sábado, 30 de octubre de 2010

Perder el sueño

Caminaba por la calle escuchando música cuando la vio. Estaba sentada en un zaguán llorando, mientras hablaba por teléfono.
De cabello oscuro y ondulado, ojos verdes colorados por las lágrimas, una blusa blanca con bordados en el frente.
Le llamó poderosamente la atención la manera en la que las gotas surcaban furiosamente su cara. Ella no hablaba, escuchaba lo que parecía ser un discurso del otro lado del teléfono.
Quizás prestó mucha atención, porque en un momento ella fijó los ojos en él, un instante de curiosidad mutua. El observador y la observada.
Dos esmeraldas brillosas por las lágrimas. Una mirada que podía penetrar el acero. Fría, pero con muchos sentimientos, esos ojos eran un huracán.
La escena duró unos breves instantes de la existencia colectiva, el transito en la calle era mucho como para detenerse a mirar o a prestar atención a algo que no estaba dentro de recorrido.
Él siguió su camino, terminó la jornada de trabajo y se volvía en el tren a su casa. No podía sacarse de la mente la imagen de esta mujer llorando. Le intrigaba el motivo del llanto, una discusión, el fallecimiento de alguien, tal vez la habían despedido del trabajo, o alguien cercano había sufrido algún accidente. Se le podían ocurrir miles de motivos por los cuales alguien que hablaba por teléfono llorase.
Pero esa mirada furiosa lo había hipnotizado. Ojalá hubiera atinado a hacer algo, un mínimo detalle cómo alcanzarle un pañuelo para que se seque las mejillas.
Miraba distraído por la ventanilla, el tren pasaba de estación en estación, faltaba poco para llegar a destino. Estaba cansado por la actividad del día.
Se arrepentía de no haberse acercado a la dama de las lágrimas. Pero por otro lado, era ilógico pensar en acercarse a una mujer en esas condiciones. ¿Qué hubiera hecho? ¿Qué le hubiera dicho?
Cuando se bajó del tren, todavía seguía pensando en aquella desconocida de ojos húmedos. Y con el extraño sentimiento que tendría que haber hecho algo, pero vaya a saber porque no hico nada.
Trató de despejarse en las cuadras que le quedaban hasta su casa. Pero no tuvo mucho éxito en eso. Justo cuando le faltaban unos pocos metros para doblar la esquina y llegar a su hogar, vio a otra mujer que caminaba por la vereda de enfrente llorando. En este caso no hablaba por teléfono, lloraba en la calle igual que la primera.
Tenía que ser una coincidencia, quizás había sido un día complicado para mucha gente, en especial para esas dos mujeres, pensó.
Comió, se duchó y se acostó. El cansancio le ganó a las ganas de pensar y se durmió enseguida.
Se despertó una hora antes que sonara el despertador. Había soñado con la mujer que hablaba por teléfono y lloraba.
En el sueño, la mujer lo paraba por la calle, después de cruce de miradas y le recriminaba porque no la había ayudado. Él no supo cómo reaccionar ante semejante demanda. Le ofreció un abrazo, pero ella lo rechazó.
En la segunda parte del sueño, ella le volvía a hablar, pero esta vez le preguntaba por qué la miraba. Y en un tono amenazante le decía que se fuera o que llamaría a la policía.
Por último, la tercera parte del sueño, ella lo frenaba en la calle y lo abrazaba sin decirle nada y después se iba caminando, sin volver a mirarlo.
No se pudo volver a dormir. Daba vueltas en la cama como una criatura. ¿Por qué había soñado eso? El hecho de haberse sobresaltado en su descanso por un sueño así lo fastidiaba. Cómo podía ser que un simple acto de observación callejera le robara tiempo de su vida. Se negaba a aceptarlo.
Esperó a que sonara la alarma para levantarse. Desayunó de mala gana, y antes de salir de su casa para ir a trabajar, se prometió a sí mismo no volver a mirar a nadie llorando en la calle, por las dudas de volver a perder el sueño.

El derrumbe

Una vez más la incertidumbre se respira en la habitación. Persianas a medio cerrar, las ventanas sin cortinas dejaban pasar la tenue luz de la luna, y su sequito de estrellas, que se escondían sin intención detrás de las nubes nocturnas teñidas por el resplandor de la cuidad.
A penas se oía el transito en la calle, sin embardo, en su interior era todo lo contrario. Las ideas, sentimientos y pensamientos sacudían el transito interno de su existencia.
La distancia entre quien era y quien pretendía ser una vez más se agranda. Pero en esta ocasión pudo ver con sus propios ojos cómo se rompió su espejo interior. Era ella frente a su reflejo resquebrajado, lloviendo en fragmentos al suelo.
Su autoestima estaba dañada, con daños estructurales y corría riesgo derrumbe.
Durante toda aquella tarde, la mampostería de su edificio se había ido desprendiendo de sus paredes exteriores. Todo lo que consideraba algo para apreciar, lo bello de su vida se precipitaba al suelo y se destruía en miles de pedazos. Poco a poco menospreciaba su propia belleza, descartando de sí incluso aquello que todavía seguía sostenido a los muros.
Esa tarde nefasta quería borrarla de su vida. Ojala las lágrimas apretadas contra la almohada pudieran lavar el pasado. Humedecer la tinta del libro de la memoria, para que las palabras tengan menos peso, y con el tiempo sean ilegibles.
Toda esa angustia guardada. Todas esas frases innecesarias retumbando solo para lastimar.
Cuando se había levantado esa mañana, tan feliz, con tanto por hacer, nunca imaginó que ese día estaba marcado en su calendario como el día de su derrumbe personal.
No tenía antecedentes en su memoria de algo similar. Pelearse con su pareja, y terminar, diciéndose muchas cosas hirientes. Todos los reproches de un hombre cansado le habían resultado mucho.
Tal vez tenía razón, ella no era para él. Pero no podía negar lo que seguía sintiendo.
Quizás lo que no esperaba era la actitud de sus mejores amigos, los que le daban la razón a él. Según su amigo, ella lo había ahogado con caprichos y exigencias con las que, ni ella misma, pensaba cumplir. Era lógico que la dejara.
El otro únicamente le dijo:
- Los hombres te dicen que se cansaron cuando no hay forma de remontar la situación, vos no te das idea de todo lo que tiene que pasar para que un hombre diga eso. Sí lo cansaste, mejor olvidarse de pensar en volver.
Nunca antes había sido rechazada, nunca antes le habían corrido la boca cuando buscaba un beso. Tampoco le había despreciado un abrazo.
El viento de la tempestad que vivía dentro y fuera de sí había arrancado las ilusiones como hojas secas del árbol de los deseos.
Su proyección del futuro se desvanecía como la niebla al medio día.

