Era temprano por la mañana, serian las siete y media cuando la llave se introdujo en la cerradura. La puerta hizo ruido al abrirse, el sonido retumbo en el pasillo vacio, lúgubre y solitario.
El departamento estaba intacto. Frio, oscuro y con olor a encierro. Nadie había entrado en él desde hacia un mes.
Se levantaron las persianas para que entrara luz. Era un contra frente, pero el sol era generoso a la mañana. Había que hacer todo antes del atardecer porque habían cortado la luz. En realidad la vivienda no tenía ningún servicio, la semana anterior habían pasado los técnicos a cortar todo, ni luz, ni agua, ni gas, ni nada. Solo quedaban los mueves y algunas otras cosas. Eso había que sacar. Para regalar, para donar o para vender. Nada tenía destino seguro. Lo que servía y lo que no; lo pasado de moda, lo que no, todo eso estaba ahí adentro.
Seis pares de manos comenzaron a acomodar en cajas de cartón los recuerdos de los viajes que estaban por casi todas partes, en cada lugar que se pudiera usar de repisa, ahí había algún recuerdito, porta retratos con fotos viejas, canastitas con flores de tela y cosas así.
Empezaron con lo más pequeño, para después mover muebles, acomodar e ir sacando todo afuera.
Nadie decía nada. En silencio iban y venían sin cansarse, casi sin mirarse.
Pararon al mediodía, sacaron las cortinas para que entrara más luz. Ya no quedaba nada en el comedor y en la cocina, faltaban el living, el baño y el cuarto.
Era un departamento común y corriente, las paredes de blanco, un espejo adosado a la pared enfrente a la puerta de entrada al lado del perchero, menos la cocina y el baño el resto del piso era de parquet.
Llego el turno del cuarto, el único cuarto, una única cama. Todo estaba muy prolijo, nada fuera de su sitio, excepto por la tierra y el polvillo en el ambiente, era prácticamente para habitar en ese momento.
Desarmaron la cama, sacaron la ropa del ropero y la pusieron en cajas junto con los zapatos que eran muchos. En ese momento el silencio se hizo más profundo.
El departamento era de una tía por parte de padre para cuatro de los que estaban ahí, las otras dos personas eran pareja de un par de ellos.
Su tía había vivido sola toda su vida. Nunca le conocieron compañero. Era una persona de carácter especial. Noble, dadivosa, gentil, pero cuando los tuvo que retar lo había hecho, así la recordaban. No había sido una persona que les consintiera caprichos.
Todos se quedaron quietos cuando fue el turno de la mesita de luz. El cajón estaba lleno de papeles. Lleno de cartas. La curiosidad fue colectiva. Cada uno tomo un par de las cartas. Y las leía para si.
Las cartas eran de puño y letra de la tía. La misma letra en todas. Algunas de más de dos hojas. Todas dobladas prolijamente en tres partes.
Algunas eran de amor, otras solo tenían comentarios de sus viajes, en otras se notaba que la presión de la lapicera daba a entender un momento de bronca, a pesar de que no había escrita ninguna mala palabra. Había confesiones, comentaba cuanto extrañaba, que extrañaba.
Las cartas eran la revelación que completaba la otra parte de esta mujer, la parte que sus sobrinos no conocieron, y que ya era tarde para ponerse a sacar conclusiones.
Eran muchas, pero no llegaban al centenar. Todas coincidían en dos cosas, les faltaba el remitente y el destinatario. No estaban dedicadas ni firmadas. Lo cual las hacía más extrañas aún.
No hubo comentarios. Las cartas volvieron al cajón y el cajón salió de departamento intacto.
El sol se estaba yendo y con él la luz.
Al cabo de la jornada el departamento estaba vacio, prácticamente ya no tenia alma, no tenia nada.
Solamente uno del grupo, el más chico, dijo en vos alta después de haber cerrado la puerta: “¿Qué habría sido de la vida de la tía si hubiera tenido a valor de entregar las cartas o de decir lo que escribía, seguramente no iba a morir sola?”.
