miércoles, 30 de marzo de 2011

El feo (Parte I)

El sol naranja de la tarde comenzaba a deslizarse perezosamente hacia el horizonte. Todo apuntaba hacia el final de un día normal, sin sobresaltos.
De repente, el mono, que era el secretario personal del rey vio venir a los lejos a alguien volando.
- Señor, creo que tenemos el último caso del día volando hacia acá.- Dijo el mono sin darse vuelta.- es más creo que es un murciélago señor.
El león, que seguía sentado en el mismo lugar que hacía dos horas levantó la cabeza y sacudió su melena para lucir más presentable. Pasó su lengua por sus patas delanteras y se paró para esperar al mamífero volador que se aproximaba.
Por dentro el león estaba muy molesto por el último visitante, le faltaba poco tiempo para cerrar la corte y quería irse rápido, pero su función en la jungla era la de ver por el bienestar de todos los animales, era su deber, él era el rey después de todo.
El murciélago llegó casi arrastrándose, se colgó de una rama cabeza abajo, sacudió sus alas y dijo:
- Disculpe su Alteza que haya venido a este horario, siendo murciélago, se me complica andar de día.
El mono lo miraba esperando que le dijera algo a él también, pero eso no pasó.
- ¿Qué te trae por acá? – dijo el león en un tomo amistosamente serio.-
- Seré breve mi rey, quiero licencia para volar de día, y permiso para ausentarme de su territorio en invierno.
El pedido resultaba inusual y extraño en todo sentido, el león puso cara de sospechar, pero antes que pudiera decir algo, el mono intervino a destiempo en la charla como era su costumbre.
- O sea lo de irte en invierno lo entiendo, pero lo de volar de día, es raro – dijo el mono y reiteró.- es raro.
Ambos miraron al mono un instante y siguieron su charla.
- Antes que nada, me gustaría saber a qué se debe tan extraño pedido ¿Acaso no te gusta tu trabajo de vigilante nocturno? Eso lo podemos arreglar.
El mamífero volador que estaba colgado patas para arriba delante del rey y del mono, no era nada más ni menos que el jefe de vigilancia nocturna. Y lo que en realidad le llamaba la atención al rey de la selva era el pedido de ausentarse en invierno.
- Sepa usted entender Su Majestad, tengo motivos personales para hacer ese pedido.
- Si fuera cualquier otro murciélago, no le preguntaría mucho, pero tratándose del jefe de vigilancia nocturna, me interesaría saber el porqué. Desde ya el permiso para volar de día lo concedo.
- Es un motivo muy personal. –dijo el murciélago muy sereno.-
El león se estaba impacientando con una charla que no llegaba a ningún lado.
- Seguramente le da vergüenza decirlo mi rey.- fue la interferencia sin ningún tipo de tacto por parte del mono.-
Una vez más ambos miraron al mono con ganas de comérselo, pero este no acusó recibo en lo más mínimo.
- Quiero dejar mi puesto de trabajo también. – dijo el murciélago.-
Esto terminó de cambiar la cara del león.
- Ahora sí, nos ponemos más serios. – dijo con un leve movimiento de la cabeza que sacudió su melena.- Como tu rey exijo saber el motivo.-
- Es que conocí a alguien – titubeó el mamífero nocturno, hizo una pausa y continuó- es de fuera de sus dominios, por eso quiero permiso para irme.
La cara del león reflejó su sorpresa. Mientras miraba fijo la rama en la que el murciélago se mecía.
- ¿Es una murciélaga de otra parte de África?- inquirió el mono entro metido.-
- No.- respondió el murciélago.-
- Entonces ¿Quién es la afortunada? – preguntó el león.-
- Es una – pausa- es una golondrina.-
- ¡¿Qué?! – dijo el mono y se echó a reír.-
Mientras el murciélago ponía cara de indignado ante la burla del mono, el león estaba más desconcertado que antes. No podía confiar del todo en los dichos del murciélago, era un relato muy extraño para su gusto.
Todavía el mono se reía del pobre enamorado cuando el león intervino.
- Basta mono. –dijo en tono de orden casi rugiendo.- vamos a hacer así, mañana para la misma hora que viniste vos, tenés que traer a tu enamorada. No me tienen que convencer de nada, solamente vengan juntos. Eso es todo.
El león dio media vuelta y se fue con el seño fruncido. El murciélago seguía mirando con bronca al mono, y este último parecía no darse cuenta de nada.


