domingo, 24 de octubre de 2010

El caso Foster (Parte I)

Se levantaba de los confines de la tierra con su voluntad inquebrantable, innegable para toda la creación de Dios. Su luz se escurría entre las ramas sin hojas de los árboles en otoño.
Poco a poco las sombras nocturnas se disipaban, dándole paso a los colores de la naturaleza. Escasos tonos de verde, la tierra del camino era una mezcla de marrón y gris, los pastizales apenas maquillados por un leve rubor verdoso, fruto las primeras heladas antes del invierno. Ya los campos usados para sembradíos tenían su típico color amarillo. Los pocos árboles con follaje le daban apenas un poco de vida al paisaje.
Se escuchaban los primeros cantos de las aves que suelen entonar cuando el sol despierta sus nidos.
La mañana estaba en el momento en el que la claridad no calienta.
El viento había soplado toda la noche, y de día no estaba cansado para seguir haciéndolo.
Todo se encaminaba hacia un invierno más en la finca Foster.
Ubicada en medio de de una vasta llanura fértil, tenía una caballeriza para seis caballos pero había apenas dos, que estaban relativamente flacos. Un granero pequeño de cinco por diez metros, lleno de paja y heno. Un corral de veinte metros de diámetro, aproximadamente, lleno de ovejas. Unas jaulas con conejos. Un gallinero cercado por un alambre no muy alto.
La casa era un gran cuadrado, con una galería cubierta en el frente. Las paredes eran de madera y el techo de chapa acanalada. Adentro había tres dormitorios, pero solo se usaba uno, dos baños, uno pequeño y otro grande. Una cocina modesta y una austera sala de estar.
El detalle a la casa se lo daba el techo pintado de rojo, y los marcos de las ventanas y las puertas exteriores del mismo color.
En la parte posterior de la casa había un tanque australiano que era alimentado por un molino, el mismo que proveía de agua la casa.
Hacía varios días que no había movimiento en aquel lugar. Las puertas y ventanas estaban cerradas.
Cerca del medio día, una camioneta entro por el camino hacia la casa de techo rojo. Era el vecino, Bill Evans, que hacía su visita semanal de los días jueves, para charlar con su amigo de toda la vida Walter Foster.
Cuando llegó a la puerta, le asombró que la galería estuviera llena de tierra y hojas secas. Eso era raro porque la esposa de Walter mantenía la casa muy limpia. Supuso que estaba así porque ella debía estar en cama con algún achaque de salud.
Bill golpeó la puerta suavemente, pero nadie le contestó. Intentó dos veces más pero sin éxito, nadie le atendió.
Eso le pareció un tanto extraño, dado a que su amigo era una persona muy atenta.
Caminó por el costado de la casa hasta llegar a la parte de atrás. La camioneta de los Foster estaba ahí, con las llaves puestas, como siempre. Los animales estaban todos en sus respectivos lugares, corrales y establos. El único que faltaba era el perro, Linus. Bill pensó que la mascota estaría adentro como era costumbre.
Volvió a la puerta del frente, y golpeó nuevamente. Otra vez nadie atendió.
Solamente por curiosidad, pero un poco asustado, decidió entrar a la casa para ver si estaban ahí.
Cuando entró, vio que la sala estaba en orden, la cocina también, pero las paredes guardaban un extraño olor rancio.
Caminó por el pasillo que da a los cuartos, el primero, estaba cerrado con llave, el segundo tenía la puerta abierta de par en par y estaba totalmente vacío.
El último cuarto al final de pasillo tenía la puerta entre abierta, caminó aun más despacio hasta llegar a pocos centímetros del umbral, su corazón latía fuerte, casi se podía escuchar fuera de su cuerpo, empujo la puerta con un dedo, y allí vio sobre la cama matrimonial, los cuerpos de Walter y su esposa con la garganta cortada.
La escena lo paralizó.
Cuando por fin recobró la noción de las cosas, salió del cuarto. Trató de calmarse y pensar en lo que debía hacer. Inmediatamente fue a la sala, tomó el teléfono y llamó a la policía para informar de la situación.

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