sábado, 29 de enero de 2011

Dieta de sentimientos

Esta vez no era su cuerpo con el que se sentía incomoda, no se sentía gorda o demasiado flaca, su pelo estaba justo como a ella más le agradaba, el color de su piel era fresco y natural, no muy pálido.
Miraba su reflejo en el espejo y no se encontraba defecto, pero aun así no se encontraba cómoda consigo misma.
Cuando no le gustaba su imagen, recurría a un cambio de estilo en el corte de pelo o en la forma de vestirse, comprándose ropa y accesorios nuevos. Cambiaba de color de esmalte para las uñas o de color de lápiz de labio.
En alguna ocasión, había tenido que recurrir a algún cambio más drástico como un régimen alimenticio para ponerse en forma. Controlar la cantidad de lo que comía, conocer la calidad del alimento.
Eso siempre le había funcionado para estar mejor con ella misma. Unas cuantas semanas de hacer dieta y ejercicios, de ir viendo el progreso y escuchar comentarios halagadores de los demás a cerca de cuan saludable estaba.
Pero esta vez era diferente al resto de las otras, no le hacía falta un cambio exterior sino en su interior.
Ante una situación sentimental que necesitaba ajuste, precisaba alguna estrategia para acomodarse puertas adentro del alma.
Después de divagar un rato largo en su mente, arribó a una extraña y rara conclusión: ¿Sí se pudiera hacer una dieta de sentimientos, separando los sentimientos buenos de los malos y solo sentir cosas buenas y lindas, pondría en buen estado su alma, teniendo un ser interior saludable?
Los sentimientos buenos serían los que no hacen mal a la salud sentimental, los que en una dieta son bajos en calorías, los que no tienen grasas saturadas y esas cosas.
También hay dietas en las que se puede comer de todo, sólo que en su justa medida. Eso sería como comer un poco de asado pero con ensalada para emparejar, dijo en voz alta aprovechando que estaba sola en la casa.
A medida que se ponía a pensar en el tema, casi como concentrándose, se dio cuenta que los sentimientos y la comida son muy parecidos. No se puede dejar de sentir y no se puede dejar de tener hambre; ambos son una necesidad del ser humano. Después todo iba en cada persona en particular, hay gente que come más, hay gente que come menos, y hay gente más sentimental que otra; gente con desordenes alimenticios, gente con desordenes sentimentales.
Sin embargo, dentro de las comparaciones que surgían en su cabeza no pudo evitar detenerse en una, en la torta de chocolate. Esa era su torta favorita, y cada vez que se sentía mal le resultaba inevitable comprarse una para comérsela ella sola, aunque le costara tiempo terminarla no le convidaba a nadie.
Lo malo de esa torta era que tenía muchas calorías, y le abría el apetito a otras cosas dulces con muchas más calorías. Después de comerse la torta y las cosas, se sentía culpable por todo lo que se había comido, pero no sólo eso, se sentía gorda y fea.
No se podía explicar a ella misma cómo algo que en principio le hacía tan bien y le aquietara el ánimo, a la larga la hacía sentirse culpable y fea.
Comparaba esa torta tan tentadora con los sentimientos que brotaron en ella después de la ruptura de su última relación. Tenía mucha bronca por cómo se habían dado las cosas, era inevitable estar enojada, casi tan inevitable como comerse una porción de torta cuando estaba mal. Pero el exceso de bronca se llega al resentimiento, de ahí al odio sólo hay unos centímetros, y el odio hace que la gente se amargue.
De repente fue como sí una luz celestial la iluminara, no quería sentirse gorda y fea, tampoco quería ser una persona amargada, lo que también la hacía fea, no tanto a la vista, pero sí al trato con las personas.
Quizás era eso, tenía que hacer una dieta de sentimientos, de los que le hacían mal. No estaba mal enojarse, pero no quería llegar al odio, mucho menos llegar a ser una persona amargada. Lo mismo que con la exquisita torta de chocolate, si comía de más, seguramente aumentara unos gramos, o peor, podían salirle granitos en la cara, eso sí la haría verse fea.
La primera parte del problema estaba resuelto, ahora le quedaba resolver que sentimientos debían estar en su dieta para sentirse mejor consigo misma. Debía escribir su propia dieta de sentimientos.





domingo, 16 de enero de 2011

La cajita de felpa (Parte II)

