sábado, 28 de agosto de 2010

Viejas costumbres

Un día, sin razón aparente, la gente comenzó a salir desnuda de sus casas.
Primero se observaron casos aislados en diferentes lugares. Individuos comunes y corrientes que no llevaban ropas.
Luego, fueron grupos de individuos. De distintas clases sociales, distintas religiones, distintas edades.
La cuestión, pronto llego a ser un fenómeno social.
Nadie sabía a ciencia cierta cómo se había originado, pero gran parte de la gente andaba desnuda. Con los primeros casos, la policía demoró a quienes transitaban la vía pública en esas condiciones, pero cuando se fue sumando gente, el personal se vio superado.
Desde las esferas políticas hubo diversos comentarios y opiniones. Algunos a favor, otros en contra.
La opinión de la iglesia también estaba dividida.
Políticos y sacerdotes, contaban entre sus filas individuos que andaban desnudos.
Las ciencias trataron de explicar dicho comportamiento. Sociólogos, psicólogos, filósofos y todo hombre de ciencia intentaba por sus medios darle una explicación lógica y racional.
Caminaban por las calles exhibiendo su propia naturaleza. El frio parecía no detenerlos, ya no importaba la estación del año, se los podía ver en cualquiera de ellas de la misma forma.
No toda la población era afecta a esta práctica o estilo de vida, así que el estado comenzó a habilitar lugares específicos para andar sin ropa.
Los que quedaban vestidos, comenzaron a ser minoría. Ahora eran ellos los que recibían las miradas extrañas.
Poco a poco, las marcas de ropa se fueron dedicando a otros rubros, buscaban algo que les sea rentable.
La ropa era escasa, los que elegían vestirse tenían que elaborar sus propias prendas.
Así, en poco tiempo, los hábitos sociales fueron cambiando.
Usar ropa se había convertido en algo muy poco común.
Los ancianos observaban como lo que antes era normal, se había transformado en algo mal visto, raro y distinto. Una extravagancia de alguien que no aceptaba la sociedad moderna.
Ellos terminaron siendo los únicos con ropa, porque las costumbres cambian, pero las tradiciones se olvidan con el último que se muere.
Ahora, solo quedan unas pocas colonias perdidas en las sierras, en las que la gente anda vestida.
El mundo no mejoró porque ahora anda la gente desnuda por todos lados, sigue habiendo robos, crímenes, asesinatos y demás delitos. La corrupción existe, la mentira y demás males morales y éticos no se fueron con la ropa.
Hay quienes afirman que en las colonias de gente vestida, la vida es diferente, que esas personas mantienen las tradiciones y costumbres viejas.
Pero no sé si estoy dispuesto a averiguarlo, porque para hacerlo, me tendría que vestir.

El tesoro del cajón

Guardaba en el cajón más importante su anhelo más preciado.
La esperanza que llegara alguien a su vida, para cambiarla, para hacerla mejor. Para que todo sea mejor.
Buscaba esa sorpresa en las personas que le atraían, le gustaban, le resultaban interesantes.
Las que al principio, al conocerlas, pensaba que eran perfectas para su persona.
No muy seguido, pero cada tanto, cuando aparecía alguien especial. Sacaba su ilusión del cajón, la desempolvaba y la exhibía a los más cercanos.
Sus amistades más íntimas conocían ese comportamiento, ya no le decían nada.
Hacía mucho, alguien, le había dicho que los cambios, los reales, comenzaban desde adentro. No desde afuera. Que las personas no debían cambiar por otras personas sino por una necesidad personal de superación, de mejorar por y para ellas mismas.
La probabilidad que llegara alguien a su vida para cambiar su vida era mínima.
Creía que las ilusiones, no tenían nada de racional. Que ilusionarse era creer en la probabilidad más pequeña.
Según su punto de vista, las probabilidades colaboran mucho con las ilusiones.
Porque mientras más pequeña fuera la probabilidad, más grande iba a ser la ilusión. Algo así como una compensación.
Ella no veía ridículo que llegara un príncipe azul a su vida, no era tonta, era algo poco probable y lo sabía. Pero no resignaba su ilusión.
Cuando tenía ratos largos de soledad, se ponía a pensar en las veces que se había roto el tesoro del cajón.
Su temor más grande era que eso volviera a suceder.
Confiar en alguien nuevamente, darle todo de sí misma, y descubrir poco a poco que era todo una mentira. Que su propia ilusión la había llevado a crear una fantasía, y la fantasía al fracaso.
De algún modo, también, tenía el temor de estar hipotecando su presente por una ilusión, que a largo plazo la dejara sin un futuro.
Esperar a que algo sucediera, era una opción. Las otras opciones, quizás, no eran para ella. O tal vez, ella no tenía opciones.
Sostenía el argumento que, lo que sucediera en su vida, tendría que ser de forma natural. La oportunidad la tenía que tomar a ella, y no ella a la oportunidad.
Después de todo, su ilusión era su oportunidad.