domingo, 24 de octubre de 2010

El caso Foster (Parte II)

Un teléfono verde sonaba arriba de un escritorio de madera de roble con muchos papeles arriba.
En la oficina no había nadie. Sólo había una radio encendida que daba la apariencia de haber gente ahí.
A la sexta vez, una persona de uniforme marrón entro y contestó el teléfono de una manera poco gentil.
La voz del otro lado del teléfono le resultaba familiar, la reconoció al instante, pero la noticia le demudó el semblante.
El comisario Baxter se puso los anteojos de sol plateados, salió de la oficina con el sombrero en la mano, caminó unos pasos por el pasillo hasta los escritorios. Hizo una seña a sus oficiales, no dijo una sola palabra y salió del edificio.
Ya en el auto, informó primero a sus dos oficiales, que estaban en el automóvil con él a cerca de la situación. Luego tomó la radio y dio aviso a las autoridades del condado.
Todos viajaban callados, mirando el desteñido del paisaje de fines de otoño.
Las autoridades tardarían al menos unas cuatro horas en llegar a la finca Foster. El sitio no era inaccesible, pero estaba lejos de la ruta más cercana.
Bill Evans vio acercarse la patrulla por el espejo retrovisor de su camioneta, pero no se bajó del vehículo hasta que uno de los oficiales no se acercó a él.
De inmediato, el comisario se paró junto a él y le comenzó a hacer toda clase de preguntas, al parecer de rutina en esos casos.
Mientras tanto los dos oficiales que acompañaban a Baxter revisaban las instalaciones de la finca en busca de de algo que les pareciera sospechoso. Pero por las expresiones de sus rostros se podía ver claramente que estaban desorientados en esa labor.
Cuando Evans terminó de responder las preguntas, Baxter le pidió que lo llevara al lugar dónde había encontrado los cuerpos.
Entraron juntos, pero en el pasillo era el amigo de Walter Foster él que caminaba adelante. Cuando llegaron a la última puerta del pasillo, el comisario puso un pañuelo en su mano derecha y empujó la puerta con el puño envuelto en ese pesado de tela.
A simple vista los cuerpos parecían acomodados sobre la cama después de haber sido asesinados. El corte en sus cuellos era muy profundo, se podía ver claramente sus gargantas abiertas. El charco de sangre seca se extendía por casi todo el colchón.
El comisario no quiso ver más, ni permanecer en aquel lugar mucho más tiempo, para no ensuciar la escena del crimen.
Miró a Evans y con una leve seña con el mentón le insinuó retirarse del lugar. Evans entendió rápidamente y ambos salieron de la habitación.
Cuando salieron de la casa, los dos oficiales estaban conversando con un periodista local, el único que había en el pueblo. Era el que escribía en la sección de policiales en el periódico del condado. Baxter se molestó mucho con aquel hombre, lo amenazó con arrestarlo si no se marchaba del lugar, y le dijo que al día siguiente le daría la información que necesitaba, pero en la oficina, no allí porque era la escena del crimen.
Evans preguntó si podía irse, pero el comisario le dijo que tenía que esperar hasta que llegaran los investigadores, ellos le dirían cuando se podía marchar. Mientras tanto había que esperar hasta que llegaran.
El periodista miró a Evans, y este le devolvió la mirada, después se subió a su auto para salir de la propiedad Foster y esperar afuera de ella, para ver que acontecía.

El caso Foster (Parte I)

Se levantaba de los confines de la tierra con su voluntad inquebrantable, innegable para toda la creación de Dios. Su luz se escurría entre las ramas sin hojas de los árboles en otoño.
Poco a poco las sombras nocturnas se disipaban, dándole paso a los colores de la naturaleza. Escasos tonos de verde, la tierra del camino era una mezcla de marrón y gris, los pastizales apenas maquillados por un leve rubor verdoso, fruto las primeras heladas antes del invierno. Ya los campos usados para sembradíos tenían su típico color amarillo. Los pocos árboles con follaje le daban apenas un poco de vida al paisaje.
Se escuchaban los primeros cantos de las aves que suelen entonar cuando el sol despierta sus nidos.
La mañana estaba en el momento en el que la claridad no calienta.
El viento había soplado toda la noche, y de día no estaba cansado para seguir haciéndolo.
Todo se encaminaba hacia un invierno más en la finca Foster.
Ubicada en medio de de una vasta llanura fértil, tenía una caballeriza para seis caballos pero había apenas dos, que estaban relativamente flacos. Un granero pequeño de cinco por diez metros, lleno de paja y heno. Un corral de veinte metros de diámetro, aproximadamente, lleno de ovejas. Unas jaulas con conejos. Un gallinero cercado por un alambre no muy alto.
La casa era un gran cuadrado, con una galería cubierta en el frente. Las paredes eran de madera y el techo de chapa acanalada. Adentro había tres dormitorios, pero solo se usaba uno, dos baños, uno pequeño y otro grande. Una cocina modesta y una austera sala de estar.
El detalle a la casa se lo daba el techo pintado de rojo, y los marcos de las ventanas y las puertas exteriores del mismo color.
En la parte posterior de la casa había un tanque australiano que era alimentado por un molino, el mismo que proveía de agua la casa.
Hacía varios días que no había movimiento en aquel lugar. Las puertas y ventanas estaban cerradas.
Cerca del medio día, una camioneta entro por el camino hacia la casa de techo rojo. Era el vecino, Bill Evans, que hacía su visita semanal de los días jueves, para charlar con su amigo de toda la vida Walter Foster.
Cuando llegó a la puerta, le asombró que la galería estuviera llena de tierra y hojas secas. Eso era raro porque la esposa de Walter mantenía la casa muy limpia. Supuso que estaba así porque ella debía estar en cama con algún achaque de salud.
Bill golpeó la puerta suavemente, pero nadie le contestó. Intentó dos veces más pero sin éxito, nadie le atendió.
Eso le pareció un tanto extraño, dado a que su amigo era una persona muy atenta.
Caminó por el costado de la casa hasta llegar a la parte de atrás. La camioneta de los Foster estaba ahí, con las llaves puestas, como siempre. Los animales estaban todos en sus respectivos lugares, corrales y establos. El único que faltaba era el perro, Linus. Bill pensó que la mascota estaría adentro como era costumbre.
Volvió a la puerta del frente, y golpeó nuevamente. Otra vez nadie atendió.
Solamente por curiosidad, pero un poco asustado, decidió entrar a la casa para ver si estaban ahí.
Cuando entró, vio que la sala estaba en orden, la cocina también, pero las paredes guardaban un extraño olor rancio.
Caminó por el pasillo que da a los cuartos, el primero, estaba cerrado con llave, el segundo tenía la puerta abierta de par en par y estaba totalmente vacío.
El último cuarto al final de pasillo tenía la puerta entre abierta, caminó aun más despacio hasta llegar a pocos centímetros del umbral, su corazón latía fuerte, casi se podía escuchar fuera de su cuerpo, empujo la puerta con un dedo, y allí vio sobre la cama matrimonial, los cuerpos de Walter y su esposa con la garganta cortada.
La escena lo paralizó.
Cuando por fin recobró la noción de las cosas, salió del cuarto. Trató de calmarse y pensar en lo que debía hacer. Inmediatamente fue a la sala, tomó el teléfono y llamó a la policía para informar de la situación.

