miércoles, 4 de agosto de 2010

N/N

Cuando se le complicaba mucho ser él mismo, pretendía ser otro, para que el ardor que llevaba adentro se aplacara. Se distraía pensando como si fuera alguien más, a cerca de los problemas de otras personas que serian más difíciles que los suyos.
El problema, en realidad, era su adicción. Que conllevaba una red de mentiras de varios colores, sostenida en varios lugares y con algunas deudas que la hacían más frágil aún.
Le molestaba que lo miraran con lástima, como a un enfermo. No estaba enfermo, todavía, era adicto. Cuando le decían que era una verdadera pena que arruinaba su futuro, siendo tan inteligente, él miraba con desdén.
Su futuro era cosa única y exclusivamente de su pertenencia, sabía perfectamente el rumbo de sus decisiones. Y no tenía que rendirle cuentas a nadie.
Ahora estaba apoyado en un zaguán, le faltaba una zapatilla y todavía le sangraba la ceja, después de una pelea la noche anterior.
Vivir en la calle era complicado. No tener qué comer y robar para hacerlo fue todo un proceso que le había costado mucho asimilar, pero cuando el hambre le ganó, tuvo que hacerlo.
Hacía frío, no tenía campera. Unos pibes se la robaron la noche anterior, cuando se comió esa paliza.
Por primera vez pensó que estaría mejor en una comisaría. Cuando vio un patrullero le dieron ganas de subirse corriendo, pero no tenía fuerzas para moverse.
Sabía que, antes de que salga el sol, el portero de ese edificio lo iba a correr para baldear.
Llevaba cuatro días sin comer, pero esa noche, el frío le ganaba al hambre.
Por sobre todo eso, quería consumir un poco más. Aunque decía para sí mismo que no podía estar más consumido.
Cuando cerró los ojos, supo que lo esperaban los infiernos de “La divina comedia”. De a poco resbalaba del escalón del zaguán. Esta vez, el hijo prodigo no iba a volver como las otras veces. Lástima que no me pude despedir, pensó.
El encargado lo encontró y llamó a la policía.
Después de tres semanas, nadie había reclamado su cuerpo. La etiqueta decía N/N.

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