El mozo acomodaba cosas en la parte exterior de la barra del bar. Apiló unas servilletas, acomodó las bandejas e hizo el pedido de la mesa nueve.
Cuando se dio vuelta para llevar el pedido a la mesa, las vio entrar. Y ahí se acordó que día era.
Las cuatro mujeres, ocuparon su mesa de siempre, después de dejar el pedido, se acercó con la carta para dejarla sobre la mesa tres. Saludó amablemente y ellas le devolvieron el saludo.
Al rato lo llamaron con una seña, cada una pidió lo que pedía siempre, el hecho de llevarles la carta era algo simbólico.
Se acercó a la barra para hacer el pedido, y la mirada de complicidad de sus compañeros de trabajo le recordó que la reunión de los martes había comenzado.
Así denominaban, los empleados del bar, la particular juntada entre cuatro amigas.
No tenían más de treinta, pero nadie a ciencia cierta sabía la edad de ninguna. Siempre vestidas de forma elegante, pero sin llamar la atención.
Durante las dos horas que se sentaban a charlar, de sus vidas, de sus cosas.
Por lo que los empleados habían escuchado, eran bien organizadas. Lunes para la familia; martes para las amigas; miércoles para el novio, pareja o lo que sea que fuere; jueves día personal, solo para ellas; viernes, salida con compañeros de trabajo; sábado y domingo, la pareja y salir eventualmente con amistades.
Atrás de la barra, tanto el mozo, como el que despachaba café y el encargado, habían dedicado horas de charla a este grupo que se juntaba todos los martes a las seis de la tarde.
Pero esta vez, en particular, la reunión tenía un fin más terapéutico. Una de las integrantes, la de cabellos castaño claro y de ojos oscuros, parecía haber terminado una relación o algo por el estilo.
Cuando el mozo fue a dejar el pedido a la mesa, lo sorprendió que también le pidieran una porción de tora cada una. Ahí pasaba algo serio sospechó.
Entre tanto que dejaba las cosas y anotaba los gustos de las tortas, escuchó un par de frases que le llamaron la atención, la dueña del aparente problema dijo:” Quisiera ser menos complicada, para enamorarme más fácil. Siempre le estoy buscando un pero a todo…” al terminar la frase, agregó: “…si el amor fuera más fácil, yo sería más feliz, en realidad, todo el mundo sería más feliz…”
Mientras cortaba las porciones de torta, se quedó pensando en las frases que había escuchado. Claro, una persona en una situación como esa, la de finalizar una relación, piensa de esa manera, murmuró mientras buscaba tenedores para cada plato.
Fue y dejó las cosas en la mesa. El ánimo seguía igual de cargado que la primera vez.
Quién diría, ellas también tienen problemas, pensó.
Enamorarse es fácil, casi involuntario, pero el complicado es uno, que se deja llevar por ilusiones como si fueran algo concreto. Eso les pasa a todas las personas, decía el mozo para sus adentros.
La cabeza de nuestro protagonista deba vueltas sobre las últimas palabras, hasta que aterrizó en una conclusión: el amor no siempre está ligado a la felicidad, hay veces que el amor duele; no por eso deja de ser amor, pero son esos momentos de amor sin felicidad, los que hacen la vida más complicada. Pero después de todo, amar es una elección, o sea, es uno el que se busca los problemas.
Cuando lo llamaron para pedirle la cuenta, hizo un silencio como si les fuera a decir algo, como si les fuera a decir lo que había estado pensando. Parpadeó y dijo:
- Disculpen, ¿les cobro todo junto cómo siempre?
Cuando se dio vuelta para llevar el pedido a la mesa, las vio entrar. Y ahí se acordó que día era.
Las cuatro mujeres, ocuparon su mesa de siempre, después de dejar el pedido, se acercó con la carta para dejarla sobre la mesa tres. Saludó amablemente y ellas le devolvieron el saludo.
Al rato lo llamaron con una seña, cada una pidió lo que pedía siempre, el hecho de llevarles la carta era algo simbólico.
Se acercó a la barra para hacer el pedido, y la mirada de complicidad de sus compañeros de trabajo le recordó que la reunión de los martes había comenzado.
Así denominaban, los empleados del bar, la particular juntada entre cuatro amigas.
No tenían más de treinta, pero nadie a ciencia cierta sabía la edad de ninguna. Siempre vestidas de forma elegante, pero sin llamar la atención.
Durante las dos horas que se sentaban a charlar, de sus vidas, de sus cosas.
Por lo que los empleados habían escuchado, eran bien organizadas. Lunes para la familia; martes para las amigas; miércoles para el novio, pareja o lo que sea que fuere; jueves día personal, solo para ellas; viernes, salida con compañeros de trabajo; sábado y domingo, la pareja y salir eventualmente con amistades.
Atrás de la barra, tanto el mozo, como el que despachaba café y el encargado, habían dedicado horas de charla a este grupo que se juntaba todos los martes a las seis de la tarde.
Pero esta vez, en particular, la reunión tenía un fin más terapéutico. Una de las integrantes, la de cabellos castaño claro y de ojos oscuros, parecía haber terminado una relación o algo por el estilo.
Cuando el mozo fue a dejar el pedido a la mesa, lo sorprendió que también le pidieran una porción de tora cada una. Ahí pasaba algo serio sospechó.
Entre tanto que dejaba las cosas y anotaba los gustos de las tortas, escuchó un par de frases que le llamaron la atención, la dueña del aparente problema dijo:” Quisiera ser menos complicada, para enamorarme más fácil. Siempre le estoy buscando un pero a todo…” al terminar la frase, agregó: “…si el amor fuera más fácil, yo sería más feliz, en realidad, todo el mundo sería más feliz…”
Mientras cortaba las porciones de torta, se quedó pensando en las frases que había escuchado. Claro, una persona en una situación como esa, la de finalizar una relación, piensa de esa manera, murmuró mientras buscaba tenedores para cada plato.
Fue y dejó las cosas en la mesa. El ánimo seguía igual de cargado que la primera vez.
Quién diría, ellas también tienen problemas, pensó.
Enamorarse es fácil, casi involuntario, pero el complicado es uno, que se deja llevar por ilusiones como si fueran algo concreto. Eso les pasa a todas las personas, decía el mozo para sus adentros.
La cabeza de nuestro protagonista deba vueltas sobre las últimas palabras, hasta que aterrizó en una conclusión: el amor no siempre está ligado a la felicidad, hay veces que el amor duele; no por eso deja de ser amor, pero son esos momentos de amor sin felicidad, los que hacen la vida más complicada. Pero después de todo, amar es una elección, o sea, es uno el que se busca los problemas.
Cuando lo llamaron para pedirle la cuenta, hizo un silencio como si les fuera a decir algo, como si les fuera a decir lo que había estado pensando. Parpadeó y dijo:
- Disculpen, ¿les cobro todo junto cómo siempre?
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