domingo, 22 de noviembre de 2009

La excusa.

“Cuando pudo no quiso, porque cuando quiso no pudo; y así por un mal querer perdió su buen poder”.
San Agustín de Hipona.

Vivir es una decisión en sí. La vida esta plagada de decisiones, cada momento, cada circunstancia es una decisión distinta. Son ellas las que nos hacen ser, son nuestras decisiones las que les dicen al los demás quienes somos, siendo así, definidos por ellas.
Dentro de todo ese mundo de las elecciones, los vicios más comunes de los vivientes son los caprichos. Poder y no querer, es un lujo que, solo las criaturas capaces de razonar pueden darse. Es preferible equivocarse en la elección a no optar por ninguna posibilidad. El que se equivoca, es pacas de aprender y a la vez de comprender más de su propio entorno. Sin embargo quien o quienes no hacen uso de su capacidad de elección, se privan de aciertos y errores, que, más que condimentos de la vida, son una suerte de contrapeso de la misma.
En la vida existen dos clases de personas, las que tienen iniciativa propia y las que no la tienen. Los que esperan el momento junto para actuar, y los que actúan en el momento justo. Nunca va a llegar el momento justo para actuar. Se puede pasar toda la vida esperando y esperando. Esa es una posición muy cómoda, mientras se espera a que se acomode todo en derredor se pierde tiempo. Las oportunidades se generan, se persiguen y se alcanzan, pero no se esperan.
Actuar en el momento justo es tomar la iniciativa, decidir que hacer ante las situaciones, y no permitir que las situaciones decidan por nosotros.
Para los impulsivos que tropiezan con sus errores, el tiempo va menguando sus ganas de dejarse llevar por la pulción del momento. Mientras el miedo a equivocarse va creciendo en ellos, sus oportunidades caen al suelo como pétalos marchitos de una flor sin agua.
Por otro lado, querer y no poder, es más común. Lo trágico de dicha situación, es saber que desperdiciamos la oportunidad de hacer. Sea por falta de decisión, por capricho o por algún factor externo, que nos condicionó o nos condiciona, es algo que nos acompañara el resto de la vida casi como una incógnita de lo que pudo haber sido y no fue.
Si de algo debemos preocuparnos en la vida es de no permitir que nuestros caprichos minen u obstruyan nuestra capacidad de decisión y elección.
Si alguna vez la culpa late en tu pecho, que sea por haber hecho algo, y no por la desazón de dejar pasar las oportunidades.
La historia recuerda a quienes, con éxitos o fracasos, escribieron en sus páginas sus actos.
Mediocre no es quien se equivoca, sino el que cae preso del miedo a equivocarse. Y así, la excusa justa de un perfeccionista, es el miedo a equivocarse.

El traje de un poeta.

“Es mejor la más débil de las tintas, que la memoria mas brillante”

Existen historias que merecen ser contadas. De las cuales debe permanecer un testimonio firme, fidedigno, presto a ser utilizado como evidencia del pasado. Historias útiles a otros, ya sea por la experiencia intrínseca en ella o por su capacidad de llevarnos a la reflexión.
También existen otras historias, quizás menos interesantes o no, las que no tienen final feliz, de las que a veces es preferible no hablar, son aquellas que quien las cuentas no disfruta de hacerlo. No por esas razones, éstas, las menos virtuosas de las historias, deben encontrar en el olvido un reposo perpetuo.
Un hecho se transforma en una historia, cuando es contado, cuando es repetido una y otra vez. Así y todo, solo llegan a trascender en el tiempo aquellas que son escritas. Escribir, como forma de expresión, es la forma más fiel que el ser humano tiene para preservar en el tiempo sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. De esta manera, quienes escriben, juegan a ser filósofos sin serlo, descargando letra tras letra pensamientos brindados por alguna epifanía personal, o como fruto de un pensamiento que germino, y de repente la verdad se mostró radiante iluminando el camino. Aquellos que sufren emplean las palabras para vestirse de poetas, encontrando en frases o rimas parafraseadas la expresión justa de su corazón en momentos de aflicción.
De este modo, con el traje prestado de filósofos y poetas, los simples somos capaces de compartir algunas de nuestras historias, pensamientos, sentimientos o anhelos.
Todos tenemos la necesidad de contar una historia, nuestra historia, como una señal a la posteridad de que caminamos alguna vez por esta tierra. Dejar rastro de nosotros a otros. Decir algo que permanezca, al menos una frase que retumbe en los pasillos del recuerdo. Que esos instantes de lucidez comunicativa muestren a los demás quienes fuimos y que hicimos, nos entiendan o no, lo compartan o no, les guste o no, esta débil tinta venció al tiempo.