viernes, 22 de octubre de 2010

Sabios egoístas

En aquella despedida me encontré conmigo mismo. El entendimiento del propio ser a partir de la soledad. Una libertad encausada al egoísmo, aparentemente, pero no es así. Egoísmo sería obligar a alguien a querer cuando ya no quiere querer.
Por otro lado, existe el egoísmo en la soledad, cuando se priva a los demás de nuestra compañía.
Sin embargo, nadie puede obligar a otro a no ser egoísta.
A veces, es necesario ser egoísta, porque cuando nadie piensa en uno, es mejor ser un poco egoísta. El equilibrio entre lo que quiero, y lo que los demás quieren; entre lo que quiero de otros y otros quieren de mi.
Las despedidas parecen, de lejos, un encuentro egoísta de dos personas que se dicen adiós, cuando en realidad es el justo equilibrio de las cosas.
El egoísmo de la otra persona, o el de uno mismo, es el que no deja partir al otro. O lo que supuestamente hace que la gente se extrañe.
Puede ser que el extrañar, también, tenga su principio en un egoísmo no desarrollado, es decir: “se extraña a alguien que ya no está, y se extraña porque existe la ilusión que esa persona vuelva”.
Claro está, que se puede extrañar de formas más sanas, o bien no hacerlo, pero todo eso es una cuestión de decisión, acerca de qué hacer después del adiós.
Los egoístas se encuentran para despedirse, y para saludarse a sí mismos y a sus propias vidas nuevamente.
Aquellos que saben decir adiós por un bien mayor, el suyo propio, son sabios egoístas.

martes, 19 de octubre de 2010

Sin acompañantes

La difícil sensación de extrañar, sin destinatario. ¿Qué se extraña cuando no hay nadie para extrañar?
Días de soledad, mañanas de incertidumbre, tardes sin charlas, noches para estar ocupado en otras cosas, ajenas a uno mismo para no pensar.
El hábil engaño de los mismos sentimientos que están en disputa con la racionalidad de buscar la paz en la tranquilidad. Que no es lo mismo que la soledad.
La parte difícil, era, aparentemente, permanecer en silencio. Resulta fácil permanecer así para los demás, pero en el interior los intereses debaten sí es lo mejor.
La compañía cansa, la ausencia también.
Siempre hay un buen motivo para estar sin acompañantes, cuando estos son personas que hacen daño.
Pensamientos como estos eran los que Magdalena resucitaba cada vez que tenía que salir de su casa para ir a algún evento, en este caso un casamiento.
Cuando tenía que elegir que ponerse, lo hacía sin ganas, porque le faltaba un motivo, o alguien que motivara su buen vestir.
No por eso, iba mal vestida pero sí lo hacía a desgano.
Fruto de sus fracasos, miedos que fue juntando con los años, de experiencias propias y ajenas, le hacían pensar que las relaciones, las buenas la esquivaban.
Se sentía carente de fortuna para el amor. Muy distinto a su hermano y hermana mayor, quienes ya estaban casados, tenían hijos y aparentemente vivían felices. Con peleas como todo el mundo, pero al menos, tenían a alguien con quien pelear y amigarse. Eso era importante.
Sus padres llevaban treinta y seis años de matrimonio. No todo fue color de rosa, pero se tenían el uno al otro. Y así habían logrado pasar las peores crisis, desde las económicas hasta las emocionales.
Después de tanto tiempo juntos, ella los tenía como su ejemplo más fiel de lo que las relaciones debían ser.
Esta vez no había ido a la peluquería, decidió plancharse el pelo ella misma. No había excusa para eso, tenía el tiempo y el dinero. Tal vez la dejadez y el desgano le habían ganado, no por primera vez, pero sí para arreglarse.
Al menos se había comprado un vestido nuevo, tampoco era repetir vestido. Los zapatos tenían solamente dos posturas, casi nuevos.
Había comprado un vestido sencillo, color naranja clarito, le combinaba con la piel, ni muy pálida ni muy tostada. Una base liviana de maquillaje, que casi parecía al natural. No realzaba sus rasgos.
Ojos ámbar, manos delicadas, piernas delgadas y hombros pequeños. Así se describía ella.
Este, no era el primer evento sin acompañantes. Era el tercer casamiento que iba sola. Después de un par de años de salir con el primero que se lo proponía. Le pareció más acertado estar un tiempo en soledad. El problema era que se había acostumbrado a eso, a estar sola. Sufría menos, decía.
En el fondo, la soledad le era una carga, porque después de tanto tiempo sola, creía que no tenía nada para dar, nada que brindar a otros, que nadie disfrutaba de su compañía.
Ya estaba en la puerta, dispuesta a entrar. Cambió su cara, y a disimular una vez más una vida sin acompañantes.

