martes, 13 de diciembre de 2011

Lágrimas de naranja


Cuando extrañamos lloramos jugo de naranja,
nuestras lágrimas tienen ese gusto.
Pequeñas gotas ruedan por nuestras mejillas
y duermen en nuestros labios
dejándonos un extraño sabor cítrico.
Lo dulce y lo ácido en una sola sustancia
el cariño endulza nuestra boca
la distancia es esa otra sensación fuerte
entre la lengua y el paladar.
Lloramos muchas cosas y por muchos motivos,
pero no todos lloran jugo de naranja
porque no todos lloran, no todos extrañan.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Om


Su respiración era casi imperceptible, su pecho no se ensanchaba, pero sus pulmones recibían aire nuevo de forma lenta y pausada.
Catorce días llevaba sentado bajo ese árbol en posición de Loto. Sin abrir los ojos, sin transpirar, sin lagrimear, sin moverse ni para espantar moscas.
No necesitaba ir al baño porque no necesitaba agua, no pensaba en comida porque no tenía hambre.
El proceso comenzó desde su Raíz, desde allí la purificación de sus Chakras en forma ascendente.
Uno a uno sus sentidos se fueron fundiendo con el entorno.
El primer día unos cazadores pasaron cerca de donde estaba, pudo oír sus voces, y a medida que se iban acercando bajaban la voz. Oyó sus pasos, sus respiraciones, sus latidos. Y sin abrir los ojos se propuso darles paz y seguridad.
Estuvieron un rato sentados a unos pocos metros hasta que el más joven del grupo se acercó y dejó una ofrenda de flores a sus pies.
Al día cuatro era uno con la tierra. Percibió el cuerpo de una serpiente acercándose  despacio, suavemente se deslizaba de pecho sobre el colchón de hojas que adornan el suelo del bosque, esquivando troncos y charquitos de barro. El reptil lo miraba fijamente, podía sentir esos pequeños ojos negros clavados en su persona, a la expectativa de cualquier movimiento.
Se enroscó a un costado de las flores que se estaban secando.
Podía sentir el tímido calor de la lengua bífida entrando y saliendo de esa boca sin labios. No le hacía falta ver para entender quien era el atacante en esa situación.
Su respiración no cambió, la de ella tampoco.
Cuando el sol comenzó a esconderse la víbora entre sus anillos para conservar calor, él permaneció indiferente a la situación.
El frío y la noche gobernaban el bosque, y los sonidos propios de la ausencia de la luz orquestaban el ambiente. Buscó en su interior la fuerza, para que, a través de la tierra hacerle entender a su nueva amiga que no tenía asuntos con ella y que podía marcharse en paz.
Casi como atendiendo a su llamado un pequeño ratón correteó cerca de ambos. El mundo del bosque ni lo percibió, tampoco lamentaría la pérdida de un diminuto roedor.
Desarmó su propio nudo, hizo un gesto con la lengua a manera de saludo y se marchó tras los pasos ligeros de su presa.
El sol ya había salido otras cuatro veces más y él ya era uno con el aire. Todo su cuerpo sentía la textura del viento, a tal punto que este lo sostenía. La misma tierra le había empujado hacia el espacio entre el suelo y los árboles.
Sus piernas cruzadas todavía parecían estar apoyadas sobre algo sólido.
Una suave brisa el norte recogió un olor y se lo acercó. En círculos ascendentes, como una ruta invisible lo elevó hasta donde él estaba.
Un tigre se acercaba, caminando con los hombros bajos, cruzando una pata delante de la otra, intercalando si piel estampada en amarillo y negro con el verde de la vegetación.
Levantó la cabeza, sus pupilas se dilataron y mostró los dientes sin intención de usarlos, aparentemente. Solamente le recordaba al suspendido que estaba en su territorio y quien mandaba entre los que caminaban el bosque.
La misma brisa que llevó el primer mensaje, contestó la sonrisa del felino.
El latido de su corazón se acopló al paso del viento, exhaló levemente sólo para dejar salir algo del perfume de su aliento. Esta era su forma de decirle que todo el suelo y los árboles del bosque le pertenecían al animal, que únicamente pensaba compartir su aire.
Movió la cola y sacudió su cuerpo, casi como una señal de aprobación del mensaje.
El decimo quinto día lo encontró con un antiguo conflicto, las ganas de hablar. Factor que anteriormente había frustrado su intento de llegar a la iluminación.
Cientos de pétalos de Loto se habían abierto, su unión con el entorno era intensa, única. Ya no le hacía falta hablar, el universo se comunicaba por él sin abrir la boca. No le hacía falta sentir, porque ya estaba más allá de las emociones vacías, conocía el amor, era parte de él. Todo estaba en equilibrio en su ser.
Forzó a salir la intención de hablar de su ser, con el fin de elevarse por encima de la propia existencia.
De a poco la luz comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta llegar a ser tan fuerte como mil soles.
Llenó una vez más sus pulmones y dejó salir de sus labios un suave Om. 

martes, 20 de septiembre de 2011

Estados del silencio


Cuando el silencio es sólo una pausa, se guardan las palabras para el momento oportuno.

Cuando el silencio es una costumbre, se han caído los puentes por los que cruzan las palabras.

Cuando el silencio es una estrategia, se espera escuchar lo que se quiere oír.

Cuando el silencio es el lenguaje, se grita con la boca cerrada por alguien que entienda ese idioma.

Cuando el silencio es un arma, los vacios buscan distancia, soledad compartida a disgusto. 

