“Es mejor la más débil de las tintas, que la memoria mas brillante”
Existen historias que merecen ser contadas. De las cuales debe permanecer un testimonio firme, fidedigno, presto a ser utilizado como evidencia del pasado. Historias útiles a otros, ya sea por la experiencia intrínseca en ella o por su capacidad de llevarnos a la reflexión.
También existen otras historias, quizás menos interesantes o no, las que no tienen final feliz, de las que a veces es preferible no hablar, son aquellas que quien las cuentas no disfruta de hacerlo. No por esas razones, éstas, las menos virtuosas de las historias, deben encontrar en el olvido un reposo perpetuo.
Un hecho se transforma en una historia, cuando es contado, cuando es repetido una y otra vez. Así y todo, solo llegan a trascender en el tiempo aquellas que son escritas. Escribir, como forma de expresión, es la forma más fiel que el ser humano tiene para preservar en el tiempo sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. De esta manera, quienes escriben, juegan a ser filósofos sin serlo, descargando letra tras letra pensamientos brindados por alguna epifanía personal, o como fruto de un pensamiento que germino, y de repente la verdad se mostró radiante iluminando el camino. Aquellos que sufren emplean las palabras para vestirse de poetas, encontrando en frases o rimas parafraseadas la expresión justa de su corazón en momentos de aflicción.
De este modo, con el traje prestado de filósofos y poetas, los simples somos capaces de compartir algunas de nuestras historias, pensamientos, sentimientos o anhelos.
Todos tenemos la necesidad de contar una historia, nuestra historia, como una señal a la posteridad de que caminamos alguna vez por esta tierra. Dejar rastro de nosotros a otros. Decir algo que permanezca, al menos una frase que retumbe en los pasillos del recuerdo. Que esos instantes de lucidez comunicativa muestren a los demás quienes fuimos y que hicimos, nos entiendan o no, lo compartan o no, les guste o no, esta débil tinta venció al tiempo.
Existen historias que merecen ser contadas. De las cuales debe permanecer un testimonio firme, fidedigno, presto a ser utilizado como evidencia del pasado. Historias útiles a otros, ya sea por la experiencia intrínseca en ella o por su capacidad de llevarnos a la reflexión.
También existen otras historias, quizás menos interesantes o no, las que no tienen final feliz, de las que a veces es preferible no hablar, son aquellas que quien las cuentas no disfruta de hacerlo. No por esas razones, éstas, las menos virtuosas de las historias, deben encontrar en el olvido un reposo perpetuo.
Un hecho se transforma en una historia, cuando es contado, cuando es repetido una y otra vez. Así y todo, solo llegan a trascender en el tiempo aquellas que son escritas. Escribir, como forma de expresión, es la forma más fiel que el ser humano tiene para preservar en el tiempo sus sentimientos, sus emociones, sus pensamientos. De esta manera, quienes escriben, juegan a ser filósofos sin serlo, descargando letra tras letra pensamientos brindados por alguna epifanía personal, o como fruto de un pensamiento que germino, y de repente la verdad se mostró radiante iluminando el camino. Aquellos que sufren emplean las palabras para vestirse de poetas, encontrando en frases o rimas parafraseadas la expresión justa de su corazón en momentos de aflicción.
De este modo, con el traje prestado de filósofos y poetas, los simples somos capaces de compartir algunas de nuestras historias, pensamientos, sentimientos o anhelos.
Todos tenemos la necesidad de contar una historia, nuestra historia, como una señal a la posteridad de que caminamos alguna vez por esta tierra. Dejar rastro de nosotros a otros. Decir algo que permanezca, al menos una frase que retumbe en los pasillos del recuerdo. Que esos instantes de lucidez comunicativa muestren a los demás quienes fuimos y que hicimos, nos entiendan o no, lo compartan o no, les guste o no, esta débil tinta venció al tiempo.
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