Decidió que lo mejor era esperar a estar solos en el auto, no era del todo romántico, no era como lo había planeado originalmente, pero estaba decidido a hacerlo.
El mozo vino con la cuenta, pagó y se retiraron del restaurante. Cuando cruzaron la puerta, camino al auto, ella lo abrazó por la cintura y él le devolvió el abrazo de manera que pudieran caminar a la par.
A unos pocos pasos de llegar al auto, entre besos y abrazos escucharon algo.
- Pará, ¿escuchas?- preguntó él.- es como si alguien llorara.
- Sí.- asintió ella sin prestar mucha atención.-
Caminaron un par de pasos y él se soltó para adelantarse hacia el auto que estaba después del suyo para ver que era, parecía el llanto de un bebe. De hecho lo era, cuando llegó al extremo del estacionamiento observó en el suelo una bolsa negra abierta, el sonido salía de ahí.
En ese instante la indignación lo invadió, seguido de una bronca que lo hizo maldecir en vos alta.
Ella caminó hacia donde él estaba y lo vio arrodillado sobre el asfalto con un bebe en los brazos.
- Lo dejaron tirado en una bolsa como si fuera basura.- dijo él con claros gestos de enojo.-
- Que horrible - dijo ella.- llamemos al restaurante para que se hagan cargo de esto y vamos a casa, que mañana tengo que trabajar temprano.
La miró un asombrado y desorientado por el comentario.
- Perdón ¿Qué? – hizo una breve pausa.- no, lo llevamos nosotros y lo dejamos en el hospital. Después hacemos la denuncia a la policía.
- No, es mejor que de eso se encargue la gente del restaurante. Este es su estacionamiento, nosotros no tenemos nada que ver, no es nuestra responsabilidad.
El no le contestó, no iba a discutir por eso. Caminó hasta el auto, abrió la puerta de atrás y acomodó a la criatura, luego se sentó en el asiento del conductor. Ella se sentó de mala gana y no me dirigió la mirada.
Mientras manejaba camino al hospital, se acordó del lo que llevaba en la guantera del auto, pero ya no tenía ganas de dárselo.
La reacción de su novia lo había tomado por sorpresa, realmente pensaba proponerle matrimonio a alguien que no había alcanzado a conocer.
Dejaron a la personita que lloraba en el asiento de atrás del auto en el hospital, hizo la denuncia, y se dispuso a llevar a su novia de regreso a la casa de sus padres, con la esperanza que le hablara aunque no se le hubiera pasado la bronca.
Ella seguía callada y el asombrado de su indiferencia, pero no le dijo nada de camino para no alterarle más el ánimo.
Cuando llegaron a la puerta de la casa, él dijo:
- No hay que enojarse por eso, perdimos un poco de tiempo pero hicimos lo correcto.
Ella lo miró y permaneció sentada con una mueca como quién está por decir algo, pero se quedó callada.
En ese momento de silencio incómodo la miró, se volvió a acordar de la cajita de felpa, y una gran inseguridad con respecto a ese tema lo invadió, fue inevitable que pensara en ese bebe, que aunque no era suyo, le había cambiado la vida.
- Hablamos mañana. Que descanses. –dijo ella, le dio un beso en la mejilla y se bajó del auto.-
Después de eso se dio cuenta que el anillo no era para ella, quizás la cajita de felpa sí.

sábado, 15 de enero de 2011

La cajita de felpa (Parte I)

