Mis manchas de tigre tienen el mismo color que tus rayas de cebra; para que tirar la primera piedra.
Llegue al punto de decir adiós a las armas para caer en los brazos de la señorita Fergusson. Nunca finjí amor por nadie, pero después de cada batalla del alma, cuando todavía humean las heridas, necesité los cuidados de alguien como ella.
Caminé bajo la lluvia para que el agua lavara mis lamentos y mis lágrimas se perdieran entre las gotas. Nunca llegué a ver el atardecer en el pacífico, ni vi el amanecer en un campo de girasoles. Si, de la nieve tengo recuerdos, ahí comencé a caminar solo.
Me sentí mejor definido por algunas frases de Ortega y Gasset, antes que por algunas mujeres que me conocieron mejor que mi madre.
No volvería a bajar al averno por ninguna Beatriz, con una vez por voluntad propia me alcanzó; tampoco haría caso de un poeta difunto si este se cruzara en mi camino, por más admiración que le tenga.
Si, escribiría un libro en el cual mis enemistades compartan sufrimientos mientras paso por su lado; yo un alma pura.
Lo único que comparto con Kant es que soy complicado de entender de primera mano. Quizás como pasa con él, a veces es mejor leer a otro para entenderlo.
Como dijo Jorge Luis del libro de Gabriel: “Con cincuenta años hubiera alcanzado”; yo pisando los veinticinco, no veo la hora que la soledad se vaya a probar suertes a otro lado.
Compartí caminos y estados con Siddharta, pero todavía no encuentro el río. Dejando atrás muchas cosas; hasta quizás pasando por al lado de Buda y entendiendo que la vida, esta y las otras, no son explicadas por el sufrimiento.
Comparto con el Fausto de Goethe episodios de tentación y la falta de optimismo, pero no así la compañía de Mefistófeles, ni mucho menos sus consejos, ya tengo suficiente conmigo mismo.
Lamentablemente no comparto la misma fortuna que Dorian Grey, mis retratos con el tiempo son mas jovenes que yo.
Si mi vida fuera un viaje, preferiría el concepto de J.J.R.T, viajar para desprenderme de algo, ser libre de las cargas de la vida; y no como la travesía del alquimista que vuelve al sicómoro de la primera hoja.
Cuando pienso en el fin de mis días, no se que papel me encuentre protagonizando, espero no ser Santiago Nazar y ser el último en conocer el triste final, tampoco me alienta mucho la historia de Iván Ilich.
Lo único que sé es que las historias de amor no son para mi, varias veces escuché: “Pagaría por no verte”.