sábado, 17 de abril de 2010

Hoy es mejor que ayer

“No hay santo sin pasado, ni pecador sin futuro”
San Agustín de Hipona.

Mientras el sol salga sobre nuestras cabezas, del lado opuesto a su luz va a caminar nuestra sobra, de la misma manera que avanzamos el pasado marcha a nuestras espaldas con idéntica fidelidad a la proyección oscura a nuestras espaldas.
Nuestro pretérito señala quienes somos en el presente, pero no lo condiciona, mucho menos infiere el futuro.
El pasado nunca va a cambiar, se lo puede olvidar, distorsionar, dejar que nos persiga, o simplemente convivir con el; pero nada en el puede ser modificado.
A veces, el pasado, no es un impedimento, si no una excusa para no tomar decisiones, para no seguir adelante, para negarnos a ser felices.
No obstante son los momentos que dejamos atrás, algunos de dolor y otros de alegría, todos ellos nutren nuestra memoria, fortaleciendo las buenas decisiones, y mirando de lejos y sin ansias las que dejamos pasar, todo por algo sucede y por ese mismo todo, nada sucede.
Para algunos el pasado es el menor de sus problemas, comparado con el presente; o el presente es el respiro del pasado, que aun molesta con sus imágenes cada vez que se cierran los ojos.
Es imposible pensar en un presente sin un pasado, y un futuro sin un presente.
Creo que ningún pasado es mejor a lo que tenemos ahora porque ahí es donde quedaron sepultados todos los errores cometidos, los triunfos y aciertos los llevamos en los bolsillos y los sacamos como carta de presentación.
Atrás quedó quien fui y con cada amanecer me voy alejando de quien era.
Perseveramos en la esperanza de llegar a ser mejores de los que los demás vieron de nosotros. Esa esperanza es como cuando el sol me mira fijo a los ojos cerrados, la luz cegadora y el calor abrazador nos hacen sentir perdonados, nos hace sentir mejores personas. Lo seamos o no, esa debería ser nuestra esperanza.
El pasado se va perdiendo el la niebla de las madrugadas del invierno, que se hace más densa cuando apenas el sol asoma sus primeras intenciones de luz, pero es en ese preciso momento cuando las dudas del camino se disipan y todo comienza a tomar sentido en el ruta del vivir. La débil claridad del amanecer va cobrando fuerzas hasta que la luz y el calor de un nuevo día un presente prometedor.
No somos quienes fuimos, lo que hicimos, dijimos o pensamos nos trajo hasta acá; nosotros somos quienes somos por lo que hacemos hoy.
De la misma manera que el tiempo no vuelve, todo lo demás tampoco; quien se aferra a lo que fue no es, quien no es nunca llega a ser.
El hoy es mejor que mil días del ayer, porque es la oportunidad de ser mil veces mejor que antes.

viernes, 16 de abril de 2010

El ritmo de las golondrinas

“El amor sabe durar, lo que dura llorar un muerto”.
José sabía (La vela puerca).

La única posesión del hombre que dura para siempre es su alma, todo lo demás se pierde. El tiempo arrastra todo eso al olvido, con la misma fuerza con al que el sol se lleva su luz cuando se hunde en el mar.
Sin embargo, el alma permanece con nosotros de este y del otro lado de la luz. Es la esencia del individuo. Pero es más que eso, el alma es la caja negra del hombre.
Ahí van a parar todos los sentimientos, me atrevería a decir que hasta están clasificados por tipo y año, pero eso seria mucho pedir.
De los buenos y de los otros, de los que no se olvidan y de los que por alguna de esas casualidades quedan guardados, algo así como para evitarlos en el futuro.
De todos ellos, el más famoso es el amor. Ya sea porque es el que todo ser humano anhela vivir; o porque es el más difícil de encontrar; o porque es al que más tiempo le han dedicado los poetas y escritores.
A todo esto, y como si fuera poco, es el sentimiento que mas suplentes tiene, incluso hasta es suplantado por cosas que ni siquiera son sentimientos: el odio, el enamoramiento, la obsesión, acostumbrarse, ilusionarse, etc.
No sé si el amor dura para siempre o solo un momento. Pero si se que existe, que a veces esta y otras no, que no se lo puede fabricar, que para algunos es una elección y para otros no, que se camufla con el impulso, se pierde con las discusiones.
Se alimenta de las esperanzas, quien no saca sus fuerzas de ellas es incapaz de amar.
Para algunos el amor tiene el ritmo de las golondrinas, que llegan solas y se van cuando pasa la estación. Para otros es el esfuerzo de todas las mañanas cuando la luz del sol moja sus sabanas.
O tal vez no tenga nada que ver con todo lo anterior y sea solamente un estado mental, inducido por factores externos, responder a determinados estímulos, casi como una formula matemática, en la que el resultado es inequívoco.
En mi caso el amor siempre se va por la misma puerta por la que entro, más o menos para la misma temporada vuelve a pasar, pero no es el mismo amor, ni si quiera la misma estación.
Pero el antes y el después del amor son casi iguales, enamorarse y quedarse solo.
Quizás sea cierto, el amor dura lo que dura llorar un muerto. Lo que me lleva a pensar en algunas cosas, que todo depende de que clase de muerto estemos llorando; no siempre la vida nos quita seres queridos, a veces se lleva desconocidos, otras veces enemigos; en ese caso no lloramos mucho; pero cuando la vida se lleva a alguien importante para nosotros las lagrimas con complicadas de contener.
La muerte es quién se lleva los hombres de esta tierra, pero definitivamente mata el olvido.
Dejamos de llorar por amor cuando olvidamos, y dejamos que los sentimientos naufraguen echándolos por la borda, sin mirar atrás esperando que solos se hundan en el oscuro de las profundidades de donde nada vuelve.
Sin poder evitarlo después del horizonte llegaremos a otros puertos, viviremos otras estaciones y volveremos a ver pasar las golondrinas en el cielo.