lunes, 23 de agosto de 2010

Mar de las discordias

Habían llegado hacia un rato. Ella se bajó del auto ni bien se apagó el motor.
Mientras ella abría la puerta del frente, él fingía escuchar la radio para no bajar. Apretaba el volante con ambas manos, estaba tenso.
Después del barrio de la Boca, ése era el peor lugar del mundo, según él.
“Mar de las discordias” le había puesto. Porque había mar, y había discordias.
Sí bien, no era un sitio feo, cada vez que iba, era porque las cosas no estaban bien con su esposa.
Se habían casado hacía seis años. Poco y nada a comparación de otros.
Tuvieron un noviazgo sin sobresaltos, ese fue el tiempo más feliz, tenía los mejores recuerdos de esos dos años. Aunque ella prefería decir que habían sido diecinueve meses.
Esa era una diferencia menor, pero, a estas alturas, las diferencias menores eran detonadores de contiendas.
Su mejor amigo, que se había casado con su hermana, vivían bien. Por lo menos mejor que él. Eso pensaba, por lo que veía de afuera. Pero cada matrimonio es un universo aparte.
Disimulaba su calvario personal siendo amable con todo el mundo, pero en la casa no le hablaba. No decía una palabra, podían pasar horas. Sabía que eso la demolía.
Ella, no era menos. Cualquier oportunidad para atacar su orgullo era buena. Sus comentarios eran cargados de sarcasmo e ironía. Socavaban su autoestima.
Cada uno con su arma. Cada uno de su lado. Compartir la casa no los hacía una sola persona.
Le habían comentado que en el matrimonio había una crisis al año, otra después a los cinco, y ni hablar si llegaban a tener hijos.
Tal vez si le hubieran dicho eso antes de casarse, no hubiera aceptado.
Ahora solo le quedaba aceptar la realidad tal cual era. Llena de complicaciones, de peleas, con pocos momentos de tranquilidad y una paz demasiado frágil.
Por suerte o por desgracia, su familia tenía una casa en la costa, en un bonito lugar. Playa, bosque, tenía lo que le gustaba a los dos, sólo que por la mitad, como siempre.
Ella ya había abierto los ventanales del living, él no se había movido del asiento del conductor.
El viaje, dentro de todo, había resultado en paz.
Paz muy similar a la que suelen tener los judíos con los palestinos.
Cada vez que venían a la casa de la costa, era por algo serio, esta vez no era la excepción.
Hacia una semana que dormía en el sillón. Ella no lo había echado de la habitación, pero, estaba cansado de su compañía. Peleaban por cualquier cosa. Todo entre ellos estaba en un permanente estado de crispación.
Mar de las discordias, era para ellos el lugar para reconciliarse, o por lo menos era lo que ella le decía.
En seis años, ya habían estado siete veces en esa casa. Las últimas dos ese mismo año.
Esta vez, no se quería bajar del auto. Se quería separar, ya no la soportaba. Quizás el amor había llegado a la fecha de su vencimiento.
Cuando pensaba en sus padres que llevaban cuarenta y siete años de casados, no entendía por qué él no podía pensar en llagar, aunque sea a los diez.
En su cabeza tenía un dialogo interno con varias partes de él mismo, todas querían decirle algo, algún detalle importante, distintas sensaciones y sentimientos arremetían en su pecho.
Llegó a la conclusión que se quería separar, pero, a la vez, no quería ser el culpable de sus sufrimientos. No quería romper lo que habían construido entre los ambos.
Por eso, decidió que únicamente se iba a separar si ella se lo pedía. Era una forma cobarde de hacer las cosas.
Ella lo miraba desde la ventana, ya había pasado una hora desde que ella se bajo del auto.
Justo en ese momento, cruzaron miradas por un instante.
Las cosas todavía estaban adentro del auto.
Salió de la casa, caminó lento hasta el coche, abrió la puerta y se sentó. Puso su mano izquierda sobre la mano derecha de él, que todavía estaba sobre el volante.
- ¿Entramos? – Dijo ella buscando que sus ojos la miraran.-


