sábado, 9 de junio de 2012

Esquimales (Parte III)


Había quedado como hipnotizada por la pantalla y esa extraña manera de vivir que le mostraba. Comenzó a pensar en todo lo que ella tenía cerca, todo lo que podía hacer.
Ese inmenso vacío blanco y árido le hacía pensar en toda la gente que la rodeaba, incluso la gente que ella no quería, pero que igual la rodeaba.
Cuando terminó su yogur con frutas, dejó el pote sobre la mesa ratona, juntó sus rodillas y abrazó sus piernas, se sentía una nena otra vez, mirando televisión en esa posición.
Varias cosas le habían resultado extrañas de la vida de esas personas, su forma de pescar, haciendo un agujero en la gruesa capa de hielo; que se pudiera encender fuego dentro de un iglú; pero sobretodo la hospitalidad para con los visitantes.
No tenía sueño pero ya no era hora de estar frente al televisor, si no se obligaba a ella misma a irse a la cama no iba a poder levantarse temprano al otro día, y todavía tenía que plancharse el pelo antes de ir al trabajo.
Se levantó del sillón, llevó el pote a la cocina y lo lavó. Dejó una lámpara de lectura encendida en el living, como hacía siempre y fue al baño a lavarse los dientes.
Sacó de su cartera El bosque de los pigmeos, se lo había comprado hacía pocos días.
Abrió la cama y se sentó con el libro en ambas manos, rápidamente buscó el capitulo que estaba leyendo, Los pigmeos.
El frío de la cama ahora era su peor incomodidad. Pero ella tenía una vieja estrategia para esos casos. Corría la almohada hacia la cabecera y se sentaba con la espalda apoyada en el espaldar, comenzaba con ambos pies a deslizarlos rápidamente, la fricción de sus pies sobre las sabanas iba calentando el colchón y poco a poco le iba ganando lugar con su cuerpo al frío. Era eso o levantarse a buscar una bolsa con agua caliente.
Todos los inviernos pensaba en comprarse una frazada eléctrica, pero se acordaba de hacerlo en septiembre, su mala memoria le jugaba en contra.
Una vez templado el colchón, se acomodó para leer un poco antes que llegara el sueño.
El relato la atrapo al segundo párrafo, pero a medida que los renglones iban pasando llegó a la conclusión que no era un capitulo para leer de noche. Buscó el papel que usaba de señalador que estaba arriba de la mesita de luz lo introdujo entre las páginas y cerró el libro.
Automáticamente, sosteniendo el libro entre sus brazos contra su pecho, se volteó sobre su costado derecho, clavando la vista en la puerta de cuarto que estaba entreabierta.
Su mente estaba en una suerte de transición entre lo que había leído y lo que había mirado en la televisión.  
Esquimales, pensó, gente de costumbres particulares.
Su mente se había quedado en los detalles de la hospitalidad de aquel pueblo que relató el locutor de voz grave.  Había mencionado que cuando un esquimal recibía a otro que estaba de paso y se quedaba a pasar la noche en su iglú, el anfitrión le prestaba a su mujer para que no pasara frío.
Esa idea le resultaba chocante, “¿Cómo iba a compartir a su mujer? ¿Por qué no iba el anfitrión a darle calor al huésped?”  Pensó. Todo eso le resultaba bastante machista.
Le alcanzó un breve instante, un minúsculo segundo en el que realizó un movimiento involuntario, pasó su pie por la parte inhabitada del colchón, solo eso le alcanzó para perder toda clase de concentración a cerca del tema que venía pensando y concentrarse en el frío que ocupaba el resto de su cama. Fue eso y el escalofrío que le recorrió la espalda entre los dos omóplatos que le hicieron pensar que tal vez no sería mala idea tener a un esquimal junto a ella.