La
quietud de la noche terminó con un disparo en la oscuridad y los pasos del
cazador quebrando ramitas en el suelo.
Huir
era una opción, pero ¿hacia dónde? Correr en la dirección equivocada era
exponerse a ser un blanco fácil.
Quedarse
quieto, agazaparse, hundir la cabeza entre los hombros con las garras tensas y
las uñas a medio salir, cómo esperando a que aparezca la presa, con la gran diferencia
que esta vez los roles estaban invertidos.
Su
respiración era pausada y profunda, trataba de no oír sus propios latidos eso regaba sus nervios.
Pocas
veces en su vida había sentido temor de perderlo todo, vida, hogar, familia, y
en el peor de los casos, la libertad. No era el rey de la selva, ni el más
rápido de la sabana. Pero eso no importaba, tenía su lugar.
Los
hombres ser esforzaban por hablar bajo, sin embargo los escuchaba igual.
Decidió
moverse con lentitud, caminó hacia el lado contrario de las luces, cerca del
bañado, que para esa época del año ya se comenzaba a llenar de agua. Y el agua implicaba
otros peligros que quería enfrentar. Caminó por la orilla sin mojarse,
sintiendo como los ojos al ras del agua ponían atención a sus pasos.
Escuchó
pasos y detuvo su paso. Sus ojos se perdieron en el suelo, concentrando sus
fuerzas en sus oídos, los hombres ya estaban yendo hacia el fin del pequeño
hilo de agua. Una emboscada.
Sintió
como si todo ese tiempo hubieran estado jugando con él, llevándolo hacia donde
ellos querían.
Pensó
rápido, era eso o cruzar el agua llena de ojos y dientes.
Otra
vez los las pisadas se acercaban quebrando ramitas y sin darse cuenta ya estaba
cruzando el charco. Únicamente asomaban sus orejas y el hocico, antes de salir
hundió por completo su cuerpo en el agua sucia de la orilla y sin mirar hacia atrás
dio el primer paso fuera del agua, se deslizó sin hacer ruido para perderse
entre la hierba.
Del
otro lado las luces y las voces se agitaban entre los árboles.
No
sacudió su pelaje, todo su cuerpo goteaba agua, dejando un rastro de barro.
Todavía
no estaba seguro, las voces se seguían escuchando.
Varios
metros después cuando el silencio dominó el ambiente se echó a correr. Y corrió
con miedo, con el frío secándose en su pelo, dejando las últimas luces humanas.
Al
frente a su derecha los primeros rayos de sol le hicieron sentir la libertad de
un nuevo día. La esperanza que se renueva con el amanecer.
Seguía
corriendo a medida que la luz y el calor evaporaban el rocío del pasto.
De
pronto se dio cuenta que no había nada que temer, porque cuando el sol sale los
cazadores duermen.
Agitado
y sucio se desplomó a la sombra de un árbol pequeño, había llegado la hora de
dormir.
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