“No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro”
San Agustín de Hipona.
Mientras el sol salga sobre nuestras cabezas, del lado opuesto a su luz va a caminar nuestra sobra, de la misma manera que avanzamos el pasado marcha a nuestras espaldas con idéntica fidelidad a la proyección oscura a nuestras espaldas.
Nuestro pretérito señala quienes somos en el presente, pero no lo condiciona, mucho menos infiere el futuro.
El pasado nunca va a cambiar, se lo puede olvidar, distorsionar, dejar que nos persiga, o simplemente convivir con el; pero nada en el puede ser modificado.
A veces, el pasado, no es un impedimento, si no una excusa para no tomar decisiones, para no seguir adelante, para negarnos a ser felices.
No obstante son los momentos que dejamos atrás, algunos de dolor y otros de alegría, todos ellos nutren nuestra memoria, fortaleciendo las buenas decisiones, y mirando de lejos y sin ansias las que dejamos pasar, todo por algo sucede y por ese mismo todo, nada sucede.
Para algunos el pasado es el menor de sus problemas, comparado con el presente; o el presente es el respiro del pasado, que aun molesta con sus imágenes cada vez que se cierran los ojos.
Es imposible pensar en un presente sin un pasado, y un futuro sin un presente.
Creo que ningún pasado es mejor a lo que tenemos ahora porque ahí es donde quedaron sepultados todos los errores cometidos, los triunfos y aciertos los llevamos en los bolsillos y los sacamos como carta de presentación.
Atrás quedó quien fui y con cada amanecer me voy alejando de quien era.
Perseveramos en la esperanza de llegar a ser mejores de los que los demás vieron de nosotros. Esa esperanza es como cuando el sol me mira fijo a los ojos cerrados, la luz cegadora y el calor abrazador nos hacen sentir perdonados, nos hace sentir mejores personas. Lo seamos o no, esa debería ser nuestra esperanza.
El pasado se va perdiendo el la niebla de las madrugadas del invierno, que se hace más densa cuando apenas el sol asoma sus primeras intenciones de luz, pero es en ese preciso momento cuando las dudas del camino se disipan y todo comienza a tomar sentido en el ruta del vivir. La débil claridad del amanecer va cobrando fuerzas hasta que la luz y el calor de un nuevo día un presente prometedor.
No somos quienes fuimos, lo que hicimos, dijimos o pensamos nos trajo hasta acá; nosotros somos quienes somos por lo que hacemos hoy.
De la misma manera que el tiempo no vuelve, todo lo demás tampoco; quien se aferra a lo que fue no es, quien no es nunca llega a ser.
El hoy es mejor que mil días del ayer, porque es la oportunidad de ser mil veces mejor que antes.
San Agustín de Hipona.
Mientras el sol salga sobre nuestras cabezas, del lado opuesto a su luz va a caminar nuestra sobra, de la misma manera que avanzamos el pasado marcha a nuestras espaldas con idéntica fidelidad a la proyección oscura a nuestras espaldas.
Nuestro pretérito señala quienes somos en el presente, pero no lo condiciona, mucho menos infiere el futuro.
El pasado nunca va a cambiar, se lo puede olvidar, distorsionar, dejar que nos persiga, o simplemente convivir con el; pero nada en el puede ser modificado.
A veces, el pasado, no es un impedimento, si no una excusa para no tomar decisiones, para no seguir adelante, para negarnos a ser felices.
No obstante son los momentos que dejamos atrás, algunos de dolor y otros de alegría, todos ellos nutren nuestra memoria, fortaleciendo las buenas decisiones, y mirando de lejos y sin ansias las que dejamos pasar, todo por algo sucede y por ese mismo todo, nada sucede.
Para algunos el pasado es el menor de sus problemas, comparado con el presente; o el presente es el respiro del pasado, que aun molesta con sus imágenes cada vez que se cierran los ojos.
Es imposible pensar en un presente sin un pasado, y un futuro sin un presente.
Creo que ningún pasado es mejor a lo que tenemos ahora porque ahí es donde quedaron sepultados todos los errores cometidos, los triunfos y aciertos los llevamos en los bolsillos y los sacamos como carta de presentación.
Atrás quedó quien fui y con cada amanecer me voy alejando de quien era.
Perseveramos en la esperanza de llegar a ser mejores de los que los demás vieron de nosotros. Esa esperanza es como cuando el sol me mira fijo a los ojos cerrados, la luz cegadora y el calor abrazador nos hacen sentir perdonados, nos hace sentir mejores personas. Lo seamos o no, esa debería ser nuestra esperanza.
El pasado se va perdiendo el la niebla de las madrugadas del invierno, que se hace más densa cuando apenas el sol asoma sus primeras intenciones de luz, pero es en ese preciso momento cuando las dudas del camino se disipan y todo comienza a tomar sentido en el ruta del vivir. La débil claridad del amanecer va cobrando fuerzas hasta que la luz y el calor de un nuevo día un presente prometedor.
No somos quienes fuimos, lo que hicimos, dijimos o pensamos nos trajo hasta acá; nosotros somos quienes somos por lo que hacemos hoy.
De la misma manera que el tiempo no vuelve, todo lo demás tampoco; quien se aferra a lo que fue no es, quien no es nunca llega a ser.
El hoy es mejor que mil días del ayer, porque es la oportunidad de ser mil veces mejor que antes.