Nadie lo miró, nadie le contestó.
El departamento estaba intacto. Frio, oscuro y con olor a encierro. Nadie había entrado en él desde hacia un mes.
Se levantaron las persianas para que entrara luz. Era un contra frente, pero el sol era generoso a la mañana. Había que hacer todo antes del atardecer porque habían cortado la luz. En realidad la vivienda no tenía ningún servicio, la semana anterior habían pasado los técnicos a cortar todo, ni luz, ni agua, ni gas, ni nada. Solo quedaban los mueves y algunas otras cosas. Eso había que sacar. Para regalar, para donar o para vender. Nada tenía destino seguro. Lo que servía y lo que no; lo pasado de moda, lo que no, todo eso estaba ahí adentro.
Seis pares de manos comenzaron a acomodar en cajas de cartón los recuerdos de los viajes que estaban por casi todas partes, en cada lugar que se pudiera usar de repisa, ahí había algún recuerdito, porta retratos con fotos viejas, canastitas con flores de tela y cosas así.
Empezaron con lo más pequeño, para después mover muebles, acomodar e ir sacando todo afuera.
Nadie decía nada. En silencio iban y venían sin cansarse, casi sin mirarse.
Pararon al mediodía, sacaron las cortinas para que entrara más luz. Ya no quedaba nada en el comedor y en la cocina, faltaban el living, el baño y el cuarto.
Era un departamento común y corriente, las paredes de blanco, un espejo adosado a la pared enfrente a la puerta de entrada al lado del perchero, menos la cocina y el baño el resto del piso era de parquet.
Llego el turno del cuarto, el único cuarto, una única cama. Todo estaba muy prolijo, nada fuera de su sitio, excepto por la tierra y el polvillo en el ambiente, era prácticamente para habitar en ese momento.
Desarmaron la cama, sacaron la ropa del ropero y la pusieron en cajas junto con los zapatos que eran muchos. En ese momento el silencio se hizo más profundo.
El departamento era de una tía por parte de padre para cuatro de los que estaban ahí, las otras dos personas eran pareja de un par de ellos.
Su tía había vivido sola toda su vida. Nunca le conocieron compañero. Era una persona de carácter especial. Noble, dadivosa, gentil, pero cuando los tuvo que retar lo había hecho, así la recordaban. No había sido una persona que les consintiera caprichos.
Todos se quedaron quietos cuando fue el turno de la mesita de luz. El cajón estaba lleno de papeles. Lleno de cartas. La curiosidad fue colectiva. Cada uno tomo un par de las cartas. Y las leía para si.
Las cartas eran de puño y letra de la tía. La misma letra en todas. Algunas de más de dos hojas. Todas dobladas prolijamente en tres partes.
Algunas eran de amor, otras solo tenían comentarios de sus viajes, en otras se notaba que la presión de la lapicera daba a entender un momento de bronca, a pesar de que no había escrita ninguna mala palabra. Había confesiones, comentaba cuanto extrañaba, que extrañaba.
Las cartas eran la revelación que completaba la otra parte de esta mujer, la parte que sus sobrinos no conocieron, y que ya era tarde para ponerse a sacar conclusiones.
Eran muchas, pero no llegaban al centenar. Todas coincidían en dos cosas, les faltaba el remitente y el destinatario. No estaban dedicadas ni firmadas. Lo cual las hacía más extrañas aún.
No hubo comentarios. Las cartas volvieron al cajón y el cajón salió de departamento intacto.
El sol se estaba yendo y con él la luz.
Al cabo de la jornada el departamento estaba vacio, prácticamente ya no tenia alma, no tenia nada.
Solamente uno del grupo, el más chico, dijo en vos alta después de haber cerrado la puerta: “¿Qué habría sido de la vida de la tía si hubiera tenido a valor de entregar las cartas o de decir lo que escribía, seguramente no iba a morir sola?”.
Nadie lo miró, nadie le contestó.
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