Nuestros propios frutos

Desperté cuando el sol ya estaba arriba. Me llamó la atención que el resplandor también iluminara la sombra bajo la cual estaba.
El follaje verde oscuro me cubría la humedad de la noche y de la fuerte luz del medio día. Cerré los ojos y agradecí al cielo por mi árbol una vez más.
Me puse en pie y caminé alrededor, todo estaba como el día anterior. La emoción de la normalidad de llenó de satisfacción.
No recuerdo cuando, sé que fue hace mucho tiempo, una mañana abrí los ojos y estaba recostado sobre las raíces de un árbol no muy grande. No tenía a donde ir. Instintivamente decidí permanecer donde me encontraba.
Cuando fue terminando la primera temporada cálida, tuve que decidir permanecer allí o buscar otro lugar, pero la intriga de saber qué pasaría si me quedaba me venció.
El primer otoño fue raro, no sabía qué hacer, poco a poco las hojas se fueron desprendiendo de las ramas, así descubrí que no era un árbol perenne. Junto con árbol me vi sujeto a la voluntad del clima. Así fue como el primer invierno viví el mismo frío que cualquier otra criatura bajo el firmamento.
Con el paso de los años, me fui acostumbrando a estar sujeto a las estaciones, a las noches calurosas sin viento, las tardes con sombra y en soledad, mañanas de respirar el rocío sobre el pasto, noches en las que la brisa hacía bailar las hojas de tal manera que se podían ver las estrellas.
La primera tormenta con lluvia y viento fuerte me hizo entender que los dos compartíamos la misma fortuna. Todos los que viven bajo el cielo están sometidos a los caprichos del viento.
Esa tormenta perdió muchas hojas, con un saldo de varias ramas rotas. Casi fui golpeado por una de ellas, pero un fuerte silbido me advirtió del crujir que hacen las ramas antes de quebrarse.
Todavía mojado y con el frío que las corrientes de aire producen en la ropa mojada vi las estrellas después de la tormenta.
Vivo de los frutos del árbol, de mi árbol. Hay temporadas buenas y otras no tanto, pero no me falta nada. Los productos dependen de cada estación.
No es ni el más grande ni el más pequeño del bosque. Lo que llama la atención es el color del verde, que a medida que se mira hacia la copa se va aclarando.
Lo que hace único a este árbol, es que vivo bajo su sombra. Pero no solo yo vivo bajo la sombra de uno de ellos en este bosque.
Todos aquí cuidamos un árbol, todos aquí somos un árbol, que da frutos, da sombra, sufre con las tormentas y el viento, y estamos sujetos a las buenas y malas temporadas de la vida. Crecemos con el tiempo buscando acercarnos a las estrellas de la noche, recibiendo fuerzas del sol, nutriéndonos de la tierra. Vivimos de nuestros propios frutos.

viernes, 8 de octubre de 2010

Los girasoles (Parte VI)

El banco estaba justo debajo de un nogal de considerables dimensiones. El árbol tenía un farol que iluminaba el follaje y lo hacía verse más grande. No estaban muy alejados de los demás pero, en ese lugar no había bullicio, así que podían charlar sin alzar la voz.
Para estas alturas era una charla distendida. Martín ya había hecho uso de varias de sus anécdotas graciosas de su infancia, de esas que siempre le resultaban para seguir charlando.
Cada uno tenía su copa en la mano, pero no tomaba, parecía más para disimular la charla de personas que cuarenta minutos antes no se conocían.
Santi en un momento pasó por donde estaban charlando poniendo cara de nada, pero cuando estuvo detrás de Victoria, donde solo Martín podía verlo, le hizo una mueca y levantó el pulgar de la mano derecha. Martín lo vio pero puso su mejor cara de nada.
Las miradas iban y venían entre ambos, pero ya no eran miradas de estudio, sino de interés.
Justo en un momento de silencio y miradas, se escuchó la voz de Santiago llamando la atención para anunciar lo que ya todos sabían, y hacer un brindis.
- Primero, quiero agradecer a todos los que vinieron, son muy importantes para nosotros, los queremos muchísimo. Gracias a las familias, a los amigos, de ambos lados. Quisiera hacer oficial la fecha: El veintiuno de Noviembre, estaremos dando el Sí en el altar…
El discurso del novio seguía, pero en la cabeza de Martín, estaban dando otro discurso. Ya era la hora del brindis, eso quería decir que no le quedaba mucho tiempo más de charla con Victoria.
A lo único que atinaba era a pedirle el número de celular para llamarla e invitarla a salir. En realidad tenía ganas de agarrarle la mano o algo así, tal vez intentar un beso. Después de todo ninguno de los dos era adolescente como para andar con juegos sin mucho sentido. El detalle importante era que hacia nomás una hora y un poco más que la conocía.
La situación en la cabeza de Victoria no era muy distinta. Recién lo conocía, pero adentro tenía el impulso, o la ilusión que algo pasara. Todo eso mezclado con los miedos de las experiencias anteriores.
Así y todo, no quería que se terminara la noche. La veía a su prima y a su novio allí adelante levantando las copas, y como nunca antes sintió que ella también quería un día así para ella.
Ella decidió que sí él hacía algo, y eso no la ponía incomoda, le seguiría la corriente. Sólo necesitaba estar segura que a él le pasaba algo parecido.
Sin querer, Martín sostuvo la mano de Victoria por un instante cuando le ofreció dejar su copa sobre una mesita. Ese momento en que los dedos se rosaron y la palma de acarició suavemente la mano izquierda de ella, se miraron en un minúsculo instante de complicidad sin poder decir nada, e inmediatamente separaron las manos, no por vergüenza sino por el que dirán.
Nada los separó esa noche, de no ser por dos oportunidades en las que cada uno fue al baño. Cuando fue Martín, Victoria buscó con la vista a su prima, y ni bien hizo contacto visual ella se acercó y se quedaron charlando por un momento en voz baja, casi como cuchichiando. Y cuando ella fue al tocador, el papá de Santi se acercó a Martín le puso cara de aceptación y le tocó el hombro.
Reunidos nuevamente bajo el nogal, sentados en el banco, hablaban de sus actuales proyectos y futuros viajes. Esa fue la etapa de la noche en la que la familia de Victoria saludó al desconocido, uno por uno, casi como un desfile. Con besos y apretones de mano, Martín saludó a todos.
Lo incómodo para Martín, fue descubrir caras con muecas picaras a su alrededor, pero no podía hacer nada.
Después de la charla en semicírculo con los parientes de la novia de su amigo, los invitados se fueron retirando.
Seguían charlando como para no separarse. Comenzaron a caminar hacia la casa, como todos los que estaban en el parque, de repente, ella se resbaló, él rápidamente la sujetó por la mano para que no se caiga. Se miraron, se rieron, pero no se soltaron de las manos. Ella le agradeció la ayuda y él respondió con una sonrisa.
Cuando entraron a la casa, se soltaron por acuerdo mutuo. Se sintieron un poco molestos por tener que hacerlo.
Santi, que estaba en un lugar donde veía todo, los vio.
- Martín, sí me esperas los alcanzamos con el auto. – Dijo Santi. –
- Dale, gracias. – contestó Martín, y se percató que no le había preguntado a Victoria sí ella quería hacer así. – Discúlpame no quise contestar por los dos.- le dijo.-
- Está bien, vine en taxi, así que si me alcanzan mejor. – Dijo con una sonrisa. –
En la puerta Santi y la novia habían despedido a la mayoría de los invitados, quedaban los dueños de casa, Martín y Victoria, que seguían cerquita el uno del otro.
Cuando cerró la puerta de la casa con cara de cansado, les ofreció café para levantar un poco los ánimos porque ya era tarde. Después de una charla en la que se deslizaron algunos comentarios hacia los amigos de los novios, Santi fue a buscar el auto para alcanzarlos.
Ya en camino hacia la casa de Victoria, la primera en bajarse por el recorrido. En cierto sentido, el recorrido fue elegido a propósito por el amigo de Martín, como para darle una mano.
Ellos, iban en la parte de atrás y seguían charlando.
En el momento en el que Martín había reunido el coraje para darle un beso. Santi dijo:
- Llegamos Victoria.
Martín se quería matar, toda la noche esperando una oportunidad, y cuando al fin llegaba, ella se tenía que bajar.
Abrió la puerta y se bajo, Santi le hizo seña a Martín para que se baje a acompañarla. Casi de un salto salió del auto y caminó rápido hasta ponerse a la par de ella.
- Un verdadero gusto, haberte conocido. Espero que nos podamos juntar en otro momento.- dijo Martín.-
- Igualmente, espero que podamos volver a juntarnos. La pasé muy bien, me hiciste reír.- contestó ella.-
Intercambiaron un par de cumplidos más, a cerca de la compañía del otro. La charla de despedida parecía diluirse, y encima Santi y su novia esperando en el auto. Martín se sentía presionado, le pidió el número de teléfono y combinaron para verse la semana siguiente.
Ella se dio cuenta que él estaba un poco tenso por los que esperaban en el auto, pero no le dijo nada. Era entendible.
Llego el momento y se tuvieron que despedir.
- Te llamo el domingo, y vemos que hacemos. – Dijo él, y la besó en la mejilla – un gusto otra vez.
- El gusto es mío, - Dijo ella sonriendo.- llamame y hacemos algo.
Hizo dos pasos hacia atrás y cuando estaba por dar la vuelta para volver al auto, ella tomó coraje sin importarle lo que él pudiera pensar, él le gustaba. Parada desde la puerta de la casa le dijo:
- ¿Te vas sin beso?

domingo, 3 de octubre de 2010

Ojos de la guerra

En un parpadeo guardo para siempre la situación. Una calle regada de escombros, automóviles en llamas, los edificios de ambos lados tenían las ventanas rotas. En el fondo de la calle el humo impedía ver el horizonte.
Las llamas de los autos a lo largo de la calle simulaban un camino de antorchas.
Tenía que moverse rápido, escurrirse agachado, cargando una mochila con una credencial pegada en el bolsillo de atrás, y otra en el pecho, para evitar que lo confundieran.
Se escuchaban gritos de todas las edades que desgarraban el aire lleno de polvo de las explosiones.
Desde lo alto de las terrazas se asomaban las siluetas de personas armadas, ellos disparaban furiosas ráfagas a la gente que corría por las aceras.
Cuando el sol caía, las luces de las balas, los porteros y las explosiones iluminaban el oscuro cielo.
De noche los gritos se oían en menor cantidad, pero eran peores, se escuchaban tiros, alaridos y después gente llorar. Al otro día las noticias les ponían nombre a los gritos y los ubicaban en algún sector de la ciudad.
Lejos de su casa, de su esposa y de su hijo, los guardaba en al bolsillo izquierdo del pecho de su camisa.
Cuando se acostaba, podía ver cada una de las imágenes que retrataba con su cámara y el corazón le latía más rápido. Toda esa angustia y miseria que veía en las calles las tenía en su mente.
Podía ver los cadáveres tirados en los cordones de las veredas, los charcos de sangre que se secaban al sol. Personas con las caras llenas de polvo que corrían de las balas.
Te terror en primera persona en la cara de cada niño, de cada niña, de cada madre. La desesperanza de perder a alguien amado.
La imagen que derramaba lágrimas en su interior era la de dos niñas y un varoncito abrazando a sus padres muertos en el piso, al costado de un auto que ardía. Lloraban y gritaban, nadie podía hacer nada, desde donde estaba solo los veía y temía por sus vidas, pero no podía abandonar el refugio, la lluvia de balas era inmensa.
Se sentía desgarrado, como sí hubiera perdido algo también.
En ese momento, estalló un mortero cerca de donde estaba. El estallido le impedía escuchar. En ese momento las tres pequeñas personas lo miraban fijo, con el surco del agua de los ojos sobre sus mejillas llenas de polvo y sangre. Esos eran los ojos de la guerra, los que lloran a las personas que amaban.
Su alma se estrujaba de dolor y de impotencia. Que injusto, en las guerras muere mucha gente que no tenía que morir, pensó.
Poco después otro mortero silbó en el cielo. El humo llenó la calle, cerca de donde estaba cayeron escombros. Cuando el aire se limpió no volvió a ver a nadie en la calle, la explosión había borrado toda vida. Partes de lo que antes eran cuerpos, regados en el asfalto.
Gritó y lloró, maldijo, pero nada de eso cambiaba la realidad de la guerra.
Esos tres pares de ojos lo vigilaban por las noches, esa secuencia se reproducía siempre antes de dormirse.