jueves, 19 de agosto de 2010

Son ellos

Indiferentes, caminan y andan por todas partes.
Son atemporales. Los hubo, los hay y los habrá.
Dicen lo que los demás no van a entender.
Expresan más de lo que piensan, menos de lo que se los escucha.
Nadie les tiene miedo de día.
Aún estando en presencia de conocidos, sus palabras los transforman en extraños.
Algunos de ellos, no todos, gesticulan, acompañando su particular discurso.
Sus ojos, parecieran poder ver cosas invisibles, su mirada penetra el aire.
Entre ellos no se entienden, hablan el mismo idioma, pero no saben de qué habla el otro.
Llevan una vida normal, cada uno de ellos es un número más.
Ellos mismos no se sienten distintos del resto. Pero lo son.
Exteriorizan algo que debería quedarles adentro.
Ocasionalmente, esa exteriorización les puede causar problemas, situaciones embarazosas.
Pero se asumen a sí mismos, de la manera en la que los demás los ven.
Les preguntan qué dicen, porqué lo dicen, para qué lo dicen. La mayoría no suele contestar.
Son capaces de guardar un secreto a oídos de todos.
Distinto sería que todos hicieran lo mismo. Ellos ya no serían especiales.
Discuten, pero nadie les contesta. Se equivocan y se corrigen.
Son ellos, los que todo el mundo conoce, los que todo el mundo ve.
Son ellos, los que hablan solos.

domingo, 15 de agosto de 2010

Soñó

Sentado en la cama se quitaba los zapatos. Cansado del día, se desvistió para acostarse.
En la silla de al lado de la cama dejó su traje, el de la oficina. Tenía varios, pero ese, era el más cómodo. El que más usaba.
Cada día que pasaba, la insatisfacción de no trabajar de lo que había estudiado le pasaba más.
La habitación ya estaba a oscuras, él acostado. Veía a contra luz la silla con el saco encima.
Ese traje, era él mismo. Ese que le daba lástima y bronca. El que no quería ser.
Por eso prefería vestirse para dormir. Vestirse de sueños, ser él, pero haciendo otra cosa, vivir haciendo lo que realmente le gustaba.
Soñaba con eso.
El anhelo de dejar los botones de los puños sin prender, sin corbata y esa sensación de garganta apretada, y como un lujo, no usar cinturón.
A la mañana y a la tarde, caminaba de oficina en oficina, llevando papeles. A la noche le dolían los pies.
Para la hora del almuerzo, comía parado, y comía mal. Esas cosas al paso, le dejaban un agujero en el estomago.
Pero necesitaba la plata, otro trabajo no había en ese momento.
Se dio vuelta para el otro lado y cerró los ojos, casi al instante llegó el sueño y se durmió. Soñó.
Hacía mucho que no soñaba.
Ahora, era él, vestido de jeans y descalzo, con una camisa arremangada, con el cuello sin prender.
Estaba en el jardín de una casa, había algunos árboles, una higuera, un paraíso y un ciruelo grande, el otro árbol no sabía que era.
El ambiente estaba impregnado del olor a tierra mojada, como cuando llueve en verano.
Adentro, en la casa, se escuchaba la vos de una mujer y de por lo menos dos o tres criaturas.
Se miro la manos para saber si era él o no. Era él.
Pensó que era un futuro algo lejano, ya recibido de arquitecto, orgulloso de haber diseñado su propia casa.
Por el paisaje, sabía que era el interior. Esas montañas las había visto desde la ruta en un viaje a Mendoza hacía algunos años. No recordaba el lugar, pero era esa provincia.
Soñando, se aferraba a cada detalle, por más pequeño que fuera, era real, ahí.
Mientras permanecía dormido, en su inconsciente, vivió situaciones equivalentes a dos o tres días. Con amaneceres, tardes, ocasos y noches.
No era perfecto, pero era todo lo que él quería.
Lentamente y no de tan buena manera, fue vislumbrando la luz del nuevo día. Quería seguir en el sueño.
Solo habían pasado siete horas desde que se había acostado. Todavía no sonaba el despertador con la radio y el noticiero de las seis.
Una nueva jornada le quedaba por delante. Un día más, un día más cerca de su sueño.
Mientras se calentaba la taza en el microondas, recordaba, incompleto, aquel momento vivido con los ojos cerrados.

