El
café estaba en la esquina de Avenida corrientes y Talcahuano. No era muy lujoso,
las mesas y sillas eran viejas, pero se conservaban es estado. Las baldosas de
la entrada ya habían perdido su dibujo original por el paso del tiempo y los
pasos de los que entraban y salían.
A
menudo muchos de los abogados de tribunales usaban los huecos de sus agendas para
ir ahí y charlar con algún cliente.
No
era de los bares que tienen internet, ni de los que tienen mozos menores de
treinta años y con acento extranjero, los que atendían el lugar eran bien porteños.
No se esperaba menos del lugar en el que estaba el establecimiento.
Ahí
estaban ellos, llegaron puntuales, tres y media, ella abrió la puerta y lo vio a
él, sentado en la mesa ubicada al fondo a la derecha, donde está la puerta de media
altura para pasar al otro lado de la barra.
Una
ubicación estratégica, desde ahí se podía ver todo el lugar, y ambas calles,
por ende podían ver el transito y a los transeúntes ir y venir como hormigas
por la calle.
El
se paró, la saludó con un beso en la mejilla, le corrió la silla para que se
sentara y volvió a acomodarse en su lugar.
Los
ojos de ambos se miraban brillantes, reflejando una sensación de comprensión
mutua casi inexplicable.
Se
habían conocido por internet, en noches de soledad y vicio. No fue el típico levante
de correo electrónico, lo suyo había sido el chat.
Había
sido tres años atrás, ella salía de una relación larga y ocupaba su tiempo,
encerrada en la casa, con la computadora. El estaba cómodo pero mal acompañado,
según le había dicho en aquella ocasión, era solo cuestión de tiempo para que
todo llegara a su fin.
Arrancaron
casi en situación de levante, ambos, jugando a que jugaban, correteando son
salir de su casa.
Seguían
con su vida casi normal, de trabajo, salidas con amigos, asados familiares, malestares
de las estaciones, etc.
Las
confesiones más profundas llegaban a cualquier hora del día, con el típico sonido
de las ventanas.
Acordando
sin decir nada el tiempo diluyó el interés, la intensidad de las charlas y el interés
menguaron.
Al
año ya se habían dejado de hablar.
Para
mantener el misterio o las reservas ninguno estaba en los contactos del otro en
las redes sociales.
Para
el segundo año, la sorpresa se la llevó ella cuando él la saludo para su
cumpleaños, y retomaron el dialogo por unos meses hasta que ella comunicó que
estaba saliendo con un flaco de la oficina, que hasta ahí no era nada formal. Sinceros
ambos como siempre, el confesó también estar en pareja con una compañera de la
facultad.
Las
ventanas de diálogos volvieron a estar en silencio durante unos meses más.
Todo
estaba claro, inciertamente claro. Se conocían sin verse, se querían sin
haberse siquiera tocado, se conocían casi mejor que nadie, o al menos eso es lo
que simula la realidad de internet, pero estaba en ellos creer que era así,
casi como volviendo al período del Romanticismo.
Los
dos en pajera no dejaban de amar a quienes tenían al lado, tampoco dejaban de
pensar en la persona del otro lado de la ventana.
Los
procesos de curiosidad, llevan a una decantación natural. Querían conocerse.
Y
ahí estaban ellos, después de un par de años mirándose a los ojos por primera
vez en sus vidas. Recordando noches y tarde de charlas, saludos esporádicos, chistes
que solo ellos entendían, juegos de palabras y un montón de sensaciones y
sentimientos que solo tenían significado en la persona de enfrente.
Tenían
un poco más de media hora para verse, después de eso cada cual volvería al
mundo real.
Hablaron
de todo sin ahondar mucho en ningún tema. Los primeros cinco minutos es
estudiaron de pies a cabeza para ver si coincidían con las descripciones que se
habían pasado alguna vez por escrito.
Mirando
el reloj, para no retrasar el resto de las actividades, el brillo de sus ojos
se iba perdiendo. Los dos tenían pareja, no sabían si estaba bien o no lo que
hacían, no porque hicieran algo malo en sí, sino porque no tenían como explicarlo.
Cómo
y qué decir si alguno de los otros los llegaba a ver, o si alguien de sus
conocidos los veía y salía con un cuento.
La
culpa opacaba la sonrisa de ambos al despedirse, tal vez era algún cargo de conciencia
que traían desde antes. Verse con otras personas a espaldas de sus compañeros
de almohadas.
El
único abrazo entre ellos fue en la esquina de ese café. Después allá subió por
Corrientes y el doblo en Talcahuano.