Ni en su afán de encontrar la sabiduría, o dilucidar los misterios de la vida, la filosofía no encontró el camino a la definición de los sentimientos, que, por escénica intrínseca, son parte del alma, casi como una sola cosa.
Quizás, los cronistas más fieles de los sentimientos son los escritores, quienes no pretenden explícalos, solo los describen tal cual los ven o alguna vez lo experimentaron.
La situación de los escritores es una contra posición a la del común denominador, el hombre cotidiano, apegado a la rutina, sintetizado, la versión las Light de una vida. El escritor es esa facción de la raza humana que puede traducir con la tinta al papel lo extraordinario de los sentimientos, de las sensaciones, lo sobre natural de lo cotidiano, la capacidad de vivir sintiendo.
Sin el ambiente que los sentimientos generan en nuestras vidas, los paisajes de nuestras rutas personales serian solo un juego de luces y sombras, blanco y negro sin espacio para los grises. Albergando en dichos colores lo bueno y lo malo. Como si en los días del hombre solo existieran dos sentimientos, el amor y el odio.
Extremos de la misma soga, ambos se entretejen en el alma de los mortales. Una conjugación esencial para quienes viven, sienten, aprenden, aciertan y se equivocan con la misma facilidad y naturalidad de la respiración, algo incorporado por necesidad.
El alma interpreta las situaciones en sentimientos, haciendo uso de la escala cromática para darle sentido a lo que nuestros ojos naturales ven, y llevarlo al plano interno es ese nexo entre lo físico y lo espiritual, el alma.
“Engañoso y perverso es el corazón del hombre ¿Quién lo conocerá?”… no es una ciencia ni mucho menos una metáfora bonita. Talvez el designio perfecto del Arquitecto de todas las cosas.
Una cláusula en el contrato de la inmortalidad del alma, del espíritu de la escénica puesta por el Hacedor en cada uno, el no poder entender todas las cosas, como un resguardo de nosotros mismos y de nuestro propios sentimientos.