Se fue antes que ella despertara. No la saludo. La casa era pequeña, pero la convivencia no la hacía acogedora en lo más mínimo.
El lado izquierdo de la cama ya estaba frío. Cuando ella deslizó su brazo buscando compañía, no encontró nada, eso era normal en el último mes.
Por fin se levantó. Algo no estaba bien, lo podía percibir, pero no sabía que era.
Permaneció unos instantes frente al espejo del baño. Entre el temor y la ansiedad de saber que pasaba, sus ojos miraban su reflejo esperando que este le dijera algo.
Caminó despacio y pensativa hasta la cocina. Todo estaba igual a como lo habían dejado la noche anterior. Solo faltaba él en la silla de la cabecera, y sobraba un pliego de papel sobre la mesa. No era una carta, porque las cartas vienen en sobre, pensó.
Primero puso a calentar agua, limpió la yerba que le había quedado al mate, puso yerba nueva y cebó el primero. Ya para el tercero o el cuarto tuvo el valor de agarrar el papel.
Efectivamente era una carta. No era muy larga. Extendió el papel, lo alisó, se cebó otro mate y se puso a leer, decía cosas que ya le había escuchado decir, cosas que no las había entendido hasta esta ausencia.
La carta decía algo así: “vos solo buscas un refugio en las cosas físicas, como si los besos y los abrazos fueran el combustible para el amor, cuando en realidad es una construcción del espíritu”… “estoy cansado de los abrazos vacios, esos que no engañan a la soledad de dos personas acompañadas”… “los antojos y los caprichos confunden el verdadero querer”…
Terminaba diciendo: “No escribo para hacer daño, no es esta mi intención, no se puede escribir desde el odio o de cualquier sentimiento escuro; no me falta valor para decírtelo en la cara, solo que cuando uno está enojado, nada bueno puede decir. Por eso escribí poco, no me detengo en lo malo, solo lo menciono, porque lo tenes que saber. Me voy porque la desilusión me ganó todas las mañanas.”
Pensó en llorar, pero no servía de nada, porque nadie la veía. Siguió tomando mate, ya estaba lavado, pero se había acostumbrado a tomarlo así. No le salía de otra forma.
Fue un momento claro de confusión. Todo era caos, pero a la vez ese caos le despejaba la vista, ahora veía lo que tenía por delante.
Esos primeros segundos de soledad confirmada, vuelve a los proyectos unipersonales, a encarar la vida sin consultar a nadie o sin preocuparse por nadie.
Su orgullo no le permitía aceptar que la habían dejado. Porque seguramente los demás pensarían que había sido su culpa.
Los más íntimos sabían que no había amor ahí, se habían acostumbrado a estar acompañados, los proyectos en común eran demasiado buenos como para dejarlos así nomás.
No todo era incertidumbre, ella no lo amaba, si él se iba seguro estaría más tranquila y menos preocupada por mantener algo que era mentira.
Con todo eso, tenía una duda y una bronca que no le dejaba seguir pensando: ¿Por qué no terminé yo?
El lado izquierdo de la cama ya estaba frío. Cuando ella deslizó su brazo buscando compañía, no encontró nada, eso era normal en el último mes.
Por fin se levantó. Algo no estaba bien, lo podía percibir, pero no sabía que era.
Permaneció unos instantes frente al espejo del baño. Entre el temor y la ansiedad de saber que pasaba, sus ojos miraban su reflejo esperando que este le dijera algo.
Caminó despacio y pensativa hasta la cocina. Todo estaba igual a como lo habían dejado la noche anterior. Solo faltaba él en la silla de la cabecera, y sobraba un pliego de papel sobre la mesa. No era una carta, porque las cartas vienen en sobre, pensó.
Primero puso a calentar agua, limpió la yerba que le había quedado al mate, puso yerba nueva y cebó el primero. Ya para el tercero o el cuarto tuvo el valor de agarrar el papel.
Efectivamente era una carta. No era muy larga. Extendió el papel, lo alisó, se cebó otro mate y se puso a leer, decía cosas que ya le había escuchado decir, cosas que no las había entendido hasta esta ausencia.
La carta decía algo así: “vos solo buscas un refugio en las cosas físicas, como si los besos y los abrazos fueran el combustible para el amor, cuando en realidad es una construcción del espíritu”… “estoy cansado de los abrazos vacios, esos que no engañan a la soledad de dos personas acompañadas”… “los antojos y los caprichos confunden el verdadero querer”…
Terminaba diciendo: “No escribo para hacer daño, no es esta mi intención, no se puede escribir desde el odio o de cualquier sentimiento escuro; no me falta valor para decírtelo en la cara, solo que cuando uno está enojado, nada bueno puede decir. Por eso escribí poco, no me detengo en lo malo, solo lo menciono, porque lo tenes que saber. Me voy porque la desilusión me ganó todas las mañanas.”
Pensó en llorar, pero no servía de nada, porque nadie la veía. Siguió tomando mate, ya estaba lavado, pero se había acostumbrado a tomarlo así. No le salía de otra forma.
Fue un momento claro de confusión. Todo era caos, pero a la vez ese caos le despejaba la vista, ahora veía lo que tenía por delante.
Esos primeros segundos de soledad confirmada, vuelve a los proyectos unipersonales, a encarar la vida sin consultar a nadie o sin preocuparse por nadie.
Su orgullo no le permitía aceptar que la habían dejado. Porque seguramente los demás pensarían que había sido su culpa.
Los más íntimos sabían que no había amor ahí, se habían acostumbrado a estar acompañados, los proyectos en común eran demasiado buenos como para dejarlos así nomás.
No todo era incertidumbre, ella no lo amaba, si él se iba seguro estaría más tranquila y menos preocupada por mantener algo que era mentira.
Con todo eso, tenía una duda y una bronca que no le dejaba seguir pensando: ¿Por qué no terminé yo?
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