Tal vez, las voces no se olvidan

Abrió los ojos. No sabía dónde estaba, pero nada lo sobresalto. Tenía la extraña sensación de que todo estaba bajo control.
Estaba en un lugar distinto de lo que había conocido. No percibía ningún aroma u olor. Parecía todo muy limpio.
Escuchaba voces a lo lejos, pero no podía distinguir que decían, ni siquiera si eran voces de hombres o mujeres.
Se bajó de lo que parecía ser una cama. Estaba descalzo, pero no tenía frío cuando pisaba.
De a poco acercó a la puerta para ver afuera. A medida que avanzaba, las voces se aclaraban. Era, o parecía ser, una charla entre cuatro o cinco personas. Asomó la cabeza, primero a la derecha, pero no vio a nadie. Después a la izquierda, pero tampoco vio gente.
Sin pensarlo, se lanzó a caminar por el pasillo. Estaba bien iluminado, pero no había ventanas. Solo puertas a los costados.
En algunos cuartos había gente, en otros no. Cruzo miradas con otras personas, pero se dio cuenta que estaban en la misma situación que él, sin saber donde estaban.
A ciencia cierta, no sabía cuánto tiempo había estado durmiendo, no tenía hambre y no estaba cansado.
Caminó a paso lento un buen rato, hasta que vio venir una persona caminando de frente.
Justo cuando pensó en preguntarle dónde estaba él, la persona le sonrió amable mente y le dijo:
- Bienvenido.
Y eso fue todo, siguió caminando sin darle oportunidad de decirle nada.
Le llamaban la atención las voces, que aún no había encontrado, lo limpio y brillante del lugar, y lo largo del pasillo.
De repente, se detuvo frente a una de las puertas que estaba abierta. Adentro había alguien que le resultaba sumamente familiar, pero no sabía de quién se trataba.
Desde afuera, veía como una mujer caminaba de lado a lado de la habitación, parecía ansiosa.
Decidió entrar, se paró en el umbral, pero la mujer no lo miró. Así que entró.
Dio tres pasos, y quedó frente a la ella.
Pasaron unos instantes antes que lo mirara.
Ambas miraras fueron de reconocimiento y a la vez familiares.
Justo en el instante en el que se iba a presentar, se dio cuenta que no sabía cómo se llamaba.
Calmo, pero con incertidumbre, trato de recordar pero no pudo.
La mujer lo miraba como si esperara algo de él.
- ¿Sabes cómo me llamo? – preguntó mirándola a los ojos.-
- No. – hizo una pausa.- Pero tu cara me resulta muy familiar, no sé por qué, como si alguna vez te hubiera visto.
- A mí me pasa lo mismo.
Se quedaron un rato en silencio. Mirándose, estudiando el uno la cara del otro.
- ¿Qué hay afuera? – dijo ella señalando con la mirada el pasillo.-
- Nada, un pasillo.
- La verdad que hasta tu tono de voz me resulta familiar, pero no creo conocerte, o no te recuerdo.
- Es cierto, podría jurar que antes escuche tu voz en algún lugar. Ahora todo lo que recuerdo es que viajaba en el auto con mi esposa. Después de eso me desperté acá.
Volvieron a mirarse a los ojos, pero ya ninguno de los dos estaba ahí.

La reunión de los martes

El mozo acomodaba cosas en la parte exterior de la barra del bar. Apiló unas servilletas, acomodó las bandejas e hizo el pedido de la mesa nueve.
Cuando se dio vuelta para llevar el pedido a la mesa, las vio entrar. Y ahí se acordó que día era.
Las cuatro mujeres, ocuparon su mesa de siempre, después de dejar el pedido, se acercó con la carta para dejarla sobre la mesa tres. Saludó amablemente y ellas le devolvieron el saludo.
Al rato lo llamaron con una seña, cada una pidió lo que pedía siempre, el hecho de llevarles la carta era algo simbólico.
Se acercó a la barra para hacer el pedido, y la mirada de complicidad de sus compañeros de trabajo le recordó que la reunión de los martes había comenzado.
Así denominaban, los empleados del bar, la particular juntada entre cuatro amigas.
No tenían más de treinta, pero nadie a ciencia cierta sabía la edad de ninguna. Siempre vestidas de forma elegante, pero sin llamar la atención.
Durante las dos horas que se sentaban a charlar, de sus vidas, de sus cosas.
Por lo que los empleados habían escuchado, eran bien organizadas. Lunes para la familia; martes para las amigas; miércoles para el novio, pareja o lo que sea que fuere; jueves día personal, solo para ellas; viernes, salida con compañeros de trabajo; sábado y domingo, la pareja y salir eventualmente con amistades.
Atrás de la barra, tanto el mozo, como el que despachaba café y el encargado, habían dedicado horas de charla a este grupo que se juntaba todos los martes a las seis de la tarde.
Pero esta vez, en particular, la reunión tenía un fin más terapéutico. Una de las integrantes, la de cabellos castaño claro y de ojos oscuros, parecía haber terminado una relación o algo por el estilo.
Cuando el mozo fue a dejar el pedido a la mesa, lo sorprendió que también le pidieran una porción de tora cada una. Ahí pasaba algo serio sospechó.
Entre tanto que dejaba las cosas y anotaba los gustos de las tortas, escuchó un par de frases que le llamaron la atención, la dueña del aparente problema dijo:” Quisiera ser menos complicada, para enamorarme más fácil. Siempre le estoy buscando un pero a todo…” al terminar la frase, agregó: “…si el amor fuera más fácil, yo sería más feliz, en realidad, todo el mundo sería más feliz…”
Mientras cortaba las porciones de torta, se quedó pensando en las frases que había escuchado. Claro, una persona en una situación como esa, la de finalizar una relación, piensa de esa manera, murmuró mientras buscaba tenedores para cada plato.
Fue y dejó las cosas en la mesa. El ánimo seguía igual de cargado que la primera vez.
Quién diría, ellas también tienen problemas, pensó.
Enamorarse es fácil, casi involuntario, pero el complicado es uno, que se deja llevar por ilusiones como si fueran algo concreto. Eso les pasa a todas las personas, decía el mozo para sus adentros.
La cabeza de nuestro protagonista deba vueltas sobre las últimas palabras, hasta que aterrizó en una conclusión: el amor no siempre está ligado a la felicidad, hay veces que el amor duele; no por eso deja de ser amor, pero son esos momentos de amor sin felicidad, los que hacen la vida más complicada. Pero después de todo, amar es una elección, o sea, es uno el que se busca los problemas.
Cuando lo llamaron para pedirle la cuenta, hizo un silencio como si les fuera a decir algo, como si les fuera a decir lo que había estado pensando. Parpadeó y dijo:
- Disculpen, ¿les cobro todo junto cómo siempre?

sábado, 14 de agosto de 2010

Silencios

Dentro de la escala del silencio, la cúspide está ocupada por el silencio del olvido.
Por eso no todo silencio es olvido.
Una pausa de respiración no es silencio, es el momento justo para fortalecer el alma antes de hablar.
Se hace silencio, cuando los ojos no miran a ellos mismos en la vereda de enfrente.
Suele tenerse como el peor castigo cuando el cólera llena las venas. Suele ser definitivo cuando esa sangre llega al corazón.
Hacen falta más agallas para callarse que para propinar palabras en forma de puñetazos a la integridad moral de otros.
Diferentes clases de silencios transitan nuestra vida. Caminamos con ellos, miramos con ellos, son una compañía más. No es necesario estar solo para que el silencio reine en la habitación, de hecho es más crudo cuando se la comparte.
Pero existe uno solo olvido, y muchos silencios.
En los días del hombre, como en las partituras musicales, los silencios realzan las notas, le dan sentido a la melodía.
Hasta existen interrupciones de sonido en el código Morse.
Las emociones son las que componen los diferentes grados de la escala de silencios. Desde los más inocentes, hasta los terriblemente maliciosos.
Un silencio inocente, puede darse cuando alguien no contesta, porque primero no escuchó.
El silencio malicioso, en cambio, el que es ejercido con pleno conocimiento y entendimiento, que, al ejecutarlo, lastima y daña.
Estos dos, serían los extremos en la escala de silencio.
Sin embargo, como cada persona es única, cada uno hace uso de sus silencios de forma particular, si bien, en algún punto, los silencios se perecen, no son iguales. Varían en intensidad, en objetivo y en motivo.
Por lo general suelen ser incómodos para la mayoría, porque es como estar delante de una persona que nos mira pero no nos dice lo que piensa. Hay que destacar que no todos piensan cuando miran, por eso hay silencios a los que no se les debe prestar tanta atención.
También, podemos encontrar silencios mal ubicados, fuera de tiempo. A estos, se los suele confundir con los innecesarios, pero no son lo mismo. Un silencio innecesario está más cerca de un capricho que otra cosa. Y los mal ubicados, por lo general, son un descuido de alguien desatento.
Hay que destacar que, no todos los silencios son malos. Cuando no hay más palabras, el silencio toma el control de la comunicación, de la situación. Y es en ese momento en el que se puede entender lo que se dice.