Dos locos

Le pidió bailar sin música. Ella lo miró con desconfianza, no entendió.
Cuando él la quiso tomar por la mano ella levantó los brazos simulando desperezarse.
El desconcierto le duró un instante, y volvió a repetir la acción, estiró la mano y la tomó la suya. Le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera.
Caminaron juntos hasta el jardín, pisando únicamente la hilera de lajas grises incrustadas en el pasto verde.
De repente se dio vuelta y la tomo por la cintura acercándosela a menos de un palmo. Apenas unos centímetros distanciaban sus caras.
Sus ojos hicieron contacto a pesar de los intentos que ella hizo para evitar su mirada. Primero la hipnosis y después el trance, vieron en los abismos de sus pupilas la eternidad juntos, envejecieron con las estrellas, vieron lo que querían el uno del otro. El sol salió y se puso varias veces en esa mirada, en ese instante, literalmente un siglo que cabe en un parpadeo.
Inclinaron sus rostros hasta casi tocar las narices con los ojos abiertos. Cuando sus labios se sellaron la luz ya estaba adentro y descansaron su vista puertas adentro.
Con un paso similar al vals de a poco fueron dándole ritmo a un abrazo, su abrazo.
Después de un rato sin tiempo, ella recostó su cara sobre el pecho de él.
- ¿Qué dirían si nos vieran bailando así, sin música?- Dijo ella.- seguro pensarían que somos dos locos.
Él se rió suavemente y le contestó:
- Loco sería no bailar así, esta es nuestra propia música. Mira hacia arriba ¿ves a alguna estrella riéndose de nosotros? Es más, creo que miran a estos dos locos con mucha atención. Tal vez les estamos enseñando un paso que no conocen.

Mi menor, Tu mayor en mí

Cerré los ojos por el placer de buscarte
Acercarme, verte, conocerte, tocarte
No buscaba luz únicamente
Buscaba paz, buscaba alcanzarte

Mi menor, Tu mayor en mí
Los dedos se deslizan sobre las cuerdas
Las notas calman mi alma
Tu voz que sana mis heridas
Mi menor, Tu mayor en mí

Poco tiene que ver la tonalidad
La armonía que lleva a la inmortalidad
Es la tuya no la mía, tu verdad
Tu realidad, tu amistad.

Solo, no soy ni la mitad
Y mi todo no es mío.
Vuelvo a cerrar los ojos por el placer de buscarte
Acercarme, verte, conocerte, tocarte
No buscaba luz únicamente
Buscaba paz, buscaba alcanzarte

martes, 29 de marzo de 2011

Poemas incompletos

Leía poemas en un tren, cada tanto dejaba de leer para mirar por la ventanilla y ver toda esa cantidad de verdes, casi iguales pero todos distintos.
Afuera todo era campo, hermoso. Seguía con los ojos sobre las líneas de letras, frases de amor, de desencanto, dedicadas a personas que ya no están o que nunca existieron (inventadas por la imaginación del que escribe).
Los poemas de los libros que llevaba resultaron ser como el paisaje que observada desde el vagón, transiciones de sentimientos, en algunos casos de forma gradual, en otros, un tanto más drástica. De la misma manera que la tierra iba cambiando al costado de las vías, tierra negra, tierra blanca, tierra anaranjada, tierra roja, así cambiaban de color los sentimientos impresos.
Cuando dejaba de leer, recordaba que cuando era chico creía que los poemas eran una mera declaración de amor, palabras juntadas por estrofas con una rima simpática, con el objetivo de hacer que alguien se enamore de otro alguien. Después, cuando leí un poco más acerca del tema me di cuenta que no eran sólo de amor, sino también de otros sentimientos, de otras vivencias, de otras relaciones, de otras vidas.
Descubrí poemas apartados del amor.
Para cuando el sol se había escondido al costado izquierdo del tren y las diminutas manchas blancas en el cielo oscuro parecían observarme por la ventanilla. Tal vez el sentirme observado me privó del sueño, pero después de un rato cuando todos se callaron y solo se escuchaba el rítmico paso de las ruedas sobre los rieles, y comencé a divagar sobre todo lo que había leído ese día.
Tenía el codo derecho apoyado en el borde del marco de la ventana, mientras mi mano me sostenía la pera cerraba los ojos buscando pensar cómo escribir un poema que dijera la verdad de dos personas y no de una sola.
Durante el transcurso de la tarde había notado que los poemas de amor que había leído sólo expresaban los sentimientos de una de las partes.
Toda la tarde había leído poemas incompletos, que de a ratos sentía míos pero que no compartía con nadie.
Súbitamente dejé de escuchar el ruido del tren y perdí la vista entre los árboles que pasaban al costado, iluminados en blanco y negro por la luna.
En ese momento dije sin abrir la boca: “Quiero escribir un poema completo. Encontrar a alguien que me preste sus frases para terminarlas. Alguien que complete las mías. Eso sí es un poema de amor, dos personas escribiendo lo que sienten, lo que quieren, lo que ven, lo que sueñan. Sí para escribir hacen falta papel y tinta; para un poema hacen falta dos personas.”
De a poco el sueño me fue ganando, cerrando mis ojos en cámara lenta. Crucé los brazos sobre mi pecho y me acomodé para descansar en el incómodo asiento del tren. Me dormí con la sensación de haber descubierto algo, pero con la certeza de no poder escribirlo aún.

