domingo, 13 de junio de 2010

Sueños son

Recién salía el sol. Tímido como siempre, comenzaba a trepar por el cielo, despegándose perezosamente del suelo.
Él, hacia rato que estaba despierto, pero no se levantó hasta que el despertador sonó. Así que permaneció en la cama solo para no perder la costumbre.
Concluidos los menesteres de higiene personal, se dirigió a la cocina. No había dormido bien, se sentía cansado. Se preparó un café.
Aquella noche, no pudo descansar. Después de mucho tiempo soñó. Eso le impidió el buen dormir.
Por lo general no era una persona de soñar, o no recordaba lo que soñaba. Pero de todas formas eso no le era un problema a la hora de descansar.
Ya con la taza en la mano, miraba por la ventana de espaldas a la puerta por la que entró la mujer con la que compartía sus lunas.
Ella sabía de su desvelo. Se deslizó a su lado, busco una taza en el estante y se sirvió de la cafetera.
Cuando la taza se encontraba medio vacía o medio llena, los dos ya se estaban sentando a la mesita redonda de la cocina.
Mientras la oscura bebida aun humeaba, ella le pregunto que le había pasado esa madrugada, en la que junto con las estrellas de la noche lo vieron tan intranquilo.
Con la confianza que dan los años, él le contó que había soñado y eso no le permitió descansar.
- No pude dormir. Tuve un sueño que me hizo pensar toda la madrugada.
- ¿Y de qué se trataba el sueño?
- En el sueño yo era joven…
- ¿Yo estaba ahí? – Interrumpió ella –
- No, no estabas. Durante todo el sueño estuve sólo. – Hizo una pausa y continuo – Era joven, y estaba en un barco en el mar, y se ve que me gustaba mucho. El mar me gustaba, y eso que solo fui a la playa un par de veces en la vida. Pero después, preste atención al barco y a la madera con que estaba hecho.
Me gusto más la madera con la que estaba fabricado que el mar, que me hacia feliz, en el sueño claro está. Así que me fui del barco a un astillero a fabricar barcos.
Pero descubrí que con esa madera se podían hacer muebles. Y en vez de hacer barcos me dedique a hacer muebles. Pero para eso necesitaba mas madera. Entonces deje la costa para ir al bosque cerca de la montaña, porque en el bosque hay más árboles, ahí no me faltaría madera.
Pero cuando llego el invierno, hacia mucho frío, había mucha nieve. Ya no quería hacer muebles estaba incomodo con el invierno en la montaña. Entonces busque un lugar con más calor. Decidí viajar a un lugar cerca del desierto. Pero dure poco ahí. No había arbólese, todo era seco y el calor no cesaba nunca. El paisaje casi no tenía vida.
Por último, me fui del desierto hacia la llanura. Un lugar parecido a este, tenía verde, tenia vida, había árboles, había madera, tenía lo justo de calor y lo justo de frío que me gusta. Pero cuando llegué y me establecí, quería volver al mar, porque después de andar tanto entendí que ahí me sentía libre. Pero ya estaba viejo, más viejo que ahora, como para moverme de allí. Después de eso me desperté
Su mujer estuvo atenta a todo lo que él contó, guardó silencio.
Ya no tenían nada en sus tazas.
- Interesante – Dijo la dama y lo miraba tiernamente -
El no decía nada, esperaba que su compañera le dijera que pensaba.
Desde que se conocieron no se separaron, ellos habían vivido lo que algunos llaman “amor a primera vista”. Ambos conocían lo mejor y lo peor del otro, y aún así, envejecían juntos.
La mujer con las manos arrugadas entendía mejor que nadie el sueño de su reflejo del otro lado de la mesita. El era un alma insatisfecha, que al tener familia a muy temprana edad tuvo que postergar sus anhelos, aspiraciones y gustos personales para dedicarse a llevar el pan a la mesa. Ese sueño era un reflejo de esos anhelos, incompletos, inconclusos, que con los años habían quedado reprimidos en su inconciente. Ese joven del sueño, era la otra parte de él mismo, la que nunca pudo dedicarse a tener y a hacer lo que quiso, que cuando emprendía algo, después de hacerlo había otra cosa que llamaba su atención, o dicho proyecto no le rendía para llevar dinero a su casa, y sin terminar el proyecto primero, comenzaba el segundo.
Apartando las tazas de en medio, tomo sus manos en las suyas, miro sus ojos para luego decir con su tierna voz de siempre:
- Los sueños, sueños son
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