sábado, 16 de mayo de 2009

confiar en pocos

“Ama todos; confía en pocos; no hagas mal a nadie.”
(W. Shakespeare)

Esta es una de mis frases favoritas de Shakespeare, hasta casi parecen tres mandamientos bíblicos. Aunque no necesariamente sea eso lo que el autor pretende transmitir.
Por nuestra propia naturaleza no podemos amar a todos, amamos a las personas más cercanas. En los tiempos que corren es un verdadero milagro amar a alguien y prácticamente imposible amar a todos. Con tantas barreras que la propia cultura ha marcado y la sociedad ha impuesto, sin mencionar nuestras propias barreras, las cuales parten de la ignorancia para desembocar en la intolerancia hacia las personas que no son similares a nosotros o comparten un mismo objetivo.
Partiendo de esta cuestión, se sobre entiende que “no hacer mal a nadie” es algo mas que imposible. Por más que pongamos todo nuestro empeño en no lastimar a nadie, e intentemos ser políticamente correctos, inevitablemente vamos a herir susceptibilidades.
Tanto amar a todos, como no lastimar a nadie, son cuestiones que se escapan de las más buenas intenciones que podamos llegar a tener.
No obstante algo que si encuadra en los parámetros de la mayoría de los mortales, es ser desconfiado. Así como existen las personas crédulas, confiadas o tan solo por demás inocentes; existen personas por demás desconfiadas. Pero aquí el autor no se refiere al hecho de ser desconfiado, sino todo lo contrario, es casi una exhortación para generar algún vínculo de confianza, pero no con todos.
Confiar en pocos, tiene muchos matices de una señal de advertencia. A medida que pasan los años en la vida, las experiencias van adquiriendo un tinte áspero y entendemos que las personas defraudan, que algunas situaciones y personas no suelen ser lo que aparentan, nuestro circulo de confianza empieza a perder diámetro, lo cuan no es malo, lo malo seria no darse cuenta de la necesidad de estrechar filas.
No podemos impedir ser afectados en mayor o en menor media por las circunstancias que nos rodean, pero si podemos plantearnos a nosotros mismos que tanto dejamos que dichas cuestiones o personas incidan en nosotros.
A su vez, hay dos cosas que no pueden ser eludidas en esta cuestión: dejar de confiar en las personas; o cerrarnos lo suficiente como para no dejar que los nuestros accedan a nosotros.
Saber elegir en quien confiar es no buscar el mejor confidente, sino el indicado. Y solamente podemos saber quien es el indicado después de haber confiado primero.