Y un soliloquio mental
que argumentaba la falta de ánimo,
Pintando la vida como un cuadro de Dalí.
Miré la luz de un monitor
que no me hablaba,
hasta perder la noción del tiempo
en su brillo artificial.
viernes, 5 de octubre de 2012
Canciones de cuna
Un débil equilibrio mental
Sostenido apenas por la distancia en el tiempo.
Recuerdos escritos en papeles de colores
Colgados con hilos del techo.
Mientras el cansancio agobia
El peso del sueño no llega a los ojos.
No hay canciones de cuna
Para hacer dormir una conciencia intranquila.
Pasan los días y se mueren las flores,
Caen chaparrones y se desbordan los arroyos.
Lo que no se puede evitar
Va a volver a pasar.
Siempre lo esencial es invisible.
Como el apostador conoce las reglas
De los juegos de azar,
Así la suerte conoce todas las trampas
Para burlarse de los jugadores.
Los errores que persiguen a sus dueños
Hasta la almohada.
En cámara lenta y a todo volumen
Se repiten una y otra vez
Todos los absurdos del día hasta el hastío.
No hay canciones de cuna
Para hacer dormir una conciencia intranquila.
Sostenido apenas por la distancia en el tiempo.
Recuerdos escritos en papeles de colores
Colgados con hilos del techo.
Mientras el cansancio agobia
El peso del sueño no llega a los ojos.
No hay canciones de cuna
Para hacer dormir una conciencia intranquila.
Pasan los días y se mueren las flores,
Caen chaparrones y se desbordan los arroyos.
Lo que no se puede evitar
Va a volver a pasar.
Siempre lo esencial es invisible.
Como el apostador conoce las reglas
De los juegos de azar,
Así la suerte conoce todas las trampas
Para burlarse de los jugadores.
Los errores que persiguen a sus dueños
Hasta la almohada.
En cámara lenta y a todo volumen
Se repiten una y otra vez
Todos los absurdos del día hasta el hastío.
No hay canciones de cuna
Para hacer dormir una conciencia intranquila.
Carolina (1)
Los
días nublados salía de su departamento con botas de goma por las dudas que
lloviera. Aunque no le gustaba llevar paraguas en la mano, lo disimulaba muy
bien, cuando caminaba por la calle parecía estar en medio de una coreografía de
peatones, moviendo los brazos y la
cabeza con un ritmo particular. Siempre creí fingía ser parte de una película,
nunca le pregunté, pero era la impresión que me dejaba.
Su
familia no tenía problemas económicos, capaces de tomarse un avión a cualquier
parte de mundo en cualquier momento sin estar de vacaciones. Pero es como dice
el dicho, “la gente que no tiene problemas, se los inventa.”
Desde
los trece años iba a la psicóloga, cuando la conocí había superado los
veintitrés por ocho meses y todavía seguía yendo.
Nos
conocimos de casualidad en una clase de la facultad, y con el tiempo descubrí todas esas mañas.
Entró con el paraguas seco
en su mano izquierda y le golpeó sin querer, según ella, con la mochila que llevaba
en el hombreo derecho cuando cerró la puerta.
Me
quede mirándola con cara de “espero una disculpa”, pero eso no pasó.
Sus
ojos tenían una extraña tonalidad entre el marrón y el verde.
Me
sorprendió verla tan desenvuelta, como si el aula fuera su casa.
-
¿Qué
miras, te gusto? – dijo hurgándose la nariz con el dedo índice de la mano
derecha.
- No.
–respondí inmediatamente.- pero si me convidas un moco no me ofendo, deje los míos
en casa.- y le quedé serio.
Se
quedó pensando y se dio vuelta haciendo un abanico con su pelo.
La
clase siguió, terminó y ella seguía de espaldas a mí, mirando al frente.
Cuando
terminó y salimos del lugar me volvió a golpear con la mochila en el pasillo, y
me hablo si mirarme.
- Lo
único verde que comparto es la yerba del mate, idiota.
- Que
sensible. Por favor, quedate tus mocos…- y no recuerdo que más le contesté.
La
conversación parecía más del preescolar que de facultad.
Por
fortuna ambos teníamos buen sentido del humor. Meses después nos reíamos de esa
situación. Nuestra primera charla: los mocos.
Dios,
el destino y la vida, todos ellos, tal vez, quisieron que nos conociéramos de
esa manera.
Siempre
se reía de lo que escribía, pero admiraba que tuviera el valor de publicarlo
para que otros lo lean.
Fanática
de Juan Alberto, yo simpatizante de los Beatles jugábamos a cambiar temas que
el otro no conociera, decía que la canción Paperback writer hablaba de alguien
como yo. Mientras para mi ella era la chica de She’s leaving home.
Cuando
nos sobraba el tiempo cambiábamos ideas de libros a medio leer. Amaba a Puig,
odiaba a Borges, le hubiera fascinado entrevistar a Hemingway y a Tolstoi.
Odiaba
el cine japonés, quería vivir en un film de Woody Allen.
Aficionada
a la fotografía, coleccionaba fotos de Escandinavia.
Debo
admitir que era una buena compañera para ir al Palais de Glace.