Tenía que ser la noche perfecta, al menos así lo había planificado. Si bien no llevaba ropa nueva, estaba más que presentable, una remera que le hacía juego con los ojos azules, un jean negro que le resultaba bastante cómodo, zapatillas negras de lona y una camperita de hilo.
Pasó por la estación de servicio que le quedaba a la vuelta de la casa, cargó combustible y compró unos chicles de menta, que, más que una cábala eran una tradición.
Se subió al auto, buscó en la guantera con la mano derecha y sacó una pequeña cajita de felpa, cuando la abrió un anillo con una pequeña piedra incrustada en el centro brilló. Sonrió, como los que se sonríen con felicidad y picardía. Cerró la cajita y la volvió a guardar en dónde estaba.
Puso el vehículo en marcha y salió de la estación de servicio.
La casa de su novia estaba a treinta minutos en auto, así que puso la radio para que le haga un poco de compañía, sonaba una canción de Radiohead pero no sabía cuál.
Como nunca, llegó temprano gracias al tránsito nocturno que es más liviano. Estacionó en la puerta de la casa de los padres de ella, se bajó y caminó unos pasos hasta la puerta de calle, la madre de su novia le abrió la puerta antes que el tocara timbre, lo saludó con un beso y lo hizo entrar a la casa. Le dijo que esperara un momento en el living porque ella no estaba lista todavía.
Pasó y se sentó en el sillón de tres cuerpos que dominaba la habitación. Esperó como veinte minutos hasta que bajó las escaleras y se paró frente a él.
Llevaba un jean no muy ajustado, sólo lo suficiente, una remera blanca con un dibujo en negro en la parte delantera, en la mano tenía una camperita deportiva. El pelo lo tenía suelto, lacio y negro, contrastaba con sus ojos verdes, que hacían juego con unos aros al tono.
Lo saludó con un beso fuerte en los labios sin cerrar los ojos, ninguno de los dos lo hizo.
Ambos saludaron y salieron de la casa. Ya en el auto y camino al restaurante favorito de los dos, ella le preguntaba por su día, sin darle mucho respiro a sus respuestas. Él se limitaba a manejar tratando de disimular los nervios que le imprimía su plan para la velada.
Llegaron al estacionamiento del restaurante, esa noche había mucha gente, así que tuvieron que dejarlo en una de las posiciones más lejanas de la puerta.
Ya en la mesa para dos personas que él había reservado, se dio cuenta que se había olvidado su sorpresa en la guantera del auto, eso lo ponía aun más nervioso. Pero como había mucha gente en el lugar, más de la que pensaba, pensó que era mejor realizar la propuesta en un lugar más íntimo.
Pidieron para cenar, ella seguía haciendo preguntas que él a esa altura se limitaba a contestar con monosílabos en afirmativo o negativo.
De repente, vieron una familia entrar con mellizos. Ambos niños estaban vestidos iguales, clara señal que los padres buscaban resaltar la condición de igualdad de sus hijos. Algunos con más discreción que otros los observaron pasar por entre las mesas hasta ubicarse. En ese momento, él sacó el tema de los hijos, pero ella desvió el comentario para otro lado evitando el tema.
La cena estaba llegando a su fin, y él no había encontrado el momento de abordar algún tema que ayudara a llevar la situación hacia algo que preparara el terreno para enseñarle la pequeña cajita de felpa.

martes, 11 de enero de 2011

Maldito García Márquez

Sentía vergüenza por haberlo besado tantas veces con los ojos cerrados, le daba rabia pensar en todos los abrazos que le había dado, que había desperdiciado.
Estaba encerrada en la pieza, con la cabeza hundida en la almohada, más bien enterrada, como los avestruces.
Hacía diez minutos que la madre golpeaba la puerta para llamarla a comer, pero ella no se movía de la cama.
La bronca dominaba sus sentidos, no pensaba en nada más que desearle el mal, que de alguna manera, él pudiera sufrir lo mismo que ella.
Cuando se cansó de estar boca abajo, hizo el esfuerzo con el torso y los brazos para darse vuelta sin moverse mucho, a parte le dolía el cuello y tenía que hacer algo por eso.
Miraba un poster de los Beatles pegado en la puerta del armario que le había regalado su tía después de un viaje a Londres. Ese pedazo de papel con dibujitos de la década del sesenta era una de las pocas cosas que no le recordaban a él.
Mientras las lágrimas rodaban en cámara lenta por sus mejillas, en la cabeza le retumbaba una canción de Cerati, la que él le cantaba al oído cuando ella estaba triste. El hecho de no poder expulsarla de su mente o solamente callarla le daba más rabia.
Después de unas horas, con una siesta de por medio, ya tenía ánimo para levantarse. Sus ojos ya estaban secos, su almohada no.
Se levanto con mucha pereza, salió de la habitación para buscar bolsas de residuos con el objetivo de eliminar de su cuarto todo aquello que le recordara su reciente pasado sentimental.
Comenzó por las fotos. Tijera en mano, se dispuso a recortar las que se podían salvar, pero después de ver los siete álbumes que le quedaban en el cajón del escritorio, se decidió por tirar todo, hasta los portarretratos.
Al lado del escritorio estaba la pila de discos, la música no había sido un punto de coincidencia, pero así y todo, él le había contagiado varios de sus gustos. Los únicos dos discos que tiró fueron los que él le había regalado la primera semana que se pusieron de novios, eran compilados con canciones románticas.
Aunque los discos de Sabina y los de Calamaro le recordaban momentos muy específicos de la relación, no se quería deshacer de ellos porque le gustaban mucho, tanto que no importaba a quien le hicieran acordar.
El recorrido de limpieza continuaba en el cajón de la mesita de luz, dónde guardaba las cartas escritas a mano, si se molesto e leerlas en lo más mínimo, las rompió una atrás de la otra y las tiró adentro de la bolsa negra.
Sacó del placar un par de remeras, pero no las metió en la bolsa porque eran lindas, decidió dárselas a su hermana más chica, así que las puso arriba de la cama.
Lo último que le quedaba estaba en la biblioteca. El problema de haber tenido un novio que trabajaba en una librería era que le regalaba libros casi todo el tiempo. Su debilidad eran las novelas, así que comenzó a separar los libros que regalaría de los que ella se quería quedar. De los tres primeros estantes sólo se quedó cinco libros, cuatro guardo en una caja y el resto los puso arriba de la cama, ahí ponía todo lo que no quería tirar, pero que tampoco quería conservar. El cuarto y el quinto estante eran de libros de la facultad, de esos no se iba ninguno. Pero en el último estante estaban las novelas. Ahí estaba su favorita hasta esa tarde: “El amor en los tiempos del cólera”. Que la había leído cuatro veces y se la sabía casi de memoria.
Sin embargo era el libro que más ganas tenía de arrojar a la basura, porque él le había regalado esa novela, y cada vez que tenía oportunidad le doraba la píldora recitándole un dialogo al azar, con eso la había conquistado.
- Maldito García Márquez- Dijo en voz alta- culpa tuya me enamoré de ese idiota.

