Adentro tenía una colección bastante completa de sentimientos enfrascados. A lo largo de su vida los había ordenado de diferentes maneras, por fecha, receptor, emisor, y de varias maneras más que los demás no entenderían.
Ahora estaban agrupados en dos grupos. Los gratos y los ingratos. Los dos estantes de abajo eran para los ingratos, había tres estantes vacios y en el último de arriba estaban los gratos.
Cada tanto, entraba al cuarto donde estaban los frascos para mirarlos y recordar, dependiendo de su estado de ánimo, miraba los de arriba o los de abajo.
Ese día, el calendario se llevaba un mes más. El año se encaminaba a las estaciones agradables. Pero, ni eso, cambiaba su estado de taciturnidad.
Mucho tiempo mirando sentimientos enfrascados, le había robado la ilusión de vivir cosas nuevas, como si tuviera el alma vieja y cansada.
Conocía la vida de los enamorados, pero nunca conoció la de los amantes. Porque entendía que la coexistencia de los enamorados no tenía nada que ver con la convivencia de los amantes.
Dos personas puede existir a la vez es muy distinto de vivir en compañía de otra persona, esa, sostenía que era la diferencia, que para compartir la vida con otra persona no alcanzaba con estar enamorados.
En sus tardes de ventanas frías y tazas de café caliente, era cuando mas extrañaba tener a alguien al lado. Pero inmediatamente, su mente paseaba por los frascos del último cuarto de la casa, y su sensación cambiaba drásticamente. Antes de sufrir prefería estar sola.
Sabía que su mayor obstáculo estaba en esa repisa. Guardar cosas así no hacia bien, pero era todo lo que tenía para aprender de sus errores. Y aferrarse a las cosas buenas que le dejó la vida, todavía le dejaba ver una luz de esperanza para ella.
Era algo cruel lo que se hacía a ella misma.
Mucho tiempo había pensado en deshacerse de su colección y varias veces lo había intentado, pero era más fuerte que ella. El miedo a volver a confiar y a sufrir le ganaban. Esperaba poder amar, pero enamorarse le daba miedo.
Se definía como una persona muy racional, pero vivía con los sentimientos a flor de piel. Era una persona que se había acostumbrado a la soledad. Que, como todos los que se acostumbran, lo hacen a la fuerza.
Si a duras penas, gracias a los frascos, podía recordar los últimos besos, los últimos abrazos, y aquella vez que sus dedos se fueron de su mano.
A la vez, no podía olvidar la furiosa discusión del final de todas las cosas.
Todo eso y más vivía en ella como un presente continuo, que nadie, más que ella misma, elegía vivir.
Para los demás era evidente, ella era un rejunte de sentimientos enfrascados, que habían fermentado, pero no se daba cuenta.
Por eso sus amistades no le decían nada, ya no trataban de ayudarla. Bastaba que alguien dijera algo, para que se destapara algún frasco y el olor a recuerdo cambiara el ambiente.
Por lo general nadie tocaba temas del corazón con ella, o cuando ella estaba en el grupo. Porque para sus amigos era muy difícil charlar con alguien que se dejó contaminar por malos recuerdos.
Ahora estaban agrupados en dos grupos. Los gratos y los ingratos. Los dos estantes de abajo eran para los ingratos, había tres estantes vacios y en el último de arriba estaban los gratos.
Cada tanto, entraba al cuarto donde estaban los frascos para mirarlos y recordar, dependiendo de su estado de ánimo, miraba los de arriba o los de abajo.
Ese día, el calendario se llevaba un mes más. El año se encaminaba a las estaciones agradables. Pero, ni eso, cambiaba su estado de taciturnidad.
Mucho tiempo mirando sentimientos enfrascados, le había robado la ilusión de vivir cosas nuevas, como si tuviera el alma vieja y cansada.
Conocía la vida de los enamorados, pero nunca conoció la de los amantes. Porque entendía que la coexistencia de los enamorados no tenía nada que ver con la convivencia de los amantes.
Dos personas puede existir a la vez es muy distinto de vivir en compañía de otra persona, esa, sostenía que era la diferencia, que para compartir la vida con otra persona no alcanzaba con estar enamorados.
En sus tardes de ventanas frías y tazas de café caliente, era cuando mas extrañaba tener a alguien al lado. Pero inmediatamente, su mente paseaba por los frascos del último cuarto de la casa, y su sensación cambiaba drásticamente. Antes de sufrir prefería estar sola.
Sabía que su mayor obstáculo estaba en esa repisa. Guardar cosas así no hacia bien, pero era todo lo que tenía para aprender de sus errores. Y aferrarse a las cosas buenas que le dejó la vida, todavía le dejaba ver una luz de esperanza para ella.
Era algo cruel lo que se hacía a ella misma.
Mucho tiempo había pensado en deshacerse de su colección y varias veces lo había intentado, pero era más fuerte que ella. El miedo a volver a confiar y a sufrir le ganaban. Esperaba poder amar, pero enamorarse le daba miedo.
Se definía como una persona muy racional, pero vivía con los sentimientos a flor de piel. Era una persona que se había acostumbrado a la soledad. Que, como todos los que se acostumbran, lo hacen a la fuerza.
Si a duras penas, gracias a los frascos, podía recordar los últimos besos, los últimos abrazos, y aquella vez que sus dedos se fueron de su mano.
A la vez, no podía olvidar la furiosa discusión del final de todas las cosas.
Todo eso y más vivía en ella como un presente continuo, que nadie, más que ella misma, elegía vivir.
Para los demás era evidente, ella era un rejunte de sentimientos enfrascados, que habían fermentado, pero no se daba cuenta.
Por eso sus amistades no le decían nada, ya no trataban de ayudarla. Bastaba que alguien dijera algo, para que se destapara algún frasco y el olor a recuerdo cambiara el ambiente.
Por lo general nadie tocaba temas del corazón con ella, o cuando ella estaba en el grupo. Porque para sus amigos era muy difícil charlar con alguien que se dejó contaminar por malos recuerdos.
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