Cuando el sol sale los cazadores duermen


La quietud de la noche terminó con un disparo en la oscuridad y los pasos del cazador quebrando ramitas en el suelo.
Huir era una opción, pero ¿hacia dónde? Correr en la dirección equivocada era exponerse a ser un blanco fácil.
Quedarse quieto, agazaparse, hundir la cabeza entre los hombros con las garras tensas y las uñas a medio salir, cómo esperando a que aparezca la presa, con la gran diferencia que esta vez los roles estaban invertidos.
Su respiración era pausada y profunda, trataba de no oír sus propios latidos  eso regaba sus nervios.
Pocas veces en su vida había sentido temor de perderlo todo, vida, hogar, familia, y en el peor de los casos, la libertad. No era el rey de la selva, ni el más rápido de la sabana. Pero eso no importaba, tenía su lugar.
Los hombres ser esforzaban por hablar bajo, sin embargo los escuchaba igual.
Decidió moverse con lentitud, caminó hacia el lado contrario de las luces, cerca del bañado, que para esa época del año ya se comenzaba a llenar de agua. Y el agua implicaba otros peligros que quería enfrentar. Caminó por la orilla sin mojarse, sintiendo como los ojos al ras del agua ponían atención a sus pasos.
Escuchó pasos y detuvo su paso. Sus ojos se perdieron en el suelo, concentrando sus fuerzas en sus oídos, los hombres ya estaban yendo hacia el fin del pequeño hilo de agua. Una emboscada.
Sintió como si todo ese tiempo hubieran estado jugando con él, llevándolo hacia donde ellos querían.
Pensó rápido, era eso o cruzar el agua llena de ojos y dientes.
Otra vez los las pisadas se acercaban quebrando ramitas y sin darse cuenta ya estaba cruzando el charco. Únicamente asomaban sus orejas y el hocico, antes de salir hundió por completo su cuerpo en el agua sucia de la orilla y sin mirar hacia atrás dio el primer paso fuera del agua, se deslizó sin hacer ruido para perderse entre la hierba.
Del otro lado las luces y las voces se agitaban entre los árboles.
No sacudió su pelaje, todo su cuerpo goteaba agua, dejando un rastro de barro.
Todavía no estaba seguro, las voces se seguían escuchando.
Varios metros después cuando el silencio dominó el ambiente se echó a correr. Y corrió con miedo, con el frío secándose en su pelo, dejando las últimas luces humanas.
Al frente a su derecha los primeros rayos de sol le hicieron sentir la libertad de un nuevo día. La esperanza que se renueva con el amanecer.
Seguía corriendo a medida que la luz y el calor evaporaban el rocío del pasto.
De pronto se dio cuenta que no había nada que temer, porque cuando el sol sale los cazadores duermen.
Agitado y sucio se desplomó a la sombra de un árbol pequeño, había llegado la hora de dormir.

martes, 9 de agosto de 2011

El riesgo de peinarse demasiado

“La creatividad resulta evasiva cuando las letras, sílabas y palabras se caen de la cabeza al cuaderno rebotando de renglón en renglón para escaparse de ser escritas.
La inspiración está siempre latente, detrás de cada situación, observación, persona u objeto, en cada vacio siempre hay algo para escribir. Siempre se está escribiendo. “

Hay ideas que son como los dientes del peine, surcan una y otra vez nuestra cabeza hasta dejar, de alguna manera, un peinado, un pensamiento.
Ahí está el tema, cada quién es responsable del peine que usa para peinarse. No sólo es el peine, es la cantidad de veces que uno se peina, que uno piensa lo mismo.
Pensar y pensar hasta que las marcas de esos dientes dejan un claro sentido en la cabeza.
Peinarse no está mal, de ninguna manera, es más, muchos desconfiamos de las personas despeinadas. Una persona despeinada no solo es una persona despeinada, ese desorden en la cabeza podría ser un ejemplo del desorden interno. La falta de ideas igual a la falta de peine.
Por otro lado, tener peine y no usarlo sería como pensar pero no llegar a nada con eso. Tener ideas que no llegan a nada,  que nunca se ponen en acción. ¿De qué sirve pensar mucho si no se espera llegar a nada?
Pero por otro lado se encuentran las personas que si usan el peine todos los días.
Existen muchos tipos de peines, con dientes finos, con dientes un poco más gruesos, tipo cepillos, etc. Cada uno de ellos tiene un objetivo distinto al usarse.
¿A caso está mal tener un peinado característico que nos diferencia el resto? No, en lo más mínimo. Esa es una de las cuestiones por las que peinarse es necesario, tan necesario como pensar. Sí todos nos peináramos igual no habría diferencia y sería todo muy aburrido. Sí todos pensáramos lo mismo, nadie pensaría mucho, y eso también sería aburrido.
Es necesario peinarse, es necesario pensar. Pero ¿Cuánto tiempo  al día debemos dedicarle a nuestro peinado? Imagino que el que sea necesario para que nos veamos bien. Sin embargo, no ocurre lo mismo con nuestras ideas y pensamientos, a diferencia del pelo, mientras más vueltas les damos, mientras más nos pasamos el peine por la cabeza, más se enredan.
Los malos peinados se pueden ver de lejos, los pensamientos enredados conocen cuando se abre la boca.
Por eso cada quien es responsable del peinado que tiene, del peine que usa, y de la cantidad de veces que el peine (idea) para por la cabeza.
Peinarse demasiado trae consigo algunos riesgos: peinados demasiado complicados, tan elaborados que no se los puede disfrutar afuera de la casa; perder demasiado tiempo del día y de la vida frente al espejo arreglando algo que la naturaleza hizo así; buscar tanto la perfección que ningún peinado viene bien; usar tantas cosas para peinarse y pasarse tantas veces el mismo peine puede hacer que el pelo se empiece a caer.

viernes, 24 de junio de 2011

Experiencia en blanco

Dio un paso al frente y se paró en el umbral, dejó su bolso en el piso y metió la mano derecha en su bolsillo. Entre la campera abultada, la mochila pesada y el bolsillo estrecho se le complico sacar la mano del bolsillo.
Por fin logró alcanzar el llavero que estaba allí adentro, buscó la llave y sin que le temblara el pulso la introdujo en el ojo de la cerradura, hizo una breve pausa sin parpadear, luego dio dos vueltas rápido con la muñeca.
Empujó la puerta con el pie izquierdo mientras levantaba el bolso que había dejado en el piso. El picaporte golpeó contra la pared. Cerró los ojos en señal de dolor como si hubiera sido su propio cuerpo el que se hubiera golpeado.
Al abrir la puerta, la casa despidió su aliento a encierro, polvo y algo de humedad.
Hizo dos pasos más, esta vez dejó caer el bolso de su hombro al piso, se quitó la mochila de la espalda y se volvió hacia la puerta para sacar la llave del lado de afuera y cerrar.
Los pisos estaban llenos de tierra. Cada pisada dejaba una huella. Caminó lentamente hasta la ventana de la cocina y la abrió.
El calorcito del medio día le besó la frente cuando el aire tibio comenzó a correr por la cocina.
Abrió las canillas para ver si había agua, que sí la había. Pero no funcionaba el agua caliente porque el calefón no estaba prendido. Cerró las canillas y se secó las manos en el pantalón.
Comenzó a recorrer el lugar con mirada de planificación, imaginándose dónde irían los muebles que todavía no tenía.
Todo ese vacío para sí. La luz de la mañana, la penumbra de la tarde.  La inmensidad del blanco en poco espacio. Paredes desnudas, ventanas sin personalidad pero con el potencial para ser sus ojos al exterior.
Mudarse sin compañía, espacio personal, intimidad con uno mismo. Por primera vez no compartir casa. Una nueva experiencia, una experiencia en blanco, como las paredes a las que les faltaban cuadros y espejos.
Cruzó la puerta de la única habitación de la casa, se dio cuenta en seguida que no era otra cosa por el placar empotrado en la pared. Gracias a Dios era luminosa y cálida, la ventaja que el contra frente dé al oeste para que reciba el sol toda la tarde y esté templada por las noches. Eso por un lado, por el otro, que no se escucharan los ruidos de la calle.
Estiró sus brazos de tal manera que su cuerpo en pie formara una te, cerró los ojos e inspiró y exhaló como quien hace ejercicio o se despereza después de una larga siesta.
Pero sus planes eran todo lo contrario, apenas había pasado el medio día y no quería dejar pasar la oportunidad de estrenar su nueva casa con una siesta.
Fue a buscar el bolso, lo trajo al cuarto y saco una bolsa de dormir y una goma aislante. Las extendió y se sentó primero para luego dejarse caer de espaldas.
Se quedó un rato mirando el techo y las molduras de las esquinas, detalles mínimos. Las comisuras de su boca tenían impreso el sello de la satisfacción.
Todavía faltaban un par de horas para que llegaran los muebles y un par de amigos para ayudar a descargar todo. Mientras tanto su nueva vida comenzaba con una siesta.   

