martes, 22 de junio de 2010

Realidad y sueño

Terminó de cargar combustible y se metió en el auto. No era un cero kilometro, pero estaba en buen estado, se lo había comprado a un viejito que lo usaba poco. Estaba casi nuevo.
Era el segundo día de viaje. Habían parado en Tandil a pasar la noche. Las primeras luces de la mañana le regalaron una hermosa postal de las sierras que se vestían tímidamente de sol.
Lo puso en marcha para hacer andar la calefacción, mientras esperaba que ella volviera de llenar el termo para el mate.
Movió el auto porque el playero le había hecho una seña. Ella vio desde adentro de la estación que el corría el auto y se apuró. Terminó de pagar unas galletitas y salió.
Llego al auto con la cara y las manos frías. Se miraron, no hizo falta hablar, puso primera y salieron con el sol de costado.
La conoció en la costa, en unas vacaciones familiares hacía unos tres años. A los pocos meses de conocerse decidieron que no querían vivir lejos, y se fueron a vivir juntos. Su historia era distinta por los detalles, por ellos mismos.
El asfalto se deslizaba velozmente por abajo del coche. La claridad ya era luz, pero nadie le había avisado al calor para que comenzara a trabajar.
Las lomadas verdes parecían moverse en cámara lenta del otro lado de la ventanilla. Las curvas se escurrían por el espejo retrovisor.
Con mucho pulso, coloco la yerba en el mate y lo cebó. Sabía lo que hacía, su abuela era entrerriana y le había enseñado bien como se preparaba. Después de una curva se lo paso al conductor, que lo agarró sin quitar la vista del camino, que de paso aprovechó para acariciarle la mano.
Estaban yendo a ver a unos tíos de ella que vivían en el sur. Pero se desviaron por Tandil para visitar a un amigo de los dos.
Él le dijo que buscara en la guantera unos cds, porque entre mates y bizcochitos no se charlaba mucho. Gracias a Dios, tenían gustos parecidos, pero tenían de todo, Sabina, Calamaro, Fito, Drexler, los Cadillacs, los Redondos, los piojos, la Portuaria, Divididos, Sumo, las Pelotas, los Cafres, Dancing Mood, y otro cds que no tenían nombre. Eso en castellano. Y en ingles, también había un poco, pero en mp3, ahí había desde AC DC hasta Coldplay. A ninguno de los dos les gustaban los intérpretes brasileros. Era cuestión de piel, casi rayando en lo futbolístico.
Ella eligió Depende, de Jarabe de Palo, y lo puso bajito para poder charlar. Ese lo traía en la mochila, como si estuviera esperando el momento para ponerlo.
No era un gran humorista, pero la hacía reír. Ella tenía siempre una sonrisa.
Dio la casualidad que para el track cinco, la calma invadió el vehículo, esos momentos lindos que hasta la música acompaña, la sensación de estar unido al entorno en todo sentido.
Sin despegar la vista del frente, le paso el mate a su copiloto, ella le alcanzó un bizcochito y se cebó uno.
Para él ese instante con la canción de fondo, el paisaje y su compañera al lado fue revelador. De todas las veces que había comparado a la vida con un viaje, esta era la más real.
Esa frase se hacia realidad en su vida, ya dejaba de ser una mera comparación de dos cosas que, si uno se pone a pensar mucho no tienen nada que ver, pero si uno se pone a pensar más, son idénticas. La vida es un viaje.
Quería que ese paréntesis en el tiempo durara para siempre, en la privacidad de su auto, con la compañía ideal, el paisaje que le daba de comer a sus ojos, y avanzando sobre la costura de la ruta. Miró a su derecha y la vio como nunca antes, ella seguía recibiendo la luz del sol de costado, pero ya sin tanta intensidad, lo necesario para que su ropa brillara con un cálido dorado.
La miró menos de un segundo y supo que la quería como compañera de ruta para toda la vida.
Su sueño y su realidad eran casi lo mismo, no había mucha diferencia. Solo una, el auto tendría que ser nuevo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario