martes, 20 de septiembre de 2011

Cuando el sol sale los cazadores duermen


La quietud de la noche terminó con un disparo en la oscuridad y los pasos del cazador quebrando ramitas en el suelo.
Huir era una opción, pero ¿hacia dónde? Correr en la dirección equivocada era exponerse a ser un blanco fácil.
Quedarse quieto, agazaparse, hundir la cabeza entre los hombros con las garras tensas y las uñas a medio salir, cómo esperando a que aparezca la presa, con la gran diferencia que esta vez los roles estaban invertidos.
Su respiración era pausada y profunda, trataba de no oír sus propios latidos  eso regaba sus nervios.
Pocas veces en su vida había sentido temor de perderlo todo, vida, hogar, familia, y en el peor de los casos, la libertad. No era el rey de la selva, ni el más rápido de la sabana. Pero eso no importaba, tenía su lugar.
Los hombres ser esforzaban por hablar bajo, sin embargo los escuchaba igual.
Decidió moverse con lentitud, caminó hacia el lado contrario de las luces, cerca del bañado, que para esa época del año ya se comenzaba a llenar de agua. Y el agua implicaba otros peligros que quería enfrentar. Caminó por la orilla sin mojarse, sintiendo como los ojos al ras del agua ponían atención a sus pasos.
Escuchó pasos y detuvo su paso. Sus ojos se perdieron en el suelo, concentrando sus fuerzas en sus oídos, los hombres ya estaban yendo hacia el fin del pequeño hilo de agua. Una emboscada.
Sintió como si todo ese tiempo hubieran estado jugando con él, llevándolo hacia donde ellos querían.
Pensó rápido, era eso o cruzar el agua llena de ojos y dientes.
Otra vez los las pisadas se acercaban quebrando ramitas y sin darse cuenta ya estaba cruzando el charco. Únicamente asomaban sus orejas y el hocico, antes de salir hundió por completo su cuerpo en el agua sucia de la orilla y sin mirar hacia atrás dio el primer paso fuera del agua, se deslizó sin hacer ruido para perderse entre la hierba.
Del otro lado las luces y las voces se agitaban entre los árboles.
No sacudió su pelaje, todo su cuerpo goteaba agua, dejando un rastro de barro.
Todavía no estaba seguro, las voces se seguían escuchando.
Varios metros después cuando el silencio dominó el ambiente se echó a correr. Y corrió con miedo, con el frío secándose en su pelo, dejando las últimas luces humanas.
Al frente a su derecha los primeros rayos de sol le hicieron sentir la libertad de un nuevo día. La esperanza que se renueva con el amanecer.
Seguía corriendo a medida que la luz y el calor evaporaban el rocío del pasto.
De pronto se dio cuenta que no había nada que temer, porque cuando el sol sale los cazadores duermen.
Agitado y sucio se desplomó a la sombra de un árbol pequeño, había llegado la hora de dormir.

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