domingo, 22 de abril de 2012

Esquimales (Parte I)


Una vez más los primeros fríos llegan golpeando la puerta del cuarto para avisarle al otoño que el invierno está por llegar para su visita anual de tres meses.
La decoración cambia paulatinamente casi olvidando los tonos suaves y cálidos. Las veredas empapeladas de dorado van descubriendo las baldosas desnudas, desprolijas, y mal tratadas por el paso de todos.
Sus tobillos se tocan bajo las sabanas, sabe que si se mueve mucho sus pies encontraran el frío de la parte inhabitada del colchón.
Nunca se acostumbro a luchar con la pereza que implica salir de la cama en los días frescos. Tomando valor, se enfrentó al piso del cuarto con los pies descalzos y fue al baño.
Después de una ducha el cuerpo le tenía que responder mejor, aunque su alma todavía estaba en la almohada.
El vapor se escapaba por la puerta abierta, mientras ella se secaba el pelo. El espejo le devolvía la imagen de una cara que no tenía maquillaje aun.
A las seis y media  ya estaba en la cocina calentando el agua para el café. Untó un par de galletitas con mermelada y las dejó sobre un plato. Esa mañana se había descubierto un par de canas, n o era la primera vez que pasaba, el problema era que cada vez pasaba más seguido.
Terminó el café y dejó la taza con agua caliente de la pava que había sobrado, a la vuelta la iba a lavar. Juntó sus cosas y salió para el trabajo.  
Cuando llegó a la esquina el viento que le acariciaba el cuello me hizo acordar que se había olvidado el pañuelo, pero no iba a volver a buscarlo.
La calle todavía tenía bordados los cordones con hojas que caían de los árboles.
Tres cuadras antes de llegar a la oficina, se dio cuenta que no llevaba consigo la ropa para ir al gimnasio, era la escusa perfecta para no ir, lo único que quería era volver a esa cama y acomodarse en posición fetal hasta entrar en calor otra vez.
Procuraba que su escritorio estuviera siempre prolijo. Una vez una jefa que había tenido le había dado ese consejo, porque la gente que se sentara del otro lado tenía que ver a alguien respetable, y si su escritorio veía ordenado, daba la impresión que era una persona que podía organizarse y podía velar por asuntos ajenos.
El reloj grande al final del pasillo nunca estaba apurado para llegar al medio día. Las puertas de las oficinas de sus compañeros estaban todas abiertas, eso hacía percibir airecito que entraba desde afuera. Alguien tenía abierta una de las pequeñas ventanas.
De camino a la fotocopiadora se cruzó con dos compañeras que charlaban del fin de semana, intercambiaron preguntas y comentarios combinando para almorzar juntas.
Durante la mañana habían desfilado varias carpetas por su escritorio, casi todas eran viejas conocidas. Repasando datos y buscando algo que se le había pasado por alto. Hizo una pausa y saco los ojos de las hojas para mirar por la ventana las nubes grises, sintió frio desde los pies hasta las manos. Quería volverse a su casa, cambiarse y esperar a que el sol se acueste para hacerlo ella también.
Justo en el instante en el que volvía la vista a los papeles, la pasaron a buscar para ir a comer algo. Sin dudarlo, agarró su abrigo, se puso en pie y cruzo la puerta cerrándola con la mano derecha.
Charlas de almuerzo con gente que hace compañía pero que en definitiva no eran amistades.
Pero le hacían falta charlas después de un domingo en soledad.
Lo bueno de las charlas de almuerzos es que tiene  que terminar por obligación y no hay que buscar  una oportunidad para terminarla, lo que varias veces la había salvado de tener que responder a preguntas personales o sin ir tan lejos de tener que evaluar acontecimientos vergonzosos que sus interlocutoras le comentaban.
Cuando cruzó el pasillo miro el reloj grande al fondo y le sonrió levemente, ya faltaba menos para irse. Pero cuando entró en su oficina se quedó pensando en que no tenía nada para hacer en su departamento. Hoy no iba al gimnasio por ende iba a estar más sola que otros lunes.
Allí en su tres ambientes, tenía todo, hasta soledad.
Ese pensamiento fue solo una chispa en su mente, no le dio cabida. Algo iba a encontrar para hacer al regreso después de todo alguien tenía que limpiar y acomodar.

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