Un día más y él se abrochaba el abrigo, viejo y percudido. Todavía estaba sentado en el piso de la estación, había dormido con una bolsa como almohada. El sol se había levantado antes que él, pero la gente que se levantaba antes que ambos ya estaba caminando por todos lados.
Desde su perspectiva, sentado en el piso con los ojos medio pegados por el sueño sin limpieza, todos caminaban rápido, si él no juntaba sus piernas seguramente lo iban a pisar.
Llevaba un pantalón de traje que en algún momento de su vida le quedaba bien, pero después de haber perdido varios kilos, usaba con un cinturón al que ya le había hecho tres agujeros improvisando con un tenedor.
Los zapatos eran relativamente nuevos, se los habían dado unas personas del Ejército de Salvación. De cuero gastado por los años, la suela estaba casi lisa, pero al menos no estaba descalzo.
Tenía puestas dos remeras y una camisa debajo del abrigo de lana.
El resto de su ropa y algunas de sus pertenencias, o todas ellas, estaban en la bolsa que sostenía en su mano izquierda.
Cuando más o menos en tránsito de los peatones menguó decidió levantarse.
Solo tenía olfato para el olor a limpio, como él decía, y para la comida. Sentía en el aire los distintos aromas de los desayunos al paso, el café recalentado, hasta las medias lunas que parecían barnizadas tenían una fragancia muy tentadora.
Pero eso estaba lejos de su alcance, por el momento. Su amigo, el del quiosco de diarios, estaba de vacaciones. Él era el que le conseguía un poco de café caliente por la mañana y con suerte algo para picar al medio día, a cambio, le cuidaba el puesto de noche y le limpiaba el espacio por las tardes.
Ahora tenía que rebuscárselas de otra manera, pidiendo a algún comerciante de la estación o también podía probar suerte con alguna persona que pasara caminando.
No sabía qué día era, ni que mes. Tampoco sabía cuántos años tenía, desde que había perdido su documento, lo único que recordaba de sí era su nombre completo: Felipe Edgardo Rivas. Sin embargo en la estación se lo conocía como “el viejo matute”. Apodo que le fue adjudicado después de haber ayudado a un oficial de policía a detener a un carterista.
El viejo matute, antes de ser un linyera, vivía en General Villegas, y era medico. Pertenecía a una familia acomodada de esa pequeña ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires.
Una tarde como cualquier otra, él volvía del hospital a su casa, su esposa y su pequeña hijita de ocho meses lo esperaban en la puerta.
Vaya a saber el cielo porqué, su esposa decidió cruzar la calle para recibirlo, lo hizo sin mirar, no vio que venía un auto a una velocidad considerable.
El auto las envistió quitándoles la vida en el acto.
Lloró a gritos en la calle junto a los dos cadáveres, hasta que por el cansancio de quedó sin fuerzas, no podía moverse. Sus familiares y amigos lo llevaron a la casa.
No fue al entierro. No salió de su casa por dos meses, los más cercanos lo visitaban, le llevaban comida, lo atendían.
La casa era un desorden, estaba sucia por todos lados.
Una mañana de enero, se fue de su casa, caminando por la calle, luego por la ruta, solo se había llevado su documento.
El abandono de su persona era extremo, al momento de irse, llevaba una semana sin ver una ducha.
Desde ese día Matute vive en un hotel de mil estrellas, las calles, los bancos de las plazas sostuvieron su cabeza muchas noches, hasta que reparo en la estación Federico Lacroze. Él dijo una vez, un hombre pierde todo lo que tiene cuando deja de tener cosas en el corazón. La última vez que tuve algo en el corazón, estaba muerto en la calle. No tuve fuerzas para vivir, no tengo valor para dejar de hacerlo.
Desde su perspectiva, sentado en el piso con los ojos medio pegados por el sueño sin limpieza, todos caminaban rápido, si él no juntaba sus piernas seguramente lo iban a pisar.
Llevaba un pantalón de traje que en algún momento de su vida le quedaba bien, pero después de haber perdido varios kilos, usaba con un cinturón al que ya le había hecho tres agujeros improvisando con un tenedor.
Los zapatos eran relativamente nuevos, se los habían dado unas personas del Ejército de Salvación. De cuero gastado por los años, la suela estaba casi lisa, pero al menos no estaba descalzo.
Tenía puestas dos remeras y una camisa debajo del abrigo de lana.
El resto de su ropa y algunas de sus pertenencias, o todas ellas, estaban en la bolsa que sostenía en su mano izquierda.
Cuando más o menos en tránsito de los peatones menguó decidió levantarse.
Solo tenía olfato para el olor a limpio, como él decía, y para la comida. Sentía en el aire los distintos aromas de los desayunos al paso, el café recalentado, hasta las medias lunas que parecían barnizadas tenían una fragancia muy tentadora.
Pero eso estaba lejos de su alcance, por el momento. Su amigo, el del quiosco de diarios, estaba de vacaciones. Él era el que le conseguía un poco de café caliente por la mañana y con suerte algo para picar al medio día, a cambio, le cuidaba el puesto de noche y le limpiaba el espacio por las tardes.
Ahora tenía que rebuscárselas de otra manera, pidiendo a algún comerciante de la estación o también podía probar suerte con alguna persona que pasara caminando.
No sabía qué día era, ni que mes. Tampoco sabía cuántos años tenía, desde que había perdido su documento, lo único que recordaba de sí era su nombre completo: Felipe Edgardo Rivas. Sin embargo en la estación se lo conocía como “el viejo matute”. Apodo que le fue adjudicado después de haber ayudado a un oficial de policía a detener a un carterista.
El viejo matute, antes de ser un linyera, vivía en General Villegas, y era medico. Pertenecía a una familia acomodada de esa pequeña ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires.
Una tarde como cualquier otra, él volvía del hospital a su casa, su esposa y su pequeña hijita de ocho meses lo esperaban en la puerta.
Vaya a saber el cielo porqué, su esposa decidió cruzar la calle para recibirlo, lo hizo sin mirar, no vio que venía un auto a una velocidad considerable.
El auto las envistió quitándoles la vida en el acto.
Lloró a gritos en la calle junto a los dos cadáveres, hasta que por el cansancio de quedó sin fuerzas, no podía moverse. Sus familiares y amigos lo llevaron a la casa.
No fue al entierro. No salió de su casa por dos meses, los más cercanos lo visitaban, le llevaban comida, lo atendían.
La casa era un desorden, estaba sucia por todos lados.
Una mañana de enero, se fue de su casa, caminando por la calle, luego por la ruta, solo se había llevado su documento.
El abandono de su persona era extremo, al momento de irse, llevaba una semana sin ver una ducha.
Desde ese día Matute vive en un hotel de mil estrellas, las calles, los bancos de las plazas sostuvieron su cabeza muchas noches, hasta que reparo en la estación Federico Lacroze. Él dijo una vez, un hombre pierde todo lo que tiene cuando deja de tener cosas en el corazón. La última vez que tuve algo en el corazón, estaba muerto en la calle. No tuve fuerzas para vivir, no tengo valor para dejar de hacerlo.
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