domingo, 20 de junio de 2010

El mismo sapo de siempre

Sigo siendo el mismo sapo de siempre. Ahora que lo pienso, ninguno de los besos que recibí me transformó en nada. No soy el sapo del cuanto, soy un sapo simplemente.
Es ilógico pensar que un beso, solo uno, te puede cambiar la vida. Pero si fueran varios, quizás me animaría a pensarlo.
Suena razonable que un sapo esté con alguien de su especie, una rana, por así decirlo. En los cuentos, no existen ranas que se transformen en princesas, no se por que será, pero eso es algo que me deja pensando.
Viéndolo desde este punto de vista, todo podría reducirse a lo siguiente: las mujeres esperan su príncipe azul que las rescate con su caballo blanco; y a los varones que los encuentre una princesa, los bese y descubra su belleza interior para que dejen de sentirse sapos.
Hasta ahora, todas estas cosas se quedan en los cuentos. Siempre cabe la posibilidad de que algo fuera de lo normal suceda y nos sorprenda.
Yo, como todo sapo, he conocido varios estanques, y de cada uno puedo contar historias diferentes.
Y ahora les voy a contar una:
Una tarde, volvía en subte a mi casa. Estaba en la línea celeste, la más vieja de todas. No recuerdo en que estación paró, bajó y subió gente, algo normal. Entre toda la gente que subió, estaba ella. Pelo castaño oscuro; ojos al tono; tez blanca pero no pálida, un color saludable digamos; su estatura rondaría el metro sesenta y tres; dueña de una figura esbelta, de curvas delicadas, de las que hay que sacar el pie del acelerador si no queres tener un accidente.
Bueno, la cuestión es que entro y se sentó enfrente mío. Yo estaba escuchando música, vasos vacíos de los Fabulosos Cadillacs. Mientras yo disimulaba, ella ni me miró.
Después de sentarse, puso su cartera sobre su falda, busco brevemente y sacó un libre.
Ahí termino de seducirme.
Parafraseando para no robar, “me gustan las mujeres bellas que saben pensar”. Por supuesto que eso también es todo un tema, pero en esta historia solo es un detalle.
Estaba leyendo un libro que en la portada tenía a Dr. House.
¡Fantástico! Pensé, solamente le fata llevar un par de cds de Calamaro y listo, me caso.
En ese momento quede prendado de semejante postal.
Pero ahí nomás volvió el pensamiento de sapo. ¿Qué le iba a decir? No era cuestión de animarse solamente. O ¿Qué pensaría de alguien que le da charla en el subte? Seguramente, un nabo más que se acerca a chamullar. En ese momento, que pareció no terminar, pensé de todo. Y la verdad no me animé.
Pasaron dos estaciones más, la chica sin nombre se bajó. Lo que más me molestó fue que justo antes de levantarse me miró, con esas miradas que suele tener la gente cuando te lee la mente. Y me sentí un verdadero tonto. Se había dado cuanta de todo.
Esa no fue la peor parte de viaje, todavía tenía que volver conmigo mismo hasta casa. Por suerte faltaban pocas estaciones.
Mientra me consolaba a mi mismo por no haber dicho nada, no dejaba de pensar en una buena razón, a estas alturas, una buena excusa para justificar no haberle hablado, al menos le hubiera preguntado donde había comprado el libro ese o algo así.
Fue en ese momento cuando se me ocurrió que los sapos y las princesas viven el mismo presente, ambos grupos esperan que llegue alguien que les cambie la vida.
Pero también descubrí que no quiero que nadie me cambie la vida, que me gusta como soy y lo que hago. Si alguien me cambiara la vida, dejaría de ser yo, dejaría de se feliz.
¿Pero entonces qué? ¿Seguiré siendo el mismo sapo de siempre? ¿O talvez cuándo deje de ser yo el objeto de mi felicidad, necesite encontrar la felicidad en alguien más?
Entonces recordé la frase de una mujer sabia que se aplica a toda espera: “La paciencia todo lo alcanza”.

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