Llegó arrastrando los pies, caminaba con la pesadez de un condenado. Antes de pisar el umbral metió su mano en el bolsillo de su saco para buscar las llaves, no las encontró. Sin desesperarse tanteó con ambas manos en toda su ropa, pero no las tenía encima.
El hecho de haberlas perdido era sólo una pequeña desgracia comparada con todo lo que había vivido esa semana.
Recordó que aquella noche antes de salir se había olvidado cerrar una de las ventanas de la parte posterior, agradeció al cielo no estar ebrio para poder treparse y entrar.
Una vez adentro se descansó quedándose con las medios puestas, caminó hasta la pared en la que estaba la llave de la luz, en el camino tropezó con un taburete que no debía estar allí, maldijo y continuó unos pasos agarrándose la rodilla izquierda.
Ya con las luces encendidas, se quitó el saco, se desabrochó la camisa y buscó sus anteojos.
Caminaba de un lado al otro con nervios de sala de espera, rascaba su cabeza sin escusa alguna, mirando el piso gastado de su taller, que hacía un par de años se había transformado en su hogar.
Después de separarse de su mujer, se había mudado a un viejo galpón ferroviario que había comprado con su primera pintura vendida cuando era soltero.
Vivía la vida de un artista, con sus penas, sus excesos y la inmensa pasión por la expresión de los colores no era algo fácil de sobrellevar, no tanto para él, pero sí para los que le rodeaban.
Estaba mal porque hacía meses que no lograba terminar una pintura. Por más que dibujaba o pintara, los lienzos y los colores no terminaban de decirle nada. Se encontraba vacío, sin inspiración o propósito al hacer las cosas.
No era la primera vez que tenía problemas, pero sí la primera vez que los problemas le quitaban el ánimo de pintar.
La relación con su ex esposa no era buena, él nunca le había puesto voluntad a la relación a la hora de solucionar conflictos, a eso se le sumaba su adicción al alcohol. Ella tuvo los argumentos suficientes para dejarlo y buscarse una mejor vida en otro lugar.
El único fruto de esa relación que valía la pena era su hija, la que ya no le hablaba. Él sabía que se lo merecía, ella no tenía la culpa de tener un padre desatento, ausente y borracho.
En el camino a su casa encontró varias parejas caminando en la calle. Gente abrazada por todos lados, besándose, como si le estuvieran refregando su dicha y felicidad en la cara.
No era una noche más la que pasaba solo en su taller, era la noche de San Valentín, y no podía recordar la última vez que había juntado sus labios a los de una mujer. Recordaba todos y cada uno de los abrazos de despedida, y las caras de personas resignadas a perder para no seguir sufriendo.
El cajón de los oleos estaba lleno, las botellas purpuras del sueño también, y en su pecho la intención de pintar.
No le importaba no tener inspiración, estaba decidido a pintar. Destapó una de sus botellas que estaban en la cocina, se sirvió una copa y se dispuso a limpiar el lugar en el que estaba su viejo atril de madera, gastado y camuflado de distintos colores de sus cuadros.
Cuando terminó de limpiar el lugar ya estaba tomando su segunda copa. Buscó el bastidor más grande que tenía y lo puso en el soporte. El lienzo estaba igual que su mente, en blanco.
Se quedó parado frente a ese trozo de tela sin expresión por unos minutos hasta terminar la copa, para luego volver a llenarla. Tomó un trago no muy profundo y dejó la copa.
Tomó una brocha la hundió en un tarro con pintura azul, que previamente había diluido con agua y comenzó a darle color al fondo.
Sin que estuviera el fondo aún seco comenzó a pintar la idea que tenía en la cabeza, todo en tonalidades de azules, más oscuros, más claros, variando la gama de ese frío color hasta donde su creatividad y su habilidad le respondían.
Con cada tono que conseguía resaltaba un detalle distinto.
Su mano izquierda ya no le temblaba como antes, podía sostener firme el trazo del pincel.
Sus ojos no se despegaban del lienzo, mientras que su mano derecha parecía exprimir la paleta, que sostenía con el puño cerrado.
Poco antes del amanecer, sus ojos lo vieron a él mismo sentado y vestido de azul.
Él era su propio cuadro, el frío color de los mares en tempestad reflejaban su solitaria y revuelta existencia.
Ese era el cuadro más real que había pintado en toda su vida, desde la misma oscuridad de su alma. La mirada de su autorretrato era distante, esquiva y angustiada.
Su respiración se agitaba, estaba exaltado, no era felicidad pero se acercaba mucho a la satisfacción de haber hecho algo por encima de las propias expectativas.
La pintura tenía un sólo detalle que ni él mismo podía entender. Su retrato sostenía una copa vacía en su mano.
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