lunes, 10 de enero de 2011

Una noche más de ausencia

Ahora que no tenía trabajo, contaba con más tiempo. Pero de todas formas se levantaba temprano todos los días.
Después de desayunar, se cambiaba, buscaba su bolso, pasaba por el cuarto a saludar a su esposa que todavía seguía acostada, le daba un beso en la frente y salía de la casa.
Caminaba ocho cuadras hasta la estación Virreyes del ferrocarril Mitre y esperaba el servicio de las siete cincuenta.
Se subía al último vagón y comenzaba a pegar un cartel en con una foto y un número de teléfono en cada puerta de cada coche hasta llegar al primer vagón.
Cumplida la primera etapa, se disponía a la segunda: recorrer nuevamente toda la formación presentándose por su nombre y su oficio, explicando que no pedía dinero, diciendo que el chico de la foto era su hijo de trece años, que se había escapado de su casa hacía dos meses, y pedía por favor si alguien lo había visto que avisara al número que estaba en la fotocopia.
Hacía eso en casi todos los trenes de Retiro hasta Tigre y viceversa, hasta que empezaba la hora pico, que por lo general lo encontraba en alguna de las cabeceras. Él prefería que ese momento lo encontrara en el centro, así también aprovechaba a pegar carteles y a hablar con la gente, entre tantas personas, alguien lo tendría que haber visto, pensaba.
Había decidido salir a la calle a buscar a su hijo porque se sentía abandonado por las
autoridades, las que sí tenían los medios para buscar personas, pero que no hacían nada.
Cuando había ido a la comisaria, después de tomarle la denuncia lo despidieron con la frase: “cuando haya alguna novedad lo llamamos”.
Pero en el primer mes nadie de la comisaría llamó.
Podía estar sentado horas en la estación Mitre, viendo pasar gente, a la expectativa de ver a su hijo en algún momento.
Cuando el sol comenzaba a caer, se acercaba el momento más complicado de la faena para él, saber que había pasado un día más sin haberlo encontrado.
Lo más doloroso era ver los ojos de su esposa cuando cruzaba el umbral. Dos esmeraldas brillosas de lágrimas, que cargaban toda la tristeza del alma de madre.
Ella casi no le preguntaba nada, el desanimo la estaba consumiendo, no salía de la casa esperando que el teléfono sonara con alguna noticia. Mientras su esposo estaba fuera se sentaba en la ventana que daba a la calle, y pasaba toda la tarde mirando, esperando.
Después de cenar, era inevitable que ambos pensaran si su hijo había cenado. Cruzaban miradas en silencio sobre la mesa, con un sentimiento muy parecido a la culpa en sus bocas.
Él lavaba los platos y los dos se quedaban a la mesa hasta que el cansancio vencía sus ojos.
Acostarse era una coreografía sincronizada, cada uno de su lado. En esa cama compartían todo, los dos con la cabeza en la almohada, compartían una noche más de ausencia en sus vidas.



