Se
metió en la casa otra vez, se escuchaban ruidos de cajones como cuando se
pierde algo importante. Después de eso puso música y salió.
- No
encontraba el saca corchos.- dijo con el corcho en la mano y lo dejó arriba de
la mesa.-
- Es
Spinetta ¿no? – pregunté algo sorprendido.-
- Sí,
que pensás, que todos los que viven en islas en el río escuchan “Pedro
canoero”.- soltó una risa sarcástica.- es un cd con canciones mezcladas.
Este
tipo era más particular de lo que pensaba, por el lugar donde estábamos me
esperaba algo de Víctor Heredia o el Chango Spasiuk.
Se
acomodó en si silla llenó su vaso y prendió otro cigarro.
Si
la cirrosis no lo mataba, seguramente el alquitrán en los pulmones lo iba a
hacer.
Retomó
la historia poniendo una fecha precisa. Mientras él había ido a buscar su vino,
yo había apagado el grabador para ahorrar batería.
Siguió
su relato nombrando personas y ubicándolas en distintos lugares. Marcando bien
cuáles eran los roles que cada uno de ellos tenía en la historia.
Al
principio no había buenos ni malos, sólo eran personas, pero a medida que se
desarrollaba el relato se podían ver claras intenciones. Tal vez era un relato
tendencioso, y como periodista no me atreví a evaluar nada hasta que terminara
su historia.
Tomaba
y fumaba en cantidades dignas de un socialista revolucionario exiliado en
Centroamérica.
Se
detenía en detalles que se transformaban en anécdotas, y luego las anécdotas
volvían a ser detalles dentro de la narración.
Volvió
a levantarse pero esta vez para ir al baño, eso me dio tiempo de hacer un par
de anotaciones rápido para no olvidar cosas importantes, después de todo era
una historia atrapante, con sentimientos shakespirianos, con palabras crudas
como las que usaban los escritores rusos, sin eludir esa suerte de realismo
mágico que tienen los de habla hispana y con un imán hacia las situaciones
típicas de una película de Allen. Después de todo, ellos copian o copiaron lo
que la gente vive para contarlo a su manera.
En
su ausencia hubo una sola pregunta en mi cabeza: ¿Por qué me contaba todo eso?
Seguramente, cuando terminara de hablar tendría la oportunidad de indagar en
eso.
Se
acercó a la mesa y puso un pequeño banquito para apoyar los pies, cruzó las
piernas y continuó con la historia.
Si
bien el tipo no era Landrizina, resultaba entretenido oírlo.
De
repente su semblante cambió, ya no hacían gracia los chistes, y el tono de su
voz se moderaba hasta llegar a ser casi solemne. No era para menos, había llegado
la parte trabada de la historia, todos los detalles anteriores cobraban el
valor que debían a la luz de las últimas palabras.
Debo
confesar que el final me resultó un tanto estúpido, pero me aliviaba que no era
mi historia.
No
le faltó decir “fin” pero sabía que
después de que dijera: “El tiempo dirá”, su cuento había terminado.
Guardó
silencio con los ojos puestos en un sauce que parecía la cabeza de Bob Marley
recostada en la orilla del río.
Mientras
él estaba callado aproveché para servirme más vino yo. No era de los finales en
los que se brinda, pero una copa colabora con el mal sabor de boca, pensé.
La
botella estaba a menos de la mitad, a dos dedos de terminarse y es escuchó el
ruido de la lancha del francés.
- Ahí
te vinieron a buscar. – dijo.-
- Si,
mejor me apuro antes que se revire y se vaya.
- Si,
cierto, ese francés vicioso no tiene todos los patitos en fila.
Me
había sonado bastante rara la declaración de “ese vicioso”, como si lo dijera
un deportista de alta competición.
- Antes
que te vayas te voy a dar algo.- fue al costado de la casa y trajo tres
botellas.- una es de vino, pero sin etiqueta, es vino igual no te preocupes. Y las
otras dos son para que me hagas el favor de tirarlas al río por mi. Te lo
agradecería mucho.
Ante
semejante oferta no podía negarme, menos después de haber escuchado toda la
historia.
- Si,
por supuesto, no se preocupe.
Apretón
de manos de por medio, bajé los
escalones de madera hasta el caminito que llevaba al muelle.
El
francés estaba con cara de cansado, no había amarrado la lancha al muelle, era
obvio que no tenía intenciones de bajarse a saludar.
- A
vos también te dio botellas para el río, ahora se las da a cualquiera.- y se
río con muchas ganas.-
Lo
miré y sonreí de forma cómplice.
Me
subí dejé mis cosas en el piso y arrancamos rio abajo. El sol caía a nuestra
derecha, los rayos que se llegaban a filtrar entre los árboles salpicaban con un
brillo dorado el agua del rio.
Justo
cuando me daba vuelta para preguntarle al francés donde era mejor tirar las
botellas, pareció leerme la mente.
- Ya
no tiro más las botellas que me da. También conozco la historia, creo que soy
al primero que le contó, pero también conozco la historia del otro lado. Vale la
pena tomarse todo ese vino, pero no vale la pena tirar las botellas. El río no
las va a leer. – hizo una pausa relativamente larga, en la que me dejó
pensando, y continuó.- es de gusto que trate de hacerle llagar algo, pero no lo
voy a convencer de lo contrario. Vos si querés tiralas por acá, tarde o
temprano van a llegar río abajo, sino dámelas a mi que se las doy a botellero y hago algunos manguitos.
Tal
vez ese borracho tenía razón, pero las botellas me las había dado a mi, y las
solté al costado de la lancha. Prefería que el río fuera el que decidiera si
las botellas deberían o no llegar a destino. Así las había encontrado yo.
En
ese momento me acordé que todavía me quedaba una botella por abrir y leer, y
otra por abrir y tomar.