miércoles, 4 de agosto de 2010

N/N

Cuando se le complicaba mucho ser él mismo, pretendía ser otro, para que el ardor que llevaba adentro se aplacara. Se distraía pensando como si fuera alguien más, a cerca de los problemas de otras personas que serian más difíciles que los suyos.
El problema, en realidad, era su adicción. Que conllevaba una red de mentiras de varios colores, sostenida en varios lugares y con algunas deudas que la hacían más frágil aún.
Le molestaba que lo miraran con lástima, como a un enfermo. No estaba enfermo, todavía, era adicto. Cuando le decían que era una verdadera pena que arruinaba su futuro, siendo tan inteligente, él miraba con desdén.
Su futuro era cosa única y exclusivamente de su pertenencia, sabía perfectamente el rumbo de sus decisiones. Y no tenía que rendirle cuentas a nadie.
Ahora estaba apoyado en un zaguán, le faltaba una zapatilla y todavía le sangraba la ceja, después de una pelea la noche anterior.
Vivir en la calle era complicado. No tener qué comer y robar para hacerlo fue todo un proceso que le había costado mucho asimilar, pero cuando el hambre le ganó, tuvo que hacerlo.
Hacía frío, no tenía campera. Unos pibes se la robaron la noche anterior, cuando se comió esa paliza.
Por primera vez pensó que estaría mejor en una comisaría. Cuando vio un patrullero le dieron ganas de subirse corriendo, pero no tenía fuerzas para moverse.
Sabía que, antes de que salga el sol, el portero de ese edificio lo iba a correr para baldear.
Llevaba cuatro días sin comer, pero esa noche, el frío le ganaba al hambre.
Por sobre todo eso, quería consumir un poco más. Aunque decía para sí mismo que no podía estar más consumido.
Cuando cerró los ojos, supo que lo esperaban los infiernos de “La divina comedia”. De a poco resbalaba del escalón del zaguán. Esta vez, el hijo prodigo no iba a volver como las otras veces. Lástima que no me pude despedir, pensó.
El encargado lo encontró y llamó a la policía.
Después de tres semanas, nadie había reclamado su cuerpo. La etiqueta decía N/N.