Extremos de la existencia

Sí la existencia fuera un hilo, podríamos decir que el primer extremo sería el nacimiento, por consiguiente, el otro extremo sería la muerte.
De la misma manera, podemos considerar que lo que separa al hombre de sus pares, sucede a lo lago de la vida. Sin embargo, un nacimiento o una muerte, son, o suelen ser, cuestiones que llegan a unir a las personas.
Esta historia tiene un poco de esos extremos, de nacimientos y de muertes, de uniones y distancias.
Todo transcurrió en un pequeño poblado rural del interior de Irlanda, a principios del siglo pasado.
Un joven ministro protestante se mudaba allí junto con su mujer, quién estaba embarazada de seis meses.
La comunidad de aquella población era de por sí cerrada, de mayoría católica y con una evidente resistencia al protestantismo.
A pesar de ello, este joven ministro entusiasta, decidió instalarse en aquel lugar.
La pequeña población contaba con novecientos habitantes. De los cuales quinientos vivían en el centro urbano, el resto estaba disperso en las granjas y fincas de alrededores.
Con edificios de paredes viejas, erosionadas por el tiempo, callejuelas empedradas y angostas. El clima de esa región de la isla era inhóspito, el frío y la humedad eran una mala combinación para la salud de cualquiera.
En aquel poblado, había distintos clanes, tres de ellos eran los más representativos, Keegan, Ó Conaill y Mac Cárthaigh. Los últimos dos se repartían la mayoría de las tierras del condado. Mientras que el primer clan, supuestamente, pertenecía a la nobleza, aunque nadie allí daba fe de eso.
El joven ministro, comenzó a trabajar con su oficio, era carpintero, al igual que su padre y su abuelo. Para cuando nació su segundo hijo, ya tenía buena reputación en lo que respectaba a su trabajo con la madera. Tanto fue así que fue contratado por la gente importante del pueblo para elaborar muebles a medida. Eso le proveía de un buen pasar.
Sin embargo, la feligresía de su iglesia no crecía. Él gozaba de buena fama, que había sido construida por su ética de trabajo. No obstante, todos sus clientes eran Católicos, lo trataban como a uno más, pero nunca olvidaban quien era. Era el ministro de la iglesia protestante.
A lo largo de treinta años continuo, hasta donde su salud se lo permitió, con su oficio, hasta que el reuma en sus manos se había hecho lo demasiado crítico como para dejarlo trabajar. Su hijo mayor se hizo cargo del negocio familiar. Mientras que él se dedicó únicamente a las labores eclesiásticas.
Para ese entonces, había sobrevivido al paso de cinco párrocos, haciéndose amigo del último, por una cuestión de empatía por el amor a las escrituras y a la gente del lugar.
De hecho, su hijo mayor contrajo matrimonio con la menor de las hijas del viejo Ó Conaill, en la que ambos ministros debieron realizar una ceremonia mixta, dada la condición de las familias, que profesaban distintas formas de creencia en una misma deidad.
Ese evento, fue raro y distinto en la historia de aquel lugar, porque nunca antes se había realizado algo así. Pero gracias a la amistad y a las buenas relaciones entre ministros, y también entre las familias propició dicho acontecimiento.
En realidad unió más a aquella comunidad fue el nacimiento del primer hijo del matrimonio.
No mucho tiempo después, el ministro protestante enfermó gravemente y falleció. Ésta no era una muerte más en el pueblo, sin ser rico, ni poderoso, o demasiado elocuente, era muy apreciado por todos. A pesar de las diferencias en la fe, habían aprendido a valorar a ese hombre. Tanto así que, mucha gente con no concurría a su iglesia acudía a él en busca de consejo.
Cuando la familia, incluida la parte política, acudió a el párroco para que oficiara en el funeral, éste se negó alegando que no podía realizarlo porque no pertenecía a su grey.
Parecía una respuesta sin sentido para todos. Por ese motivo los jefes de los clanes se reunieron, como se acostumbrada en la tradición de la isla, cuando se necesitaba resolver alguna situación importante.
Nada pudieron hacer para convencer al clérigo.
Ó Conaill, su consuegro, dispuso un espacio en su propiedad para enterrarlo.
Situaciones de vida y muerte, decisiones que unen y separan a las personas. Lo único que cambia es la forma en que se afrontan los extremos de la existencia. Un nacimiento no necesariamente une, una muerte no necesariamente separa.

sábado, 2 de octubre de 2010

Los girasoles (Parte V)

