Su
respiración era casi imperceptible, su pecho no se ensanchaba, pero sus
pulmones recibían aire nuevo de forma lenta y pausada.
Catorce
días llevaba sentado bajo ese árbol en posición de Loto. Sin abrir los ojos,
sin transpirar, sin lagrimear, sin moverse ni para espantar moscas.
No
necesitaba ir al baño porque no necesitaba agua, no pensaba en comida porque no
tenía hambre.
El
proceso comenzó desde su Raíz, desde allí la purificación de sus Chakras en
forma ascendente.
Uno
a uno sus sentidos se fueron fundiendo con el entorno.
El
primer día unos cazadores pasaron cerca de donde estaba, pudo oír sus voces, y
a medida que se iban acercando bajaban la voz. Oyó sus pasos, sus
respiraciones, sus latidos. Y sin abrir los ojos se propuso darles paz y
seguridad.
Estuvieron
un rato sentados a unos pocos metros hasta que el más joven del grupo se acercó
y dejó una ofrenda de flores a sus pies.
Al
día cuatro era uno con la tierra. Percibió el cuerpo de una serpiente
acercándose despacio, suavemente se
deslizaba de pecho sobre el colchón de hojas que adornan el suelo del bosque,
esquivando troncos y charquitos de barro. El reptil lo miraba fijamente, podía
sentir esos pequeños ojos negros clavados en su persona, a la expectativa de
cualquier movimiento.
Se
enroscó a un costado de las flores que se estaban secando.
Podía
sentir el tímido calor de la lengua bífida entrando y saliendo de esa boca sin
labios. No le hacía falta ver para entender quien era el atacante en esa
situación.
Su
respiración no cambió, la de ella tampoco.
Cuando
el sol comenzó a esconderse la víbora entre sus anillos para conservar calor,
él permaneció indiferente a la situación.
El
frío y la noche gobernaban el bosque, y los sonidos propios de la ausencia de
la luz orquestaban el ambiente. Buscó en su interior la fuerza, para que, a través
de la tierra hacerle entender a su nueva amiga que no tenía asuntos con ella y
que podía marcharse en paz.
Casi
como atendiendo a su llamado un pequeño ratón correteó cerca de ambos. El mundo
del bosque ni lo percibió, tampoco lamentaría la pérdida de un diminuto roedor.
Desarmó
su propio nudo, hizo un gesto con la lengua a manera de saludo y se marchó tras
los pasos ligeros de su presa.
El
sol ya había salido otras cuatro veces más y él ya era uno con el aire. Todo su
cuerpo sentía la textura del viento, a tal punto que este lo sostenía. La misma
tierra le había empujado hacia el espacio entre el suelo y los árboles.
Sus
piernas cruzadas todavía parecían estar apoyadas sobre algo sólido.
Una
suave brisa el norte recogió un olor y se lo acercó. En círculos ascendentes,
como una ruta invisible lo elevó hasta donde él estaba.
Un
tigre se acercaba, caminando con los hombros bajos, cruzando una pata delante
de la otra, intercalando si piel estampada en amarillo y negro con el verde de
la vegetación.
Levantó
la cabeza, sus pupilas se dilataron y mostró los dientes sin intención de
usarlos, aparentemente. Solamente le recordaba al suspendido que estaba en su
territorio y quien mandaba entre los que caminaban el bosque.
La
misma brisa que llevó el primer mensaje, contestó la sonrisa del felino.
El
latido de su corazón se acopló al paso del viento, exhaló levemente sólo para
dejar salir algo del perfume de su aliento. Esta era su forma de decirle que
todo el suelo y los árboles del bosque le pertenecían al animal, que únicamente
pensaba compartir su aire.
Movió
la cola y sacudió su cuerpo, casi como una señal de aprobación del mensaje.
El
decimo quinto día lo encontró con un antiguo conflicto, las ganas de hablar. Factor
que anteriormente había frustrado su intento de llegar a la iluminación.
Cientos
de pétalos de Loto se habían abierto, su unión con el entorno era intensa,
única. Ya no le hacía falta hablar, el universo se comunicaba por él sin abrir
la boca. No le hacía falta sentir, porque ya estaba más allá de las emociones
vacías, conocía el amor, era parte de él. Todo estaba en equilibrio en su ser.
Forzó
a salir la intención de hablar de su ser, con el fin de elevarse por encima de
la propia existencia.
De
a poco la luz comenzó a hacerse más y más fuerte, hasta llegar a ser tan fuerte
como mil soles.
Llenó
una vez más sus pulmones y dejó salir de sus labios un suave Om.
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