Malos recuerdos

Adentro tenía una colección bastante completa de sentimientos enfrascados. A lo largo de su vida los había ordenado de diferentes maneras, por fecha, receptor, emisor, y de varias maneras más que los demás no entenderían.
Ahora estaban agrupados en dos grupos. Los gratos y los ingratos. Los dos estantes de abajo eran para los ingratos, había tres estantes vacios y en el último de arriba estaban los gratos.
Cada tanto, entraba al cuarto donde estaban los frascos para mirarlos y recordar, dependiendo de su estado de ánimo, miraba los de arriba o los de abajo.
Ese día, el calendario se llevaba un mes más. El año se encaminaba a las estaciones agradables. Pero, ni eso, cambiaba su estado de taciturnidad.
Mucho tiempo mirando sentimientos enfrascados, le había robado la ilusión de vivir cosas nuevas, como si tuviera el alma vieja y cansada.
Conocía la vida de los enamorados, pero nunca conoció la de los amantes. Porque entendía que la coexistencia de los enamorados no tenía nada que ver con la convivencia de los amantes.
Dos personas puede existir a la vez es muy distinto de vivir en compañía de otra persona, esa, sostenía que era la diferencia, que para compartir la vida con otra persona no alcanzaba con estar enamorados.
En sus tardes de ventanas frías y tazas de café caliente, era cuando mas extrañaba tener a alguien al lado. Pero inmediatamente, su mente paseaba por los frascos del último cuarto de la casa, y su sensación cambiaba drásticamente. Antes de sufrir prefería estar sola.
Sabía que su mayor obstáculo estaba en esa repisa. Guardar cosas así no hacia bien, pero era todo lo que tenía para aprender de sus errores. Y aferrarse a las cosas buenas que le dejó la vida, todavía le dejaba ver una luz de esperanza para ella.
Era algo cruel lo que se hacía a ella misma.
Mucho tiempo había pensado en deshacerse de su colección y varias veces lo había intentado, pero era más fuerte que ella. El miedo a volver a confiar y a sufrir le ganaban. Esperaba poder amar, pero enamorarse le daba miedo.
Se definía como una persona muy racional, pero vivía con los sentimientos a flor de piel. Era una persona que se había acostumbrado a la soledad. Que, como todos los que se acostumbran, lo hacen a la fuerza.
Si a duras penas, gracias a los frascos, podía recordar los últimos besos, los últimos abrazos, y aquella vez que sus dedos se fueron de su mano.
A la vez, no podía olvidar la furiosa discusión del final de todas las cosas.
Todo eso y más vivía en ella como un presente continuo, que nadie, más que ella misma, elegía vivir.
Para los demás era evidente, ella era un rejunte de sentimientos enfrascados, que habían fermentado, pero no se daba cuenta.
Por eso sus amistades no le decían nada, ya no trataban de ayudarla. Bastaba que alguien dijera algo, para que se destapara algún frasco y el olor a recuerdo cambiara el ambiente.
Por lo general nadie tocaba temas del corazón con ella, o cuando ella estaba en el grupo. Porque para sus amigos era muy difícil charlar con alguien que se dejó contaminar por malos recuerdos.

martes, 3 de agosto de 2010

Sus ojos

Cerró la puerta del baño con llave. Bajó la tapa del inodoro y se sentó.
Otra vez el mismo ritual, tenía que estar segura. Hacía diez días que venía con lo mismo. Ya no sabía si era su escepticismo o se estaba volviendo paranoica. Pero con cosas así, tenía que estar segura.
Mientras esperaba a la naturaleza, agachó la cabeza y la puso entre sus manos.
Para distraerse, se hacía masajes con los dedos entre el pelo.
Se paró para mirarse en el espejo del botiquín. Miraba su reflejo a los ojos, como si pudiera esquivar el destino que brillaba en ellos.
Había probado diferentes marcas, todas tenían el mismo margen de error. Eso era lo que le asustaba. Mientras más pruebas hacía, más resultados iguales conseguía. Pero se resistía a aceptarlo. Por eso se había puesto el límite de dos semanas. Después de ese tiempo, iría al médico, para confirmar.
Todavía no quería decirle nada a él, para no preocuparlo.
Estaban pasando un buen momento como pareja. Pero no quería arruinarlo con una noticia así.
Las veces que hablaron el tema, ambos estaban de acuerdo. Pero era ella la que no se hacía a la idea.
Se sentía demasiado joven, de alguna manera, todo esto era un cambio de etapa en la vida, en la suya, en la de él y en la de las familias de ambos.
Las manos le traspiraban por los nervios, era la última prueba que pensaba realizar, antes de ir al médico, antes de decirle a él.
Abrió la cajita, levantó la tapa del inodoro y se sentó. Se detuvo un instante con el test en la mano, una parte de ella ya sabía la respuesta. De las trece pruebas anteriores, once habían sido positivas. Ésta, la última, no modificaba el resultado.
Otra vez dio positivo.
Por un lado sentía felicidad, después de todo, era un milagro, su milagro. Pero por otro lado, ese milagro, modificaba toda su realidad, todo su presente. Eso le generaba incertidumbre, le daba miedo.
Ahora sí. Tenía que salir del baño y contar lo que, por sus cambios de ánimo, ya era evidente.
Tenía que buscar bien las palabras, pero antes, calmar la procesión que marchaba por dentro.
Esperó unos minutos, y abrió la puerta. Ahí estaba él, caminando por el pasillo, acercándose.
Lo miró a los ojos. Prestos a llorar de alegría. Sus ojos le regalaban paz.
Sin palabras, se abrazaron. Oficialmente, habían dejado de ser solo dos en el universo.

