Guardaba en el cajón más importante su anhelo más preciado.
La esperanza que llegara alguien a su vida, para cambiarla, para hacerla mejor. Para que todo sea mejor.
Buscaba esa sorpresa en las personas que le atraían, le gustaban, le resultaban interesantes.
Las que al principio, al conocerlas, pensaba que eran perfectas para su persona.
No muy seguido, pero cada tanto, cuando aparecía alguien especial. Sacaba su ilusión del cajón, la desempolvaba y la exhibía a los más cercanos.
Sus amistades más íntimas conocían ese comportamiento, ya no le decían nada.
Hacía mucho, alguien, le había dicho que los cambios, los reales, comenzaban desde adentro. No desde afuera. Que las personas no debían cambiar por otras personas sino por una necesidad personal de superación, de mejorar por y para ellas mismas.
La probabilidad que llegara alguien a su vida para cambiar su vida era mínima.
Creía que las ilusiones, no tenían nada de racional. Que ilusionarse era creer en la probabilidad más pequeña.
Según su punto de vista, las probabilidades colaboran mucho con las ilusiones.
Porque mientras más pequeña fuera la probabilidad, más grande iba a ser la ilusión. Algo así como una compensación.
Ella no veía ridículo que llegara un príncipe azul a su vida, no era tonta, era algo poco probable y lo sabía. Pero no resignaba su ilusión.
Cuando tenía ratos largos de soledad, se ponía a pensar en las veces que se había roto el tesoro del cajón.
Su temor más grande era que eso volviera a suceder.
Confiar en alguien nuevamente, darle todo de sí misma, y descubrir poco a poco que era todo una mentira. Que su propia ilusión la había llevado a crear una fantasía, y la fantasía al fracaso.
De algún modo, también, tenía el temor de estar hipotecando su presente por una ilusión, que a largo plazo la dejara sin un futuro.
Esperar a que algo sucediera, era una opción. Las otras opciones, quizás, no eran para ella. O tal vez, ella no tenía opciones.
Sostenía el argumento que, lo que sucediera en su vida, tendría que ser de forma natural. La oportunidad la tenía que tomar a ella, y no ella a la oportunidad.
Después de todo, su ilusión era su oportunidad.
La esperanza que llegara alguien a su vida, para cambiarla, para hacerla mejor. Para que todo sea mejor.
Buscaba esa sorpresa en las personas que le atraían, le gustaban, le resultaban interesantes.
Las que al principio, al conocerlas, pensaba que eran perfectas para su persona.
No muy seguido, pero cada tanto, cuando aparecía alguien especial. Sacaba su ilusión del cajón, la desempolvaba y la exhibía a los más cercanos.
Sus amistades más íntimas conocían ese comportamiento, ya no le decían nada.
Hacía mucho, alguien, le había dicho que los cambios, los reales, comenzaban desde adentro. No desde afuera. Que las personas no debían cambiar por otras personas sino por una necesidad personal de superación, de mejorar por y para ellas mismas.
La probabilidad que llegara alguien a su vida para cambiar su vida era mínima.
Creía que las ilusiones, no tenían nada de racional. Que ilusionarse era creer en la probabilidad más pequeña.
Según su punto de vista, las probabilidades colaboran mucho con las ilusiones.
Porque mientras más pequeña fuera la probabilidad, más grande iba a ser la ilusión. Algo así como una compensación.
Ella no veía ridículo que llegara un príncipe azul a su vida, no era tonta, era algo poco probable y lo sabía. Pero no resignaba su ilusión.
Cuando tenía ratos largos de soledad, se ponía a pensar en las veces que se había roto el tesoro del cajón.
Su temor más grande era que eso volviera a suceder.
Confiar en alguien nuevamente, darle todo de sí misma, y descubrir poco a poco que era todo una mentira. Que su propia ilusión la había llevado a crear una fantasía, y la fantasía al fracaso.
De algún modo, también, tenía el temor de estar hipotecando su presente por una ilusión, que a largo plazo la dejara sin un futuro.
Esperar a que algo sucediera, era una opción. Las otras opciones, quizás, no eran para ella. O tal vez, ella no tenía opciones.
Sostenía el argumento que, lo que sucediera en su vida, tendría que ser de forma natural. La oportunidad la tenía que tomar a ella, y no ella a la oportunidad.
Después de todo, su ilusión era su oportunidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario