La luz amarillenta del otro lado de la barra iluminaba a duras penas el triste bar. Mesas y sillas de madera gastadas por el tiempo, paredes despintadas y un piso que crujía cuando se lo pisaba eran toda la decoración.
Afuera la luna brillaba, a simple vista afuera estaba más acogedor que adentro.
Jorge ya estaba sentado en el lugar de siempre, con un vaso de lo de siempre. Miraba por la ventana el empedrado de la calle y los charquitos que había dejado la lluvia de esa tarde.
- Que cara larga mi amigo. – Dijo Ramiro que había entrado sin ser visto.
- Hola. – Respondió sin mucho ánimo.-
Ramiro miró al tipo de la barra, espero a que le devolviera la mirada y le pidió lo de siempre.
Se conocían hacía mucho. Prácticamente eran amigos desde la fundación del bar.
- ¿Qué te anda pasando? Es viernes, el último día de la semana, la última madrugada de trabajo.
- Sí, ya sé. Pero, justamente es eso lo que me tiene mal. Hoy no quiero ir a trabajar. No quiero trabajar más ahí.
- ¿Por qué? ¿ya no tenés ganas de asustar a nadie?
- En realidad sí. Pero en particular la casa donde estoy trabajando es la más complicada en la que trabajé.
- Bueno, a mi no me tocó una sencilla tampoco. Pero hago lo mejor que puedo.
- Pero es distinto. Vos trabajas con una viejita, que perdió a toda su familia. Más vale que se va a asustar, si vive sola. Estoy con una chica del interior que vive acá en San Telmo. Estudia y trabaja, llega cansada y se pone a chatear con la computadora hasta muy tarde. Por más que hago ruidos, no se asusta. Muevo cosas de lugar, y nada. Hago voces que retumben en los pasillos de ese edificio viejo. Nada la mueve de la pantalla. Es más a veces es ella la que me asusta a mí con carcajadas, gritos o bostezos fuertes.
- ¿Y ella no vive sola también?
- Sí. Esta todo el día afuera de la casa, trabajando y estudiando. Llega tarde y se va temprano, no tiene tiempo. Duerme poco y profundo.
- Ah, veo. Los tiempos cambian. Nada es lo que era. Incluso para nuestro oficio. A estas alturas asusta más cualquier noticiero antes que nosotros.
- Me siento mal. Estoy muy desanimado con todo esto. La única que me queda es esperar a que se mude, que todo vuelva a ser lo que era antes. La tranquilidad de un departamento vacio. Haciendo ruidos en el pasillo para molestar a los vecinos.
Y se echó a reír solo, como quien se acuerda de sus maldades.
- No sé qué decirte. – Sorbió un trago de ginebra- Nadie nos enseñó el oficio, es lógico que no nos ayuden en estos casos.
- Muy cierto. No hay nada que hacerle.- también tomo un trago.-
Los dos tipos tomaban callados, mirando por la ventana. Esperando la hora de ir a trabajar.
El bar estaba despejado. Ellos dos, el barman y un tipo más sentado en un rincón.
Cada tanto pasaba algún que otro taxi por la calle. La luna se había cambiado de techo y los miraba desde otro ángulo.
- Ya nadie cree en nosotros. Están ocupados con sus cosas que no tienen tiempo para mirar para otro lado o están tan preocupados por lo que ven en la tele que lo que menos piensan en fantasmas.
- Ahora vivimos en los cuentos – se rió- y en los comentarios de las abuelas que mandan a los nietitos a dormir la siesta.
- Bueno me voy antes que la ginebra me haga dormir la siesta acá. Me voy, suerte con tu viejita.
- Igualmente, suerte a vos con la piba esa.
Se levantó, fue a la barra pagó y salió.
Jorge caminaba con los pies pesados, sin ganas de llegar. No era para menos, todos sus esfuerzos para hacerse notar y poder asustar eran en vano. El mundo ya no tenía lugar para los fantasmas.
Afuera la luna brillaba, a simple vista afuera estaba más acogedor que adentro.
Jorge ya estaba sentado en el lugar de siempre, con un vaso de lo de siempre. Miraba por la ventana el empedrado de la calle y los charquitos que había dejado la lluvia de esa tarde.
- Que cara larga mi amigo. – Dijo Ramiro que había entrado sin ser visto.
- Hola. – Respondió sin mucho ánimo.-
Ramiro miró al tipo de la barra, espero a que le devolviera la mirada y le pidió lo de siempre.
Se conocían hacía mucho. Prácticamente eran amigos desde la fundación del bar.
- ¿Qué te anda pasando? Es viernes, el último día de la semana, la última madrugada de trabajo.
- Sí, ya sé. Pero, justamente es eso lo que me tiene mal. Hoy no quiero ir a trabajar. No quiero trabajar más ahí.
- ¿Por qué? ¿ya no tenés ganas de asustar a nadie?
- En realidad sí. Pero en particular la casa donde estoy trabajando es la más complicada en la que trabajé.
- Bueno, a mi no me tocó una sencilla tampoco. Pero hago lo mejor que puedo.
- Pero es distinto. Vos trabajas con una viejita, que perdió a toda su familia. Más vale que se va a asustar, si vive sola. Estoy con una chica del interior que vive acá en San Telmo. Estudia y trabaja, llega cansada y se pone a chatear con la computadora hasta muy tarde. Por más que hago ruidos, no se asusta. Muevo cosas de lugar, y nada. Hago voces que retumben en los pasillos de ese edificio viejo. Nada la mueve de la pantalla. Es más a veces es ella la que me asusta a mí con carcajadas, gritos o bostezos fuertes.
- ¿Y ella no vive sola también?
- Sí. Esta todo el día afuera de la casa, trabajando y estudiando. Llega tarde y se va temprano, no tiene tiempo. Duerme poco y profundo.
- Ah, veo. Los tiempos cambian. Nada es lo que era. Incluso para nuestro oficio. A estas alturas asusta más cualquier noticiero antes que nosotros.
- Me siento mal. Estoy muy desanimado con todo esto. La única que me queda es esperar a que se mude, que todo vuelva a ser lo que era antes. La tranquilidad de un departamento vacio. Haciendo ruidos en el pasillo para molestar a los vecinos.
Y se echó a reír solo, como quien se acuerda de sus maldades.
- No sé qué decirte. – Sorbió un trago de ginebra- Nadie nos enseñó el oficio, es lógico que no nos ayuden en estos casos.
- Muy cierto. No hay nada que hacerle.- también tomo un trago.-
Los dos tipos tomaban callados, mirando por la ventana. Esperando la hora de ir a trabajar.
El bar estaba despejado. Ellos dos, el barman y un tipo más sentado en un rincón.
Cada tanto pasaba algún que otro taxi por la calle. La luna se había cambiado de techo y los miraba desde otro ángulo.
- Ya nadie cree en nosotros. Están ocupados con sus cosas que no tienen tiempo para mirar para otro lado o están tan preocupados por lo que ven en la tele que lo que menos piensan en fantasmas.
- Ahora vivimos en los cuentos – se rió- y en los comentarios de las abuelas que mandan a los nietitos a dormir la siesta.
- Bueno me voy antes que la ginebra me haga dormir la siesta acá. Me voy, suerte con tu viejita.
- Igualmente, suerte a vos con la piba esa.
Se levantó, fue a la barra pagó y salió.
Jorge caminaba con los pies pesados, sin ganas de llegar. No era para menos, todos sus esfuerzos para hacerse notar y poder asustar eran en vano. El mundo ya no tenía lugar para los fantasmas.