Sentado en la cama se quitaba los zapatos. Cansado del día, se desvistió para acostarse.
En la silla de al lado de la cama dejó su traje, el de la oficina. Tenía varios, pero ese, era el más cómodo. El que más usaba.
Cada día que pasaba, la insatisfacción de no trabajar de lo que había estudiado le pasaba más.
La habitación ya estaba a oscuras, él acostado. Veía a contra luz la silla con el saco encima.
Ese traje, era él mismo. Ese que le daba lástima y bronca. El que no quería ser.
Por eso prefería vestirse para dormir. Vestirse de sueños, ser él, pero haciendo otra cosa, vivir haciendo lo que realmente le gustaba.
Soñaba con eso.
El anhelo de dejar los botones de los puños sin prender, sin corbata y esa sensación de garganta apretada, y como un lujo, no usar cinturón.
A la mañana y a la tarde, caminaba de oficina en oficina, llevando papeles. A la noche le dolían los pies.
Para la hora del almuerzo, comía parado, y comía mal. Esas cosas al paso, le dejaban un agujero en el estomago.
Pero necesitaba la plata, otro trabajo no había en ese momento.
Se dio vuelta para el otro lado y cerró los ojos, casi al instante llegó el sueño y se durmió. Soñó.
Hacía mucho que no soñaba.
Ahora, era él, vestido de jeans y descalzo, con una camisa arremangada, con el cuello sin prender.
Estaba en el jardín de una casa, había algunos árboles, una higuera, un paraíso y un ciruelo grande, el otro árbol no sabía que era.
El ambiente estaba impregnado del olor a tierra mojada, como cuando llueve en verano.
Adentro, en la casa, se escuchaba la vos de una mujer y de por lo menos dos o tres criaturas.
Se miro la manos para saber si era él o no. Era él.
Pensó que era un futuro algo lejano, ya recibido de arquitecto, orgulloso de haber diseñado su propia casa.
Por el paisaje, sabía que era el interior. Esas montañas las había visto desde la ruta en un viaje a Mendoza hacía algunos años. No recordaba el lugar, pero era esa provincia.
Soñando, se aferraba a cada detalle, por más pequeño que fuera, era real, ahí.
Mientras permanecía dormido, en su inconsciente, vivió situaciones equivalentes a dos o tres días. Con amaneceres, tardes, ocasos y noches.
No era perfecto, pero era todo lo que él quería.
Lentamente y no de tan buena manera, fue vislumbrando la luz del nuevo día. Quería seguir en el sueño.
Solo habían pasado siete horas desde que se había acostado. Todavía no sonaba el despertador con la radio y el noticiero de las seis.
Una nueva jornada le quedaba por delante. Un día más, un día más cerca de su sueño.
Mientras se calentaba la taza en el microondas, recordaba, incompleto, aquel momento vivido con los ojos cerrados.
En la silla de al lado de la cama dejó su traje, el de la oficina. Tenía varios, pero ese, era el más cómodo. El que más usaba.
Cada día que pasaba, la insatisfacción de no trabajar de lo que había estudiado le pasaba más.
La habitación ya estaba a oscuras, él acostado. Veía a contra luz la silla con el saco encima.
Ese traje, era él mismo. Ese que le daba lástima y bronca. El que no quería ser.
Por eso prefería vestirse para dormir. Vestirse de sueños, ser él, pero haciendo otra cosa, vivir haciendo lo que realmente le gustaba.
Soñaba con eso.
El anhelo de dejar los botones de los puños sin prender, sin corbata y esa sensación de garganta apretada, y como un lujo, no usar cinturón.
A la mañana y a la tarde, caminaba de oficina en oficina, llevando papeles. A la noche le dolían los pies.
Para la hora del almuerzo, comía parado, y comía mal. Esas cosas al paso, le dejaban un agujero en el estomago.
Pero necesitaba la plata, otro trabajo no había en ese momento.
Se dio vuelta para el otro lado y cerró los ojos, casi al instante llegó el sueño y se durmió. Soñó.
Hacía mucho que no soñaba.
Ahora, era él, vestido de jeans y descalzo, con una camisa arremangada, con el cuello sin prender.
Estaba en el jardín de una casa, había algunos árboles, una higuera, un paraíso y un ciruelo grande, el otro árbol no sabía que era.
El ambiente estaba impregnado del olor a tierra mojada, como cuando llueve en verano.
Adentro, en la casa, se escuchaba la vos de una mujer y de por lo menos dos o tres criaturas.
Se miro la manos para saber si era él o no. Era él.
Pensó que era un futuro algo lejano, ya recibido de arquitecto, orgulloso de haber diseñado su propia casa.
Por el paisaje, sabía que era el interior. Esas montañas las había visto desde la ruta en un viaje a Mendoza hacía algunos años. No recordaba el lugar, pero era esa provincia.
Soñando, se aferraba a cada detalle, por más pequeño que fuera, era real, ahí.
Mientras permanecía dormido, en su inconsciente, vivió situaciones equivalentes a dos o tres días. Con amaneceres, tardes, ocasos y noches.
No era perfecto, pero era todo lo que él quería.
Lentamente y no de tan buena manera, fue vislumbrando la luz del nuevo día. Quería seguir en el sueño.
Solo habían pasado siete horas desde que se había acostado. Todavía no sonaba el despertador con la radio y el noticiero de las seis.
Una nueva jornada le quedaba por delante. Un día más, un día más cerca de su sueño.
Mientras se calentaba la taza en el microondas, recordaba, incompleto, aquel momento vivido con los ojos cerrados.
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