Una vez más los primeros fríos llegan golpeando la puerta
del cuarto para avisarle al otoño que el invierno está por llegar para su
visita anual de tres meses.
La decoración cambia paulatinamente casi olvidando los tonos suaves
y cálidos. Las veredas empapeladas de dorado van descubriendo las baldosas
desnudas, desprolijas, y mal tratadas por el paso de todos.
Sus tobillos se tocan bajo las sabanas, sabe que si se
mueve mucho sus pies encontraran el frío de la parte inhabitada del colchón.
Nunca se acostumbro a luchar con la pereza que implica salir
de la cama en los días frescos. Tomando valor, se enfrentó al piso del cuarto
con los pies descalzos y fue al baño.
Después de una ducha el cuerpo le tenía que responder
mejor, aunque su alma todavía estaba en la almohada.
El vapor se escapaba por la puerta abierta, mientras ella
se secaba el pelo. El espejo le devolvía la imagen de una cara que no tenía
maquillaje aun.
A las seis y media ya estaba en la cocina calentando el agua para
el café. Untó un par de galletitas con mermelada y las dejó sobre un plato. Esa
mañana se había descubierto un par de canas, n o era la primera vez que pasaba,
el problema era que cada vez pasaba más seguido.
Terminó el café y dejó la taza con agua caliente de la pava
que había sobrado, a la vuelta la iba a lavar. Juntó sus cosas y salió para el
trabajo.
Cuando llegó a la esquina el viento que le acariciaba el
cuello me hizo acordar que se había olvidado el pañuelo, pero no iba a volver a
buscarlo.
La calle todavía tenía bordados los cordones con hojas
que caían de los árboles.
Tres cuadras antes de llegar a la oficina, se dio cuenta
que no llevaba consigo la ropa para ir al gimnasio, era la escusa perfecta para
no ir, lo único que quería era volver a esa cama y acomodarse en posición fetal
hasta entrar en calor otra vez.
Procuraba que su escritorio estuviera siempre prolijo. Una
vez una jefa que había tenido le había dado ese consejo, porque la gente que se
sentara del otro lado tenía que ver a alguien respetable, y si su escritorio veía
ordenado, daba la impresión que era una persona que podía organizarse y podía
velar por asuntos ajenos.
El reloj grande al final del pasillo nunca estaba apurado
para llegar al medio día. Las puertas de las oficinas de sus compañeros estaban
todas abiertas, eso hacía percibir airecito que entraba desde afuera. Alguien tenía
abierta una de las pequeñas ventanas.
De camino a la fotocopiadora se cruzó con dos compañeras
que charlaban del fin de semana, intercambiaron preguntas y comentarios combinando
para almorzar juntas.
Durante la mañana habían desfilado varias carpetas por su
escritorio, casi todas eran viejas conocidas. Repasando datos y buscando algo
que se le había pasado por alto. Hizo una pausa y saco los ojos de las hojas
para mirar por la ventana las nubes grises, sintió frio desde los pies hasta
las manos. Quería volverse a su casa, cambiarse y esperar a que el sol se acueste
para hacerlo ella también.
Justo en el instante en el que volvía la vista a los
papeles, la pasaron a buscar para ir a comer algo. Sin dudarlo, agarró su abrigo,
se puso en pie y cruzo la puerta cerrándola con la mano derecha.
Charlas de almuerzo con gente que hace compañía pero que en
definitiva no eran amistades.
Pero le hacían falta charlas después de un domingo en
soledad.
Lo bueno de las charlas de almuerzos es que tiene que terminar por obligación y no hay que
buscar una oportunidad para terminarla,
lo que varias veces la había salvado de tener que responder a preguntas
personales o sin ir tan lejos de tener que evaluar acontecimientos vergonzosos
que sus interlocutoras le comentaban.
Cuando cruzó el pasillo miro el reloj grande al fondo y
le sonrió levemente, ya faltaba menos para irse. Pero cuando entró en su
oficina se quedó pensando en que no tenía nada para hacer en su departamento. Hoy
no iba al gimnasio por ende iba a estar más sola que otros lunes.
Allí en su tres ambientes, tenía todo, hasta soledad.
Ese pensamiento fue solo una chispa en su mente, no le dio
cabida. Algo iba a encontrar para hacer al regreso después de todo alguien
tenía que limpiar y acomodar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario