Una noche de verano, tomaba mate en la terraza de casa. No había casi viento, la luna estaba a un costado, parecía vivir un momento aparte en su cuarto creciente. Todas las estrellas habían salido esa noche, estaban todas tan juntas, desde abajo parecía que charlaban, contándose secretos o intercambiando consejos, cosas de estrellas.
Ningún ruido conmovía la tranquilidad nocturna, algunos autos que pasaban por la calle de atrás de la casa, la perra paseaba por el jardín manteniendo a raya a las sombras con sus ladridos de costumbre, y cada tanto los sonidos de alguna batalla felina sobre los tejados de los vecinos.
El vaivén de las hojas era muy disimulado, como alguien que tiene la intención de moverse pero por fiaca se queda quieto.
De repente se me acabó el agua del termo, no me costó decidirme, me costó dejar el piso, levantarme e ir a la cocina fue una excusa también para picar algo y para pasar por el baño. Finalizado el menester, volví a mi cómoda posición sentado en el suelo, apoyado contra la pared con las piernas extendidas.
Cuando cruce la puerta, note el ambiente distinto, todo estaba igual que hacia unos momentos. Pero sentía que alguien más estaba compartiendo ese espacio conmigo.
Mientras tanto, mojé la yerba con el primer chorro de agua caliente, tapé la boca de la bombilla con el pulgar y la introduje en el mate. Eso distraía mi atención de lo que estaba sintiendo. Concentrado en esto y con la cabeza baja escuché un ruido en el techo. Primero pensé que era uno de los gatos del vecino, pero al instante pude ver un resplandor rojizo.
Reaccioné lentamente no se si fue por el susto o que. Suavemente levanté la cabeza, no se a quien esperaba ver, si lo hubiera pensado dos veces hubiera creído que era Mefistófeles que me había confundido con alguno de sus faustos. Pensamientos ridículos, típico de gente asustada.
A todo esto, seguía sosteniendo en mi mano derecha el termo y en la otra el mate.
No sé si tardé mucho en levantar la cabeza o a mi se me hizo interminable ese momento.
Por fin miré. En el techo de tejas francesas estaba afirmada un ave del tamaño de un águila, sus plumas eran rojas, anaranjadas y amarillas, que por alguna razón destilaban cierta luminosidad. Su pico y sus garras inspiraban respeto.
La miré como quien mira a un desconocido o a alguien a quien no espera.
Para disimular el temor, y también como para esperar a que se vaya me cebé otro mate. Lo tomé sin apuro. Los minutos no avanzaban y el ave me seguía mirando.
Se me cruzó por la mente que alguno de los gatos lo iba a ver y se le abalanzaría, pero tenia más pinta de cazador que de presa. En todo caso tendría que haber sido un ataque en conjunto por parte de los gatos del barrio.
Acostumbrado ya a esa extraña compañía, procuré cebar el tercer mate.
-¿Por qué estás solo? – indagó el ave sin moverse-
No me queme de casualidad, todavía sostenía los elementos en posición de cebar. Entre el asombro y el susto volví a mirar para arriba.
- Porque sí, - Contesté- ¿Hablas? – el gesto de mi cara se oyó más fuerte que mi pregunta.
No me contestó.
Lo más extraño no fue el hecho de que pudiera hablar, sino la pregunta. Por dentro me decía a mi mismo: ¿Qué le importa a este pájaro que hago de mi vida?
- Estoy cuidando la casa, el resto de la familia se fue de vacaciones. –Le dije-
Después de pensar un rato, en un silencio extraño más que incomodo, arribé a la a dos posibles conclusiones, o era el ave Fénix o una broma para Videomatch.
Me seguía mirando fijo mientras tomaba otro mate, pensé en ofertarle uno para no ser mal educado, pero no sabia donde podría haber metido el pico, así que por una cuestión de higiene no dije nada.
-¿Sos un Fénix, no?
- Sí. - Contesto en seco-
- Sí. Un poco obvia mi pregunta. ¿Qué te trajo al techo de esta casa? - Pregunté para no ser menos.-
- Estoy de paso.
- Ah, mira vos.-Contesté mirando para otro lado.-
La respuesta tuvo gusto a poco, toda la charla hasta ahí tenia gusto a poco.
- ¿Es cierto qué ustedes reviven en el fuego, de sus propias cenizas? – Dije casi por compromiso y sin esperar respuesta alguna.-
- Es cierto, cada quinientos años, volvemos a resurgir de nuestras cenizas, el calor del sol nos trae a la vida nuevamente.
- ¡¿Cada quinientos años?! – Interrumpí- eso es mucho tiempo, dependiendo de cuanto te dure la vida, es decir, el periodo que vivas hasta que te consumas y te conviertas en ceniza. Siempre me llamo la atención eso de revivir, seria algo así como vivir por siempre ¿no?
- Podemos vivir cientos de años hasta volver a conocer el fuego y ser ceniza.
- Que fantástico. La verdad no me imagino como debe ser eso. La experiencia de morir y volver a vivir. Como resucitar. Tener la oportunidad de vivir distintas vidas, si en la anterior te fue mal, pasarla bien en la que viene. Me resulta atractiva la idea. Dejar todo atrás y obtener algo totalmente nuevo.
- No es de esa manera. – Replicó serio.- Si tenemos memoria de lo que hemos vivido anteriormente, no son varias vidas separadas por fuego y cenizas. Es toda una vida repartida entre fuego y cenizas.
El comentario me resultó lleno de melancolía, teñido de varios matices como tristeza y olvido. Pero no quise preguntar esta vez. Entonces cambié de tema.
- ¿Cómo es revivir realmente?
- En realidad, nadie nos enseña a revivir, como vos decís. Seria como para ustedes los humanos el hecho de respirar, mirar u oler. Nacen con esas facultades, nadie les enseña a usarlas, aprenden. De la misma manera nosotros nacemos con esta facultad. No es aprender a revivir, sino que hacemos cuando revivimos. ¿Qué hacemos después de eso? ¿Cómo seguimos conviviendo con lo que quedó en las cenizas de las que salimos? Parte del pasado queda en ese nido, consumido por las llamas, pero otra parte sale de ahí en medio con nosotros. Es un paso en el que nadie nos acompaña, nacemos solo y morimos solos. Es parte de la gracia que el Creador puso en nuestra especie. Una gracia acompañada de soledad.
- Es más complicado de lo que parece, pero en parte es el precio de vivir por siempre.
- Podemos vivir por siempre, pero también podemos elegir dejar de vivir.
- ¿Suicidio?
- No, nada de eso. El fuego que nos consume cuando morimos, es cuando no podemos vencer la adversidad que nos rodea, la injusticia, la maldad, el desencanto de las cosas.
Cuando nuestro espíritu deja de tener fuerzas o motivos para volver con el próximo fuego nos quedamos ahí, un lugar que no entenderías ni aunque te lo explique toda la noche, morimos para ustedes porque nos dejan de ver…
- Bueno, en mi caso es la primera vez que veo a “uno de ustedes”.
- Pero –Continuo como si nada- seguimos existiendo. Negamos la oportunidad de volver cuando nos negamos a la posibilidad de sentir. Después de eso no hay motivo para volver. El Creador nos dotó con el alma más sensible de todas las almas de la creación. La braza más ardiente está en nuestro corazón, donde se origina el fuego para volver. Por eso cuando se consume el calor del corazón todo se hace cenizas.
- Quién diría que ustedes también viven un mundo lleno de sentimientos. Así que volviste después de quinientos años. ¿Y ahora qué vas a hacer?
- No sé que hacer, por eso paré en este techo. Creo que me engañé a mi mismo. No sé para que volví. Creí querer sentir, seguir sintiendo, creí ser más fuerte que hace quinientos años, haber superado los desencantos y las mentiras que llevaron a mi corazón a extinguirse. Tengo miedo de volver a morir otra vez por lo mismo, por querer. ¿Si esta pobre ave tenia problemas del corazón? había parado en el techo equivocado, yo no era un referente a quien recurrir buscando consejo, menos para cuestiones de sentimientos.
