“Cuando pudo no quiso, porque cuando quiso no pudo; y así por un mal querer perdió su buen poder”.
San Agustín de Hipona.
Vivir es una decisión en sí. La vida esta plagada de decisiones, cada momento, cada circunstancia es una decisión distinta. Son ellas las que nos hacen ser, son nuestras decisiones las que les dicen al los demás quienes somos, siendo así, definidos por ellas.
Dentro de todo ese mundo de las elecciones, los vicios más comunes de los vivientes son los caprichos. Poder y no querer, es un lujo que, solo las criaturas capaces de razonar pueden darse. Es preferible equivocarse en la elección a no optar por ninguna posibilidad. El que se equivoca, es pacas de aprender y a la vez de comprender más de su propio entorno. Sin embargo quien o quienes no hacen uso de su capacidad de elección, se privan de aciertos y errores, que, más que condimentos de la vida, son una suerte de contrapeso de la misma.
En la vida existen dos clases de personas, las que tienen iniciativa propia y las que no la tienen. Los que esperan el momento junto para actuar, y los que actúan en el momento justo. Nunca va a llegar el momento justo para actuar. Se puede pasar toda la vida esperando y esperando. Esa es una posición muy cómoda, mientras se espera a que se acomode todo en derredor se pierde tiempo. Las oportunidades se generan, se persiguen y se alcanzan, pero no se esperan.
Actuar en el momento justo es tomar la iniciativa, decidir que hacer ante las situaciones, y no permitir que las situaciones decidan por nosotros.
Para los impulsivos que tropiezan con sus errores, el tiempo va menguando sus ganas de dejarse llevar por la pulción del momento. Mientras el miedo a equivocarse va creciendo en ellos, sus oportunidades caen al suelo como pétalos marchitos de una flor sin agua.
Por otro lado, querer y no poder, es más común. Lo trágico de dicha situación, es saber que desperdiciamos la oportunidad de hacer. Sea por falta de decisión, por capricho o por algún factor externo, que nos condicionó o nos condiciona, es algo que nos acompañara el resto de la vida casi como una incógnita de lo que pudo haber sido y no fue.
Si de algo debemos preocuparnos en la vida es de no permitir que nuestros caprichos minen u obstruyan nuestra capacidad de decisión y elección.
Si alguna vez la culpa late en tu pecho, que sea por haber hecho algo, y no por la desazón de dejar pasar las oportunidades.
La historia recuerda a quienes, con éxitos o fracasos, escribieron en sus páginas sus actos.
Mediocre no es quien se equivoca, sino el que cae preso del miedo a equivocarse. Y así, la excusa justa de un perfeccionista, es el miedo a equivocarse.
San Agustín de Hipona.
Vivir es una decisión en sí. La vida esta plagada de decisiones, cada momento, cada circunstancia es una decisión distinta. Son ellas las que nos hacen ser, son nuestras decisiones las que les dicen al los demás quienes somos, siendo así, definidos por ellas.
Dentro de todo ese mundo de las elecciones, los vicios más comunes de los vivientes son los caprichos. Poder y no querer, es un lujo que, solo las criaturas capaces de razonar pueden darse. Es preferible equivocarse en la elección a no optar por ninguna posibilidad. El que se equivoca, es pacas de aprender y a la vez de comprender más de su propio entorno. Sin embargo quien o quienes no hacen uso de su capacidad de elección, se privan de aciertos y errores, que, más que condimentos de la vida, son una suerte de contrapeso de la misma.
En la vida existen dos clases de personas, las que tienen iniciativa propia y las que no la tienen. Los que esperan el momento junto para actuar, y los que actúan en el momento justo. Nunca va a llegar el momento justo para actuar. Se puede pasar toda la vida esperando y esperando. Esa es una posición muy cómoda, mientras se espera a que se acomode todo en derredor se pierde tiempo. Las oportunidades se generan, se persiguen y se alcanzan, pero no se esperan.
Actuar en el momento justo es tomar la iniciativa, decidir que hacer ante las situaciones, y no permitir que las situaciones decidan por nosotros.
Para los impulsivos que tropiezan con sus errores, el tiempo va menguando sus ganas de dejarse llevar por la pulción del momento. Mientras el miedo a equivocarse va creciendo en ellos, sus oportunidades caen al suelo como pétalos marchitos de una flor sin agua.
Por otro lado, querer y no poder, es más común. Lo trágico de dicha situación, es saber que desperdiciamos la oportunidad de hacer. Sea por falta de decisión, por capricho o por algún factor externo, que nos condicionó o nos condiciona, es algo que nos acompañara el resto de la vida casi como una incógnita de lo que pudo haber sido y no fue.
Si de algo debemos preocuparnos en la vida es de no permitir que nuestros caprichos minen u obstruyan nuestra capacidad de decisión y elección.
Si alguna vez la culpa late en tu pecho, que sea por haber hecho algo, y no por la desazón de dejar pasar las oportunidades.
La historia recuerda a quienes, con éxitos o fracasos, escribieron en sus páginas sus actos.
Mediocre no es quien se equivoca, sino el que cae preso del miedo a equivocarse. Y así, la excusa justa de un perfeccionista, es el miedo a equivocarse.
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