lunes, 23 de agosto de 2010

Mar de las discordias

Habían llegado hacia un rato. Ella se bajó del auto ni bien se apagó el motor.
Mientras ella abría la puerta del frente, él fingía escuchar la radio para no bajar. Apretaba el volante con ambas manos, estaba tenso.
Después del barrio de la Boca, ése era el peor lugar del mundo, según él.
“Mar de las discordias” le había puesto. Porque había mar, y había discordias.
Sí bien, no era un sitio feo, cada vez que iba, era porque las cosas no estaban bien con su esposa.
Se habían casado hacía seis años. Poco y nada a comparación de otros.
Tuvieron un noviazgo sin sobresaltos, ese fue el tiempo más feliz, tenía los mejores recuerdos de esos dos años. Aunque ella prefería decir que habían sido diecinueve meses.
Esa era una diferencia menor, pero, a estas alturas, las diferencias menores eran detonadores de contiendas.
Su mejor amigo, que se había casado con su hermana, vivían bien. Por lo menos mejor que él. Eso pensaba, por lo que veía de afuera. Pero cada matrimonio es un universo aparte.
Disimulaba su calvario personal siendo amable con todo el mundo, pero en la casa no le hablaba. No decía una palabra, podían pasar horas. Sabía que eso la demolía.
Ella, no era menos. Cualquier oportunidad para atacar su orgullo era buena. Sus comentarios eran cargados de sarcasmo e ironía. Socavaban su autoestima.
Cada uno con su arma. Cada uno de su lado. Compartir la casa no los hacía una sola persona.
Le habían comentado que en el matrimonio había una crisis al año, otra después a los cinco, y ni hablar si llegaban a tener hijos.
Tal vez si le hubieran dicho eso antes de casarse, no hubiera aceptado.
Ahora solo le quedaba aceptar la realidad tal cual era. Llena de complicaciones, de peleas, con pocos momentos de tranquilidad y una paz demasiado frágil.
Por suerte o por desgracia, su familia tenía una casa en la costa, en un bonito lugar. Playa, bosque, tenía lo que le gustaba a los dos, sólo que por la mitad, como siempre.
Ella ya había abierto los ventanales del living, él no se había movido del asiento del conductor.
El viaje, dentro de todo, había resultado en paz.
Paz muy similar a la que suelen tener los judíos con los palestinos.
Cada vez que venían a la casa de la costa, era por algo serio, esta vez no era la excepción.
Hacia una semana que dormía en el sillón. Ella no lo había echado de la habitación, pero, estaba cansado de su compañía. Peleaban por cualquier cosa. Todo entre ellos estaba en un permanente estado de crispación.
Mar de las discordias, era para ellos el lugar para reconciliarse, o por lo menos era lo que ella le decía.
En seis años, ya habían estado siete veces en esa casa. Las últimas dos ese mismo año.
Esta vez, no se quería bajar del auto. Se quería separar, ya no la soportaba. Quizás el amor había llegado a la fecha de su vencimiento.
Cuando pensaba en sus padres que llevaban cuarenta y siete años de casados, no entendía por qué él no podía pensar en llagar, aunque sea a los diez.
En su cabeza tenía un dialogo interno con varias partes de él mismo, todas querían decirle algo, algún detalle importante, distintas sensaciones y sentimientos arremetían en su pecho.
Llegó a la conclusión que se quería separar, pero, a la vez, no quería ser el culpable de sus sufrimientos. No quería romper lo que habían construido entre los ambos.
Por eso, decidió que únicamente se iba a separar si ella se lo pedía. Era una forma cobarde de hacer las cosas.
Ella lo miraba desde la ventana, ya había pasado una hora desde que ella se bajo del auto.
Justo en ese momento, cruzaron miradas por un instante.
Las cosas todavía estaban adentro del auto.
Salió de la casa, caminó lento hasta el coche, abrió la puerta y se sentó. Puso su mano izquierda sobre la mano derecha de él, que todavía estaba sobre el volante.
- ¿Entramos? – Dijo ella buscando que sus ojos la miraran.-


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