No le quise preguntar nada relacionado con su pesar, era evidente que no estaba de ánimos.
- ¿Sería cómo un momento de crisis lo que estas pasando? Un momento de crisis de resurrección – Cuando me escuché, me dí cuenta que la frase sonaba muy rara. Pero en el contexto se perdía, porque la situación en si ya era fuera de lo común. Continué- Nosotros los hombres también tenemos momentos de crisis, en los cuales no sabemos si seguir sintiendo. A veces morimos por dentro, por fuera mostramos algo que no somos. Tratamos de parecer más fuertes de lo que somos. Y después de sentir que las injusticias nos quitan las fuerzas de seguir adelante, nos encerramos en nuestra propia pena, que seria como ese lugar donde van ustedes, ese que decías que no iba a entender si tratabas de explicarme, no se si será parecido en realidad, pero así se siente para nosotros. No dejamos de existir, pero no dejamos que nadie se acerque. Quizás el ser humano no muere ni resucita a los largo de su vida, pero si tiene que reinventarse cada vez que la llama del corazón se va apagando.
El mate ya estaba frío, pero yo tomaba igual. Pensaba en toda la charla, en el ave y en mí, que, después de todo no éramos tan distintos.
En parte entendía lo que me contaba, todos llegamos a momentos donde se nos termina el mapa, cuando las cartas de navegación de la vida no muestran nada adelante. Seria como improvisar viviendo, para completar el mapa.
- La verdad, –dije- ustedes poseen un don precioso, pero es una lastima que no quieras aprovecharlo, arriesgarte una vez más, no es para morir de nuevo, es una nueva oportunidad de volver a vivir.
Cuando levanté la mirada, ya no estaba. Pero que ingrato este pajarraco, pensé, primero me asustó, me charló de sus penas y se fue si sin decir nada.
Cebé el último mate, casi lavado. Guarde las cosas adentro y, antes de cerrar la puerta miré de nuevo al techo, solo por las dudas. Tal vez, el apenado plumífero no necesitaba consejo alguno, solo necesitaba hablar.
Ningún ruido conmovía la tranquilidad nocturna, algunos autos que pasaban por la calle de atrás de la casa, la perra paseaba por el jardín manteniendo a raya a las sombras con sus ladridos de costumbre, y cada tanto los sonidos de alguna batalla felina sobre los tejados de los vecinos.
El vaivén de las hojas era muy disimulado, como alguien que tiene la intención de moverse pero por fiaca se queda quieto.
De repente se me acabó el agua del termo, no me costó decidirme, me costó dejar el piso, levantarme e ir a la cocina fue una excusa también para picar algo y para pasar por el baño. Finalizado el menester, volví a mi cómoda posición sentado en el suelo, apoyado contra la pared con las piernas extendidas.
Cuando cruce la puerta, note el ambiente distinto, todo estaba igual que hacia unos momentos. Pero sentía que alguien más estaba compartiendo ese espacio conmigo.
Mientras tanto, mojé la yerba con el primer chorro de agua caliente, tapé la boca de la bombilla con el pulgar y la introduje en el mate. Eso distraía mi atención de lo que estaba sintiendo. Concentrado en esto y con la cabeza baja escuché un ruido en el techo. Primero pensé que era uno de los gatos del vecino, pero al instante pude ver un resplandor rojizo.
Reaccioné lentamente no se si fue por el susto o que. Suavemente levanté la cabeza, no se a quien esperaba ver, si lo hubiera pensado dos veces hubiera creído que era Mefistófeles que me había confundido con alguno de sus faustos. Pensamientos ridículos, típico de gente asustada.
A todo esto, seguía sosteniendo en mi mano derecha el termo y en la otra el mate.
No sé si tardé mucho en levantar la cabeza o a mi se me hizo interminable ese momento.