A
la mitad del segundo año de la carrera me sorprendió un extraño pedido, o al
menos así lo tome yo.
- ¿Podrías
escribir algo de nosotros dos? Lo que sea, pero algo, algo de Carolina y su amigo.- Dijo.
jueves, 4 de octubre de 2012
Sala de espera
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
Un presente continuo que habilita
Espacios para conjeturas
Propias o prestadas.
Del eco entre los edificios
Al silencio de la sala de espera
Y un revistero de entrañas viejas.
Caras relajadamente preocupadas
En cuerpos con posturas aburridas.
Uno al lado del otro fingiendo no verse,
Fingiendo estar mejor que su vecino.
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
El sonido tenue y constante
De una radio encendida
En una estación lo suficientemente impersonal
Como para acompañar el momento.
Los pensamientos del último mensaje
Susurrándome al oído
Me distraen del motivo de mi visita.
La cabeza sobre el cuello
Y la mente del otro lado de la ventana
Que no deja de llamarte.
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
El primer acorde estaba en la menor,
Solo eso bastó para que el resto,
Las imágenes y las frases,
Se acomodaran siguiendo un orden
Lógico pero insensato.
Metáforas que viajan en espiral,
Bajando y subiendo.
Predispuesto a irme cuanto antes
Finjo pensar en otra cosa
Mientras espero mi turno.
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
Un presente continuo que habilita
Espacios para conjeturas
Propias o prestadas.
Del eco entre los edificios
Al silencio de la sala de espera
Y un revistero de entrañas viejas.
Caras relajadamente preocupadas
En cuerpos con posturas aburridas.
Uno al lado del otro fingiendo no verse,
Fingiendo estar mejor que su vecino.
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
El sonido tenue y constante
De una radio encendida
En una estación lo suficientemente impersonal
Como para acompañar el momento.
Los pensamientos del último mensaje
Susurrándome al oído
Me distraen del motivo de mi visita.
La cabeza sobre el cuello
Y la mente del otro lado de la ventana
Que no deja de llamarte.
Suelo percibir a instancias del recuerdo
Imágenes en forma de canciones
Canciones en forma de imágenes.
El primer acorde estaba en la menor,
Solo eso bastó para que el resto,
Las imágenes y las frases,
Se acomodaran siguiendo un orden
Lógico pero insensato.
Metáforas que viajan en espiral,
Bajando y subiendo.
Predispuesto a irme cuanto antes
Finjo pensar en otra cosa
Mientras espero mi turno.
Cómplices
Los beneficios de la duda
Y el juego de las primeras impresiones.
La distancia existente entre
Los extremos de la sala
Y los obstáculos en el medio.
Sobre la mesa humea
La boca de una taza
Con aliento a café.
El invierno se despide por la ventana
Lo veo marcharse
Con el sobretodo abotonado.
Vos te quedas
Del otro lado de la mesa
Pintando una tostada.
Mi desconcierto, es saber
Que hay en tu cabeza.
Los beneficios de la duda
Te favorecen.
Me calmo cuando leo en tus ojos
La misma pregunta que no me animo a hacerte.
Disimulo no pensar en eso
Pero te das cuenta igual.
Aunque no quiera decirlo
Ya lo sabes.
Cómplices en las miradas y el silencio
Dejamos de lado
El juego de las primeras impresiones
De la mañana
Para aventurarnos en un día más juntos.
Y el juego de las primeras impresiones.
La distancia existente entre
Los extremos de la sala
Y los obstáculos en el medio.
Sobre la mesa humea
La boca de una taza
Con aliento a café.
El invierno se despide por la ventana
Lo veo marcharse
Con el sobretodo abotonado.
Vos te quedas
Del otro lado de la mesa
Pintando una tostada.
Mi desconcierto, es saber
Que hay en tu cabeza.
Los beneficios de la duda
Te favorecen.
Me calmo cuando leo en tus ojos
La misma pregunta que no me animo a hacerte.
Disimulo no pensar en eso
Pero te das cuenta igual.
Aunque no quiera decirlo
Ya lo sabes.
Cómplices en las miradas y el silencio
Dejamos de lado
El juego de las primeras impresiones
De la mañana
Para aventurarnos en un día más juntos.
Estirpe corrompida
Vi partir estrellas al cielo,
Preguntándome siempreDónde terminaba su estela.
Una noche dos dioses
Me invitaron a cenar,
Hablaban de las almas en la tierra
De los cuerpos en el cielo.
Recuerdo haber olvidado
Muchas de sus palabras,
No alcanzaba a escribir
Todo lo que decían.
Mi afición por las cosas perdidas
Me llevó a preguntar
Por los que habían viajado antes que yo,
Nada dijeron, más que señalar
El blanco horizonte de allá arriba.
Porque de los destinos
Y de los viajeros
El Altísimo se encargaba.
Un breve susurro
Llegó con el viento.
El dialogo viró hacia mi especie.
Hablaban de una estirpe corrompida.
Y se lamentaban como si yo no estuviera ahí
Caminamos hasta una cornisa,
Desde la altura el mundo se ve distinto.
Volví a pensar en las estrellas que habían subido,
Recordé también a la que había caído,
Su luz artificial no era competencia allí arriba.
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