Había
quedado como hipnotizada por la pantalla y esa extraña manera de vivir que le
mostraba. Comenzó a pensar en todo lo que ella tenía cerca, todo lo que podía
hacer.
Ese
inmenso vacío blanco y árido le hacía pensar en toda la gente que la rodeaba,
incluso la gente que ella no quería, pero que igual la rodeaba.
Cuando
terminó su yogur con frutas, dejó el pote sobre la mesa ratona, juntó sus
rodillas y abrazó sus piernas, se sentía una nena otra vez, mirando televisión
en esa posición.
Varias
cosas le habían resultado extrañas de la vida de esas personas, su forma de
pescar, haciendo un agujero en la gruesa capa de hielo; que se pudiera encender
fuego dentro de un iglú; pero sobretodo la hospitalidad para con los
visitantes.
No
tenía sueño pero ya no era hora de estar frente al televisor, si no se obligaba
a ella misma a irse a la cama no iba a poder levantarse temprano al otro día, y
todavía tenía que plancharse el pelo antes de ir al trabajo.
Se
levantó del sillón, llevó el pote a la cocina y lo lavó. Dejó una lámpara de
lectura encendida en el living, como hacía siempre y fue al baño a lavarse los
dientes.
Sacó
de su cartera El bosque de los pigmeos,
se lo había comprado hacía pocos días.
Abrió
la cama y se sentó con el libro en ambas manos, rápidamente buscó el capitulo
que estaba leyendo, Los pigmeos.
El
frío de la cama ahora era su peor incomodidad. Pero ella tenía una vieja
estrategia para esos casos. Corría la almohada hacia la cabecera y se sentaba
con la espalda apoyada en el espaldar, comenzaba con ambos pies a deslizarlos rápidamente,
la fricción de sus pies sobre las sabanas iba calentando el colchón y poco a
poco le iba ganando lugar con su cuerpo al frío. Era eso o levantarse a buscar
una bolsa con agua caliente.
Todos
los inviernos pensaba en comprarse una frazada eléctrica, pero se acordaba de
hacerlo en septiembre, su mala memoria le jugaba en contra.
Una
vez templado el colchón, se acomodó para leer un poco antes que llegara el
sueño.
El
relato la atrapo al segundo párrafo, pero a medida que los renglones iban
pasando llegó a la conclusión que no era un capitulo para leer de noche. Buscó
el papel que usaba de señalador que estaba arriba de la mesita de luz lo introdujo
entre las páginas y cerró el libro.
Automáticamente,
sosteniendo el libro entre sus brazos contra su pecho, se volteó sobre su
costado derecho, clavando la vista en la puerta de cuarto que estaba entreabierta.
Su
mente estaba en una suerte de transición entre lo que había leído y lo que
había mirado en la televisión.
Esquimales,
pensó, gente de costumbres particulares.
Su
mente se había quedado en los detalles de la hospitalidad de aquel pueblo que
relató el locutor de voz grave. Había mencionado
que cuando un esquimal recibía a otro que estaba de paso y se quedaba a pasar
la noche en su iglú, el anfitrión le prestaba a su mujer para que no pasara frío.
Esa
idea le resultaba chocante, “¿Cómo iba a compartir a su mujer? ¿Por qué no iba
el anfitrión a darle calor al huésped?” Pensó.
Todo eso le resultaba bastante machista.
Le alcanzó un breve instante, un minúsculo segundo
en el que realizó un movimiento involuntario, pasó su pie por la parte inhabitada
del colchón, solo eso le alcanzó para perder toda clase de concentración a
cerca del tema que venía pensando y concentrarse en el frío que ocupaba el
resto de su cama. Fue eso y el escalofrío que le recorrió la espalda entre los
dos omóplatos que le hicieron pensar que tal vez no sería mala idea tener a un
esquimal junto a ella.