lunes, 6 de junio de 2011

Lo que tenemos adentro

Hace unos días estuve en un velorio. Había menos de quince personas, entre las que iban y venían, eso le partió el alma.
El difunto no tenía muchos amigos, allí se encontraban algunos vecinos, otros conocidos y un solo pariente de sangre.
Sabía que tenía hijos también, pero no los conocía.
Afuera había un hermoso sol, radiante; un clima sin viento; con el calorcito propio de los días otoñales. Sin embargo adentro se sentía frío y árido, clima propio de los espíritus pesados que se sienten cuando pierden a alguien que está cerca de ellos.
No podía recordar con exactitud la fecha en que había conocido al que estaba acostado con los ojos cerrados, pero era chico, según mis cálculos, fue antes de que comenzara a afeitarme.
La fragilidad de toda la situación me daba escalofríos. Unas pocas mujeres lagrimeando, tres varones charlando en el fondo del lugar, y de cada lado del cajón un grupo de no más de cuatro personas por bando con la vista clavada en el suelo, sin hablar, sin moverse, respirando bajito.
Adornado por las mortajas estaba él, o lo que nos quedaba. Pálido, casi con un tono amarillento.
Las carnes de su cara estaban secas y parecían pegadas al cráneo, donde antes estaban los ojos ahora solo había dos huecos oscuros, como si nunca antes hubiera habido nada allí.
Me resultaba de mal gusto que tuviera cruzadas las manos por encima del pecho como una momia egipcia, sus falanges parecían huesitos pintados de un color casi natural.
En el momento en el que no volaban más pensamientos la persona encargada de decir las últimas palabras se paró en medio de todos, justo al lado del féretro.
Abrió un pequeño librito color negro y comenzó a leer. Palabras medidas científicamente para la ocasión, ni muy emocionales ni muy crudas, pero con un peso de verdad en cada silaba.
Soledad, amor; aislamiento, amistad; dolor, alegría; miseria, solidaridad, fueron algunos de los conceptos que relacionó, siempre hablando de la vida presente.
Hizo una pausa de unos pocos segundos y comenzó a recitar lo que parecía ser un salmo.
A más de uno de los presentes le salieron gotas de los ojos, incluyéndome.
Todo allí había terminado. Entró el personal de la casa de sepelios a cerrar el cajón mientras todos nos amontonábamos en la puerta.
El muerto había pasado sus últimos años prácticamente solo. Su hermana menor cada tanto lo visitaba, a su esposa no la había vuelto a ver después de la separación y de sus hijos nada se sabía, excepto que vivían en La Plata, y que uno de los vecinos les había avisado que su papá había muerto, pero no estaban en el lugar.
Ya habían sacado el cajón y todos se estaban acomodando en los autos de la cochería para el último paseo.  
Con la llave en la mano caminé hacia el auto, abrí la cerradura con angustia ¿Cómo podía ser que los hijos de ese hombre no estuvieran en el lugar? No importaba lo malo que haya sido en vida, aunque sea por respeto a los demás, deberían haberse despedido.
Dudé por un momento antes de encender el auto y decidí ir también al cementerio.
Tomé una calle lateral y llegué antes que la caravana, pero me quedé esperando adentro del auto hasta que alguien más llegara, cosa que ocurrió a los pocos minutos.
Una vez adentro todos caminaban aun más lento que de costumbre. Cerca de la parte posterior del campo santo, había dos hombres con palas, el poso ya estaba listo.
El momento más fuerte fue cuando se escuchó la primera palada de tierra caer sobre la madera, ya no había nada más que hacer, nada más que esperar, nada más que ver. Del polvo venimos y al polvo vamos.
En ese momento me quedé aislado del mundo, mirando las filas de cruces blancas. El hombre no es nada, pensé, nada. Un envase, no mucho más, que cuando se le escapa el alma por la boca se queda sin vida. Somos lo que tenemos adentro y cuando eso se apaga o se va ya dejamos de ser.
Lamentablemente, nos damos cuenta de eso cuando miramos a nuestro lado y la persona que estaba ya no está.