lunes, 2 de agosto de 2010

Conversación ajena

Se bajó del taxi unas cuadras antes porque había mucho transito, y no quería llegar tarde. La tarde estaba fea, pero no llovía, mejor para ella, porque tenía ganas de caminar. Y tuvo que hacerlo ligero porque hacía frío.
Cuando cruzó la calle, sonó su celular, era su amiga, con la que se iba a juntar, que le avisaba que llegaba un piquito más tarde.
Entró en el bar en el que ambas habían convenido. Estaba en una esquina y tenía dos vistas posibles, la primera daba a la avenida y la otra a la plaza. Obviamente, iba a elegir estar del lado que se veía la plaza.
Busco una mesa para dos, se sacó el abrigo, lo colocó en el respaldo de la silla y se sentó.
Mientras el mozo se le acercó con la carta.
- Hola, buenas tardes. Te dejo la carta. –Dijo el mozo.-
- No, está bien, traeme un americano con crema, por favor. Y un vasito con agua. – Dijo ella sin extender la mano para agarrar la carta.
El mozo le sonrió, dio media vuelta y fue a hacer el pedido a la barra.
Ahora esperaba a su amiga, pero al menos iba a tomar algo calentito.
En el bar había columnas con espejos, eso le resultó gracioso, porque le hizo pensar que antes que ese lugar fuera un café, seguramente había sido un boliche o algo así.
Mientras esperaba, se distraía mirando por la ventana como la gente caminaba por la vereda de la plaza. Hasta que una conversación captó su atención por completo.
Rápidamente, buscó a los interlocutores con la vista. Los encontró gracias a uno de los espejos ubicados en una columna. Lo cual, disimulaba su curiosidad.
Era una parejita, teniendo una charla de café. Por el tono de la charla, se imagino que estaban por terminar una relación. Porque por lo general, para eso son las charlas de las parejas en algún café, pensó.
Pero después de escuchar unos instantes, se dio cuenta que estaba equivocada.
Estaban teniendo algo así como un ajuste de tuercas entre los dos.
Él le reclamaba que pasaba mucho tiempo con sus amigas, en comparación al tiempo que le dedicaba. Y ella le decía que él era un desinteresado en sus cosas. O algo así era lo que podía entender de esa charla.
- Sí, puede ser que paso mucho tiempo con mis amigas. Pero vos también pasas tiempo con tus amigos y yo no me quejo. Te vas a jugar a la pelota los sábados cuando podrías estar conmigo. – La chica hizo una pausa para tomar aire. - Y lo que me da más bronca, es que no me escuchas, no me prestas atención, a veces siento que no te importa lo que hago, que tus cosas son siempre más importante que las mías.
La chica estaba al borde de las lágrimas. Él estaba serio y con cara de preocupado. Al menos eso parecía por el espejo.
- Sí me importa, como podes pensar eso, yo te amo. Claro que me importa. Es que, a veces lo único que me contás es lo que les pasa a tus amigas, me venís con los problemas de ellas. Y yo no tengo nada que ver con eso. Con los chicos es solo un rato, pero para vos tengo todos los días…
La charla seguía. Pero ella, había tenido un mal recuerdo. La última charla con su ex, había sido en un bar, solo que comenzaron hablando bien de cualquier tema, pero de repente estaban discutiendo. Acto seguido, terminaron.
Sintió ganas de levantarse e ir y decirle a la chica: dejalo, no va a cambiar. Todo lo que te puede decir ahora son solo excusas, porque en realidad tiene miedo de estar solo, porque se acostumbro a estar con vos. Solo por eso están juntos. No te ama. Date cuanta.”
Esa sensación le revolvió la pansa. Todo por escuchar una conversación ajena.
Le dio el último sorbo a la taza, todavía le quedaba el vasito con agua y la masita que venía con el café.
Se sobre saltó cuando su amiga le tocó el hombro, no la había visto entrar.
- ¿Te asustaste? – dijo la amiga, con una mueca graciosa – Che, ¿te pasó algo? Tenés una cara. – Exclamó.-
- Sí, me asustaste, no te vi llegar. – Sonrió- Estaba concentrada en otra cosa, no me hagas caso.
Sin perder tiempo, le hizo una seña al mozo para que se acercara. Y siguió la charla con su amiga. Una mala charla ajena no le iba a arruinar la tarde.