En un momento determinado, el papá de Santi pasó por al lado de Martín, lo tomó del brazo y le dijo:
- Vení que te muestro lo que compré, antes que te agarre alguna para charlar y no me prestes más atención.
Martín no tenía ni la menor idea de a donde lo llevaba el viejito loco. Caminaron por el pasillo, hasta llegar al despacho.
- Mirá lo que está colgado en la pared, entre las repisas.- Dijo el viejito muy animado.-
Martín entró al despacho, había una mujer mirando un cuadro. De inmediato reconoció el cuadro, “Los girasoles” de Van Gohg.
Obviamente se trataba de una copia, pero muy bien hecha, de la obra realizada por el pintor holandés.
- ¿Te gusta Van Gohg? – Dijo Martín a la desconocida que miraba el cuadro junto a él.-
- No, me gustan los girasoles. – Contestó Victoria con un tono un tanto seco.-
Martín permaneció en silencio un momento. A él le gustaba el arte, al margen del postimpresionismo, período al que pertenecía el cuadro, le llamaba mucho la historia de vida del autor del mismo.
Trató de ser amable y, tal vez, un tanto entrador con la mujer que miraba el cuadro. Pero el tono de la respuesta, lo había dejado pensando. Era atractiva, estaba bien vestida, elegante, digna de la ocasión, no como él, claro. Quizás por eso no le hablaba.
- Martín, un gusto. – Dijo, extendiéndole la mano.-
- Victoria, un gusto también. – Devolviendo el gesto con la mano extendida, y continuó.- ¿Sos de la familia del novio?
- Casi, uno de sus mejores amigos, de la infancia. ¿vos de la novia?
- Sí, sí. La prima de la novia.
Victoria parecía estudiarlo con la mirada, disimulaba bastante bien mirando el cuadro. En medio de un breve silencio, aparentemente incómodo, porque ninguno de los dos hablaba aunque parecía que tenían la intención de hacerlo.
- ¿Te gusta el cuadro? – preguntó Martín. –
Era una pregunta por demás obvia, casi tonta. Pero no sabía que más decir como para que no se pierda la charla.
- Sí, me hace acordar a mi infancia. En unas vacaciones de la familia, pasamos por un campo lleno de girasoles, y mi papá bajo del auto y me cortó un girasol y me lo regaló. Desde ahí me gustan, es mi flor favorita. – Dijo Victoria. –
- A mira vos, yo pensé que era que te gustaba el arte.
- No. Sí me gusta el arte. Pero los girasoles me gustan por otro lado, no por este cuadro. – Interrumpió ella. –
- Claro, casi quedo como un salame hablándote de Van Gogh y el arte. – Después de decir eso, soltó una leve carcajada. –
- No, está bien, no te hagas drama. – Contestó ella. –
Así comenzó la charla. Poco a poco, con chistes de por medio, fueron entrando en confianza los dos desconocidos.
Cuando se acabó lo que tenían en las copas, salieron del despacho hacía el parque, para buscar algo para tomar.
Se resultaban simpáticos mutuamente, ellos no parecían darse cuenta de la atmosfera que habían generado a su alrededor. Los demás sí.
Entre sonrisas y leves intentos de coqueteo, la charla siguió en un banco del jardín.

viernes, 1 de octubre de 2010

Matute

Un día más y él se abrochaba el abrigo, viejo y percudido. Todavía estaba sentado en el piso de la estación, había dormido con una bolsa como almohada. El sol se había levantado antes que él, pero la gente que se levantaba antes que ambos ya estaba caminando por todos lados.
Desde su perspectiva, sentado en el piso con los ojos medio pegados por el sueño sin limpieza, todos caminaban rápido, si él no juntaba sus piernas seguramente lo iban a pisar.
Llevaba un pantalón de traje que en algún momento de su vida le quedaba bien, pero después de haber perdido varios kilos, usaba con un cinturón al que ya le había hecho tres agujeros improvisando con un tenedor.
Los zapatos eran relativamente nuevos, se los habían dado unas personas del Ejército de Salvación. De cuero gastado por los años, la suela estaba casi lisa, pero al menos no estaba descalzo.
Tenía puestas dos remeras y una camisa debajo del abrigo de lana.
El resto de su ropa y algunas de sus pertenencias, o todas ellas, estaban en la bolsa que sostenía en su mano izquierda.
Cuando más o menos en tránsito de los peatones menguó decidió levantarse.
Solo tenía olfato para el olor a limpio, como él decía, y para la comida. Sentía en el aire los distintos aromas de los desayunos al paso, el café recalentado, hasta las medias lunas que parecían barnizadas tenían una fragancia muy tentadora.
Pero eso estaba lejos de su alcance, por el momento. Su amigo, el del quiosco de diarios, estaba de vacaciones. Él era el que le conseguía un poco de café caliente por la mañana y con suerte algo para picar al medio día, a cambio, le cuidaba el puesto de noche y le limpiaba el espacio por las tardes.
Ahora tenía que rebuscárselas de otra manera, pidiendo a algún comerciante de la estación o también podía probar suerte con alguna persona que pasara caminando.
No sabía qué día era, ni que mes. Tampoco sabía cuántos años tenía, desde que había perdido su documento, lo único que recordaba de sí era su nombre completo: Felipe Edgardo Rivas. Sin embargo en la estación se lo conocía como “el viejo matute”. Apodo que le fue adjudicado después de haber ayudado a un oficial de policía a detener a un carterista.
El viejo matute, antes de ser un linyera, vivía en General Villegas, y era medico. Pertenecía a una familia acomodada de esa pequeña ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires.
Una tarde como cualquier otra, él volvía del hospital a su casa, su esposa y su pequeña hijita de ocho meses lo esperaban en la puerta.
Vaya a saber el cielo porqué, su esposa decidió cruzar la calle para recibirlo, lo hizo sin mirar, no vio que venía un auto a una velocidad considerable.
El auto las envistió quitándoles la vida en el acto.
Lloró a gritos en la calle junto a los dos cadáveres, hasta que por el cansancio de quedó sin fuerzas, no podía moverse. Sus familiares y amigos lo llevaron a la casa.
No fue al entierro. No salió de su casa por dos meses, los más cercanos lo visitaban, le llevaban comida, lo atendían.
La casa era un desorden, estaba sucia por todos lados.
Una mañana de enero, se fue de su casa, caminando por la calle, luego por la ruta, solo se había llevado su documento.
El abandono de su persona era extremo, al momento de irse, llevaba una semana sin ver una ducha.
Desde ese día Matute vive en un hotel de mil estrellas, las calles, los bancos de las plazas sostuvieron su cabeza muchas noches, hasta que reparo en la estación Federico Lacroze. Él dijo una vez, un hombre pierde todo lo que tiene cuando deja de tener cosas en el corazón. La última vez que tuve algo en el corazón, estaba muerto en la calle. No tuve fuerzas para vivir, no tengo valor para dejar de hacerlo.