sábado, 30 de abril de 2011

Mi libre asociación

Estábamos en algún lugar de Corrientes cuando la noche nos encontró. Dejé mi lugar casi al final del micro para ir al asiento que estaba más cerca del conductor.
La ruta estaba muy oscura y hacía rato no se veían señalizaciones, hasta las líneas del asfalto habían desaparecido.
Me había sentado ahí por desconfianza o por curiosidad, no lo sabía, o sí, me negaba a sentir miedo de la noche que parecía comerse las luces del vehículo.
Al costado del camino de veían altares con banderas rojas y algunas luces amarillentas perdidas entre la vegetación que era baja. Eso sí daba miedo, porque quizás estábamos en el famoso lugar en el que el diablo había perdido el poncho.
Después de un rato tuve un extraño sentimiento, como si alguien tratara de leerme los pensamientos. Me di vuelta para mirar al resto del pasaje, pero todos estaban mirando una película del fin del mundo. Una vez más el perseguido era yo.
La película me resultaba aburrida, era de las que se piratean filmándolas del cine. Lo peor de todo era la mala traducción. Así que me acomodé para ver el tenebroso paisaje por el parabrisas.
Al rato me aburrí de nuevo y volví a mi asiento para buscar los auriculares para escuchar música y matar el tiempo de otra manera.
Comencé con Third Day y terminé escuchando a Kevin Johansen o al revés, no me acuerdo, sólo recuerdo que hice una escala en Drexler.
Hicimos una parada para comer antes que terminara la película, se podía ver las caras de alivio de los que viajaban conmigo.
Estiramos las piernas en una estación de servicio y seguimos viaje.
Volví a ocupar mi lugar casi al final del micro, pusieron otra película que no recuerdo y apagaron las luces. No hubo mejor momento para cerrar los ojos y dormir, pero la persona o las personas que viajaban unos asientos más adelante estaban por demás despiertas y con ganas de pintarle la cara al primero que se durmiera… al segundo y al tercero también.
Así que no me quedó otro remedio que quedarme despierto mirando la negra noche por la ventana.
Pasó un rato y la falta de sueño y mi memoria asociativa comenzaron a jugar conmigo.
La película se trataba del fin del mundo, pero el protagonista se salvaba con su familia, al menos eso entendí sin prestar mucha atención, lo que sintetizó en mi cabeza una sola pregunta ¿el fin del mundo me encontraría solo o mal acompañado, es decir solo?
Era tarde y definitivamente no tenía ganas de pensar en la soledad, porque no quería estar solo, mucho menos que el fin del mundo me encontrara así.
Traté de anular ese pensamiento, pero mientras lo hacía, otro ocupó su lugar. La oscuridad de la noche me hizo acordar al Fausto de Goethe, la parte en la que Mefistófeles lleva al protagonista a la cima del monte donde se realizaba una fiesta pagana.
Había asociado el trayecto oscuro de nuestro viaje, con el paseo que esos dos tenían por los oscuros bosques del Harz; las banderas rojas de los pequeños altares al costado del camino con la reunión del que brujos a la que se encaminaban ellos.
En ese lugar Fausto conoció a Lilith, por así decirlo, era la referente del lugar.
A su vez esta Lilith había sido la primera esposa de Adán según las tradiciones antiguas.
Todo eso estaba adentro de mi cabeza, y para completarla la música de fondo de mi pensamiento era una canción de Johansen en francés.
Poco a poco cada pieza de mi libre asociación, el camino oscuro, la película del fin del mundo, la soledad, las banderas rojas, Fausto y Mefistófeles, Lilith la primera esposa de Adán, se acomodaban y comenzaban a tomar un orden y un sentido para tratar de decirme algo.
Yo vendría a ser una mezcla de Fausto, en su búsqueda de felicidad, con Adán; la película del fin del mundo y la soledad serían mis propios temores de vida; el camino oscuro era parte del viaje, que vendrían a ser como la vida; las banderas rojas, no sabía bien, porque no soy de Independiente;… justo cuando el pensamiento se estaba formando la idea con mis ojos a medio cerrar, la chica del asiente de adelante trató de pintarme la cara con algo y me desconcentró de todo. Me despertó.
En ese momento perdí todos los papeles de mis pensamientos, unos pasos antes de entender qué era lo que estaba pensando.
Puse cara de enojado, balbuceé un par de palabras y volví a mi posición con la cabeza casi apoyada en la ventana y entre cerré los ojos para volver a asociar libremente otra vez.


Diarios con sangre

Todavía el perezoso sol de otoño ni siquiera había asomado un destello de luz, cuando se escuchó una frenada que dio inicio al resto de los ruidos del día.
Era muy temprano como para que las viejas del barrio estuvieran lavando la vereda, así que nadie vio en vivo y en directo lo que pasó.
Primero la frenada, un impacto que mezcló vidrios rotos y metales que se arrastran, terminando con el inconfundible sonido de algo que choca contra una pared.
Un auto que venía ligero por la avenida, había perdido el control y se subió a la vereda, llevándose por delante el puesto de diarios del Ruso Salgado.
El Ruso Salgado había vivido toda su vida en la misma casa, que quedaba a la vuelta del quiosquito de diarios que atendía desde los dieciséis años.
Era hijo del Ruso Illich, pero nunca le había dado el apellido. Ese ruso había sido el más mujeriego del barrio y tenía hijos por todos lados, las malas lenguas decían que hasta tenía hijos en otras provincias. Sin embargo, al único de sus bastardos que le había dejado algo era al hijo de la flaca Salgado. En esa época no existían los estudios de ADN, pero nadie podía negar que fueran padre e hijo.
Los primeros que se acercaron al lugar del accidente vieron las piernas del Ruso abajo del auto, la otra mitad estaba incrustada en la pared. Literalmente estaba partido en dos.
Adentro del auto había un tipo apenas golpeado, la bolsa de aire lo había atajado. Parecía medio dormido o desmayado, abrazaba el volante con las dos manos, tenía unos pequeños cortes en la frente por las esquirlas del parabrisas pero seguía respirando.
El muy imbécil estaba borracho, en el asiento de atrás había un par de botellas de bebidas blancas a medio terminar y el cuerpo del idiota ese traspiraba alcohol. Lo salvó que venía en un auto nuevo, de esos que tienen todas las condiciones para que sus ocupantes sobrevivan a un choque.
Un charco que parecía dulce de membrillo derretido se estaba secando alrededor de la rueda delantera del lado del acompañante, mientras de lejos se oía la sirena de una ambulancia que ya no venía a salvar a nadie.
La policía no llegaba, más de un vecino había informado del accidente a diferentes comisarías, parecía demasiado temprano para que la gente de uniforme azul oscuro atendiera algún suceso.
El sol ya estaba escalando las paredes de los edificios y de a poco el tránsito por las calles cercanas comenzaba a darle algo de vida a esa parte de la ciudad.
El borracho estaba recobrando el conocimiento de a poco. Nadie ponía cara de sentir lástima por sus heridas, los ojos de la gente expresaban bronca.
Las baldosas estaban empapeladas con revistas rotas y diarios con sangre; diarios que el Ruso Salgado acomodaba siempre antes que la luz del alba diera algo de vida a la cuadra.
Un hilo de sangre se fugaba del gran charco por las canaletas de las baldosas hasta llegar al cordón de la vereda, las moscas seguían su recorrido.
La escena tomó otro carácter cuando la policía se hizo presente y comenzó a poner la cinta de peligro desde un árbol de mitad de cuadra hasta el semáforo de la esquina, que seguía en pie de casualidad.
El conductor ya estaba acostado en la camilla de la ambulancia. Se lo llevaron rápido.
Se podía sentir el gusto de las lágrimas de las personas del barrio, rabia, bronca impotencia, era el sabor del primer mate amargo.
Una bolsa negra guardaba las dos mitades de Salgado, que ya viajaban en una camioneta hacia la morgue.





domingo, 24 de abril de 2011

Una estampilla en un poema

Todo quizás sucede cuando el viento sopla del norte.
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando el cielo está nublado y oscuro
Cuando el aire corre llevando el calor del sol hasta las sombras
Cuando preparo mi café y siento su vapor en mi nariz
Cuando miro por la ventana el techo de tejas rojas


Todo quizás sucede cuando cierro los ojos para descansar
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando la lluvia cae y derrite la tierra
Cuando la tarde se hunde tímida en el horizonte
Cuando cebo mate con la puerta abierta
Cuando camino sobre una vereda alfombrada de hojas secas


Todo quizás sucede cuando el calor se va apoderando de la mañana
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Cuando el reloj teje historias con sus agujas
Cuando el lápiz dibuja letras en mi cuaderno

Cuando leo rimas y leyendas
Cuando cuento monedas para un viaje

Todo quizás sucede cuando me siento a escribir
Todo quizás sucede cuando nada aparente está pasando
Todo sucedió cuando puse una estampilla en un poema.

jueves, 21 de abril de 2011

El testigo

Mientras todos parecían estar cenando en la parte de arriba de una casa, yo miraba desde la vereda de enfrente. Se escuchaban algunas risas, comentarios en voz alta, pero no alcanzaba a distinguir las voces. Nadie se acercaba a la ventana.
Me habían dicho que Él estaba ahí, pero como nunca lo había visto no sabía cuál de ellos era.
Seguí esperando, me apoyé en una columna y cada tanto miraba para ambas esquinas, por las dudas que alguien me estuviera siguiendo a mí también.
Cuando las risas se calmaron hubo un par de personas que alzaron la voz pero eso fue todo, un rato después todos ellos bajaron y salieron por la puerta del frente, eran más de diez.
Comenzaron a caminar calle arriba, justo hacia el lado donde estaba yo. Tuve miedo y algo de vergüenza. Quería decirle cuanto lo admiraba, pero seguía sin saber cuál de ellos era.
Pasaron todos junto a mí pero no me moví. Esperé a que estuvieran a una distancia apropiada y comencé a caminar detrás del grupo.
Observé como uno de ellos se fue quedando atrás y luego se separó del resto. Usaba una capa, marrón oscuro similar a la mía. Sin despedirse del resto se metió por una de las calles del costado y desapareció.
El grupo seguía caminando, yo atrás.
Llegando casi a las afueras de la ciudad, entraron en un huerto llenos de olivos. El lugar era un tanto tétrico, la luz de la luna se escondía tras las nubes que acomodaba el cálido viento del sur.
Era un lugar en el que nunca había estado, no podía orientarme con facilidad, no quería acercarme mucho para que no me descubrieran.
Dejaron de caminar y todos se sentaron, todos menos uno. Ese era Él, pero yo estaba muy lejos como para acercarme en ese momento. Decidí esperar la oportunidad justa para aproximarme ahora que estaba solo.
Me agaché en cuclillas para no llamar la atención del grupo, observaba desde la oscuridad, pero parecían estar dormidos. Esa era la oportunidad que estaba esperando. Para asegurarme comencé a arrojar piedritas cerca del grupo, para ver si realmente estaban dormidos. Ninguno se movió.
En el momento en que decidí ponerme en pie, Él ya estaba caminando hacia donde los demás dormían. Me quedé helado.
Al llegar junto a ellos levantó la voz, parecía disgustado porque se habían dormido.
No alcanzó a terminar de hablar cuando se comenzó a escuchar un murmullo entre los árboles, parecía gente que se acerba.
Todo duró un instante, o al menos así me pareció a mí.
Una multitud con palos, antorchas y espadas los rodeó. El que había dejado el grupo después de la cena se le acerco y lo besó en la mejilla. Cruzaron un par de palabras, Él parecía saber lo que estaba pasando, sin embargo lucía muy tranquilo.
Hubo un incidente y gritos de repente, pero no pude ver bien que había pasado. Después de eso lo tomaron por los brazos y se lo llevaron.
Yo seguía con la mitad del cuerpo escondido detrás de un árbol pequeño, inmóvil, lleno de impotencia. Lo había estado siguiendo todo este tiempo y justo cuando estaba tan cerca de poder hablarle se lo llevaban por la fuerza.
Me enojé y lloré de bronca, ¿cómo podía ser?
Entre tanto la multitud lo arrastraba no por la fuerza, pero se lo llevaba como la corriente de un rio arrastra un pequeño trozo de madera que flota en la superficie.
Junté mis rodillas y las abracé, tenía mucho frío, me tapé con mi capa y hundí mi cabeza en el hueco que habían dejado mis brazos y piernas.
Antes que el sol salga un viento helado lamió mis pies que estaban descubiertos, las duras sandalias de cuero viejo ya estaban casi rotas.
Cuando le levante de mi encorvada posición me dolía la espalda y el frío del suelo llegaba hasta mi cintura.
Estaba muy desanimado para ser tan temprano, caminaba arrastrando los pies con la mirada fija hacía abajo.
Comencé a caminar hacia la ciudad, a cada calle que avanzaba la gente lucía más y más confundía y turbada. Tenía miedo de preguntar, pero mi curiosidad me venció cerca de la plaza que está frente al templo.
Le pregunté a una señora que estaba juntando pesados de una vasija que se había roto.
- Le van a crucificar en el Gólgota, allí arriba- dijo sin mirarme y señalando con la mano izquierda.-
De repente yo me detuve y todo comenzó a girar más rápido. Parpadeé y ya estaba caminando. Llegue a la calle principal que conducía a la cima del pequeño monte, pero estaba llena de gente y no se podía caminar, así que tomé una de las calles laterales y empecé a correr cuesta arriba.
Estaba agitado y me faltaba el aire, tenía toda mi sangre en la cabeza.
Cuando estuve relativamente cerca pude ver las tres cruces, pero no podía ver si era Él.
Dentro de mi pecho un tambor golpeaba sin cesar, traspiraba, ya no tenía frío.
Una oscuridad se apoderó del cielo y yo me desesperé, comencé a empujar gente con tal de llegar lo más cerca de esa cruz. Entre gritos, tirones e insultos pude llegar hasta donde estaban los soldados.
Vi a un centurión llorando y todo tembló. La situación no podía ser más inexplicable.
Él estaba ahí colgado ya sin moverse, su sangre choreaba por todo su cuerpo hasta bañar la madera debajo de sus pies.
Yo había sido el testigo de su muerte, pero mientras vivía no había tenido el valor de acercarme a hablarle o solamente a saludarlo.
La rabia conmigo mismo se me amontonaba en el pecho hasta hacerme doler. Cerré los ojos y expulsé un par de lágrimas, las más pesadas y amargas de mi vida.

domingo, 10 de abril de 2011

Quienes seducen

De juegos de seducción y de imanes se trata la vida.
Polos que se atraen de lejos y de cerca.
La luna desde su órbita empuja al mar;
Y este cuando es de día sufre la ausencia de su redonda amiga.
Contesta con quietud y tempestad a los estados de su nocturna amante.
Ella encaprichada se esconde tras las nubes en sus diferentes cuartos.

