domingo, 13 de junio de 2010

Lágrimas sobre el mantel

Su mente estaba tan desordenada como una vereda en otoño. Las últimas palabras que dijo le dejaron un sabor de angustia y enojo en la boca. El tiempo parecía detenido, caminaba a prisa o todo permanecía inmóvil, no sabía, no se podía dar cuenta.
Mientras repasaba cada palabra, cada gesto, cada detalle de la charla, una y otra vez buscando algo razonable, algo lógico. Pero no tenía éxito.
Sus pensamientos y sus sentimientos estaban golpeados y fracturados, como quien sufre un accidente.
Sentía el cuerpo cansado, la mente agotada y el pecho sobre exigido, sin aire.
Caminaba de memoria, pasaba por lugares que ya conocía como si eso le trajera paz.
La calle estaba llena de gente que iba y venía, pero no era parte del contexto, su interior le marcaba otro paso, el paso de la zozobra.
Percibía las miradas vagas de la gente. Decía para sus adentros: “mi cara dice todo”. Por más que trataba, nada disimulaba su desazón. Miraba hacia el frente, evitaba las miradas de los demás. Pensaba que los que observaban su andar veían su atormentado interior, los despojos una de tormenta de palabras.
Mientras se preguntaba ¿Dónde estaba la paz que supo conocer? ¿Qué fue de los días de buena ventura? Una voz en su cabeza le decía que todo era lo que tenía que ser. No cabía otra posibilidad, el final.
Seguía su camino arrastrando penas.
El pasado ya no importaba, insoportable el presente e incierto el porvenir.
No solo el día estaba nublado, su corazón también. Todo era contradicción.
Esa tarde terminó su relación. En realidad hacia tiempo que había terminado. A ciencia cierta no conocía el momento preciso. Pero lidió con el acostumbramiento y el miedo a decir “basta pata mi”. Ese temor que es alimentado por la incertidumbre de que hacer sin la otra persona, eso pasa cuando se compartió mucho tiempo, situaciones y proyectos. Ahora sólo quedaba el vínculo de conocer a la otra persona, de conocerla bien.
Un modesto café a mitad de cuadra fue testigo de todo. Las personas que estaban adentro y fingían no escuchar, no ver, no prestar atención a las lágrimas que regaban el mantel, simulaban discreción y lastima por lo que se rompía sobre la mesa. Lo cierto era que se había roto antes de llegar a ese lugar.
Todas esas charlas terminan igual. Terminan con el primero que se levanta.
Durante el último mes se mentían muy bien, los dos sabían eso, pero eran fieles a sí mismos. No querían perder el tiempo.
Los besos en esa clase de despedidas no podrían ser más falsos. No hay nada más falso que un beso sin sabor, o un abrazo sin fuerza.
Con cada paso que daba, se alejaba de su pasado reciente, de las lágrimas sobre el mantel.
No sabía mucho de finales, no sabia mucho de muchas cosas, solo sabia que alguien debía pagar los platos rotos.
Seguía caminando a paso vivo. Su tormenta le acompañaba. Cuando se preguntó: ¿Será mi cara que dice todo? ¿Será qué la gente que no sabe disimular cuando mira? ¿Será qué no sé disimular mi cara?

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