Los girasoles (Parte IV)

Era la hora de estar en la fiesta de compromiso de su prima, pero Victoria recién se estaba cambiando, todavía le faltaba maquillarse, mínimo tenía como para media hora más en el departamento antes de salir.
Después de deliberar un momento con ella misma que ropa usaría, fue el turno del maquillaje, que, sí o sí, debía combinar con la ropa.
Cuando terminó, aparentaba un estilo casual, nada fuera de lo común, pero que a ella le había costado bastante elegir.
Salió a la calle, caminó un par de cuadras hasta la avenida para buscar un taxi, la manera más rápida y menos económica de viajar, porque tenía que ir medio lejos. Ya no importaba, llevaba tarde. ¿Y cuántas veces se iba a comprometer su prima? Pensó. Después de eso se rió sola, una sola, cuantas veces más, era un gasto importante eso de casarse, como para gastar dinero en eso una sola vez en la vida.
Siempre le pasaba lo mismo, cuando necesitaba un taxi no le paraba ninguno, y eso que no era día de lluvia.
Después de unos minutos al fin paró uno, abrió la puerta y le dijo al chofer que tenía que ir lejos, de capital a provincia, para ver si no tenía inconveniente en hacer el viaje. El chofer le dijo que no, entonces subió.
Mientras iba en el taxi, se dedicó a mirar a la gente que andaba en la calle a esa hora, algunos paseando el perro, otros caminando con ropa deportiva y parejitas caminando lento.
El último grupo la hizo extrañar las épocas en las que tenía a alguien al lado, seguramente para muchas personas caminar solas no les afecta en lo más mínimo, pero para ella eso era importante, andar a la par con otra persona mientras caminaba.
Entre tanto trataba de distraerse mirando por la ventanilla, el taxista le dio charla.
- ¿Va a una fiesta, no? – Dijo el taxista.-
- Sí, de compromiso.
- ¿Usted es la que se compromete?
- No, mi prima. ¿Estamos lejos de la dirección que le di? – Preguntó Victoria con aire inquieto por las preguntas.-
- Estamos a dos cuadras, ya llegamos.
Llegó a la puerta, pagó y salió del auto cerrando la puerta delicadamente, pero no cerró, así que tuvo que volver a cerrar, pero esta vez un poco más fuerte.
Se acercó a la puerta, tocó timbre y la atendió Santiago, el novio de su prima.
Pregunto por su prima, mientras su primo político le alcanzó una copa.
De repente se escucho un leve grito y Victoria giró para ver, era ella, la agasajada. Se abrazaron, y comenzaron a caminar hacia el jardín donde estaba la familia.
Se acercó y saludó uno por uno a todos con un beso. Estaban los primos, su hermana, sus papás, sus tíos y los abuelos.
Ninguno le preguntó el porqué del retraso, ya la conocían, la única que resaltó el detalle del tiempo fue la abuela, persona con la que Victoria guardaba cierta distancia debido a algunos comentarios que le había hecho, pero con buena comunicación, después de todo era su abuela y a pesar de no compartir los mismos pensamientos, la quería.
Al rato, cuando tenía la segunda copa por la mitad, preguntó dónde estaba el baño. Le indicaron cómo hacer para llegar, pero pidió que le explicaran de nuevo porque había que pasar varias puertas y no quería perderse.
Entró en la casa, caminó por el pasillo que estaba entre la sala y el comedor, y encontró el baño.
Cuando salió, volvió a por el mismo pasillo, pero se detuvo frente a lo que parecía un despacho, allí vio algo que le cautivo la atención poderosamente.

Los girasoles (Parte III)

La noche estaba a penas fresca, prácticamente ideal. Martín llamó a Santi para preguntarle como tenía que ir vestido, porque le daba pereza ponerse un traje. Su amigo le dijo que había que ir de elegante sport, pero bien arreglado, intercambiaron un par de chistes por teléfono y después cortó.
Buscó la camisa menos arrugada, la planchó como pudo, lo mismo hico con un pantalón de gabardina. Eligió un suéter que combinara con la camisa y ya se daba por arreglado para el evento, pero antes de salir, ya con las llaves puestas en la puerta, se dio cuenta que no se había puesto perfume, volvió al cuarto, pensó en cuál sería el más adecuado para la situación y se decidió por uno que le había regalado una amiga para su cumpleaños.
Llegó temprano, uno de los primeros. Estaban los familiares, casi todos, él era el primero de los amigos que se hacía presente.
Saludó a su amigo con un abrazo fuerte y a su prometida. Charló un rato con Santi, después con los viejos de este. La casa la conocía hacía tiempo, pero el último año le habían hecho refacciones, agrandaron algunas habitaciones y rediseñaron la estancia.
- ¿Viste cómo quedó la sala? – Dijo el papá de Santi – Nos costó un Perú, pero al final quedó como quería la Doña.
- Sí, lo felicito. El lugar quedó hermoso, más grande, más luminoso.
- Che Martín ¿Vos solari todavía o vas a hacer cómo mi hijo que de la noche a la mañana sale con que se casa? – termino la frase y largó una carcajada. –
Otra vez el mismo tema, debe ser el día, pensó Martín.
- Y yo… – Puso cara de pensativo. – Mejor solo que mal acompañado ¿no? – se rió. – En realidad no hay candidata, no por el momento, por más buena voluntad que le ponga, no tengo tiempo con el trabajo y demás menesteres, se me complicaría una relación.
- Es cuestión de querer Martín, siempre es cuestión de querer.- Hizo una pausa. - Pero te entiendo, a veces no hay tiempo.
Hasta Martín se pudo dar cuanta que lo decía por compromiso, casi teniéndole un poco de lástima porque estaba solo. Pero a decir verdad no le importaba, él estaba mejor así.
Mientras tanto los invitados llegaban de a poco. Un leve bullicio comenzaba a levantarse en la casa. Todavía faltaban casi la mitad de los invitados.
Se acercó a una mesa para comer algo, y ya que estaba agarrar una copa con algo.
De repente se abrió la puerta, y reconoció la voz. Era uno de los primos de Santi que vivía en Francia, seguramente estaba de visita. Cuando lo vio lo saludó como a un hermano. Ellos dos habían compartido muchas vacaciones en la costa, eran de mismo grupo de amigos. Al menos tenía a un buen amigo para charlar, éste le presentó a su señora, una muchacha francesa muy bonita.
Mientras recordaban anécdotas con copas en las manos, como en toda tertulia de esa clase, se volvió a acercar el papá de Santi.
- Martín, haceme acordar que te muestre algo que compré, que seguro te va a gustar.
A lo que contestó con un gesto amable con la cabeza.
La gente seguía llegando, cada vez faltaban menos, de todas formas era temprano y había tiempo de sobra.