Así estos dos en su juego de ir y venir someten a los pescadores,
Su caprichosa voluntad se burla del sentido común de los mortales.
Los que seducen, también así, juegan solos son su entorno
Y lo sumergen en su propio vaivén especulativo. Sentimientos e incógnitas
De quienes no dicen lo que llevan adentro esperando que el otro lo vea.
Lo natural da vergüenza y lo anónimo resulta poco serio.

Los demás, que alguna vez sedujeron y fueron seducidos, no siempre
Entienden el juego de otros dos, que se miran y no se tocan,
Se dicen y no se hablan. Que esperan encontrarse después de la búsqueda
Pero el pavor ata sus manos y cierra sus bocas, sus propios testigos internos
No se confiesan, no expresan la verdad por miedo que la hubiera.
En cierta forma escapan de lo que anhelan, corren de lo que quieren.

La seducción tiene sus complicaciones, los polos opuestos se atraen,
Como los imanes. Más distinto, más cerca. Inoportuna atracción, acción
Para provecho personal. Cada polo responde a su propia esencia y necesidad,
Ellos son concretos, se atraen o no se atraen, el ser humanos dicta del corazón
Y escribe con la mente lo que dice, un discurso de estudio. Indirectas evidentes,
Directas hirientes. Como una carta escrita en dos idiomas.

Se buscan mutuamente, porque se quieren, pero no se quieren fácil.
Frases sueltas sin sentido aparente, insisten en algo concreto, pero no lo explican.
Seducir de a uno, seducirse entre dos; dos que seducen juntos. Lo mutuo es lo ajeno.
Todo trabaja adentro, poco se consigue afuera. El magnetismo atrae, la seducción
Mezcla los sentimientos y el tiempo cocina lo que, dos, han de probar
en algún momento. Quienes seducen han de gustar de sí lo que ellos mismos prepararon.








sábado, 9 de abril de 2011

El feo (Parte III)

- El permiso lo tenés, para ambas cosas. Pero antes hay cosas que quiero saber.- dijo el rey con cara de serio.-
Se notaba el cansancio en su cara, y las pocas ganas de lidiar con problemas de otros. Todavía no se habían desprendido de sus brazos los enamorados cuando llegó una catarata de preguntas.
- ¿A dónde pensás llevarla? ¿De qué van a vivir? ¿Cómo van a hacer para viajar o moverse, de día o de noche? ¿Cómo piensan hacer para que todo esto funcione?
El león parecía más el padre de la golondrina que el rey de la selva.
Tanto el murciélago y su novia, como el mono quedaron asombrados de las preguntas. Para descomprimir un poco la situación, el mono dejó caer unos papeles al piso.
- Ups!- dijo.- ¡Que torpe!-
Pero nadie le prestó atención. El león seguía con los ojos fijos en el murciélago, la golondrina estaba incómoda pero no dejaba de apretarle la mano a su alado novio.
La situación estaba muy tensa. Entonces el mono decidió hacer algo.
- ¡Quieto! – gritó el mono.- quieto, no se mueva.- y se fue acercando lentamente al león.-
El mono miraba fijamente la melena del rey, y cuando estuvo a tiro levanto la mano. El cachetazo sonó más fuerte de lo que en realidad fue.
- Listo, ese mosquito no va a volver a molestarlo majestad. – dijo el mono.-
La golondrina y el murciélago abrieron los ojos como el dos de oro y quedaron mirando al primate. El león estaba un tanto aturdido.
Todo se prestaba a confusión. Sin perder ni un instante el ágil secretario volvió a abrir la boca.
- Bueno, bueno. Ya tenés tu permiso, ya te podes ir. Los dos se pueden ir.- tomó aire y siguió.- esto es una oficina pública, acá tenemos horarios, ya estamos cerrando.
El simio puso sus manos sobre los hombros de los animales con alas empujándolos hacia afuera.
- Vamos que se me hace tarde y tengo que hacer los mandados porque mi mujer sale tarde del trabajo hoy.- dijo el mono mientras miraba un reloj imaginario en su muñeca.-
- Pero la entrevista no terminó.- interrumpió el león.-
- Pero a mí no me pagan horas extras. Así que tasa, tasa…- dijo el mono haciendo una pausa sin dejar de caminar detrás del ave y su novio.- aprovechá ahora mientras todavía es una princesa, porque cuando se casen, los primero años va a ser una reina… pero después se transforman en brujas.- palmeó la espalda del murciélago y le tiró una sonrisa falsa a la golondrina.-
Todo estaba pasando demasiado rápido, el mono no le daba tiempo a nadie a reaccionar para hacer nada. Cuando por fin los sacó de la oficina cerró la puerta.
Un silencio poco agradable inundó la oficina.
- ¿Por qué hiciste eso? – dijo el león con el seño fruncido.-
- Discúlpeme, pero me puse en el lugar del pobre feo ese y la situación era muy incómoda. Nunca vi transpirar tanto a un murciélago. Y con todo el respeto del mundo, usted es el rey de la selva; no el papá de la golondrina. ¿Qué le importa lo que hagan esos dos?
Otro silencio pero no tan incomodo como el primero tomo lugar mientras el primate cerraba las ventanas.
- Tenés razón, me extralimité un poco en mis facultades.- dijo el león.-
- Claro – afirmó el mono.- o a caso no se acuerda de cómo fue cuando pidió usted la mano de la fiera de su mujer, fiera no por fea, sino por su valor… y aparte para tenerlo a raya a usted.- y se echó a reír.-
El león no movió un pelo, el chiste no le había causado gracia y el mono lo seguía mirando como esperando una sonrisa.
Por la ventana se podía ver como el murciélago y la golondrina se alejaba volando con la luz del sol casi escondido pegándoles de costado.
- Mire allá ¿no es una escena de una película romántica?
El león no le contestó.
- Yo tendría que escribir una historia de esto – dijo el mono.- el título sería: “El feo enamorado, la golondrina mal educada y el rey entrometido”. ¿Qué le parece?
- No sé. – contesto el león.-
No sabía si comérselo o reírse, pero le siguió la corriente a su secretario.
- Me parece que es un título un poco largo, digo, tendría que ser un título impactante y atrayente.
- Ya lo tengo.- dijo sin hacerse esperar.- que más impactante y atrayente que ver a un feo.- y soltó una carcajada.- “El feo”. Ese tendía que ser el título.

viernes, 8 de abril de 2011

Amigo del sol

El sol me miró a los ojos cerrados,
su luz era fuerte, su calor tímido.
Me abrazó y confortó mi pecho.
Desde la sombra me miraba el frío,
amenazante, esperando que volviera.
Mis párpados sentían como una suave brisa coqueteaba con ellos.
No había nubes y yo estaba pálido,
que mejor oportunidad de hacerme amigo del sol.
Tenía la cara caliente y poco a poco
el brillo solar templaba mi cuerpo.
Miré hacia las sombras con una mueca burlona,
porque en el fondo, sabía que tenía que volver.

lunes, 4 de abril de 2011

El feo (Parte II)

El calor estaba disminuyendo, una leve brisa del este inundaba la tupida sombra bajo la cual estaba el león.
Mientras el mono se hacía el interesante acomodando unos papeles en una repisa, ambos escucharon un par de alas acercándose y de inmediato se dieron vuelta para ver quién era.
- Ah, menos mal.- dijo el mono.- ¿Cómo estás tanto tiempo? ¿Algo nuevo para contar?
Era el búho que traía el reporte de los viernes. El león se sentó sobre sus patas traseras mientras el ave le comentaba las novedades del reino.
Ni el León ni el búho le llevaron apunte a las preguntas chusmas del mono, ya estaban acostumbrados. Cuando este se cansó de tratar de interrumpir la conversación se metió para adentro de la oficina.
Después de un rato de estar en la parte posterior, y de no escuchar más charla el mono salió atropelladamente hacia el frente.
- Parece que el feo está retrasado.- Dijo el mono.- vaya a saber uno ¿no? Quizás se arrepintió de irse, o algo más triste, tal vez la golondrina recuperó la viste de repente y se dio cuenta que era muy feo y lo dejó, ¿quién sabe? Todo puede pasar.
En tanto el mono decía estas cosas de espaldas a la puerta, el león le hacía toda clase de caras, agrandando los ojos, fingiendo carraspera, tosiendo fuerte, pero el mono no parecía percibir el mensaje.
- Debe ser muy difícil para un feo así conseguir novia.- continuó el mono con su reflexión filosófica a cerca de la belleza y las relaciones. Hizo una breve pausa.- ¡Que feo ser feo!
Todavía no terminaba el mono de hablar cuando…
- ¿Y vos te viste al espejo? – Dijo una voz a espaldas del mono.- porque vos sos la creación más bella del Señor ¿no?- inquirió la golondrina con tono airado, hizo una pausa y luego continuó.- ¡“el feo” es mi novio! Y yo en tu lugar me preocuparía más por darme un baño que de mirarle la cara a los demás.
Inmediatamente al oír eso el mono metió su nariz bajo su brazo y se llevó una sorpresa. Pero retrucó enseguida.
- Es que ese aroma es lo que atrae a las hembras de mi especie. – dijo sin ponerse colorado.-
El león se limitaba a mirar y es escuchar. El ave siguió cruzando palabras con el mono.
- ¿Quién te pensás que sos para hablar así de los demás? ¡El feo, mugriento y oloriento acá tiene cara de mono!
- Ah! No te lo voy a permitir, pajarraca mal educada, no soy ningún mugriento, mucho menos feo.
- ¡Basta! -Dijo el león.- Silencio los dos.
- Pero, ella empezó. – dijo el mono con cara de yo no fui.-
- Nadie dice una palabra más hasta que yo lo diga.
El murciélago estaba retrasado y el león se estaba impacientando. Los otros dos animales que compartían la sombra con el rey cruzaban miradas furtivas.
El único consuelo del león era saber que había llegado al viernes y que estaba a las puertas del fin de semana.
Casi como una escena de película, los tres vieron al murciélago volando hacia ellos con el sol naranja de fondo.
- Al fin. Ya estamos todos.- dijo el mono- cómo en la película: el rey, la bocona y el feo.
La golondrina se contuvo de tirarle con algo y guardó silencio porque se acercaba su novio. El león miró al mono moviendo la cabeza en señal de desaprobación.
Mientras el mono encogía lo hombros simulando inocencia, el murciélago se abrazaba con su enamorada.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El feo (Parte I)

El sol naranja de la tarde comenzaba a deslizarse perezosamente hacia el horizonte. Todo apuntaba hacia el final de un día normal, sin sobresaltos.
De repente, el mono, que era el secretario personal del rey vio venir a los lejos a alguien volando.
- Señor, creo que tenemos el último caso del día volando hacia acá.- Dijo el mono sin darse vuelta.- es más creo que es un murciélago señor.
El león, que seguía sentado en el mismo lugar que hacía dos horas levantó la cabeza y sacudió su melena para lucir más presentable. Pasó su lengua por sus patas delanteras y se paró para esperar al mamífero volador que se aproximaba.
Por dentro el león estaba muy molesto por el último visitante, le faltaba poco tiempo para cerrar la corte y quería irse rápido, pero su función en la jungla era la de ver por el bienestar de todos los animales, era su deber, él era el rey después de todo.
El murciélago llegó casi arrastrándose, se colgó de una rama cabeza abajo, sacudió sus alas y dijo:
- Disculpe su Alteza que haya venido a este horario, siendo murciélago, se me complica andar de día.
El mono lo miraba esperando que le dijera algo a él también, pero eso no pasó.
- ¿Qué te trae por acá? – dijo el león en un tomo amistosamente serio.-
- Seré breve mi rey, quiero licencia para volar de día, y permiso para ausentarme de su territorio en invierno.
El pedido resultaba inusual y extraño en todo sentido, el león puso cara de sospechar, pero antes que pudiera decir algo, el mono intervino a destiempo en la charla como era su costumbre.
- O sea lo de irte en invierno lo entiendo, pero lo de volar de día, es raro – dijo el mono y reiteró.- es raro.
Ambos miraron al mono un instante y siguieron su charla.
- Antes que nada, me gustaría saber a qué se debe tan extraño pedido ¿Acaso no te gusta tu trabajo de vigilante nocturno? Eso lo podemos arreglar.
El mamífero volador que estaba colgado patas para arriba delante del rey y del mono, no era nada más ni menos que el jefe de vigilancia nocturna. Y lo que en realidad le llamaba la atención al rey de la selva era el pedido de ausentarse en invierno.
- Sepa usted entender Su Majestad, tengo motivos personales para hacer ese pedido.
- Si fuera cualquier otro murciélago, no le preguntaría mucho, pero tratándose del jefe de vigilancia nocturna, me interesaría saber el porqué. Desde ya el permiso para volar de día lo concedo.
- Es un motivo muy personal. –dijo el murciélago muy sereno.-
El león se estaba impacientando con una charla que no llegaba a ningún lado.
- Seguramente le da vergüenza decirlo mi rey.- fue la interferencia sin ningún tipo de tacto por parte del mono.-
Una vez más ambos miraron al mono con ganas de comérselo, pero este no acusó recibo en lo más mínimo.
- Quiero dejar mi puesto de trabajo también. – dijo el murciélago.-
Esto terminó de cambiar la cara del león.
- Ahora sí, nos ponemos más serios. – dijo con un leve movimiento de la cabeza que sacudió su melena.- Como tu rey exijo saber el motivo.-
- Es que conocí a alguien – titubeó el mamífero nocturno, hizo una pausa y continuó- es de fuera de sus dominios, por eso quiero permiso para irme.
La cara del león reflejó su sorpresa. Mientras miraba fijo la rama en la que el murciélago se mecía.
- ¿Es una murciélaga de otra parte de África?- inquirió el mono entro metido.-
- No.- respondió el murciélago.-
- Entonces ¿Quién es la afortunada? – preguntó el león.-
- Es una – pausa- es una golondrina.-
- ¡¿Qué?! – dijo el mono y se echó a reír.-
Mientras el murciélago ponía cara de indignado ante la burla del mono, el león estaba más desconcertado que antes. No podía confiar del todo en los dichos del murciélago, era un relato muy extraño para su gusto.
Todavía el mono se reía del pobre enamorado cuando el león intervino.
- Basta mono. –dijo en tono de orden casi rugiendo.- vamos a hacer así, mañana para la misma hora que viniste vos, tenés que traer a tu enamorada. No me tienen que convencer de nada, solamente vengan juntos. Eso es todo.
El león dio media vuelta y se fue con el seño fruncido. El murciélago seguía mirando con bronca al mono, y este último parecía no darse cuenta de nada.


