jueves, 21 de abril de 2011

El testigo

Mientras todos parecían estar cenando en la parte de arriba de una casa, yo miraba desde la vereda de enfrente. Se escuchaban algunas risas, comentarios en voz alta, pero no alcanzaba a distinguir las voces. Nadie se acercaba a la ventana.
Me habían dicho que Él estaba ahí, pero como nunca lo había visto no sabía cuál de ellos era.
Seguí esperando, me apoyé en una columna y cada tanto miraba para ambas esquinas, por las dudas que alguien me estuviera siguiendo a mí también.
Cuando las risas se calmaron hubo un par de personas que alzaron la voz pero eso fue todo, un rato después todos ellos bajaron y salieron por la puerta del frente, eran más de diez.
Comenzaron a caminar calle arriba, justo hacia el lado donde estaba yo. Tuve miedo y algo de vergüenza. Quería decirle cuanto lo admiraba, pero seguía sin saber cuál de ellos era.
Pasaron todos junto a mí pero no me moví. Esperé a que estuvieran a una distancia apropiada y comencé a caminar detrás del grupo.
Observé como uno de ellos se fue quedando atrás y luego se separó del resto. Usaba una capa, marrón oscuro similar a la mía. Sin despedirse del resto se metió por una de las calles del costado y desapareció.
El grupo seguía caminando, yo atrás.
Llegando casi a las afueras de la ciudad, entraron en un huerto llenos de olivos. El lugar era un tanto tétrico, la luz de la luna se escondía tras las nubes que acomodaba el cálido viento del sur.
Era un lugar en el que nunca había estado, no podía orientarme con facilidad, no quería acercarme mucho para que no me descubrieran.
Dejaron de caminar y todos se sentaron, todos menos uno. Ese era Él, pero yo estaba muy lejos como para acercarme en ese momento. Decidí esperar la oportunidad justa para aproximarme ahora que estaba solo.
Me agaché en cuclillas para no llamar la atención del grupo, observaba desde la oscuridad, pero parecían estar dormidos. Esa era la oportunidad que estaba esperando. Para asegurarme comencé a arrojar piedritas cerca del grupo, para ver si realmente estaban dormidos. Ninguno se movió.
En el momento en que decidí ponerme en pie, Él ya estaba caminando hacia donde los demás dormían. Me quedé helado.
Al llegar junto a ellos levantó la voz, parecía disgustado porque se habían dormido.
No alcanzó a terminar de hablar cuando se comenzó a escuchar un murmullo entre los árboles, parecía gente que se acerba.
Todo duró un instante, o al menos así me pareció a mí.
Una multitud con palos, antorchas y espadas los rodeó. El que había dejado el grupo después de la cena se le acerco y lo besó en la mejilla. Cruzaron un par de palabras, Él parecía saber lo que estaba pasando, sin embargo lucía muy tranquilo.
Hubo un incidente y gritos de repente, pero no pude ver bien que había pasado. Después de eso lo tomaron por los brazos y se lo llevaron.
Yo seguía con la mitad del cuerpo escondido detrás de un árbol pequeño, inmóvil, lleno de impotencia. Lo había estado siguiendo todo este tiempo y justo cuando estaba tan cerca de poder hablarle se lo llevaban por la fuerza.
Me enojé y lloré de bronca, ¿cómo podía ser?
Entre tanto la multitud lo arrastraba no por la fuerza, pero se lo llevaba como la corriente de un rio arrastra un pequeño trozo de madera que flota en la superficie.
Junté mis rodillas y las abracé, tenía mucho frío, me tapé con mi capa y hundí mi cabeza en el hueco que habían dejado mis brazos y piernas.
Antes que el sol salga un viento helado lamió mis pies que estaban descubiertos, las duras sandalias de cuero viejo ya estaban casi rotas.
Cuando le levante de mi encorvada posición me dolía la espalda y el frío del suelo llegaba hasta mi cintura.
Estaba muy desanimado para ser tan temprano, caminaba arrastrando los pies con la mirada fija hacía abajo.
Comencé a caminar hacia la ciudad, a cada calle que avanzaba la gente lucía más y más confundía y turbada. Tenía miedo de preguntar, pero mi curiosidad me venció cerca de la plaza que está frente al templo.
Le pregunté a una señora que estaba juntando pesados de una vasija que se había roto.
- Le van a crucificar en el Gólgota, allí arriba- dijo sin mirarme y señalando con la mano izquierda.-
De repente yo me detuve y todo comenzó a girar más rápido. Parpadeé y ya estaba caminando. Llegue a la calle principal que conducía a la cima del pequeño monte, pero estaba llena de gente y no se podía caminar, así que tomé una de las calles laterales y empecé a correr cuesta arriba.
Estaba agitado y me faltaba el aire, tenía toda mi sangre en la cabeza.
Cuando estuve relativamente cerca pude ver las tres cruces, pero no podía ver si era Él.
Dentro de mi pecho un tambor golpeaba sin cesar, traspiraba, ya no tenía frío.
Una oscuridad se apoderó del cielo y yo me desesperé, comencé a empujar gente con tal de llegar lo más cerca de esa cruz. Entre gritos, tirones e insultos pude llegar hasta donde estaban los soldados.
Vi a un centurión llorando y todo tembló. La situación no podía ser más inexplicable.
Él estaba ahí colgado ya sin moverse, su sangre choreaba por todo su cuerpo hasta bañar la madera debajo de sus pies.
Yo había sido el testigo de su muerte, pero mientras vivía no había tenido el valor de acercarme a hablarle o solamente a saludarlo.
La rabia conmigo mismo se me amontonaba en el pecho hasta hacerme doler. Cerré los ojos y expulsé un par de lágrimas, las más pesadas y amargas de mi vida.

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