Leía poemas en un tren, cada tanto dejaba de leer para mirar por la ventanilla y ver toda esa cantidad de verdes, casi iguales pero todos distintos.
Afuera todo era campo, hermoso. Seguía con los ojos sobre las líneas de letras, frases de amor, de desencanto, dedicadas a personas que ya no están o que nunca existieron (inventadas por la imaginación del que escribe).
Los poemas de los libros que llevaba resultaron ser como el paisaje que observada desde el vagón, transiciones de sentimientos, en algunos casos de forma gradual, en otros, un tanto más drástica. De la misma manera que la tierra iba cambiando al costado de las vías, tierra negra, tierra blanca, tierra anaranjada, tierra roja, así cambiaban de color los sentimientos impresos.
Cuando dejaba de leer, recordaba que cuando era chico creía que los poemas eran una mera declaración de amor, palabras juntadas por estrofas con una rima simpática, con el objetivo de hacer que alguien se enamore de otro alguien. Después, cuando leí un poco más acerca del tema me di cuenta que no eran sólo de amor, sino también de otros sentimientos, de otras vivencias, de otras relaciones, de otras vidas.
Descubrí poemas apartados del amor.
Para cuando el sol se había escondido al costado izquierdo del tren y las diminutas manchas blancas en el cielo oscuro parecían observarme por la ventanilla. Tal vez el sentirme observado me privó del sueño, pero después de un rato cuando todos se callaron y solo se escuchaba el rítmico paso de las ruedas sobre los rieles, y comencé a divagar sobre todo lo que había leído ese día.
Tenía el codo derecho apoyado en el borde del marco de la ventana, mientras mi mano me sostenía la pera cerraba los ojos buscando pensar cómo escribir un poema que dijera la verdad de dos personas y no de una sola.
Durante el transcurso de la tarde había notado que los poemas de amor que había leído sólo expresaban los sentimientos de una de las partes.
Toda la tarde había leído poemas incompletos, que de a ratos sentía míos pero que no compartía con nadie.
Súbitamente dejé de escuchar el ruido del tren y perdí la vista entre los árboles que pasaban al costado, iluminados en blanco y negro por la luna.
En ese momento dije sin abrir la boca: “Quiero escribir un poema completo. Encontrar a alguien que me preste sus frases para terminarlas. Alguien que complete las mías. Eso sí es un poema de amor, dos personas escribiendo lo que sienten, lo que quieren, lo que ven, lo que sueñan. Sí para escribir hacen falta papel y tinta; para un poema hacen falta dos personas.”
De a poco el sueño me fue ganando, cerrando mis ojos en cámara lenta. Crucé los brazos sobre mi pecho y me acomodé para descansar en el incómodo asiento del tren. Me dormí con la sensación de haber descubierto algo, pero con la certeza de no poder escribirlo aún.
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