Dos locos

Le pidió bailar sin música. Ella lo miró con desconfianza, no entendió.
Cuando él la quiso tomar por la mano ella levantó los brazos simulando desperezarse.
El desconcierto le duró un instante, y volvió a repetir la acción, estiró la mano y la tomó la suya. Le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera.
Caminaron juntos hasta el jardín, pisando únicamente la hilera de lajas grises incrustadas en el pasto verde.
De repente se dio vuelta y la tomo por la cintura acercándosela a menos de un palmo. Apenas unos centímetros distanciaban sus caras.
Sus ojos hicieron contacto a pesar de los intentos que ella hizo para evitar su mirada. Primero la hipnosis y después el trance, vieron en los abismos de sus pupilas la eternidad juntos, envejecieron con las estrellas, vieron lo que querían el uno del otro. El sol salió y se puso varias veces en esa mirada, en ese instante, literalmente un siglo que cabe en un parpadeo.
Inclinaron sus rostros hasta casi tocar las narices con los ojos abiertos. Cuando sus labios se sellaron la luz ya estaba adentro y descansaron su vista puertas adentro.
Con un paso similar al vals de a poco fueron dándole ritmo a un abrazo, su abrazo.
Después de un rato sin tiempo, ella recostó su cara sobre el pecho de él.
- ¿Qué dirían si nos vieran bailando así, sin música?- Dijo ella.- seguro pensarían que somos dos locos.
Él se rió suavemente y le contestó:
- Loco sería no bailar así, esta es nuestra propia música. Mira hacia arriba ¿ves a alguna estrella riéndose de nosotros? Es más, creo que miran a estos dos locos con mucha atención. Tal vez les estamos enseñando un paso que no conocen.

Mi menor, Tu mayor en mí

Cerré los ojos por el placer de buscarte
Acercarme, verte, conocerte, tocarte
No buscaba luz únicamente
Buscaba paz, buscaba alcanzarte

Mi menor, Tu mayor en mí
Los dedos se deslizan sobre las cuerdas
Las notas calman mi alma
Tu voz que sana mis heridas
Mi menor, Tu mayor en mí

Poco tiene que ver la tonalidad
La armonía que lleva a la inmortalidad
Es la tuya no la mía, tu verdad
Tu realidad, tu amistad.

Solo, no soy ni la mitad
Y mi todo no es mío.
Vuelvo a cerrar los ojos por el placer de buscarte
Acercarme, verte, conocerte, tocarte
No buscaba luz únicamente
Buscaba paz, buscaba alcanzarte

martes, 29 de marzo de 2011

Poemas incompletos

Leía poemas en un tren, cada tanto dejaba de leer para mirar por la ventanilla y ver toda esa cantidad de verdes, casi iguales pero todos distintos.
Afuera todo era campo, hermoso. Seguía con los ojos sobre las líneas de letras, frases de amor, de desencanto, dedicadas a personas que ya no están o que nunca existieron (inventadas por la imaginación del que escribe).
Los poemas de los libros que llevaba resultaron ser como el paisaje que observada desde el vagón, transiciones de sentimientos, en algunos casos de forma gradual, en otros, un tanto más drástica. De la misma manera que la tierra iba cambiando al costado de las vías, tierra negra, tierra blanca, tierra anaranjada, tierra roja, así cambiaban de color los sentimientos impresos.
Cuando dejaba de leer, recordaba que cuando era chico creía que los poemas eran una mera declaración de amor, palabras juntadas por estrofas con una rima simpática, con el objetivo de hacer que alguien se enamore de otro alguien. Después, cuando leí un poco más acerca del tema me di cuenta que no eran sólo de amor, sino también de otros sentimientos, de otras vivencias, de otras relaciones, de otras vidas.
Descubrí poemas apartados del amor.
Para cuando el sol se había escondido al costado izquierdo del tren y las diminutas manchas blancas en el cielo oscuro parecían observarme por la ventanilla. Tal vez el sentirme observado me privó del sueño, pero después de un rato cuando todos se callaron y solo se escuchaba el rítmico paso de las ruedas sobre los rieles, y comencé a divagar sobre todo lo que había leído ese día.
Tenía el codo derecho apoyado en el borde del marco de la ventana, mientras mi mano me sostenía la pera cerraba los ojos buscando pensar cómo escribir un poema que dijera la verdad de dos personas y no de una sola.
Durante el transcurso de la tarde había notado que los poemas de amor que había leído sólo expresaban los sentimientos de una de las partes.
Toda la tarde había leído poemas incompletos, que de a ratos sentía míos pero que no compartía con nadie.
Súbitamente dejé de escuchar el ruido del tren y perdí la vista entre los árboles que pasaban al costado, iluminados en blanco y negro por la luna.
En ese momento dije sin abrir la boca: “Quiero escribir un poema completo. Encontrar a alguien que me preste sus frases para terminarlas. Alguien que complete las mías. Eso sí es un poema de amor, dos personas escribiendo lo que sienten, lo que quieren, lo que ven, lo que sueñan. Sí para escribir hacen falta papel y tinta; para un poema hacen falta dos personas.”
De a poco el sueño me fue ganando, cerrando mis ojos en cámara lenta. Crucé los brazos sobre mi pecho y me acomodé para descansar en el incómodo asiento del tren. Me dormí con la sensación de haber descubierto algo, pero con la certeza de no poder escribirlo aún.