Por fin miré. En el techo de tejas francesas estaba afirmada un ave del tamaño de un águila, sus plumas eran rojas, anaranjadas y amarillas, que por alguna razón destilaban cierta luminosidad. Su pico y sus garras inspiraban respeto.
La miré como quien mira a un desconocido o a alguien a quien no espera.
Para disimular el temor, y también como para esperar a que se vaya me cebé otro mate. Lo tomé sin apuro. Los minutos no avanzaban y el ave me seguía mirando.
Se me cruzó por la mente que alguno de los gatos lo iba a ver y se le abalanzaría, pero tenia más pinta de cazador que de presa. En todo caso tendría que haber sido un ataque en conjunto por parte de los gatos del barrio.
Acostumbrado ya a esa extraña compañía, procuré cebar el tercer mate.
-¿Por qué estás solo? – indagó el ave sin moverse-
No me queme de casualidad, todavía sostenía los elementos en posición de cebar. Entre el asombro y el susto volví a mirar para arriba.
- Porque sí, - Contesté- ¿Hablas? – el gesto de mi cara se oyó más fuerte que mi pregunta.
No me contestó.
Lo más extraño no fue el hecho de que pudiera hablar, sino la pregunta. Por dentro me decía a mi mismo: ¿Qué le importa a este pájaro que hago de mi vida?
- Estoy cuidando la casa, el resto de la familia se fue de vacaciones. –Le dije-
Después de pensar un rato, en un silencio extraño más que incomodo, arribé a la a dos posibles conclusiones, o era el ave Fénix o una broma para Videomatch.
Me seguía mirando fijo mientras tomaba otro mate, pensé en ofertarle uno para no ser mal educado, pero no sabia donde podría haber metido el pico, así que por una cuestión de higiene no dije nada.
-¿Sos un Fénix, no?
- Sí. - Contesto en seco-
- Sí. Un poco obvia mi pregunta. ¿Qué te trajo al techo de esta casa? - Pregunté para no ser menos.-
- Estoy de paso.
- Ah, mira vos.-Contesté mirando para otro lado.-
La respuesta tuvo gusto a poco, toda la charla hasta ahí tenia gusto a poco.
- ¿Es cierto qué ustedes reviven en el fuego, de sus propias cenizas? – Dije casi por compromiso y sin esperar respuesta alguna.-
- Es cierto, cada quinientos años, volvemos a resurgir de nuestras cenizas, el calor del sol nos trae a la vida nuevamente.
- ¡¿Cada quinientos años?! – Interrumpí- eso es mucho tiempo, dependiendo de cuanto te dure la vida, es decir, el periodo que vivas hasta que te consumas y te conviertas en ceniza. Siempre me llamo la atención eso de revivir, seria algo así como vivir por siempre ¿no?
- Podemos vivir cientos de años hasta volver a conocer el fuego y ser ceniza.
- Que fantástico. La verdad no me imagino como debe ser eso. La experiencia de morir y volver a vivir. Como resucitar. Tener la oportunidad de vivir distintas vidas, si en la anterior te fue mal, pasarla bien en la que viene. Me resulta atractiva la idea. Dejar todo atrás y obtener algo totalmente nuevo.
- No es de esa manera. – Replicó serio.- Si tenemos memoria de lo que hemos vivido anteriormente, no son varias vidas separadas por fuego y cenizas. Es toda una vida repartida entre fuego y cenizas.
El comentario me resultó lleno de melancolía, teñido de varios matices como tristeza y olvido. Pero no quise preguntar esta vez. Entonces cambié de tema.
- ¿Cómo es revivir realmente?
- En realidad, nadie nos enseña a revivir, como vos decís. Seria como para ustedes los humanos el hecho de respirar, mirar u oler. Nacen con esas facultades, nadie les enseña a usarlas, aprenden. De la misma manera nosotros nacemos con esta facultad. No es aprender a revivir, sino que hacemos cuando revivimos. ¿Qué hacemos después de eso? ¿Cómo seguimos conviviendo con lo que quedó en las cenizas de las que salimos? Parte del pasado queda en ese nido, consumido por las llamas, pero otra parte sale de ahí en medio con nosotros. Es un paso en el que nadie nos acompaña, nacemos solo y morimos solos. Es parte de la gracia que el Creador puso en nuestra especie. Una gracia acompañada de soledad.
- Es más complicado de lo que parece, pero en parte es el precio de vivir por siempre.
- Podemos vivir por siempre, pero también podemos elegir dejar de vivir.
- ¿Suicidio?
- No, nada de eso. El fuego que nos consume cuando morimos, es cuando no podemos vencer la adversidad que nos rodea, la injusticia, la maldad, el desencanto de las cosas.
Cuando nuestro espíritu deja de tener fuerzas o motivos para volver con el próximo fuego nos quedamos ahí, un lugar que no entenderías ni aunque te lo explique toda la noche, morimos para ustedes porque nos dejan de ver…
- Bueno, en mi caso es la primera vez que veo a “uno de ustedes”.
- Pero –Continuo como si nada- seguimos existiendo. Negamos la oportunidad de volver cuando nos negamos a la posibilidad de sentir. Después de eso no hay motivo para volver. El Creador nos dotó con el alma más sensible de todas las almas de la creación. La braza más ardiente está en nuestro corazón, donde se origina el fuego para volver. Por eso cuando se consume el calor del corazón todo se hace cenizas.
- Quién diría que ustedes también viven un mundo lleno de sentimientos. Así que volviste después de quinientos años. ¿Y ahora qué vas a hacer?
- No sé que hacer, por eso paré en este techo. Creo que me engañé a mi mismo. No sé para que volví. Creí querer sentir, seguir sintiendo, creí ser más fuerte que hace quinientos años, haber superado los desencantos y las mentiras que llevaron a mi corazón a extinguirse. Tengo miedo de volver a morir otra vez por lo mismo, por querer. ¿Si esta pobre ave tenia problemas del corazón? había parado en el techo equivocado, yo no era un referente a quien recurrir buscando consejo, menos para cuestiones de sentimientos.
No le quise preguntar nada relacionado con su pesar, era evidente que no estaba de ánimos.
- ¿Sería cómo un momento de crisis lo que estas pasando? Un momento de crisis de resurrección – Cuando me escuché, me dí cuenta que la frase sonaba muy rara. Pero en el contexto se perdía, porque la situación en si ya era fuera de lo común. Continué- Nosotros los hombres también tenemos momentos de crisis, en los cuales no sabemos si seguir sintiendo. A veces morimos por dentro, por fuera mostramos algo que no somos. Tratamos de parecer más fuertes de lo que somos. Y después de sentir que las injusticias nos quitan las fuerzas de seguir adelante, nos encerramos en nuestra propia pena, que seria como ese lugar donde van ustedes, ese que decías que no iba a entender si tratabas de explicarme, no se si será parecido en realidad, pero así se siente para nosotros. No dejamos de existir, pero no dejamos que nadie se acerque. Quizás el ser humano no muere ni resucita a los largo de su vida, pero si tiene que reinventarse cada vez que la llama del corazón se va apagando.
El mate ya estaba frío, pero yo tomaba igual. Pensaba en toda la charla, en el ave y en mí, que, después de todo no éramos tan distintos.
En parte entendía lo que me contaba, todos llegamos a momentos donde se nos termina el mapa, cuando las cartas de navegación de la vida no muestran nada adelante. Seria como improvisar viviendo, para completar el mapa.
- La verdad, –dije- ustedes poseen un don precioso, pero es una lastima que no quieras aprovecharlo, arriesgarte una vez más, no es para morir de nuevo, es una nueva oportunidad de volver a vivir.
Cuando levanté la mirada, ya no estaba. Pero que ingrato este pajarraco, pensé, primero me asustó, me charló de sus penas y se fue si sin decir nada.
Cebé el último mate, casi lavado. Guarde las cosas adentro y, antes de cerrar la puerta miré de nuevo al techo, solo por las dudas. Tal vez, el apenado plumífero no necesitaba consejo alguno, solo necesitaba hablar.
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