sábado, 30 de abril de 2011

Diarios con sangre

Todavía el perezoso sol de otoño ni siquiera había asomado un destello de luz, cuando se escuchó una frenada que dio inicio al resto de los ruidos del día.
Era muy temprano como para que las viejas del barrio estuvieran lavando la vereda, así que nadie vio en vivo y en directo lo que pasó.
Primero la frenada, un impacto que mezcló vidrios rotos y metales que se arrastran, terminando con el inconfundible sonido de algo que choca contra una pared.
Un auto que venía ligero por la avenida, había perdido el control y se subió a la vereda, llevándose por delante el puesto de diarios del Ruso Salgado.
El Ruso Salgado había vivido toda su vida en la misma casa, que quedaba a la vuelta del quiosquito de diarios que atendía desde los dieciséis años.
Era hijo del Ruso Illich, pero nunca le había dado el apellido. Ese ruso había sido el más mujeriego del barrio y tenía hijos por todos lados, las malas lenguas decían que hasta tenía hijos en otras provincias. Sin embargo, al único de sus bastardos que le había dejado algo era al hijo de la flaca Salgado. En esa época no existían los estudios de ADN, pero nadie podía negar que fueran padre e hijo.
Los primeros que se acercaron al lugar del accidente vieron las piernas del Ruso abajo del auto, la otra mitad estaba incrustada en la pared. Literalmente estaba partido en dos.
Adentro del auto había un tipo apenas golpeado, la bolsa de aire lo había atajado. Parecía medio dormido o desmayado, abrazaba el volante con las dos manos, tenía unos pequeños cortes en la frente por las esquirlas del parabrisas pero seguía respirando.
El muy imbécil estaba borracho, en el asiento de atrás había un par de botellas de bebidas blancas a medio terminar y el cuerpo del idiota ese traspiraba alcohol. Lo salvó que venía en un auto nuevo, de esos que tienen todas las condiciones para que sus ocupantes sobrevivan a un choque.
Un charco que parecía dulce de membrillo derretido se estaba secando alrededor de la rueda delantera del lado del acompañante, mientras de lejos se oía la sirena de una ambulancia que ya no venía a salvar a nadie.
La policía no llegaba, más de un vecino había informado del accidente a diferentes comisarías, parecía demasiado temprano para que la gente de uniforme azul oscuro atendiera algún suceso.
El sol ya estaba escalando las paredes de los edificios y de a poco el tránsito por las calles cercanas comenzaba a darle algo de vida a esa parte de la ciudad.
El borracho estaba recobrando el conocimiento de a poco. Nadie ponía cara de sentir lástima por sus heridas, los ojos de la gente expresaban bronca.
Las baldosas estaban empapeladas con revistas rotas y diarios con sangre; diarios que el Ruso Salgado acomodaba siempre antes que la luz del alba diera algo de vida a la cuadra.
Un hilo de sangre se fugaba del gran charco por las canaletas de las baldosas hasta llegar al cordón de la vereda, las moscas seguían su recorrido.
La escena tomó otro carácter cuando la policía se hizo presente y comenzó a poner la cinta de peligro desde un árbol de mitad de cuadra hasta el semáforo de la esquina, que seguía en pie de casualidad.
El conductor ya estaba acostado en la camilla de la ambulancia. Se lo llevaron rápido.
Se podía sentir el gusto de las lágrimas de las personas del barrio, rabia, bronca impotencia, era el sabor del primer mate amargo.
Una bolsa negra guardaba las dos mitades de Salgado, que ya viajaban en una camioneta hacia la morgue.





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