lunes, 3 de enero de 2011

Cadáver exquisito

Todavía no había salido de la casa y ya se reprochaba haberle dicho que sí a su mujer.
Tenía la respiración pesada como la de los niños que son obligados a hacer algo que no les gusta.
Ella juntó las cosas que necesitaba, las metió en la cartera y salió por la puerta del frente. Él sin decir una palabra, fue al garaje a sacar el auto.
Cuando estaban en camino, lo único que se escuchaba era la radio, con el volumen bajo, pero no lo suficiente como para charlar.
Él no se esmeraba mucho en disimular su disgusto por la situación. Si bien era sábado, y no tenía nada que hacer, hubiera preferido desperdiciar sus horas haciendo cualquier otra cosa antes que acompañar a su esposa.
Después de cuarenta minutos manejando, llegaron al lugar. Cruzaron un portón de hierro pintado de color negro, sostenido por dos pilares a los lados que terminaban con una cruz celta.
Por delante todavía tenían un poco menos de un kilometro, esa era la única parte linda del camino, porque tenía árboles de los dos lados que abovedaban el camino.
Dejaron el auto en un modesto estacionamiento. Caminaron bajo el sol de la tarde hasta llegar a un edificio viejo pero bien conservado, todo pintado de blanco a excepción de los marcos y las celosías de las ventanas, que estaban pintadas de un verde oscuro.
Para entrar había que subir una escalera de mármol gris.
Cuando cruzaron el hall, él tomó aire como si fuera a meter la cabeza bajo el agua. Ella se dio cuenta y lo miró fijo, retándolo con los ojos, él hizo como si nada hubiera pasado.
Ese lugar tenía el olor más feo que jamás hubiera olido. La mezcla de los productos de limpieza de los hospitales con el perfume de las personas que ya nadie quiere visitar.
Después de pasar por la recepción, una señorita vestida de ambo blanco los acompañó al segundo piso, caminaron por un pasillo ancho y luminoso.
Todas las puertas de ese pasillo estaban abiertas, de manera que mientras avanzaba podía ver en cada habitación como se marchitaba la vida en cada una de ellas.
Pobres olvidados, pensó, ya nadie viene a verlos. Seguramente cada uno tiene hijos, hijas, nietos y nietas, o algunos otros parientes, que prefieren no verlos en este estado.
Llegando casi al final del pasillo, la anteúltima puerta a la izquierda, la mujer del blanco se detuvo y les recordó los horarios de visita. Antes de entrar con ellos les dijo:
- Vamos a ver si está con ánimos de recibir visitas. Preséntense por el nombre primero y después díganle que son parientes. Tengan paciencia hasta que los reconozca.
Los dos asintieron con la cabeza y entraron a la habitación.
- Hola – Dijo la enfermera.- Tiene visitas.
La anciana que estaba mirando por la ventana sentada en una silla mecedora se volteó hacia la puerta lentamente.
- Hola – dijo la viejecita con un tono de alegre de sorpresa.- Que lindo que hayan venido ¿Quiénes son?
- Soy yo Elsa, tu nieta mayor, y él es mi esposo José.
- ¡Ay José! – exclamó.- Tanto tiempo sin vernos.
- Sí es cierto. –dijo José con tono amigable.-
Al menos, ahora que no lo reconocía lo trataba bien. Cuando recién se habían casado con Elsa, ella había tenido que aceptar su fe, y convertirse al judaísmo.
Situación que al principio produjo mal estar en la familia de Elsa, pero que con el tiempo fueron aceptando todos, menos su abuela materna, que era una católica practicante de toda la vida.
Ahora eso sólo era una anécdota, el mal de Alzheimer había conquistado su mente, de a poco le había arrebatado los recuerdos, y lo seguía haciendo.
Mientas José pensaba en todo eso, a su lado, Elsa y su abuela mantenían una charla de frases discontinuas, ideas que no llegaban a cerrar. Su esposa preguntaba y trataba de entablar una conversación en base a lo que la anciana le decía, en base a lo poco que podía recordar.
Pero no lograba tener éxito, la enfermedad degenerativa había progresado mucho desde la última visita.
- Todo va a estar mejor ahora que el General está por volver al país.- Dijo la señora de más de ochenta años.-
- Sí abuela, creo que todo va a estar mejor.
- Cuando era chica, todo era distinto, en el campo no teníamos luz, era todo más difícil.
- Claro, antes vivir en el campo era un verdadero sacrificio.
- ¿Y vos hija de quién sos? Porque a él –señaló a José- no lo conozco.
- Soy la hija de tu hija mayor...
Elsa trataba de mantener una sonrisa, pero la situación la ponía muy triste, más aún porque no podía hacer nada.
José la tomó por la mano y se la apretó. Mientras pensaba en lo que estaba escuchando, era como ver a dos personas jugar al cadáver exquisito. Ese pensamiento le causó un tanto de gracia, pero era motivo de risa.
El horario de visita estaba terminando, la enfermera les hizo una seña, y ellos empezaron a despedirse.
- Adiós, un gusto haberlos conocido, muchas gracias por venir.
- Chau abuela. –dijeron los dos y salieron de la habitación.-
Mientras caminaban el pasillo de puertas abiertas, José especulaba con los otros visitantes, si ellos también jugaban al cadáver exquisito.