sábado, 5 de marzo de 2011

La pintura

Llegó arrastrando los pies, caminaba con la pesadez de un condenado. Antes de pisar el umbral metió su mano en el bolsillo de su saco para buscar las llaves, no las encontró. Sin desesperarse tanteó con ambas manos en toda su ropa, pero no las tenía encima.
El hecho de haberlas perdido era sólo una pequeña desgracia comparada con todo lo que había vivido esa semana.
Recordó que aquella noche antes de salir se había olvidado cerrar una de las ventanas de la parte posterior, agradeció al cielo no estar ebrio para poder treparse y entrar.
Una vez adentro se descansó quedándose con las medios puestas, caminó hasta la pared en la que estaba la llave de la luz, en el camino tropezó con un taburete que no debía estar allí, maldijo y continuó unos pasos agarrándose la rodilla izquierda.
Ya con las luces encendidas, se quitó el saco, se desabrochó la camisa y buscó sus anteojos.
Caminaba de un lado al otro con nervios de sala de espera, rascaba su cabeza sin escusa alguna, mirando el piso gastado de su taller, que hacía un par de años se había transformado en su hogar.
Después de separarse de su mujer, se había mudado a un viejo galpón ferroviario que había comprado con su primera pintura vendida cuando era soltero.
Vivía la vida de un artista, con sus penas, sus excesos y la inmensa pasión por la expresión de los colores no era algo fácil de sobrellevar, no tanto para él, pero sí para los que le rodeaban.
Estaba mal porque hacía meses que no lograba terminar una pintura. Por más que dibujaba o pintara, los lienzos y los colores no terminaban de decirle nada. Se encontraba vacío, sin inspiración o propósito al hacer las cosas.
No era la primera vez que tenía problemas, pero sí la primera vez que los problemas le quitaban el ánimo de pintar.
La relación con su ex esposa no era buena, él nunca le había puesto voluntad a la relación a la hora de solucionar conflictos, a eso se le sumaba su adicción al alcohol. Ella tuvo los argumentos suficientes para dejarlo y buscarse una mejor vida en otro lugar.
El único fruto de esa relación que valía la pena era su hija, la que ya no le hablaba. Él sabía que se lo merecía, ella no tenía la culpa de tener un padre desatento, ausente y borracho.
En el camino a su casa encontró varias parejas caminando en la calle. Gente abrazada por todos lados, besándose, como si le estuvieran refregando su dicha y felicidad en la cara.
No era una noche más la que pasaba solo en su taller, era la noche de San Valentín, y no podía recordar la última vez que había juntado sus labios a los de una mujer. Recordaba todos y cada uno de los abrazos de despedida, y las caras de personas resignadas a perder para no seguir sufriendo.
El cajón de los oleos estaba lleno, las botellas purpuras del sueño también, y en su pecho la intención de pintar.
No le importaba no tener inspiración, estaba decidido a pintar. Destapó una de sus botellas que estaban en la cocina, se sirvió una copa y se dispuso a limpiar el lugar en el que estaba su viejo atril de madera, gastado y camuflado de distintos colores de sus cuadros.
Cuando terminó de limpiar el lugar ya estaba tomando su segunda copa. Buscó el bastidor más grande que tenía y lo puso en el soporte. El lienzo estaba igual que su mente, en blanco.
Se quedó parado frente a ese trozo de tela sin expresión por unos minutos hasta terminar la copa, para luego volver a llenarla. Tomó un trago no muy profundo y dejó la copa.
Tomó una brocha la hundió en un tarro con pintura azul, que previamente había diluido con agua y comenzó a darle color al fondo.
Sin que estuviera el fondo aún seco comenzó a pintar la idea que tenía en la cabeza, todo en tonalidades de azules, más oscuros, más claros, variando la gama de ese frío color hasta donde su creatividad y su habilidad le respondían.
Con cada tono que conseguía resaltaba un detalle distinto.
Su mano izquierda ya no le temblaba como antes, podía sostener firme el trazo del pincel.
Sus ojos no se despegaban del lienzo, mientras que su mano derecha parecía exprimir la paleta, que sostenía con el puño cerrado.
Poco antes del amanecer, sus ojos lo vieron a él mismo sentado y vestido de azul.
Él era su propio cuadro, el frío color de los mares en tempestad reflejaban su solitaria y revuelta existencia.
Ese era el cuadro más real que había pintado en toda su vida, desde la misma oscuridad de su alma. La mirada de su autorretrato era distante, esquiva y angustiada.
Su respiración se agitaba, estaba exaltado, no era felicidad pero se acercaba mucho a la satisfacción de haber hecho algo por encima de las propias expectativas.
La pintura tenía un sólo detalle que ni él mismo podía entender. Su retrato sostenía una copa vacía en su mano.